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Daniel Gascón

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CURIOSIDAD E INCERTIDUMBRE

 

Pienso a menudo en las novelas que quiero escribir, en cómo serán las próximas novelas de escritores que me gustan o nuevos escritores que me fascinen. Si pienso en las novelas de la segunda década del siglo XXI, no sé cómo las leeremos: ¿nos habremos pasado todos al libro electrónico? ¿Cómo cambiará eso las novelas? ¿Los capítulos serán más cortos, como los posts de los blogs? ¿Podremos decir: “La marquesa fue a ver una película” o “escuchó esa canción” y poner un link y ver esa película o escuchar esa canción? ¿Tendrá algún sentido eso o será una tontería, como muchas de las innovaciones que hemos visto? Leemos más que nunca, pero también tenemos más necesidad de información instantánea y leemos de otra forma. Como escritor y como lector, siento mucha curiosidad y bastante incertidumbre; pienso, como Baricco, que tenemos mucha suerte por vivir en este momento.

La literatura que prefiero seguirá hablando del ser humano. Estamos metidos en una conversación más intensa y rápida que nunca, y las ideas circulan más deprisa (en los lugares donde dejan que circulen). Eso nos proporciona nuevos temas y formas, y también descubre otras limitaciones. Tampoco podemos escribir como si viviéramos en otro siglo, aunque eso no significa que nuestras novelas sean mejores que las de otros siglos: la evolución del arte no es como el progreso en la ciencia. Pero también seguimos naciendo y muriendo solos, y experimentamos muchas de las sensaciones y los conflictos de los que ha hablado la literatura, y que son los que hacen que la literatura resulte interesante: la narración es una exploración del ser humano que alcanza terrenos –o profundidades- a los que no llegan otras formas de expresión, y es un medio de comunicación extraordinario, distinto a todos las demás, entre la mente del emisor y la del receptor.

Podemos evitar el argumento y la narración lineal, pero mientras no se haya abolido la muerte me parece que tendremos una idea lineal de nuestra vida; uno puede hablar del sujeto fragmentado, pero a fin de cuentas, si no se sienta delante del ordenador no escribe la novela, y mientras tanto uno sigue enamorándose o enfermando, queriendo a un amigo u odiando a su hermano, o asistiendo a una comida familiar. No creo que la literatura deba renunciar a esas cosas que también forman parte de la vida y me parece que una versión actualizada del realismo todavía tiene mucho que decir: hay cosas que no se han contado, o pueden contarse de otra manera. (El cine es un medio mucho mejor para contar una comida familiar que la novela. Pero también es bonito cuando las artes exploran los terrenos que retan su capacidad de expresión, y por ejemplo me gustaría describir con palabras una comida familiar, con los chistes y los ruidos y los platos que van pasando.) También creo que hay que defender fieramente nuestra libertad y la de los escritores que son perseguidos por lo que piensan. Quiero que sus perseguidores sepan que soy su enemigo: desde ángulos distintos, la literatura que me gusta se escribe contra el mal.

Quiero leer las novelas que escriban David Trueba, Ignacio Martínez de Pisón, Ismael Grasa, Félix Romeo, Valérie Mréjen, Ian MacEwan, Marcelo Birmajer, Javier Cercas, Cristina Grande, Zadie Smith, José María Conget, Mario Vargas Llosa y muchos otros. Me gustaría leer y escribir novelas que hablasen de adolescentes, de los primeros trabajos y los primeros polvos y de los ancianos y los últimos amores, de los bares de toda la vida que ahora llevan chinos, del cambio en la transmisión de la información y en nuestra forma de ver el mundo, del periodo democrático más largo de la historia de España y la transformación de nuestras ciudades, de viajes, medios de comunicación y partidos políticos, de la superchería, la intolerancia y la violencia, de la educación y el amor. También quiero que se escriban novelas que no me gusten, que me dejen indiferente o me indignen, y libros inesperados, que me revelen cosas de la realidad y me ayuden a entender las razones de los demás.

Este texto aparece en el último número de Quimera. El cuadro en la imagen es de Manny Farber.

 

VIDA

VIDA

 

1.

El Ayuntamiento de Zaragoza ha cedido al integrismo católico el Auditorio para organizar un congreso sobre el aborto. Supongo que por el escenario se llama Sinfonía por la vida. El Heraldo de Aragón publica un artículo sobre éste -que ha estado en internet un rato, pero luego han actualizado-, donde la presidenta de Provida en España dice frases tan delirantes como que “a las mujeres en España se nos está obligando a abortar”. Además, el aborto es “el mayor problema que tiene España en estos momentos”. Y en otro lugar, ha escrito que el 5 de julio es “el más triste de España”, porque en esa fecha se despenalizó el aborto en 1984, y que una ley de plazos equivale a "la democratización de la pena de muerte en España". En las páginas de la Federación y las notas de prensa de las delegaciones repartidas por España, se habla de la píldora anticonceptiva –no la píldora post-coito- como un “abortivo a priori”; se defiende que una niña de 9 años violada por su padrastro debe continuar con el embarazo, aunque ponga en peligro su vida; se critica que unas Directrices de Educación Sexual para el Empoderamiento de los Jóvenes elaborada por la UNESCO sea un “plan perverso”: cuando la guía habla de educar contra la homofobia, un prejuicio que cada año se cobra muchas vidas, denuncian la medida como “apología de la homosexualidad”.

Estas asociaciones se empeñan en negar la realidad y hablan de cosas como un amenazado “derecho a ser madre”, promocionan estrategias que contribuyen al aumento del SIDA, condenan a muchas mujeres a una salud precaria y una vida dedicada exclusivamente a la crianza, impiden su incorporación al mundo laboral y el control de las mujeres sobre su propio cuerpo y su sexualidad (la presidenta habla en la página web de la federación de “sexualidad ordenada”, que debe de ser la buena, aunque no sé si se refiere a una postura). Las ideas que promocionan, actualizadas con palabrería pseudometafísica, pseudocientífica y pseudofeminista (que por cierto resulta repugnantemente paternalista, y absolutamente machista), son directamente responsables de la desigualdad de la mujer en muchos lugares, y han significado y significan todavía un formidable obstáculo para la medida que más contribuye al desarrollo de una sociedad: el empoderamiento de las mujeres. No parecen distinguir entre el sexo que uno practica libremente y el forzado; gastan más energía en condenar la libertad sexual –que según ellos es una imposición a las mujeres y el origen de los abortos, pese a que se han producido toda la historia, y a lo largo de toda la historia el ser humano ha tenido muy poca libertad e información en asuntos sexuales, precisamente- que las violaciones empleadas como arma de guerra. Pero lo más indignante es que estas asociaciones afirmen saber lo que quieren en el fondo todas las mujeres, que al parecer están “silenciadas” en España. Por eso, deciden hablar por todas ellas. Pero llevan usurpando su palabra demasiado tiempo, y diciéndonos a todos como  debe ser la vida.

2.

 Cuenta The Economist:

“Los opositores del aborto tienden instintivamente a intentar desalentarlo poniendo tantas restricciones legales como sea posible. Pero las estadísticas desafían ese enfoque. Un nuevo informe del Instituto Guttmacher, un think-tank favorable a la libertad de elección, sugiere que el número de abortos está disminuyendo, especialmente en países donde existe un régimen legal al respecto. Pero el número de abortos ilegales (y por lo general inseguros) se mantiene.[...]

El informe calcula que desde 1994 el número de abortos se redujo desde más de 45 millones en 1995 a menos de 42 millones en 2003. La caída es aún mayor dado el crecimiento del 10% de la población del mundo durante ese período. La mayor parte de la disminución se ha producido en los países donde los abortos son legales. En Europa oriental, por ejemplo, la terminación era un método anticonceptivo en la era comunistas. Ahora hay otros métodos disponibles.

Las prohibiciones del aborto se van suavizando poco a poco, aunque en los países pobres sigue siendo mucho más difícil que en los ricos. Desde 1997, 22 estados han cambiado sus leyes sobre el aborto; y en 19 de esos casos, el cambio fue la liberalización. La política de ayudas también está cambiando. Una de las primeras acciones presidenciales de Barack Obama fue revertir una medida polémica, conocida como ley mordaza de la Ciudad de México, que prohibía a las organizaciones benéficas de planificación familiar que  reciben dinero estadounidense efectuar o facilitar abortos.

La fotografía del aborto ilegal es borrosa, pero menos alentadora. Incluso es difícil calcular su número: las mejores fuentes son las encuestas anónimas y los datos médicos de los casos en que los abortos ilegales han conducido a complicaciones. El informe calcula que el número anual de abortos ilegales se mantuvo en torno a los 20 millones durante el período, casi todos en países en desarrollo. El 86% de las mujeres en edad reproductiva en países pobres, aparte de China y la India (que tienen leyes más permisivas sobre el aborto), viven en países que lo restringen poderosamente.

Los abortos clandestinos en los países pueden implicar la aplicación de cócteles medicinales caseros, curanderos tradicionales y otros recursos no científicos, así como cirugía de personas sin formación médica. Se estima que 70.000 mujeres mueren cada año por tales métodos. Incontables millones sufren complicaciones como la esterilidad a causa de abortos mal practicados.

¿Cuáles son las implicaciones para los que diseñan las políticas? Sharon Camp, del Instituto Guttmacher, dice que la liberalización no aumenta la tasa de abortos. En Europa occidental, que tiene algunas de las leyes más liberales en el mundo en este aspecto, las tasas de aborto son más bajas. Lugares donde el aborto está prohibido, como Uganda, son los que normalmente presentan la mayor incidencia de abortos.

La raíz de la mayoría de los abortos es el embarazo no deseado. Un signo alentador es que éstos están cayendo en todo el mundo, desde 69 por cada 1.000 mujeres (entre 15 y 44 años) en 1995 a 55 en 2008. Pero las cifras de los países pobres (57 por cada 1.000) son mucho más altas que en los países ricos (42 por cada 1.000). La proporción de mujeres casadas que utilizan métodos anticonceptivos en todo el mundo aumentó desde el 54% en 1990 al 63% en 2003, según el informe.

Un inesperado aliado en este frente es el VIH / SIDA. Los hombres de los países pobres, especialmente en el África subsahariana, son normalmente muy reacios al uso de anticonceptivos. Pero Laura Laski del Fondo de Población de las Naciones Unidas asegura que el miedo a esta enfermedad mortal está aumentando el uso del preservativo incluso en África.

Nada de esto va a eliminar el aborto ilegal en el futuro inmediato. La receta final para la reunión del Fondo de Población en Addis Abeba [aquí una crónica] es la importancia de reforzar la capacidad de los sistemas de salud de atención para hacer frente a las secuelas de abortos inseguros. Ni siquiera los más firmes defensores de la prohibición del aborto creen que la atención médica se deba negar en tales casos. El Departamento británico de Desarrollo Internacional anunció una nueva política sobre el aborto el 14 de octubre que pretende incrementar la comprensión de los peligros del aborto realizado sin garantías médicas. A nadie le gusta el aborto. Pero quizá la manera de reducir su frecuencia esté cada vez más clara”.

He tomado la imagen aquí.

CRÍMENES IMAGINARIOS

CRÍMENES IMAGINARIOS

 

Hubo un tiempo en el que todas las novelas históricas hablaban de la guerra de Iraq. Podían tratar de las conquistas de Alejandro Magno, de la resistencia de los celtíberos frente a los romanos, del descubrimiento de América o las guerra napoleónicas: siempre había una lección que podía aplicarse a la ocupación estadounidense, al unilateralismo, a las luchas sectarias, la resistencia a las luchas intestinas; la situación era prácticamente idéntica; se trataba de un paralelismo que muchas veces había sorprendido al novelista, según decía él mismo.

Sin embargo, aunque la novela histórica tiene numerosas virtudes, no creo que su capacidad para explicar la guerra de Iraq fuera la principal. Tampoco me parece que las novelas de Dan Brown (que se inspiró en una conocida teoría de la conspiración), o de Eric Frattini, expliquen mejor la historia de la Iglesia Católica que un ensayo riguroso. A veces los autores hacen trampa: dicen que lo suyo es ficción y se han documentado mucho; que algunas partes de la novela sucedieron exactamente así, que otras podría haber sucedido y han provocado inquietud, etcétera. Son autores que quieren estar en misa y repicando.

En los últimos años he leído unas decenas de artículos que avisaban de la llegada de la novela negra. No sé si los últimos han acertado porque sus autores han sido más clarividentes, porque la novela negra ya estaba aquí, o por una cuestión de pura estadística, pero parece que esta vez es verdad. Y, por cierto, da la sensación que algunas de esas novelas, que a menudo incluyen la idea de una conspiración secreta, de fuerzas semiocultas y poderosísimas que controlan nuestro destino, también hablan de la guerra de Iraq.

Eso está bien. Lo que me parece perturbador es que algunos periodistas se hayan lanzado a defender la novela negra como el último reducto del periodismo. Entre las explicaciones más delirantes se encuentra la que proporcionaba Javier Valenzuela:

Pues sí, el mundo se ha vuelto loco en este arranque del tercer milenio, es una jungla donde impera la ley del más fuerte, y quien mejor lo está contando es la novela negra (thriller en inglés).

Yo no sé si el mundo está más loco en el arranque del tercer milenio que, por decir algunas fechas recientes, 1915, 1917, 1937, 1940, 1959, 1975 o 1979. Ni tampoco tengo tan claro que la novela negra y el thriller sean exactamente lo mismo, aunque agradezco la traducción. Pero estoy bastante seguro de que esas novelas no son lo que mejor explica el estado mental del mundo. Para Valenzuela, las novelas cuentan lo que de verdad sucede porque no sufren las presiones de los “grandes medios”, la censura, etcétera, ni otras graves limitaciones de la prensa:

Constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas y por lo políticamente correcto, la prensa de calidad no puede contar de la misa la mitad; la sensacionalista, por su parte, sólo se ceba en los débiles y los rojos.

La división es tan tendenciosa y pueril que resulta cómica, pero la frase “constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas” resulta algo inquietante, ya que lamenta la esencia del oficio: es como un médico que se quejara de la lata que supone atender al paciente, o un chef molesto porque le exigen que no intoxique a sus clientes. En este caso, quien formula la queja ha sido director adjunto de El País y director general información internacional del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, y analiza la actualidad política española en diversos medios.

No sólo eso; también dice:

Resulta que Suecia no es lo más parecido a un paraíso de libertad y justicia. Allí también hay empresarios corruptos, funcionarios venales y machistas asesinos. Debemos este descubrimiento a las novelas de Henning Mankell y Stieg Larsson.

Habría sido igual de riguroso, pero algo más ingenioso, que Valenzuela hubiera empezado: “Shakespeare advirtió de que algo olía a podrido en Dinamarca. Ahora, gracias a Mankell y Larrson, sabemos que la peste venía de Suecia”. Yo entiendo que uno le guarde rencor al modelo escandinavo. Después de todo, llevamos décadas oyendo hablar de lo bueno que es. Además, el modelo ha evolucionado hacia una mayor apuesta por los recursos privados, conservando prestaciones sociales. Pero esto me recuerda a cuando, durante el caso de Josef Fritzl, la gente teorizaba sobre lo específicamente austriaco del caso, sobre las culturas centroeuropeas, tan reprimidas y tan reservadas y se preguntaba qué esconderían todos esos sótanos. En ese caso, era una estupidez (y no tardaron en aparecer violadores y secuestradores de sus propias hijas en otras latitudes), aunque que el crimen era real: calcula entonces el análisis político y antropológico que puede derivarse de un crimen imaginario. Es como decir que gracias a los chistes de Lepe conocemos bien la provincia de Huelva. Por supuesto, eso no significa que Suecia sea un país perfecto: por ejemplo, hace unos pocos años mataron a un presidente del Gobierno. No hacía falta leer a Mankell y Larrson para saberlo.

Más adelante habla de Matt Beynon Rees, que ha creado un detective palestino:

En Una tumba en Gaza, una de las novelas de Rees, alguien le pregunta a Omar Yusef qué le impulsa a continuar una peligrosa investigación y éste responde: "Soy palestino. Estoy acostumbrado a comer mierda". En otro momento, Salwa, un personaje femenino, suelta: "A veces pienso que los únicos palestinos que no lloran son los muertos". Ninguna crónica, y por supuesto ningún informe de un think-tank, lo puede decir más corto y mejor. [Las cursivas son mías.]

¿Esa frase –puro fatalismo de cuarta, que podrían emplear personas de muchas nacionalidades diferentes, e incluso algún seguidor de un equipo de fútbol tras un mal domingo por la tarde- vale más que todos los reportajes y análisis y libros y documentales sobre el conflicto entre los palestinos y los israelíes? Al parecer, no todo el mundo está de acuerdo con Valenzuela, que tampoco ofrece muchas soluciones para que los palestinos cambien de dieta: el propio Rees sigue escribiendo reportajes y El País todavía no ha eliminado la corresponsalía. (Think-tank, para Valenzuela, es una sinécdoque de neocon; como si el análisis y el pensamiento no pudieran existir, y no existieran, en la izquierda. Aunque al leer a Valenzuela podríamos tener esa impresión, no es así.) Pero no se quedaba allí:

No, terminó el monopolio estadounidense (aunque ahí siguen clásicos vivientes como James Ellroy y Walter Mosley) y ahora también nos enteramos de lo que ocurre en Suecia (Mankell, Larsson), en Sicilia (Andrea Camilleri), en Venecia (Donna Leon), en Grecia (Petros Márkaris), en Argelia (Yasmina Jadra), en Suráfica (Gillian Slovo, Deon Meyer), en Israel (Batya Gur), en Francia (J.-P. Manchette, Didier Daeninckx, Fred Vargas), en España (Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva), en Reino Unido (Ian Rankin, P.D. James)...

“El monopolio estadounidense”, dice Javier Valenzuela, que habla de novela negra (un término francés), elogia la tarea de las últimas décadas de John Le Carré (británico), parece ignorar que Fred Vargas o Camilleri o P. D. James llevan escribiendo y teniendo éxito unos cuantos años, y que Sue Grafton, una de las autoras llamadas a romper ese supuesto monopolio, es estadounidense. Es posible que cuele alguna de sus observaciones sobre otro país. Pero decir que por fin sabemos –con el hermoso “nos enteramos”, que aquí es especialmente ridículo, por el sujeto comunal que incluye a los lectores enterados y porque apela a los lectores de su periódico, que al parecer no tienen ni idea de nada y deberían pedirle a El País que les devuelva el dinero- lo que pasa en España gracias a las novelas de Juan Madrid, Andreu Martín y Lorenzo Silva, es una de las frases más involuntariamente cómicas que he leído en mucho tiempo.

Aunque, como he dicho, muchos de esos autores publican desde mucho antes de la era Bush, Valenzuela juega al despiste cuando elogia su pluralismo:

La visión del mundo que se desprende del thriller político contemporáneo es más compleja y menos maniquea que la de Fox News. Los malos no son sólo caudillos izquierdistas latinoamericanos, oligarcas rusos del gas y jeques árabes que financian redes yihadistas. Entre sus villanos también hay políticos y funcionarios de Washington dispuestos a cualquier cosa con tal de que el viejo imperio siga mandando sin que nadie le chiste. Y mucha gente de la CIA que intercepta movimientos, conversaciones telefónicas y accesos a Internet allí donde les place. Y cardenales maquiavélicos del Vaticano, banqueros suizos corroídos por la hipocresía, especuladores financieros e inmobiliarios de múltiples pelajes...

Me llaman la atención algunas cosas: en primer lugar, hace un montón de tiempo que salen malos de la CIA en toda clase de ficciones –Estados Unidos debería haber cerrado esa institución hace tiempo, que parece funcionar mucho mejor en el cine que en la realidad-, y, si alguien está interesado en la CIA, ¿no sería mejor leer por ejemplo Legado de cenizas, donde Tim Weiner traza la historia de la organización, de sus jefes y sus operaciones? Si uno busca información, ¿no sería mejor buscar en los libros de no ficción? A lo mejor, los lectores de novelas no buscan exactamente información.

En segundo lugar me llama la atención la lista de malos de Valenzuela: funcionarios estadounidenses y cardenales maquiavélicos, banqueros corrompidos y especuladores financieros e inmobiliarios. Cualquiera diría que se la ha dictado Pepe Blanco. A ver si lo que no le molesta es el maniqueísmo, sino el maniqueísmo de un lado que no es el suyo. (Por cierto, hay otro personaje negativo en el dramatis personae de Valenzuela: un “asesino al servicio del Mossad”.)

El mundo va mal. La novela negra cuenta que el mundo va mal. Por tanto, la novela negra cuenta el mundo. Valenzuela imagina una solución pero necesita un deus ex máchina:

Tal como están las cosas, y si Obama no logra detener la caída del mundo por la pendiente —y tiene poderosos enemigos dentro y fuera intentan maniatarlo [sic]—, al thriller no le van a faltar temas para las próximas temporadas.

Si esto sucediera –si el primer presidente negro de Estados Unidos, el negro que tenía el alma blanca, consiguiera volver la vida de color de rosa-, desaparecería también la novela negra.

Uno de los ejemplos de novela negra política que pone Valenzuela es El jardinero fiel, que especula con los abusos de las compañías farmacéuticas en África. A mí me parece que si Le Carré hubiera querido hacerle un bien al mundo, en vez de elaborar una mera teoría conspirativa que utiliza la coartada humanitaria, podría haber investigado si las compañías explotan a la gente, cómo lo hacen, y decirlo. Sin duda, sería una información maravillosa, útil y necesaria; y no creo, como dicen algunos, que los propios medios taparan esa noticia (y aun así, Le Carré, aunque él y Valenzuela quieran hacernos creer lo contrario, vive en una parte del mundo en la que cada uno puede publicar lo que quiera: podría abrir un blog).

La literatura entretiene, pero también ayuda a entender mejor y dar matices a la vida, y a comprender las razones de los demás. Creo que puede ayudar a explicar conflictos internos, que puede aportar relatos simbólicos y observaciones sobre la naturaleza humana que son universales. También sirve para reírnos de nuestras imperfecciones, para condenar la estupidez y los atropellos contra las personas, y ha servido para explicar la violencia y los mecanismos del totalitarismo y la intolerancia o para elaborar metáforas del horror, pero la relación no es tan literal como propone Valenzuela; las denuncias más eficaces son las que denuncian algo que de verdad existe, que el escritor conoce por experiencia y transforma en un artefacto literario (el racismo en Invisible Man, por ejemplo, o el totalitarismo en 1984) y desde luego esa tarea no puede anular ni sustituir el trabajo imprescindible de la investigación rigurosa y los datos, ni desdibujar las fronteras entre lo que uno sabe y lo que uno ha imaginado ante el ordenador.

Los escritores ex periodistas pueden firmar novelas estupendas; pero, como periodistas, simplemente dejaron de hacer su trabajo. Es algo que, aunque Valenzuela parezca haber olvidado, la inmensa mayoría de periodistas y lectores sabe perfectamente. Lo que cuenta la literatura debe ser interesante; el periodismo tiene la obligación de ser verdadero, y no debe operar con una lógica simbólica o mágica: eso lleva al mal artículo, a la estupidez y en ocasiones a la barbarie.

La novela negra, cuando es buena, tiene muchas virtudes: tramas bien construidas, suspense, emoción. Muchas veces, como muchos otros géneros, repite fórmulas y tópicos (generalmente se necesita, como mínimo, un muerto); a veces, es apasionante. Pero no tiene sentido presentarla como algo que no es; posee su propio interés y dignidad. Normalmente, uno no ve cine porno para investigar el problema de la incomunicación en el mundo contemporáneo.

La distinción entre la ficción y la realidad, entre la historia y la poesía y los peligros de confundir la novela y la vida tiene varios siglos de antigüedad y es uno de los temas esenciales de la literatura en castellano. Es una pena que esta diferencia fundamental pase inadvertida ante quienes deberían tenerla más presente: su negligencia sólo sirve para perjudicar a dos disciplinas esenciales, y para arrojar un vertido tóxico sobre la realidad y la ficción.

Aqui, la imagen.

JOHN LE CARRÉ

JOHN LE CARRÉ

 

El País publicó este sábado una entrevista con John Le Carré. Por lo que cuenta el periodista Le Carré es un hombre agradable: pasó cinco horas con él, charlaron, fue simpático. Aunque desde luego yo no puedo compartir todos los calificativos. El periodista sale de casa de Le Carré “con la certidumbre de haber conocido a uno de los hombres del siglo, de éste y del pasado, con la extraña sensación de que a veces, sólo a veces, la palabra, la literatura, tienen la fuerza y la estatura moral que queremos concederles”.

El periodista compara a Le Carré con George Orwell y Albert Camus, que es compararlo con dos paradigmas del intelectual honesto y comprometido, de personas que se opusieron al totalitarismo y a la distorsión de la verdad en un siglo en el que demasiados intelectuales fueron cómplices de la barbarie, y que en defensa de sus ideas adoptaron posiciones a menudo impopulares. Orwell combatió el imperialismo, el fascismo y el comunismo. Combatió en Aragón durante la Guerra Civil española y estuvo a punto de ser asesinado por los estalinistas poco después. Se opuso a la política de apaciguamiento de Hitler –en la que participaron las democracias europeas; más tarde, la izquierda británica decía que la guerra no iba con ellos, porque Hitler había pactado con Stalin-, y criticó a la Unión Soviética cuando esa postura no era nada popular, porque era un país aliado.

Albert Camus es otro paradigma similar, de un hombre que luchó contra el nazismo y el comunismo, y que incluso cuando se equivocaba –como en el caso de la independencia de Argelia- intentaba hacerlo por las razones correctas, y defendía el derecho a hablar de los demás. Se pasó buena parte de su vida intentando explicar lo que quería decir, a menudo corrigiendo interpretaciones malintencionadas. Leer sus polémicas es hermoso porque se ve a un hombre inteligente que siempre respeta a la persona con la que discute, alguien que intenta comprender y también que lo entiendan. Estas palabras, por ejemplo, me parecen emocionantes y verdaderas: Camus propone como tarea de los intelectuales reconocer

que su vocación más profunda es defender hasta las últimas consecuencias el derecho de sus adversarios a tener otra opinión. Proclamarán, de acuerdo con su condición, que es mejor equivocarse sin matar a nadie y dejando hablar a los demás que tener razón en medio del silencio y los cadáveres.

 Comparar a Le Carré alguien con Orwell y Camus es como comparar a un ciclista con Eddie Merckx o a un futbolista con Maradona. Aunque, como dijo el propio Orwell, “todos los santos son culpables mientras no se demuestre lo contrario”. Y Le Carré no tiene la calidad literaria de Orwell ni Camus. Y, desde luego, no reúne condiciones para ser un referente moral como ellos.

El caso Rushdie

Dice Le Carré en la entrevista: “La consecuencia del caso Rushdie fue que podíamos acabar con toda la tolerancia hacia el islam”. El deslizamiento de John Le Carré es impresionante: al parecer, el caso Rushdie causó una tormenta cultural en la que Occidente podía agredir alegremente a los musulmanes. Sin embargo, Le Carré no da algunos detalles: por ejemplo, no dice en lo que consistió el caso Rushdie: un escritor publicó un libro y un dirigente de otro país lo condenó a muerte por ello. Y también de paso recomendaba matar a quienes hubieran tenido alguna relación con la fabricación del libro. Afortunadamente, el Reino Unido, que no estaba a favor de que se asesinara a la gente por publicar una novela, protegió a Rushdie, que tuvo que ocultarse; los fanáticos atacaron a traductores y editores del libro, y asesinaron a uno de ellos; también hubo muertos en protestas callejeras.

Muchos escritores salieron en defensa de Rushdie: Sontag, Hitchens, McEwan… Otros dudaron. Y otros dijeron que Rushdie se lo había buscado. No sé si es con la condena a muerte con lo que había que mostrarse tolerante, pero según Le Carré, oponerse a ella era declarar la guerra al islam, y te convertía en un héroe cultural. Sin embargo, al revisar las declaraciones de esos días, lo que parece que garantizaba ese estatus era exactamente lo contrario: culpar a la víctima, rebobinar la Ilustración y someter la libertad de expresión a las ideas religiosas más violentas, e infantilizar a todos los musulmanes: quienes criticaron a Rushdie no tuvieron en cuenta a los musulmanes que se opusieron a esta sentencia y a los millones de personas de esa confesión que sufren, de manera infinitamente más directa que la inmensa mayoría de occidentales, la tiranía del extremismo religioso. Esa postura vergonzosa fue la que adoptaron John Berger y John Le Carré, y a los dos les ha ido muy bien y se consideran referentes morales, o héroes culturales. Y, mientras tanto, publicar libros que puedan provocar la ira de los fundamentalistas se ha vuelto mucho más difícil.

"Tiempos más tranquilos"

Le Carré declaró: “"Una y otra vez, ha estado en manos de Rushdie la posibilidad de salvar la cara de sus editores y, con dignidad, retirar su libro hasta que lleguen tiempos más tranquilos. Me parece que no tiene nada que demostrar, salvo su falta de sensibilidad".

Dos detalles adicionales hacen su caso un poco más feo: Rushdie había publicado poco antes una reseña muy dura de La casa Rusia, una novela de Le Carré; años más tarde, cuando apareció El sastre de Panamá, algunos periódicos estadounidenses acusaron a Le Carré de antisemitismo. Le Carré lamentó la persecución que sufría, aunque siguió insistiendo en que Rushdie se lo había buscado. En esa ocasión, Le Carré reprochó a los defensores de Rushdie su “colonialismo”, porque según él el islam no estaba preparado para tolerar las críticas (lo que constituye un argumento colonialista de manual). Explicó que no debía salir la edición de bolsillo porque le preocupaba más la chica de Penguin a la que un paquete bomba podía volarle las manos que el dinero en derechos de autor que podía ganar Rushdie (un ejemplo de demagogia especialmente perverso; por cierto, los trabajadores dijeron que querían que el libro saliera), y que “no hay ninguna ley en la vida o la naturaleza que permita insultar impunemente una gran religión”.

Recientemente ha matizado un poco su posición: ha dicho que es posible que estuviera equivocado en el asunto de Los versos satánicos, pero “Me parecía poco razonable esperar que el Islam alcanzara de pronto el mismo estado de desarrollo que nuestras propias religiones”. Tampoco me parece muy satisfactorio: si le hubiéramos dejado y hubiésemos esperado su evolución, es posible que la Iglesia Católica siguiera empleando las estrategias pedagógicas de la Inquisición para reformar a los homosexuales, los ateos o los que tienen ideas equivocadas. Respecto a su moratoria de publicación hasta que lleguen “tiempos más tranquilos”, parece que tendríamos que seguir esperando un poco más. Y de nuevo parece que Le Carré considera que el auténtico islam es la interpretación más fundamentalista de la religión. ¿Los musulmanes que se opusieron a la fetua son menos musulmanes?

La religión

Aunque las ideas de Le Carré sobre la religión son en general bastante confusas:

Era muy fácil en esos tiempos ser un héroe cultural si te sumabas a la cruzada contra el islam, y usted lo sabe mejor que yo viviendo en un país católico, hasta qué punto Aznar tenía motivos religiosos. Y eso da mucho miedo: que Bush y Blair fuesen en el fondo tan cristianos, y no me refiero a la religión. Si vas a Dios para justificar tus acciones, eso no es fe...

Aznar era religioso. Si había razones religiosas para la invasión de Irak, yo no lo sé. Se hizo con pretextos falsos: las armas de destrucción masiva. También se dieron otras razones, pero me parece que la religión no estaba entre ellas. Y Bush, que era cristiano y empleó la palabra “cruzada” poco después del 11-S, también tenía buenas relaciones con algunos países musulmanes. Si Le Carré cree que la idea de que la democracia puede exportarse por las armas es religiosa, debería explicar cuándo emplea la religión como metáfora y cuándo literalmente (entiendo que cuando afirma que España es un país católico, sea lo que sea que significa eso, lo dice literalmente).

Luego dice que Bush y sus amigos no eran cristianos de verdad porque tenían que demostrar su fe: a lo mejor es una corrección, y quiere evitar insultar una gran religión, pero no estoy seguro. Lo que sí sé es que los que mataron a 191 personas en España tenían motivos religiosos. Que sus creencias fueran sinceras o no, que interpretasen mal el Corán, no me importa tanto, porque pienso que la vida humana está por encima de cualquier creencia religiosa.

Una línea falsa

Pero quizá lo más delirante, y malintencionado, sea la línea falsa que construye Le Carré, y que va desde la defensa de la libertad de expresión en el caso Rushdie a la guerra de Irak -que se produjo catorce años después-, la persecución a los musulmanes y el apoyo a Guantánamo o el recorte de los derechos civiles. La URSS durante la Guerra Fría y el terrorismo islámico en nuestros días son peligros prácticamente imaginarios, productos de una paranoia que nos inculcan los malvados dirigentes occidentales, las corporaciones, etc.: lo que realmente es peligroso son Los versos satánicos y quienes los defienden, porque ya sabemos a lo que conduce eso:

La experiencia de Rushdie y la declaración de una guerra cultural contra el islam ayudaron a esta polarización. Tras el 11-S no era seguro tener un tipo de piel en áreas urbanas y toda la retórica fácil sobre el islam ayudó a demonizar a esta gente.

De nuevo, Le Carré invierte el papel del agresor y la víctima en el caso Rushdie. Establece un vínculo que no existe. La fetua contra Rushdie se emitió en 1989. Jatamí la congeló en 1998. Los atentados del 11-S se produjeron en 2001.

Se pueden defender la libertad de expresión y los derechos humanos, y no estar a favor de la intervención armada; y al revés: pregúntale a Bush. Se puede, incluso, pensar que el islam tiene que encontrar su propia Ilustración, pero que las ideas religiosas no pueden decidir lo que se debe publicar en países democráticos. También se puede pensar que el terrorismo es un enemigo, y que hay que derrotar a los terroristas y a quienes los financian, por una parte, e impulsar de muchas maneras reformas liberales en los países donde la población vive oprimida bajo ideas totalitarias, por otra. Lo que es raro es lo que hace Le Carré: defender las libertades en unos casos y atacarlas en otros, según quién las amenace.

"Esas cosas ocurren"

En la versión de Le Carré, las actividades terroristas, que han asesinado a mucha más gente en los países del mundo islámico que en Occidente, no tienen mucha importancia:

Es verdad que padecimos el terrible 7-J y ustedes el todavía peor 11-M y que esas cosas ocurren.

 Arrincona los atentados del 11-S en un complemento circunstancial de tiempo (“tras el 11-S”, aunque reconoce: “hay unos cuantos miles de personas que forman Al Qaeda y hay una parte de la sociedad islámica que les apoya”). Tampoco habla de la hostilidad en ciertos países musulmanes hacia Occidente, del antisemitismo, de la expansión de las versiones más intolerantes del islam, que son cosas al menos tan evidentes como los problemas que tuvieron que afrontar los musulmanes en Occidente tras los atentados. Por cierto, en España no hubo altercados contra los musulmanes después del 11-M.

La tentación de la calumnia

La versión de Le Carré es una teoría de la conspiración. Hay gente que defendió a Rushdie y apoyó la invasión de Irak. Pero mucha más gente no lo hizo (muchos de los que condenaron la fetua eran progresistas, y la mayoría de los progresistas se opuso a la intervención ilegal) y también se manifestó en contra de la criminalización de los musulmanes: un ejemplo es Rushdie, que curiosamente no estaba a favor de que lo asesinaran y criticó la guerra de Irak y la política de Bush en general. Y que, además, siempre ha defendido que la circulación de las ideas, el amor a la libertad, la justicia social o importancia de la belleza, de la música o del arte, de la alegría y la libertad sexual, son elementos esenciales en la lucha contra el fundamentalismo.

Eso no significa estar de acuerdo con las vergonzosas prácticas de la desastrosa administración estadounidense anterior. Al contrario, uno de los peores aspectos de la guerra contra el terrorismo de Bush es que traicionó los principios de la legalidad, la libertad y el respeto a los derechos humanos que debía defender. A los gobiernos democráticos debemos exigirles que cumplan su palabra; al fundamentalismo religioso hay que impedirle que lo haga.

Oponerse a las ideologías que promueven la muerte y a las matanzas indiscriminadas de personas inocentes, enfrentarse a los castigos corporales, al asesinato por ideas políticas, al control del comportamiento sexual o a la exclusión de las mujeres en cualquier lugar es lo mínimo que yo le pediría a un supuesto referente moral. Para tomar en serio los juicios que un escritor emite sobre el mundo le pediría rigor intelectual, una aspiración a la objetividad por encima de las antipatías personales y la tentación de la calumnia, y la capacidad de distinguir entre víctimas y verdugos. En esta entrevista, no me parece que John Le Carré satisfaga ninguna de estas condiciones.

He tomado aquí la imagen de John Le Carré.

 

MAGIA EN EL HOSPITAL

MAGIA EN EL HOSPITAL

 

El Periódico de Aragón cuenta hoy que un centenar de voluntarios lleva el reiki a los hospitales aragoneses.

El periódico saluda la noticia con alegría: “El reiki o la energía que alivia”, titula. Asegura que el reiki “es una técnica complementaria a la medicina tradicional [o sea la medicina: la ciencia], que ayuda al paciente en la aceptación de la enfermedad, alivia los dolores y mitiga problemas como el insomnio”; al parecer, ayuda a aliviar la angustia de los enfermos. Y más adelante, “la práctica del Reiki se fundamenta en un emisor o canal que, a través de sus manos transmite energía vital a un receptor, con el fin de paliar molestias y enfermedades”. Dice que los voluntarios enseñan su técnica en los hospitales de la comunidad; que “ya se han formado 250 profesionales” en Zaragoza. La cursiva es mía.

El periódico no dice que el reiki es una terapia mística que no tiene ninguna validez científica. Fue inventado en 1922 por Mikau Usui, después de pasar tres semanas en ayuno y después de ponerse bajo una cascada, lo que permitió que se le abriera un chacra y se le ocurriera la idea. Parte de la base de que una invisible ‘fuerza de la energía vital’ fluye a través de nosotros y es lo que nos da la vida. Si andamos bajos de esa energía tenemos más posibilidades de enfermar o tener estrés; y viceversa. Los que practican el reiki creen que el emisor pasa energía al paciente a través de la imposición de manos. Según The International Center for Reiki Training:

Un tratamiento se siente como un resplandor que fluye a través y alrededor de ti. El reiki trata a toda la persona, incluyendo cuerpo, emociones, mente y espíritu, y creando muchos efectos beneficiosos que incluyen relajación y sensación de paz, seguridad y bienestar. Muchos han señalado resultados milagrosos.

En 2008, el informe Effects of reiki in clinical practice: a systematic review of randomised clinical trials, que publicó el International Journal of Clinical Practice, examinó nueve estudios sobre el reiki y concluyó que no demostraban que fuera efectivo para curar ninguna enfermedad. No podían practicarse experimentos de doble ciego; los estudios que defendían el reiki no practicaban pruebas al azar, y el potencial para la parcialidad, intencional o no, era grande y hacía los resultados imposibles de interpretar. En general, la calidad de las pruebas para esos estudios se consideraba defectuosa: no se controlaba el efecto placebo y la mayoría de los estudios sufrían “efectos metodológicos como una muestra de prueba pequeña, un diseño inadecuado del experimento e informes defectuosos”. Como procesos con esos defectos suelen exagerar los efectos del tratamiento, no hay ninguna prueba para indicar que el reiki es efectivo como terapia única o auxiliar para cualquier problema médico, o que tiene algún beneficio más allá del posible efecto placebo.

Tampoco se ha demostrado que el reiki tenga efectos secundarios adversos, más allá del avance de la idiotez y la superchería, del abuso repugnante de la vulnerabilidad de los enfermos, y del dinero que pierden los que tienen que pagar para convertirse en maestros reikis, aunque he leído que ahora es más barato. Por otra parte, el reiki puede ser peligroso en algunos casos: por ejemplo, si un paciente renuncia a un tratamiento demostrado clínicamente a favor de una terapia mística. Y sin duda es una mala noticia que los profesionales de los hospitales pierdan el tiempo estudiando tonterías, en vez de aprender más sobre las mejores formas de curar y prevenir enfermedades, y es una noticia espantosamente mala que la magia, el delirio y la estafa tomen posiciones en un lugar donde la razón y la investigación rigurosa son un asunto de vida o muerte.

He tomado la imagen aquí.

 

CHOMSKY

CHOMSKY

 

1.

Escribía el lunes Bárbara Celis en El País:

“Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) es uno de los intelectuales estadounidenses más conocidos y mejor valorados fuera de su país. Pero en Estados Unidos sólo quienes están vinculados a los círculos políticos de izquierdas no descafeinadas saben su nombre”.

Busco Noam Chomsky en The New York Times. Salen 3810 referencias.

Busco a Noam Chomsky en Amazon.com. También tiene una página dedicada a él en AutorStore de Amazon, donde aparecen 89 títulos.

Vincenç Navarro, que ha publicado Entrevista con Noam Chomsky, mandó una carta a El País: “En realidad, Noam Chomsky es uno de los intelectuales más conocidos en Estados Unidos, habiendo sido definido por el diario The New York Times como ‘el intelectual más importante de Estados Unidos’. Es uno de los intelectuales citados con mayor frecuencia en The Arts and Humanities Citation Index y varios de sus libros, según el Publishers Weekly, han alcanzado la categoría de best sellers”. La revista Foreign Policy también lo incluía en 2008 entre los 100 intelectuales más influyentes del mundo.

El propio Chomsky, sin embargo, contribuye a crear esa falsa impresión: “Pero la libertad tiene muchas dimensiones y otras formas de control, por ejemplo a través del impacto de la concentración de capital. Por eso usted verá mis artículos en Johanesburgo, pero no en The New York Times”. En Sobre el anarquismo dice: “Me siento perfectamente a gusto escribiendo columnas distribuidas por The New York Times”. Y no deja de ser curioso que un hombre que tiene tanto éxito y relevancia declare en Dos horas de lucidez acerca de las editoriales en las que publica, “Si lo que uno busca es fama y prestigio, no es la mejor opción. Pero, en cambio, si uno quiere fomentar la participación y la acción popular…”.

Félix Romeo ha escrito que Chomsky “siempre habla de los grandes beneficiarios del atentado [del 11 de septiembre], pero nunca se coloca entre ellos, y debería hacerlo (…) Chomsky existía antes del atentado, pero se multiplica. En España se han publicado desde entonces 60 de sus libros y 15 sobre él. El fenómeno, surgido en Estados Unidos, se repite en Francia, Italia, Alemania y Portugal (más de 50 de sus libros traducidos: ningún otro pensador tiene semejante espacio en las librerías)”.

También ha tenido publicistas inesperados, aunque no se le puede culpar de ello. Justo después de que Hugo Chávez lo elogiara en un discurso en las Naciones Unidas en 2006, la editorial Metropolitan Books, ante las peticiones de Barnes and Noble y otras cadenas de librerías, imprimió 25.000 ejemplares de Hegemonía y supervivencia, un libro de 2003 que también se colocó en el número 1 de las listas de Amazon. En otra ocasión, un mensaje de Osama Bin Laden recomendaba leerlo.

Chomsky también es una estrella en Internet. Su página web tiene muchos artículos, y hay muchas páginas con sus frases y sus polémicas. En Google aparecen 2.570.000 entradas. Sin embargo, el disidente aseguraba que: “El acceso a Internet ya está restringido porque hay que pagar por él, pero ahora las empresas quieren que sea más fácil llegar a unas webs que a otras, en detrimento de quienes no pueden pagar por estar entre las de acceso rápido”. El acceso a Internet está restringido porque hay que pagarlo, dice, así que supongo que el acceso a las lechugas también está restringido, pero no sé qué no lo está. Está más restringido en los países donde no se permite el acceso a Internet, o donde no hay líneas, o donde sólo unos pocos pueden pagarlas, o donde hay un alto índice de analfabetismo. Y además si uno busca a Chomsky los buscadores lo llevarán a Chomsky, aunque las malvadas corporaciones hayan hecho una página muy vistosa y rápida en homenaje a Huntington.

Chomsky es también un lingüista importante, y no podría alcanzar ese nivel de influencia diciendo sólo tonterías. Criticó la guerra de Vietnam  y la invasión de Timor Oriental por parte de Indonesia, ha denunciado crímenes contra la humanidad, y a diferencia de otros gurús de la izquierda no ha sido un apologista de la Unión Soviética. También ha combatido el relativismo en la lingüística y ha postulado unos principios universales sintácticos que compartimos todos los seres humanos, pero no aplica los mismos estándares en la política o en los derechos humanos. No tiene una teoría política propiamente dicha, ni un plan para la sociedad. Los crímenes sólo le interesan cuando el culpable es Occidente, y eso le ha llevado a defender lo indefendible, o a minimizar el sufrimiento de las víctimas.

Se define como un anarquista, y critica las restricciones a la libertad de las democracias, pero no está contra todos los gobiernos y tiene dificultades para ver la falta de libertad en regímenes no democráticos. Le parece que defender los derechos de los homosexuales es olvidar "los problemas realmente serios", y ha declarado: “Me parece que Estados Unidos necesita una desnazificación”, o que “La propaganda es a la política lo que la porra a un estado totalitario”, cuando la propaganda es todavía más brutal –e ineludible- en los estados totalitarios. Sobre el interés de los europeos por las últimas elecciones americanas,  ha dicho: “[Europa] siguió todo lo que es superficial, sin entrar en los programas”, así que supongo que tenemos que darle las gracias al cielo porque lo tenemos a él, para que nos explique lo que es importante. Tiende a manipular estadísticas, a despreciar la capacidad crítica de los ciudadanos, y a sacar conclusiones y establecer equivalencias morales y explicaciones que bordean la teoría de la conspiración a partir de datos hipotéticos.

2.

Chomsky defendió al negacionista Robert Faurisson, que afirmaba que los nazis no tenía campos de exterminio, que los jueces de Nuremberg habían forzado los testimonios de los supervivientes, o que el Diario de Anne Frank era falso.

Las supuestas cámaras de gas de Hitler y el supuesto genocidio judío forma una gigantesca mentira histórica, que abrió el camino a una gigantesca estafa política y financiera, cuyos principales beneficiarios son el estado de Israel y el sionismo internacional, y cuyas principales víctimas son el pueblo alemán –pero no sus líderes- y el pueblo palestino.

Como cuenta en What’s Left Nick Cohen, la izquierda de los años 70 estaba en general en contra del antisemitismo, y hubo un escándalo: los manifestantes lo atacaron, se emprendieron acciones legales y los administradores de la Universidad le suspendieron. “La libertad de expresión incluye la libertad de mentir y difamar”, escribe Cohen, “y si Noam Chomsky hubiera firmado una petición que defendiera la libertad de Faurisson no habría queja. Lo que ocurrió, sin embargo, fue que el admirado izquierdista, el estudioso que escribía contra el fascismo, fue mucho más allá de una declaración de principios elementales y dio solaz a grupos neonazis de todo el mundo.

La petición que firmó Chomsky era una obra de verdadera propaganda que pintaba a Faurisson como un buscador de la verdad que estaba siendo injustamente atacado por su investigación. Era un ‘respetado profesor de literatura francesa del siglo XX y crítica de documentos, que ha conducido una extensa investigación sobre la cuestión del “Holocausto”’.

Las inquietantes comillas alrededor de la palabra ‘Holocausto’ y la afirmación de que Faurisson era un historiador con ‘hallazgos’ reputados enfurecieron a la izquierda francesa. Pensaron que Chomsky era un hombre ocupado que había añadido su nombre a la petición sin darse cuenta de lo que firmaba. Pese a que le habían dado el capítulo y el verso a la creencia de Faurisson de que el mayor crimen de Europa no había ocurrido y de que los judíos le habían declarado la guerra a Hitler, Chomsky insistió en que hasta donde él podía saber, Faurisson era un ‘liberal relativamente apolítico’”.

Cohen continúa: “Chomsky opinaba que no creer en el Holocausto no era en sí mismo una prueba de antisemitismo: ‘si a una persona ignorante de la historia moderna le hablaran del Holocausto y se negara a creer que los humanos son capaces de actos tan monstruosos, no concluiríamos que es un antisemita. Eso basta para zanjar este asunto’.”

¿Cómo va a zanjar el asunto, si no estaba hablando de una persona ignorante de la historia e incapaz de comprender el mal, sino de un historiador del que decía que había investigado los hechos? Eso sin tener en cuenta que la experiencia demuestra que los que niegan el Holocausto no suelen sentir mucho aprecio por los judíos.

Chomsky escribió un texto sobre Faurisson y dio permiso para que se reimprimiera. Serge Thion lo utilizó como prólogo del libro Mémoire en defense de Faurisson, sin que lo supiera Chomsky. Luego Chomsky pidió que el ensayo no se utilizara así, porque le parecía que la comunidad intelectual francesa era incapaz de entender la libertad de expresión y se produciría más confusión. Era demasiado tarde; el libro salió con el prólogo.

3.

Entre 1975 y 1979, el régimen de los jemeres rojos acabó con una quinta parte de la población de Camboya. El sacerdote francés François Ponchaud fue uno de los primeros que consiguió elaborar un informe creíble de las atrocidades –lo que resultaba muy difícil, por el control férreo que el régimen de Pol Pot había instaurado en todo el país-: un libro que llamó Camboya, año cero. Ponchard, un izquierdista que en un primer momento había aceptado de buen grado la victoria de Pol Pot, entrevistó a miles de refugiados que habían logrado llegar a la frontera. Sus informes estaban apoyados por los reportajes de Jon Swain de The Times y Sydney Schanberg de The New York Times.

Chomsky y su colaborador Edward Herman acusaron al sacerdote de “jugar con las citas y los números y tener un partidismo y mensaje anticomunista”. Encontraron a The New York Review of Books, que había elogiado el libro de Ponchard, responsable de “extremas distorsiones contra los jemeres”. Los artículos demostraban que la historia era “fabricada” para que las masas aceptaran como hechos la propaganda capitalista. Chomsky y Herman saludaron como valientes disidentes a dos autores que reimprimían los boletines de propaganda de la radio de Pol Pot, y aseguraban que si se producían crímenes en Camboya (que, quizás, decían, “se parece a la Francia de después de la liberación”) se debían a la amenaza del hambre que había “causado la destrucción y asesinatos de Estados Unidos”.

4.

Chomsky se opuso a la intervención de la OTAN en Kosovo. Y también tuvo una actitud ambigua en torno a la guerra de los Balcanes.

Nick Cohen cuenta que Thomas Deichmann, un izquierdista alemán y apologista de la actuación serbia durante la guerra de los Balcanes, escribió en la revista LM que las fotografías que habían convencido a la opinión pública de que en Bosnia se habían cometido crímenes contra la humanidad eran un engaño. No intentó entrevistarse con los supervivientes, como Fikret Alic, que vivía en el exilio después de que en el campo le hubieran roto seis costillas, la mandíbula, la nariz y le hubieran dejado sin dientes: habló con los guardias serbios, que le explicaron que Trnopolje era un centro “de recogida de refugiados, muchos de los cuales buscaban seguridad y podían marcharse si querían”.

Diana Johnstone escribió en Fools’ Crusade que la masacre de Srebenica no había existido: “se supone que los 8.000 musulmanes asesinados llegaron en condiciones de seguridad a territorio musulmán”. “Las autoridades musulmanas nunca dieron información sobre esos hombres, prefiriendo contarlos entre los desaparecidos, es decir, entre los masacrados”, explicaba. Sólo se podía hablar de 199 muertos: “no hay manera de informar del destino de todos los musulmanes desaparecidos en Srebenica. En lo que respecta a los musulmanes que fueron realmente ejecutados tras la caída de Srebenica, esos crímenes llevan todas las marcas de espontáneos actos de venganza, en vez de un proyecto de ‘genocidio’”.

En el juicio en La Haya en 2003, hubo testimonios de testigos de esa masacre que se produjo ante las narices de la ONU. El coronel Dragan Obrenovic, subcomandante del ejército sergbio en Srebenica en el momento del genocidio, declaró: “Soy culpable de lo que hice y de lo que no hice. Miles de personas inocentes fueron asesinadas, sólo quedan las tumbas”.

Cuando la revista sueca Ordfront le ofreció un espacio a Johnstone, la redacción protestó. Tariq Ali, Arundhati Roy, Chomsky y Harold Pinter escribieron una carta defendiendo su derecho a escribir lo que quisiera (un derecho que ningún tribunal le había quitado). Pero además, la carta decía que Fools’ Crusade era “una obra extraordinaria, que disiente de la visión mayoritaria por medio de los hechos y la razón, siguiendo una gran tradición”.

Chomsky dijo en la televisión serbia: “hay un famoso incidente que ha cambiado por completo la opinión occidental, la fotografía de ese hombre delgado tras la valla”.

“Una fotografía fraudulenta”, interrumpió el serbio.

“¡Lo recuerda!”, respondió Chomsky. “El hombre delgado tras la valla. Así que es Auchswitz y no podemos tener Auchswitz otra vez”.

4.

El 12 de septiembre de 2001, Chomsky comparó los ataques de Al Qaeda (que se entenderían, diría más tarde, “teniendo en cuenta el sufrimiento expresado por los pueblos de Oriente Medio”) en Nueva York y Washington con el bombardeo de la fábrica farmacéutica Al-Shifa en Jartum el 20 de agosto de 1998, “que probablemente llevó a la muerte a decenas de miles de personas”. Human Rights Watch declaró que no había podido investigar el número de muertos, y que no lanzaría una cifra sin una misión meticulosa sobre el terreno. Christopher Hitchens, que considera el bombardeo de la fábrica farmacéutica un crimen de guerra “al que se oponían la mayoría de los militares y del servicio de inteligencia” y escribió numerosas columnas denunciándolo mucho antes que Chomsky, afirmaba “mencionar con el mismo tono la degradación a lo república bananera de Estados Unidos y un plan, pensado durante meses, para infligir el máximo horror sobre los inocentes es abandonar todo estándar que hace posible la discriminación moral e intelectual. Por expresarlo en el nivel más sencillo y elemental, los misiles que lanzó Clinton no estaban llenos de pasajeros”.

He tomado la imagen de Chomsky aquí.

CAYO LARA

CAYO LARA

 

Además de establecer una repugnante equivalencia moral entre el Partido Popular y Democracia 3 millones y Askastasuna, Cayo Lara, que es coordinador de Izquierda Unida desde hace dos meses, dice esto en una entrevista que parece de otra época, pero sale hoy en El País:

Pregunta. ¿Por qué defiende Izquierda Unida la dictadura en Cuba?

Respuesta. Bueno, hay un concepto de dictadura... [que generalmente incluye la falta de elecciones y prensa libre y libertad de movimientos de sus ciudadanos, y la existencia de censura y presos políticos y violación sistemática de los derechos humanos]. Es un modelo que los cubanos se han dado después de una revolución de 50 años [se: pronombre reflexivo. También sirve para borrar huellas]. Los cubanos son los que tienen que decidir qué modelo quieren [aunque de momento parece que algunos cubanos son más cubanos que otros].

P. ¿Con elecciones democráticas o cómo?

R. Ellos tienen elecciones, sólo que con partido único [Ese detalle. O sea, que no son democráticas. ¿Y Cayo Lara no tiene ninguna objeción contra el partido único en general, contra el del franquismo, o contra el de China, Vietnam, Laos, Siria, Corea del Norte, Eritrea y Turkeminstán en la actualidad?]. Yo de Cuba me quedo con esto [vamos a ver qué tal suena: yo de la España de Franco me quedo con esto… Yo del Chile de Pinochet me quedo con esto…]: es un país que, empobrecido por el bloqueo [el embargo –no bloqueo- perjudica la economía cubana, aunque también las desastrosas políticas económicas de la revolución. Escribe Rafael Rojas: “En 50 años de socialismo, la que era la tercera economía de América Latina ha descendido al penúltimo lugar en la región y al 140 del mundo. La balanza comercial cubana es una de las más desfavorables del planeta: exporta 3.400 millones de dólares e importa 10.100. En 1958, Cuba producía más del 75% de su consumo de alimentos: hoy, la mayor parte de lo que consumen los cubanos proviene del exterior, sobre todo, de Estados Unidos”. ¿Y todo es por culpa de Estados Unidos?], ha sido capaz de transmitir más solidaridad que muchos países desarrollados de Europa [¿que España, por ejemplo, que se ha comprometido a condonar parte de los 1.500 millones de euros que le debe el régimen de Fidel Castro?]: profesores, médicos enviados a otros países para curar a gente... [a veces obligados a ir a esos lugares, ya que el Estado, como les ha proporcionado la educación, los considera de su propiedad; en cambio, si quieren salir de su país, lo tienen muy difícil. Los médicos cubanos, ya se sabe, van a otros países a curar gente, a diferencia de los de otras naciones, que van a transmitir enfermedades y a inyectar el capitalismo a los bebés. Olvida decir que Cuba también ha mandado soldados a otros países]. A Cuba hay que valorarla comparándola con los países de su entorno, no con Suecia [aunque él acaba de compararla con los países desarrollados de Europa, porque le venía bien. Pero ya sabemos cómo aplican las reglas las personas que piensan como Cayo Lara: ellos nunca cumplen las normas que imponen a los demás]. Y, comparada con su entorno, Cuba ha dado lecciones al mundo [¿?]. Ellos tendrán que hacer su transición: con Fidel, sin Fidel, con Raúl, sin Raúl, pero ellos son los que lo van a decidir.

Aunque la parte final es el momento más revelador:

P. ¿Y no se puede aplaudir esos avances del régimen cubano pero pidiendo a la vez respeto a las libertades individuales?

R. Pero, ¿con quién los comparamos? Nosotros, por ejemplo, tenemos una ley electoral que hace que a IU le cueste siete veces más que al resto de partidos tener un diputado en el Congreso. Es que nos cuesta mucho trabajo ir a dar lecciones de democracia a nadie...

P. Hombre, pero hay diferencias, ¿no?

R. Sí, sin duda. Pero aquí PSOE y PP han decidido extinguir a una fuerza política con esa ley tramposa. ¿De qué democracia hablamos? ¿España va a dar lecciones a Cuba y decirles cómo tienen que hacer su democracia? ¿Damos ejemplo con esta democracia nuestra?

 

Primero, Cayo Lara elude hablar de las libertades individuales. Y dice que la democracia española tiene muchos defectos y no puede dar lecciones. Sin embargo, hace unos días reclamaba que se juzgara en España a militares y políticos israelíes por la invasión de Gaza (reformar la justicia universal sería dar un paso atrás, decía), y en otro lugar de la entrevista minimiza un problema bastante grave de la democracia española –lo llama “problema vasco” y se refiere a que algunos amenacen y maten a gente porque no piensa como ellos-, ya que sirve como “cortina de humo” para ocultar los problemas de verdad. Y también dice eso a pesar de que estemos en el periodo democrático más largo y sólido de la historia de España, y la transición siga siendo un modelo para muchos países.

Creo que habría que hacer cambios en el sistema electoral español, que no sólo perjudica a Izquierda Unida. No me gusta que los votos valgan más en unos lugares que en otros; no me parece bien que el voto de una persona valga más que el de otra. Pero lo que más me llama la atención es que Cayo Lara, que acepta unas elecciones con partido único en Cuba, dice que aquí las cosas no están bien porque su partido tiene menos representación parlamentaria de la que le corresponde por su número de votos. Equipara una característica discutible de la democracia a la falta de democracia.

Supongo que los cubanos que no pueden tener ninguna representación porque sus ideas no son las del partido único y no pueden defenderlas ni políticamente ni por medio de palabras tienen un problema mucho menos importante que Cayo Lara. De nuevo, Lara juega con dos barajas diferentes.

A lo mejor cree que a los cubanos les corresponden menos derechos que a los españoles, o que deben sacrificarse por los ideales de sus tiranos y de los líderes que los sostienen desde las garantías económicas y la libertad que les ofrecen las democracias liberales que detestan. O a lo mejor podemos entender de otra forma el titular de la entrevista: el coordinador general de Izquierda Unida dice que ilegalizar partidos es peligroso, pero no está tan mal cuando se ilegalizan todos los partidos, salvo el que a él le gusta.

En la imagen, Cayo Lara. La he tomado aquí.

 

LA VISITA

LA VISITA

La semana pasada vino a España el secretario de Estado del Vaticano. Habló con el presidente del Gobierno, con la vicepresidenta, con el ministro de Exteriores, con el rey y con el líder de la oposición. En su entrevista con Bertone, María Teresa Fernández de la Vega defendió la reforma de la ley del aborto y de la ley de libertad religiosa, pero garantizó que no se van a cambiar los acuerdos con la Santa Sede.

Como suele ocurrir, Bertone esperó unos minutos y luego criticó todas las reformas que quiere hacer el Gobierno. Creo que en esta ocasión Zapatero y los suyos podían imaginarse lo que iba a pasar. Probablemente, incluso les venía bien: ellos demuestran su respeto, la Iglesia se reafirma obstinadamente en sus posiciones; además, lo hace de una manera mucho más civilizada que los obispos españoles. Y, durante un rato, no se habla de la sensación de ineficiencia que da el Gobierno ante la crisis.

No sé si es cinismo o ingenuidad: a lo mejor el Gobierno esperaba realmente que Bertone se mostrara partidario del derecho a decidir de las mujeres, de la libertad sexual, de la separación Iglesia-Estado o que renunciara a los privilegios que la Iglesia católica conserva anacrónicamente en nuestro país. Es posible, pero los antecedentes no apuntaban a eso. Por ejemplo, Bertone fue uno de los primeros en condenar El código Da Vinci, un libro que consideraba “lleno de mentiras”. Yo creo que es un problema común en muchas novelas, aunque Dan Brown revistiera la suya de teorías conspiratorias y supercherías pseudohistóricas. Bertone alertaba de esta gran amenaza al mundo: "El libro está por todas partes. Hay un riesgo real de que mucha de la gente que lo lee crea que las fábulas que contiene son verdaderas”. Aunque no soy partidario de condenar libros, si siguiéramos el razonamiento de Bertone, no sólo habría que tener cuidado con El código Da Vinci: su descripción de los peligros que crea la novela se ajusta perfectamente a la Biblia.

Zapatero ha hecho muchas concesiones a la Iglesia Católica, aunque a la jerarquía le hayan molestado algunas de las reformas sociales que han sido, sin duda, lo mejor de su periodo en el Gobierno, y tiene una actitud muy ambigua con la institución. En una ocasión dijo que no podía contestar si creía o no en Dios, con lo mucho que ha presumido de ser del Barça. En esa actitud hay algo de miedo y de reverencia. Y al mismo tiempo, de vez en cuando juega electoralmente con asuntos de la relación Iglesia-Estado que debería haber solucionado: los privilegios injustos de la Iglesia católica o la invasión de la religión en los espacios institucionales y la escuela pública de un estado aconfesional.

En España hay muchos católicos y las leyes de la democracia garantizan que pueden vivir su religión con total libertad, como los que profesan otras religiones o los que no tenemos ninguna. Por raro que parezca, nadie va a obligar a un católico a contraer un matrimonio homosexual. Lo que no tiene sentido y resulta profundamente totalitario es que algunos católicos pretendan imponer a los demás una moral que sólo les afecta a ellos, y que eso se tolere. El Gobierno de España no tiene que darle ninguna explicación ni pedir ninguna bendición al Vaticano. Es una concesión que no le haría a ningún otro país del mundo –en este caso, además, es un régimen teocrático, que practica una brutal discriminación sexual y anda muy por detrás de España en todos los parámetros de la democracia-, y supone reconocerle una autoridad moral que no le corresponde ni en la teoría ni en la práctica.

He tomado la imagen de El País. En ella aparecen Bertone, Zapatero, el rey, el príncipe y Moratinos.