GAZA
Espero que en Gaza se alcance un alto el fuego cuanto antes. Israel tiene el derecho –y la obligación- de defender a sus ciudadanos, pero su reacción es desmedida y brutal. El momento resulta especialmente siniestro: un periodo de interregno en Estados Unidos y a pocos meses de que se celebren elecciones en Israel. No se pueden justificar las muertes de cientos de civiles inocentes –la mitad, mujeres y niños- y el sufrimiento de la población palestina, o el supuesto bombardeo de los refugiados en una escuela. Y tampoco es admisible que los periodistas no puedan entrar en Gaza. A lo mejor con esta operación Israel gana seguridad a corto plazo, si consigue destruir las infraestructuras de Hamás y si se termina con el contrabando de armas, pero es difícil que los ataques ayuden a que se consiga la paz y se avance hacia la solución de los dos estados.
Según cifras de la ONU, Gaza, que alberga a un millón y medio de personas, tiene un 42% de paro, y el 76% de la población depende de la asistencia humanitaria. Es un lugar de miseria y desesperación. Eso, y la devastación y muerte que están provocando los bombardeos del Ejército israelí –que a diferencia de Hamás no considera a los civiles como objetivos bélicos, y les avisa de los bombardeos, pero en ocasiones no parece andarse con muchos miramientos cuando se le ponen por delante- constituyen un caldo de cultivo para el extremismo y un obstáculo para la paz. Por otra parte, Israel, que en muchos sentidos es un país admirable –con un sistema democrático, una producción cultural y una economía inusuales en la zona- también se ve amenazado: por Hamás y Hezbollá, por Siria e Irán (que propuso borrar el país del mapa e intenta conseguir armas nucleares) y por la propia demografía: los árabes israelíes tienen más hijos que los judíos israelíes. También vive con tensiones internas -que se articulan democráticamente y no de forma violenta- y tiene que garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
El comportamiento y las ideas de Hamás –que toleró el saqueo de los invernaderos y equipamientos agrícolas tras la retirada de Israel de Gaza, ganó las elecciones en 2006 y continúa luchando con Al Fatah por el poder en Palestina- también hacen difícil llegar a un acuerdo. El artículo 7 de sus estatutos cita estas palabras: “El día del juicio no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos (matando a los judíos), cuando el judío se esconda tras las piedras y los árboles. Las piedras y los árboles dirán Oh Musulmanes, Oh, Abdulláh, hay un judío detrás de mí, ven y mátalo. Sólo el Gharkad (el cedro) no lo hará, porque es uno de los árboles de los judíos”. El artículo 22 asegura que la revolución francesa, la revolución rusa, el colonialismo y las dos guerras mundiales fueron provocadas por “los enemigos”, los judíos, que están detrás de una gran amenaza para el mundo como la masonería y también se encargaron de montar la Liga de Naciones y después las Naciones Unidas: “No hay guerra en ningún parte sin que ellos hayan puesto el dedo”, dice. Como fuente de autoridad, en el artículo 32 recurren a los Protocolos de Sión, la célebre superchería elaborada por la policía zarista. El artículo 13 dice: “las iniciativas y las llamadas soluciones pacíficas y conferencias internacionales están en contradicción con los principios del Movimiento de Resistencia Islámico”. En el artículo 12 se dice: “Una mujer puede salir a combatir al enemigo sin el permiso de su marido, y también puede hacerlo el esclavo, sin el permiso de su amo”. Es una frase que por una parte sitúa a la mujer por debajo del hombre –para el resto de las cosas tiene que pedirle permiso a su marido-; por otra, acepta de buen grado la esclavitud.
Tratamiento
El tratamiento del conflicto en los medios de comunicación españoles demoniza a Israel y soslaya la responsabilidad de Hamás, una organización terrorista financiada por Irán que aspira a la destrucción de Israel, ataca a los civiles –ha lanzado más de 5.000 cohetes desde que Israel abandonó la franja- y pone en peligro la vida de los palestinos.
Como ha escrito Antonio Elorza, "la imagen dominante acerca de la invasión de Gaza apenas ofrece espacio para la duda. Después de una semana de bombardeos con cientos de víctimas civiles, el Tsahal, la impresionante máquina de guerra israelí, entra en la franja palestina ‘a sangre y fuego’. Con el apoyo de Bush y desoyendo los llamamientos a la tregua de medio mundo. Entretanto, los habitantes de Gaza tratan de escapar a la catástrofe, sin agua ni abastecimientos. Veredicto inmediato: Israel es culpable y ‘los palestinos’, víctimas. A Hamás no se la menciona o se la incluye en el relato de pasada, sin introducir para nada en la explicación su responsabilidad en el desencadenamiento de la crisis".
Uno de los ejemplos más claros es el que ofrece el lenguaje del corresponsal de El País, Juan Miguel Muñoz, que hoy justifica muchas de las posiciones del movimiento islamista. “Carta blanca ha tenido Israel durante 12 días para devastar Gaza”, escribía el otro día. O: "Hacen frente a la potentísima maquinaria de guerra israelí unos milicianos mediocremente armados [por Irán: y sus cohetes llegan a los suburbios de Tel Aviv] que han optado por cambiar de táctica [guerrilla urbana: que pone en peligro a más civiles].
"Una distorsión obvia"
En un artículo de análisis, se refería a "una distorsión obvia", que según él impera en el país hebreo: la que dice que el origen del conflicto está en la retirada de Israel de Gaza en 2005. Pero un simple vistazo a los medios demuestra que esa visión no es unánime; que hay muchos israelíes que abogan por la retirada de Gaza y una salida diplomática. Y a cambio, Juan Miguel Muñoz proponía otra distorsión: "En 1948 se fundó el Estado de Israel y se desató la primera guerra de Oriente Próximo [la construcción de pasiva refleja enmascara los hechos: cinco países árabes declararon la guerra a Israel al día siguiente de que declarase su independencia]. En 1967, el Ejército ocupó Cisjordania y Gaza, además del Golán sirio y el Sinaí egipcio [Israel atacó después de que los países vecinos hubieran acumulado ejércitos en sus fronteras y de que Egipto hubiera cortado el paso a su barcos: es la Guerra de los Seis Días]. En 1988, la OLP reconoció a Israel nada más desatarse la primera Intifada. Explotó otra en 2000”.
No menciona los acuerdos de Oslo de 1993 entre Arafat y Rabin: se basaban en la retirada de las tropas y la administración israelí de Jericó, en Cisjordania, y de Gaza, a la que seguiría la convocatoria de elecciones para un Consejo Nacional palestino durante un periodo de cinco años, a lo largo de los cuales ambos bandos negociarían un acuerdo final. Como escribe T. G. Fraser en El conflicto árabe-israelí (Alianza Editorial, 2008), las concesiones por parte de Arafat encontraron la oposición de los que no querían llegar a ningún tipo de acuerdo con Israel: Hamás y Yihad islámica: “Su estrategia consistía en recurrir a la violencia para provocar una reacción por parte de Israel y así desacreditar las concesiones realizadas por la OLP”.
Juan Miguel Muñoz tampoco dice que poco antes de que se desatara la Segunda Intimada se celebró la cumbre de Camp David, en la que Barak ofreció a los palestinos más del 90% de Cisjordania, una capitanía palestina en Jerusalén, una soberanía compartida en la Explanada de las Mezquitas y el regreso de los refugiados a un estado palestino. Arafat rechazó la oferta. Y tampoco señala que muchos dirigentes de la Autoridad Palestina se embolsaron buena parte del dinero que organismos internacionales enviaban para ayudar a los refugiados de los campos, mientras seguían aprovechándose de esa imagen de miseria para favorecer su causa en Occidente. En 2004, el fiscal general de la autoridad palestina investigó a altos funcionarios que obtuvieron un gran beneficio económico vendiendo cientos de toneladas de cemento-que habían comprado por debajo del precio del mercado a Egipto supuestamente para reconstruir comunidades palestinas destruidas en bombardeos- a constructores israelíes que iban a hacer el muro de separación y colonias en territorios ocupados. En la corrupción de la Autoridad Palestina se encuentra otra de las claves del ascenso de Hamás.
El 2 de enero el corresponsal daba un poco de información sobre Nizar Rayyan, el líder de Hamás asesinado junto a su familia: “Rayyan, partidario de la línea dura [¿?] y que ya perdiera un hijo en un atentado suicida [envió a su hijo a perpetrar un atentado suicida: no es exactamente lo mismo que perder] contra una colonia judía desmantelada en 2005, era el enlace entre la rama política y militar de Hamás”.
Un párrafo de Javier Espinosa en El mundo demuestra la consideración de Hamás hacia la vida de los civiles palestinos: “Hace dos años, Rayyan abanderó una campaña de movilizaciones populares para concentrar a cientos de civiles palestinos en los tejados de las viviendas de líderes de grupos armados amenazados por los bombardeos del ejército israelí. En aquella ocasión su iniciativa disuadió a la aviación de Tel Aviv. Esta vez no”.
Hace unos meses, el corresponsal de El País empezaba así una crónica: “’Nos darán duro, seguro. Y nadie nos ayudará’. Jalil Nofal, uno de los principales espadas de Hamás en Gaza, lanzaba esta predicción en septiembre”. Al final del artículo, identificaba a los palestinos con Hamás: “A Jalil Nofal no le sorprenderá: los palestinos de Gaza seguirán solos”.
La máquina y los artesanos
El conflicto acapara más páginas y suscita más reacciones que otros más graves. El lenguaje que se emplea para hablar de Israel tiene un tono bélico: “atroz”, “sangre y fuego”, “maquinaria bélica”. No se dice tanto que Israel debe su supervivencia a su superioridad militar, ni se habla del sufrimiento de su población civil. Con frecuencia, se emplean comparaciones con el nazismo y el Holocausto que son un insulto a la inteligencia y sólo sirven para reducir a los palestinos, a los israelíes y a los judíos que sufrieron el exterminio nazi a una condición de metáfora. Se suele incluir también un reproche a Estados Unidos: “el master de nazismo que Israel se ha montado con los dólares de Tío Sam”, escribía el periodista aragonés Fernando Rivarés.
Ese tratamiento contrasta a menudo con una visión mítica y romántica de los palestinos. En ella hay cierto paternalismo racista, la falacia de que el débil siempre tiene razón, y algo del mito del buen salvaje, que incluye un desprecio por la tecnología. A veces, ese lenguaje se utiliza para hablar de Hamás y sus armas: los cohetes “caseros” o “artesanales”, por ejemplo, de un llamamiento que firman Rosa Regàs, Belén Gopegui y José Saramago, entre otros. Desde 2001, Hamás emplea cohetes Qassam, que ha ido perfeccionando a lo largo del tiempo. Han provocado muertes, heridos, y una sensación de inseguridad permanente en muchas poblaciones del sur de Israel. Incluso su falta de precisión se emplea como una ventaja estratégica; el líder Mahmoud al-Zakar explicaba al Sunday Telegraph en agosto de 2007 que preferían los cohetes a los ataques suicidas porque “causan migración de masas, perturban gravemente la vida cotidiana y la administración y causan un impacto más grande. No tenemos pérdidas, y el impacto en el lado israelí es muy grande”. En El País, Emilio Menéndez del Valle, Miguel Ángel Bastenier, Mario Vargas Llosa y Juan Miguel Muñoz han mencionado los “cohetes artesanales”. Pero la formulación más entrañable es la de una carta al director que habla de los “soldados artesanos”. Me pregunto si los invitarán a alguna feria de oficios tradicionales.
He tomado la imagen aquí.