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Daniel Gascón

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GAZA

GAZA

Espero que en Gaza se alcance un alto el fuego cuanto antes. Israel tiene el derecho –y la obligación- de defender a sus ciudadanos, pero su reacción es desmedida y brutal. El momento resulta especialmente siniestro: un periodo de interregno en Estados Unidos y a pocos meses de que se celebren elecciones en Israel. No se pueden justificar las muertes de cientos de civiles inocentes –la mitad, mujeres y niños- y el sufrimiento de la población palestina, o el supuesto bombardeo de los refugiados en una escuela. Y tampoco es admisible que los periodistas no puedan entrar en Gaza. A lo mejor con esta operación Israel gana seguridad a corto plazo, si consigue destruir las infraestructuras de Hamás y si se termina con el contrabando de armas, pero es difícil que los ataques ayuden a que se consiga la paz y se avance hacia la solución de los dos estados.

Según cifras de la ONU, Gaza, que alberga a un millón y medio de personas, tiene un 42% de paro, y el 76% de la población depende de la asistencia humanitaria. Es un lugar de miseria y desesperación. Eso, y la devastación y muerte que están provocando los bombardeos del Ejército israelí –que a diferencia de Hamás no considera a los civiles como objetivos bélicos, y les avisa de los bombardeos, pero en ocasiones no parece andarse con muchos miramientos cuando se le ponen por delante- constituyen un caldo de cultivo para el extremismo y un obstáculo para la paz. Por otra parte, Israel, que en muchos sentidos es un país admirable –con un sistema democrático, una producción cultural y una economía inusuales en la zona- también se ve amenazado: por Hamás y Hezbollá, por Siria e Irán (que propuso borrar el país del mapa e intenta conseguir armas nucleares) y por la propia demografía: los árabes israelíes tienen más hijos que los judíos israelíes. También vive con tensiones internas -que se articulan democráticamente y no de forma violenta- y tiene que garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

El comportamiento y las ideas de Hamás –que toleró el saqueo de los invernaderos y equipamientos agrícolas tras la retirada de Israel de Gaza, ganó las elecciones en 2006 y continúa luchando con Al Fatah por el poder en Palestina- también hacen difícil llegar a un acuerdo. El artículo 7 de sus estatutos cita estas palabras: “El día del juicio no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos (matando a los judíos), cuando el judío se esconda tras las piedras y los árboles. Las piedras y los árboles dirán Oh Musulmanes, Oh, Abdulláh, hay un judío detrás de mí, ven y mátalo. Sólo el Gharkad (el cedro) no lo hará, porque es uno de los árboles de los judíos”. El artículo 22 asegura que la revolución francesa, la revolución rusa, el colonialismo y las dos guerras mundiales fueron provocadas por “los enemigos”, los judíos, que están detrás de una gran amenaza para el mundo como la masonería y también se encargaron de montar la Liga de Naciones y después las Naciones Unidas: “No hay guerra en ningún parte sin que ellos hayan puesto el dedo”, dice. Como fuente de autoridad, en el artículo 32 recurren a los Protocolos de Sión, la célebre superchería elaborada por la policía zarista. El artículo 13 dice: “las iniciativas y las llamadas soluciones pacíficas y conferencias internacionales están en contradicción con los principios del Movimiento de Resistencia Islámico”. En el artículo 12 se dice: “Una mujer puede salir a combatir al enemigo sin el permiso de su marido, y también puede hacerlo el esclavo, sin el permiso de su amo”. Es una frase que por una parte sitúa a la mujer por debajo del hombre –para el resto de las cosas tiene que pedirle permiso a su marido-; por otra, acepta de buen grado la esclavitud.

Tratamiento

El tratamiento del conflicto en los medios de comunicación españoles demoniza a Israel y soslaya la responsabilidad de Hamás, una organización terrorista financiada por Irán que aspira a la destrucción de Israel, ataca a los civiles –ha lanzado más de 5.000 cohetes desde que Israel abandonó la franja- y pone en peligro la vida de los palestinos.

Como ha escrito Antonio Elorza, "la imagen dominante acerca de la invasión de Gaza apenas ofrece espacio para la duda. Después de una semana de bombardeos con cientos de víctimas civiles, el Tsahal, la impresionante máquina de guerra israelí, entra en la franja palestina ‘a sangre y fuego’. Con el apoyo de Bush y desoyendo los llamamientos a la tregua de medio mundo. Entretanto, los habitantes de Gaza tratan de escapar a la catástrofe, sin agua ni abastecimientos. Veredicto inmediato: Israel es culpable y ‘los palestinos’, víctimas. A Hamás no se la menciona o se la incluye en el relato de pasada, sin introducir para nada en la explicación su responsabilidad en el desencadenamiento de la crisis".

Uno de los ejemplos más claros es el que ofrece el lenguaje del corresponsal de El País, Juan Miguel Muñoz, que hoy justifica muchas de las posiciones del movimiento islamista. “Carta blanca ha tenido Israel durante 12 días para devastar Gaza”, escribía el otro día. O: "Hacen frente a la potentísima maquinaria de guerra israelí unos milicianos mediocremente armados [por Irán: y sus cohetes llegan a los suburbios de Tel Aviv] que han optado por cambiar de táctica [guerrilla urbana: que pone en peligro a más civiles].

"Una distorsión obvia"

En un artículo de análisis, se refería a "una distorsión obvia", que según él impera en el país hebreo: la que dice que el origen del conflicto está en la retirada de Israel de Gaza en 2005. Pero un simple vistazo a los medios demuestra que esa visión no es unánime; que hay muchos israelíes que abogan por la retirada de Gaza y una salida diplomática. Y a cambio, Juan Miguel Muñoz proponía otra distorsión: "En 1948 se fundó el Estado de Israel y se desató la primera guerra de Oriente Próximo [la construcción de pasiva refleja enmascara los hechos: cinco países árabes declararon la guerra a Israel al día siguiente de que declarase su independencia]. En 1967, el Ejército ocupó Cisjordania y Gaza, además del Golán sirio y el Sinaí egipcio [Israel atacó después de que los países vecinos hubieran acumulado ejércitos en sus fronteras y de que Egipto hubiera cortado el paso a su barcos: es la Guerra de los Seis Días]. En 1988, la OLP reconoció a Israel nada más desatarse la primera Intifada. Explotó otra en 2000”.

No menciona los acuerdos de Oslo de 1993 entre Arafat y Rabin: se basaban en la retirada de las tropas y la administración israelí de Jericó, en Cisjordania, y de Gaza, a la que seguiría la convocatoria de elecciones para un Consejo Nacional palestino durante un periodo de cinco años, a lo largo de los cuales ambos bandos negociarían un acuerdo final. Como escribe T. G. Fraser en El conflicto árabe-israelí (Alianza Editorial, 2008), las concesiones por parte de Arafat encontraron la oposición de los que no querían llegar a ningún tipo de acuerdo con Israel: Hamás y Yihad islámica: “Su estrategia consistía en recurrir a la violencia para provocar una reacción por parte de Israel y así desacreditar las concesiones realizadas por la OLP”.

Juan Miguel Muñoz tampoco dice que poco antes de que se desatara la Segunda Intimada se celebró la cumbre de Camp David, en la que Barak ofreció a los palestinos más del 90% de Cisjordania, una capitanía palestina en Jerusalén, una soberanía compartida en la Explanada de las Mezquitas y el regreso de los refugiados a un estado palestino. Arafat rechazó la oferta. Y tampoco señala que muchos dirigentes de la Autoridad Palestina se embolsaron buena parte del dinero que organismos internacionales enviaban para ayudar a los refugiados de los campos, mientras seguían aprovechándose de esa imagen de miseria para favorecer su causa en Occidente. En 2004, el fiscal general de la autoridad palestina investigó a altos funcionarios que obtuvieron un gran beneficio económico vendiendo cientos de toneladas de cemento-que habían comprado por debajo del precio del mercado a Egipto supuestamente para reconstruir comunidades palestinas destruidas en bombardeos- a constructores israelíes que iban a hacer el muro de separación y colonias en territorios ocupados. En la corrupción de la Autoridad Palestina se encuentra otra de las claves del ascenso de Hamás.

El 2 de enero el corresponsal daba un poco de información sobre Nizar Rayyan, el líder de Hamás asesinado junto a su familia: “Rayyan, partidario de la línea dura [¿?] y que ya perdiera un hijo en un atentado suicida [envió a su hijo a perpetrar un atentado suicida: no es exactamente lo mismo que perder] contra una colonia judía desmantelada en 2005, era el enlace entre la rama política y militar de Hamás”.

Un párrafo de Javier Espinosa en El mundo demuestra la consideración de Hamás hacia la vida de los civiles palestinos: “Hace dos años, Rayyan abanderó una campaña de movilizaciones populares para concentrar a cientos de civiles palestinos en los tejados de las viviendas de líderes de grupos armados amenazados por los bombardeos del ejército israelí. En aquella ocasión su iniciativa disuadió a la aviación de Tel Aviv. Esta vez no”.

Hace unos meses, el corresponsal de El País empezaba así una crónica: “’Nos darán duro, seguro. Y nadie nos ayudará’. Jalil Nofal, uno de los principales espadas de Hamás en Gaza, lanzaba esta predicción en septiembre”. Al final del artículo, identificaba a los palestinos con Hamás: “A Jalil Nofal no le sorprenderá: los palestinos de Gaza seguirán solos”.

La máquina y los artesanos

El conflicto acapara más páginas y suscita más reacciones que otros más graves. El lenguaje que se emplea para hablar de Israel tiene un tono bélico: “atroz”, “sangre y fuego”, “maquinaria bélica”. No se dice tanto que Israel debe su supervivencia a su superioridad militar, ni se habla del sufrimiento de su población civil. Con frecuencia, se emplean comparaciones con el nazismo y el Holocausto que son un insulto a la inteligencia y sólo sirven para reducir a los palestinos, a los israelíes y a los judíos que sufrieron el exterminio nazi a una condición de metáfora. Se suele incluir también un reproche a Estados Unidos: “el master de nazismo que Israel se ha montado con los dólares de Tío Sam”, escribía el periodista aragonés Fernando Rivarés.

Ese tratamiento contrasta a menudo con una visión mítica y romántica de los palestinos. En ella hay cierto paternalismo racista, la falacia de que el débil siempre tiene razón, y algo del mito del buen salvaje, que incluye un desprecio por la tecnología. A veces, ese lenguaje se utiliza para hablar de Hamás y sus armas: los cohetes “caseros” o “artesanales”, por ejemplo, de un llamamiento que firman Rosa Regàs, Belén Gopegui y José Saramago, entre otros. Desde 2001, Hamás emplea cohetes Qassam, que ha ido perfeccionando a lo largo del tiempo. Han provocado muertes, heridos, y una sensación de inseguridad permanente en muchas poblaciones del sur de Israel. Incluso su falta de precisión se emplea como una ventaja estratégica; el líder Mahmoud al-Zakar explicaba al Sunday Telegraph en agosto de 2007 que preferían los cohetes a los ataques suicidas porque “causan migración de masas, perturban gravemente la vida cotidiana y la administración y causan un impacto más grande. No tenemos pérdidas, y el impacto en el lado israelí es muy grande”. En El País, Emilio Menéndez del Valle, Miguel Ángel Bastenier, Mario Vargas Llosa y Juan Miguel Muñoz han mencionado los “cohetes artesanales”. Pero la formulación más entrañable es la de una carta al director que habla de los “soldados artesanos”. Me pregunto si los invitarán a alguna feria de oficios tradicionales.

He tomado la imagen aquí.

 

EN BUENA COMPAÑÍA

EN BUENA COMPAÑÍA

He publicado este artículo en la revista Laberintos.

Las ciudades me parecen el mejor lugar para vivir. Necesito medio millón de personas a mi alrededor para tener algo de intimidad. Y por eso las ciudades también me parecen el espacio literario por excelencia, y me encantan los escritores vinculados a ciudades. Me gusta vivir en Zaragoza, y escribir y leer cosas que suceden aquí. Para empezar, están las historias de 700.000 personas, y las relaciones que todos esos habitantes tienen entre ellos. Zaragoza siempre ha sido un lugar de encuentro, de cruce de caminos y trenes y puertos fluviales, de intercambio, editoriales, viajeros y mezcla. Y me emociona pensar en las historias que se han vivido en Zaragoza durante más de 2000 años, y las que se siguen viviendo e imaginando en este momento.

Ramón J. Sender escribe en Crónica del alba: “Como se puede suponer, yo era un gran andarín, y en pocos días me recorrí la ciudad entera ‘de arriba abajo’. Lo mismo que en la aldea necesitaba saber lo que en cada barrio sucedía a cada hora del día para poder sentirme a gusto en mi piel”. Yo copio a Pepe Garcés y me gusta mucho pasear por Zaragoza e imaginar historias que pasan a mi alrededor. Disfruto localizando novelas, cuentos, películas y series de televisión que a veces escribo, y que otras veces sólo duran unos segundos en mi cabeza, mientras espero que el semáforo se ponga verde.

Normalmente pienso en historias de amor y familia y comedias románticas, pero también imagino que hay una escena de thriller en una escalera de incendios cerca de la calle Ramón y Cajal, y tramas de corrupción que investigan reporteros de Heraldo de Aragón que salen a fumar a la calle San Clemente. Me gustaría hacer una serie de televisión que sucediera en Zaragoza, y me imagino el skyline con los puentes sobre el Ebro y la Torre del agua en los títulos de crédito del principio. Me gusta pensar en chicos y chicas solos que conducen por el tercer cinturón de noche, después de dejar a sus novios en casa, o que cruzan el puente de Piedra al regresar del cine un domingo por la noche. También imagino a un escritor a tiempo parcial que vive en la avenida Gómez Laguna, y habla con su vecina adolescente en el parque de la urbanización, cuando él va a sacar la basura y ella fuma un cigarrillo a escondidas. Y también pienso en las historias que podrían pasar en librerías que se parecen a Antígona o Los portadores de sueños.

Algunas terrazas junto al Ebro tienen un aire francés estupendo, y la zona del Mercado Central me hace pensar en Lisboa. Los fines de semana voy a comer a la casa de mis padres en Garrapinillos. Como todo el mundo sabe, Garrapinillos es parte de Zaragoza y el escenario perfecto para una película francesa, con una chica algo cabreada que a lo mejor trabaja en uno de los bares de la plaza del barrio, bajo la torre de la iglesia que fue el primer proyecto de Ricardo Magdalena.

Me gusta imaginar a personajes de ficción que charlan por las calles que conozco y en las que me han pasado cosas, y pensar en historias que suceden en el Parque Grande, que es el lugar donde aprendí a ir en bicicleta y donde besé a una chica por primera vez. A veces voy a correr por las tardes. Y en el Parque Grande, como en todas partes, la realidad supera a la ficción: me intrigan las historias de la gente de todas las edades que corre o pasea por allí, y alguna vez me he encontrado con Fernando Sanmartín en bicicleta y Túa Blesa con su perro.

Disfruto paseando por los lugares que aparecen en los libros. Me hace gracia que el Cantar de Roldán empiece en Zaragoza, me da un poco de pena que en Zaragoza no entrasen Don Quijote ni George Orwell y a veces me pregunto si una viuda que cita Ynduráin y quería viajar a Zaragoza porque allí trataban muy bien a las viudas consiguió llegar alguna vez. También me gustan las palabras de Pedro Saputo: “En cuanto a mi gusto, iría a Castilla por necesidad, a Andalucía por curiosidad, en Barcelona viviría tres meses, en Valencia un año, y en Zaragoza toda la vida”. Cuando paso por el Arco del Deán recuerdo una escena que sale en Fortunata y Jacinta, muy cerca de la calle Pabostría, donde transcurre un cuento de mi padre, Antón Castro, en el que aparece un francotirador, y a unos pocos metros de la ruta que sigue Miguel Mena en 1863 pasos, frente a un piso que sale en Saber perder, de David Trueba. En los autobuses urbanos siempre me acuerdo de un relato de Mariano Gistaín. Me gustan los bloques de viviendas de protección oficial que salen en los libros de Eva Puyó, me gusta ver el hotel NH que aparece en un cuento de Cristina Grande, e ir a las piscinas en las que reparte cervezas un personaje de Ismael Grasa. Imagino a los protagonistas de Cuentos de San Cayetano de José Antonio Labordeta cerca del Mercado Central, a los personajes de José María Conget protegiéndose del viento y las miradas tras las esquinas, y cuando pienso en el Paseo de la Independencia me acuerdo de Dientes de leche. Si voy a las Fuentes recuerdo los libros de Félix Romeo, y me gusta pensar que estoy muy cerca de Montemolín, el barrio de los cuentos de Rodolfo Notivol. Además, la literatura también sirve para acortar distancias y ajustar la geografía: Montemolín limita con Newark, la ciudad de Junot Díaz y de Philip Roth, y gracias a los libros de Pisón Zaragoza está mucho más cerca de Baltimore, el lugar donde viven muchos personajes de Anne Tyler.

Siempre se ha escrito mucho de esta ciudad. Está llena de historias verdaderas y relatos de ficción muy distintos, desde el romance de Gaiferos hasta los poemas de Nacho Escuín y Octavio Gómez Milián, pasando por Mor de Fuentes, Jesús Moncada, Miguel Labordeta, Giménez Corbatón, Soledad Puértolas, Cees Noteboom, Daniel Nesquens, Fernando Sanmartín o Peter Handke. Además, ha crecido mucho en estos años, y ha incorporado a gente de muchos países. Espero que pronto tengamos escritores chinos, rumanos, marroquíes, ecuatorianos y neozelandeses de Zaragoza. Las novelas, los poemas, los cuadros, las canciones y las películas aumentan geométricamente el tamaño y la belleza de las ciudades. Con sus maravillas y sus desastres, Zaragoza es mi ciudad, la ciudad de muchos de mis amigos y de muchos de los escritores que más me han marcado. He vivido en bastantes sitios, pero en Zaragoza tengo la sensación de que los personajes de sus relatos caminan a mi lado, y me parece que paseo en la mejor compañía.

La fotografía es de Pippi Tetley.

EN LAS NUBES

EN LAS NUBES

 

Tengo muchos amigos con miedo a volar. Pero yo no. En realidad es una de las pocas cosas a las que no tengo miedo. Muchos días cojo el coche para comprar la prensa y cuando llego a casa sin rayar el coche o atropellar a nadie, me siento Ulises. Pero en el avión no tengo miedo porque no tengo responsabilidad y pienso que en general los pilotos saben hacer su trabajo. Cuando la azafata explica el protocolo de emergencia, me duermo.

Es decir, que yo voy al aeropuerto con muchas ganas de volar. Pero últimamente, como los zaragozanos atrapados en Ciampino, he tenido problemas. En las tres ocasiones en las que ha sucedido viajaba por algo bueno, y la sensación era mucho peor.

La primera vez fue en el invierno de 2005. Iba a viajar a España para recoger el premio extraordinario de fin de carrera. En ese momento vivía en Evreux, en Francia, donde daba clases de español en un instituto. Salía un lunes a las seis de la mañana. Como había que llegar al aeropuerto un poco antes, me emborraché esa noche en París con Aloma y Barreiros, y luego cogí un taxi. El avión no salió por culpa de niebla, y yo me perdí la ceremonia. Volví a casa de Aloma y Barreiros enfriado y con resaca, y nos pasamos la tarde comprando libros de segunda mano. Como había pedido una semana de vacaciones en el instituto, pasé varios días en París. Cuando volví a Evreux, me escondí para que mis alumnos y mis jefes no se enterasen de lo que había pasado.

La segunda vez fue en el otoño de 2007. Mi novia exponía en el Holanda, e íbamos a pasar el puente en Ámsterdam. Habíamos reservado hotel. Yo ya había hecho una lista de sitios que quería visitar. Pero ella olvidó el pasaporte y tuvimos que volver a casa.

El lunes pasado tenía que ir a Londres, y luego a Norwich, a la Universidad de East Anglia, donde estudié durante mi año Erasmus. Tenía que dar unas charlas sobre “Los extranjeros”, uno de los cuentos de El fumador pasivo, que sucede en la Universidad. Me habían dado unos días de vacaciones, había comprado los billetes y mi padre, que no pierde la esperanza de convertirme en un hombre de provecho, me había anotado las exposiciones que debía ver en Londres. El vuelo salía desde Zaragoza. Llegué exageradamente pronto, como siempre, y pasé a la sala de embarque. Tenía incluso un priority pass. Pero no se veía el avión por ninguna parte.

El vuelo se fue retrasando, y al cabo de un rato una azafata dijo que se suspendía por culpa de las condiciones meteorológicas adversas. Llamé a Norwich. Yo sé que en general Aragón es una condición climatológica adversa, pero los ingleses no se creían que el vuelo se hubiera cancelado por niebla en España. Y la verdad es que a mí también me costaba creerlo: las nubes se levantaron y brilló el sol durante las tres horas que tuve que esperar para comprar el billete. Tres chicas inglesas aprovecharon ese tiempo para emborracharse, compraban botellas de vino en el restaurante del aeropuerto.

A pesar de todo, conseguí salir al día siguiente desde Gerona, una ciudad que asocio con Javier Cercas y los vuelos de Ryanair, y llegué pronto a las clases. El viaje de vuelta salía desde Stansted Airport, y la verdad es que yo ya me temía lo peor: me habían dado otra vez un priority pass, había comprado un montón de revistas, y el vuelo se retrasaba. Pero al cabo de un rato nos dejaron de pasar. Íbamos por el túnel hacia el avión, cuando uno de los pasajeros le preguntó a un chico muy joven con uniforme: “¿Por qué salimos tarde?”. “No lo sé, señor, es mi primer vuelo”, contestó el chico. No sé si el chico sería el piloto –aunque todos los que estábamos en el túnel lo pensamos, y se hizo un silencio bastante incómodo-, pero llegamos bien a Zaragoza.

Y eso también me recordó otra vez en la que estuve a punto de no volar. Y la verdad es que en esa ocasión tenía menos ganas de viajar. Me habían llamado para formar parte de una comisión que tenía que crear un premio de literatura joven a nivel europeo. Tenía que ir a la primera reunión, que se celebraría en Bruselas. El avión salía de Madrid, iba a Milán; allí tenía que tomar otro avión hacia Bruselas. Yo no tenía muy claro lo del viaje ni lo del premio. Habían invitado a editores y directores de ferias del libro y directores de suplementos culturales, y no sabía muy bien qué pintaba allí. Me alegré mucho en Barajas cuando vi que el vuelo a Milán se retrasaba. Me di cuenta de que sería imposible enlazar los dos vuelos. Fui al mostrador para decirles que no iba a poder viajar. Me dijeron que no me preocupara, que iría por Roma: allí cogería otro avión que viajaba hacia Bruselas, un poco más tarde.

Cuando estábamos a punto de salir hacia Roma –todos los viajeros estaban sentados, y estaban a punto de cerrar la puerta-, me fijé en que sólo tenía 20 minutos para coger el avión en Roma. Me imaginé que me quedaba tirado en Roma. Me levanté y corrí hacia la azafata, un poco como el que tiene algo que decir para que no se celebre una boda. Le dije a una azafata: “Tengo que bajarme, no puedo enlazar”. Ella miró los detalles. Se abrió la puerta de la cabina. “¿Qué pasa?”, preguntó el piloto en italiano. “No puede enlazar”, dijo la azafata, y entró en la cabina y le enseñó los billetes. El piloto dijo: “No te preocupes, llegas bien”.

Parecía muy seguro, así que le hice caso y volví a mi sitio. Llegamos a Roma un poco antes del horario previsto, y me dio tiempo a tomar el vuelo hacia Bruselas. Cuando subí, reconocí en la cabina al piloto que había llevado el otro avión hasta Roma. “¿Ves como llegabas?”, me dijo.

He tomado la imagen de Boeing.

LA PAZ MUNDIAL, ETCÉTERA

LA PAZ MUNDIAL, ETCÉTERA

La Expo de Zaragoza ha tenido muchas cosas buenas: la recuperación de las riberas, los nuevos edificios, los visitantes de todo el mundo, actuaciones musicales, propuestas, la creación de un nuevo barrio para la ciudad y la sensación de fiesta y de alegría que ha durado todo el verano.  Ha habido muchas intervenciones interesantes, y también bastante demagogia supuestamente ecologista que sólo pretende culpabilizar a Occidente de todos los males que sufre la tierra y no aporta ninguna solución coherente.

Esta semana, por ejemplo, El Pabellón de Iniciativas Ciudadanas ha planteado la siguiente pregunta de Domund en un programa de televisión: "¿Aceptaría sustituir el gasto mensual medio occidental en agua mineral para dar agua potable a 1.200 millones de personas?" (Otra versión dice: "¿Dejarías de consumir agua mineral para mejorar el acceso al agua potable de los desfavorecidos?"). Según la lógica de esa pregunta, los consumidores de agua mineral son responsables de que otras personas no tengan agua potable. La carencia no tiene nada que ver con las guerras, la corrupción o la negligencia de los gobiernos (los romanos o los fenicios depuraban el agua, pero supongo que en esa época era más fácil, porque no existía el agua mineral). La culpa es de quien compra un botellín de agua mineral en España, Italia o Estados Unidos; a veces, en sitios en los que el agua del grifo se encuentra en el límite de potabilidad. Esa pregunta, que desgraciadamente funciona como sinécdoque de una manera de pensar, no sólo es ilógica: es profundamente inmoral.

Las frases de ese tipo sirven para perjudicar la causa que quieren defender. A veces en la Expo ha faltado un buen debate, y han sobrado declaraciones vacías que se movían entre lo apocalíptico, lo místico y lo poético. Al parecer, el agua es importante en todas las formas de superstición del mundo. Pero en nuestras supersticiones locales ya era bastante importante –bautismo, diluvio universal, romerías para la lluvia-, y eso no ha servido para que utilicemos el agua de manera más racional. En una reunión de líderes religiosos en el Faro, aprendimos que el cristianismo recomienda que “hay que vivir la importancia del agua”; que el budismo aconseja que nos demos cuenta de que “los torrentes y nosotros somos lo mismo”; que según el hinduísmo, “todos buscamos la felicidad, todos los seres, la naturaleza…. el problema es que los seres humanos buscamos la felicidad de supermercado” (esos seres humanos: que paciencia hay que tener con ellos); que, de acuerdo con el taoísmo, “conocer la naturaleza del agua es entender la naturaleza de la vida”.

El Faro también decidió esparcir arena de un mandala budista por el Ebro para purificar su agua: espero que las empresas de productos químicos no sigan su ejemplo depurativo. Y en otros momentos de la Expo también se ha hablado con gran simpatía de las culturas primitivas. Esta tendencia es frecuente, se manifiesta en el propio aspecto exterior del Pabellón de Iniciativas Ciudadanas y tiene mucho que ver con el mito del buen salvaje. Aunque excluyéramos de la naturaleza a los compañeros de tribus, las etnias rivales, las mujeres sometidas o los enemigos vencidos, la relación de las culturas “primitivas” con la naturaleza no es más armónica que la occidental. Generalmente, un menor desarrollo tecnológico les impide destruirla tan rápido como quisieran. La fuerza y lo incontrolable de los fenómenos naturales incitan a veces a una divinización temerosa, que a menudo se idealiza románticamente. Estamos acostumbrados a ver el medio ambiente como un espacio idílico y sólo sometido a la agresión de hombres con zapatos, aunque la agricultura de hombres descalzos y los bosques y los animales son grandes fuentes de contaminación: es decir, la naturaleza no es una postal ni un jardín del Edén. Los seres humanos podemos destruirla, pero ella también puede destruirse a sí misma: hay terremotos y huracanes, y al parecer los había antes del capitalismo y la globalización. Creo que hay que averiguar la forma de administrar los recursos naturales con previsión, justicia moral y sensatez científica. Para eso es esencial utilizar la razón, y quitarse a Dios y el pensamiento mítico de la cabeza.

El papel de los escritores en la Expo ha resultado especialmente desolador. La nómina ha sido decepcionante, inferior a la de muchos cursos de las universidades de verano. Aunque ha habido biólogos, físicos y geólogos, entre los escritores no ha venido ningún ensayista importante que haya analizado problemas relacionados con el agua (como Arundhati Roy o Frank Westerman), que haya escrito de verdad sobre los ríos (como Claudio Magris) o que sea un intelectual que trate los asuntos centrales de nuestro tiempo. Me habría gustado ver en Zaragoza a Al Gore, a Ayaan Hirsi Ali, a Seymour Hersh, a Thomas L. Friedman, a Yasmina Reza, a Noam Chomsky, a Alan Finkielkraut, a Fernando Savater, a Amos Oz, a Anne Applebaum, a Doris Lessing, a Christopher Hitchens, a Marjane Satrapi, a Mario Vargas Llosa (hablando, no de visita), a Alessandro Baricco, a Janet Malcolm, a Salman Rushdie, a Amartya Sen, a Steven Pinker, a Richard Dawkins o Bjørn Lomborg...

Han venido varios escritores de mucho éxito y algunos novelistas que me gustan, como Ana María Matute y Alfredo Bryce Echenique, que se encuentra en el momento más bajo de su prestigio literario. Me encantó Un mundo para Julius, donde sale una piscina, y creo que en La vida exagerada de Martín Romaña hay un baúl lleno de libros que se cae al agua. También han venido escritores de novela negra e histórica relativamente importantes. Me parece bien. Pero también han faltado autores de primera línea en cualquier género, intelectuales de referencia o escritores que hablen de los problemas del mundo. Curiosamente, en medio de las admoniciones contra el consumismo y a favor del respecto a la naturaleza –aunque menos en defensa de los derechos humanos, ya que eso podría ofender a gran parte de los países presentes en la muestra-, se ha invitado a autores que no están muy preocupados por el mundo –hay excepciones: Zoé Valdés sería una de ellas-, y, que, desde luego, no preocupan ni aportan casi nada al mundo. El equivalente sería organizar una Expo muy ambiciosa en 1947, en la que no habrían estado presentes George Orwell, T. S. Eliot, Hannah Arendt, William Faulkner, Hemingway, Albert Camus o Jean-Paul Satre, pero a la que habrían acudido dos de los diez o doce mejores seguidores de Agatha Christie, una amiga suya, y a lo mejor Lloyd C. Douglas.

En cualquier caso, muchos de esos autores podrían haber venido sin que existiera una relación con el agua. Podrían haber defendido la libertad, la tolerancia o la innovación tecnológica. Podrían haber explicado sus ideas sobre la novela o la poesía. Podrían albergar ideas muy distintas pero consistentes. Podrían haber tenido algo que decir. Y en ese caso, no habría sido necesario pronunciar palabras vacías, a veces grandilocuentes, a menudo tópicas y con frecuencia delirantes, sobre el medio ambiente o el agua. Sin embargo, la organización y algunos de los autores han intentado justificar la presencia de los escritores, y el dinero público que se les pagaba, como fuera. Sus frases me hacían pensar en las películas de misses donde las participantes de los concursos de belleza desean en voz alta la paz mundial. Antonio Gala vino porque ha escrito una novela que se llama Los papeles del agua. Ian Gibson, quizás para aportar algo nuevo tanto al tema de la Expo como a sus investigaciones sobre el autor de Poeta en Nueva York, declaró: "si Lorca viviera sería socio de Greenpeace, un activista a favor de la protección del medio ambiente". José Luis Sampedro también escribió "La balada del agua", y explicó que el móvil es un invento innecesario: él no tiene, deja que lo lleve su mujer. También vino Donna Leon, que dijo que el agua es un problema, y ella, “una talibán ecológica”. Donna Leon vive en Venecia, lo cual al parecer la vincula mucho con el agua.

En cambio, lo que te desvincula totalmente del agua es el Líbano, a juzgar por la estremecedora intervención de Maruja Torres el martes pasado. “Vivir en Beirut me ha hecho ahorrar agua”, dijo. Torres aconsejó a su público que abandonase el consumismo. Dijo ella había sido muy consumista –el vicio la obligó incluso a ganar un Premio Planeta-, pero se había curado. Torres confesó: “Me duele mucho ver un árbol morir, y tener ese sentimiento es importante”. Yo me alegro de que sepa que es importante. Pero lo que más me impresionó fue:

Cuando hago un pis cargado por la mañana no tiro de la cadena, espero varias horas con la ventana abierta. Yo no me ducho cada día, no soy tan guarra como para necesitar ducharme cada día. Yo me hago abluciones.

Es bastante curioso que la periodista brindase este consejo a los oyentes, para que imitaran su modelo. A mí me sorprende que se sintiera orgullosa de un mensaje tan demagógico: en algunas partes de España se pierde el 30 % del agua por malas canalizaciones; no sé cuánta agua utiliza Maruja Torres cuando se lava, pero diría que los regadíos ineficaces y las tuberías que pierden o se revientan son un problema todavía mayor que la gente que se ducha todos los días. Y ningún defensor del medio ambiente sensato reivindicaría con tanta alegría la abolición de la higiene. En cualquier caso, Maruja Torres tenía más cosas que contar a su público:

Me “abluciono” las partes contratantes y cada tres días me meto una ducha con cuidado.

Espero que la charla se celebrara en uno de esos diez días al mes.

La imagen es de aquí.

MÚSICA Y COPAS

MÚSICA Y COPAS

 

El Heraldo habla de las actuaciones en directo. Se ha cerrado una sala en Zaragoza, y algunos empresarios y músicos de la ciudad lamentan que no acuda bastante público a los conciertos. Buscan explicaciones y critican las dificultades que pone el ayuntamiento para conceder las licencias, o que no se incorpore el público joven. El reportaje, que descarta en la primera línea los cientos de actuaciones y la “efervescencia” –una palabra horrible: se diluye enseguida- de la Expo, habla de siete salas. No sé si es representativo: en mi calle, por ejemplo, hay por lo menos dos más que no salen en el artículo. Una vez vi una muy llena, pero igual tuve suerte. También he visto cómo cerraban otras, y he visto cómo el ayuntamiento de Zaragoza ha hecho muchos esfuerzos en los últimos cinco años para acabar con la noche.

Sorprendentemente, el reportaje señala que hay demasiada variedad, ya que “las nuevas ofertas se encuentran con que diversifican a la ya escasa masa de aficionados”: a lo mejor, lo que se propone es que los grupos lo dejen, y que las salas cierren. El público tiene parte de culpa, porque al parecer sólo paga entradas para ver a los famosos y le falta entusiasmo por la música. Por otra parte, según el artículo, algunos sitios como La Casa del Loco o la Sala Oasis van bien, pero eso es porque funcionan como discotecas “de copas”.

Una pieza más breve habla de los bares con música en directo en Huesca: los empresarios están contentos, parece que va bastante gente a las actuaciones. Yo me alegro. Pero me desconcierta el titular: “El dinamismo de Huesca la sitúa como capital de Aragón para las actuaciones en vivo”. No sé muy bien qué concepto de capital utiliza, pero imagino que será esencialista o metafísico. No hay ningún dato que explique o sostenga esa afirmación, aunque sí se menciona del apoyo institucional y un técnico del ayuntamiento comenta que la colaboración del ayuntamiento con la iniciativa privada y las asociaciones ha sido buena. Como en el artículo sobre Zaragoza no se habla del número de locales en los que se puede actuar (se citan ocho lugares de Huesca y un programador oscense nombra una sala de Zaragoza que no aparecía en la pieza anterior), ni del público que va, ni de la cantidad de conciertos, ni de la escena musical local. Desde luego no parece que algunos protagonistas de la noticia coincidan con el titular: Al no haber tantos conciertos como en Zaragoza, el público no se diversifica”, dice un músico de Huesca, que no quiere que haya muchos más conciertos en la ciudad para evitar la saturación.

El artículo sobre Huesca no habla de las copas. Pero he estado en El Edén y varias de las salas que menciona el artículo, y sé que venden copas; imagino que también las habrá en los otros bares de Huesca con actuaciones en directo. Espero que sea así, para cuando vaya.

LAS PALABRAS Y LAS COSAS

LAS PALABRAS Y LAS COSAS

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero es un gobierno obsesionado por la semiótica. Desde que ganó las elecciones hace cuatro meses, Zapatero parece más preocupado por los signos, las palabras y la propaganda que por los hechos.

Al principio el nuevo Gobierno dio muchos titulares: por primera vez, había más mujeres que hombres, una mujer estaría al frente del Ministerio de Defensa y habría un Ministerio de Igualdad. Se mantenían los pilares del Gobierno anterior –Fernández de la Vega, Solbes y un reticente Rubalcaba-, pero el nuevo equipo era menos contundente que el del Gobierno anterior. Los nuevos ministros parecían más próximos a Zapatero y tenían menos experiencia política, gestora y a veces de la materia que administraban. Zapatero eliminó a Cristina Narbona y rebajó de categoría el ministerio de medio ambiente, aunque el área parecía uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo; mantuvo, con un gesto de arrogancia, a Magdalena Álvarez en Fomento; recompensó a Miguel Sebastián por una campaña por la alcaldía de Madrid en la que había hecho el ridículo. Separó la educación media de la universitaria: es un modelo que ha ido mal en el Reino Unido, que aleja a Mercedes Cabrera del mundo que conocía, y convierte la enseñanza en la escuela y el instituto en un problema asistencial y no educativo. Daba la sensación de que era un Gobierno más vinculado a Zapatero, con menos peso político, y con más fotogenia.

La imagen más potente fue sin duda la de Carme Chacón al frente del Ministerio de Defensa: una mujer embarazada y catalana pasando revista a las tropas, antes de realizar visitas demagógicas a las tropas españolas en el extranjero en los últimos meses de gestación. Otra de las apuestas de este Gobierno es el Ministerio de Igualdad: un ministerio de un concepto, como ha dicho Arcadi Espada, principalmente decorativo –tiene un presupuesto de 43 millones de euros- pero que también es una marca. Al frente de la institución se encuentra Bibiana Aído, una mujer joven del partido que ha confesado sus virtudes (“soy una persona muy trabajadora, comprometida, responsable y además soy muy amiga de mis amigos”) aunque admite algunos defectos (“soy más testaruda de lo deseable y quizá también tengo un nivel de autoexigencia demasiado elevado”) y asegura que todos los días se reserva un rato para “pensar”. Aído sabe dar titulares y crear polémica: pidió un teléfono de asistencia para el maltratador, y luego matizó que era para los hombres, criminalizando tranquilamente a la mitad de la población. Cuando criticó la represión de las mujeres en el Islam o la cultura maya Fernández de la Vega salió a corregirla, aunque las críticas a Aído por intervenciones mucho más desafortunadas se habían calificado de machistas y retrógadas.

El ministerio parece dedicarse a la igualdad en cuestiones de género (aunque existan otros tipos de desigualdad), pero se distrae en asuntos gratuitos, que no benefician la causa de la mujer. A veces da la sensación de que Zapatero y sus defensores utilizan a algunas de sus nuevas ministras, y a la violencia de género y sus víctimas, como escudos humanos que los blindan ante la crítica. En la polémica de los miembros y las miembras, donde la ministra reveló primero su ignorancia gramatical y después su cinismo al atribuir su error a una expresión latinoamericana (?), hubo análisis tan disparatados como el de Adolfo García Ortega, que decía que el error era bueno porque la palabra "miembro" era mala: "Los malos tratos, la violencia sexista, la pederastia (casi exclusivamente como una aberración masculina) y la explotación sexual y laboral de la mujer, además de la sutil desigualdad doméstica que pasa por "normal", tienen como sustrato esa identificación psicoanalítica con la condición epicena del miembro".

El Gobierno decretó una cesión temporal de agua del Ebro a Barcelona. Como la palabra trasvase estaba mal vista, se hablaba de transferencia, captación, traslado o aportación puntual de agua hasta conducción de caudales, de interconexión temporal de cuencas hídricas o conexión de sistemas dentro de la misma demarcación hidrográfica. En el 37º Congreso Federal del PSOE se rechazan los trasvases, pero se aceptan “aquellas transferencias del recurso [el agua], a través de las infraestructuras hidráulicas necesarias, para que sean medioambientalmente sostenibles y socialmente aceptadas”.

En la campaña electoral, Zapatero defendió los derechos y la dignidad de los inmigrantes frente al discurso xenófobo del PP. Me ha sorprendido que los socialistas españoles hayan apoyado la directiva europea sobre inmigración, que prevé un tiempo de hasta 18 meses de detención para los inmigrantes ilegales. Para defenderse, Zapatero ha dicho que quienes la critican no saben nada, porque es muy buena: algunos países tenían leyes todavía más duras. Entre los que la critican hay muchas personas de su partido, y muchos de sus votantes. Pero Zapatero dijo otra cosa más: en cualquier caso, no hay que preocuparse, porque en España no se aplicará, ya que nuestra legislación es más progresista. Es decir: tenemos que alegrarnos porque la directiva es estupenda y tenemos que alegrarnos aún más porque aquí no se va a aplicar.

El PSOE ganó las elecciones diciendo que no había crisis. Los analistas aseguran que el primer debate entre Pizarro y Solbes fue decisivo. Yo no creo que el Gobierno tenga la culpa de la mala situación económica. Pero ya ha tenido que reconocer muchas veces que había sido demasiado optimista, y ha empleado muchos eufemismos para no hablar de crisis: “las cosas van menos bien”, la hermosa “desaceleración acelerada”, e incluso, que “es opinable”. Hace un par de días era noticia que Zapatero mencionase la crisis ante la insistencia de los periodistas: “como ustedes quieren que diga”, dijo. Creo que es una actitud poco inteligente: al no reconocer las dificultades y decir que las cosas son opinables, cada vez que llega un dato económico negativo el Gobierno da una sensación de engaño o ineficacia. En lugar de reducir la alarma, la aumenta.

Estos meses el Gobierno ha producido una impresión de inmovilidad. Ha legislado poco y ha dado pocas noticias. Como si estuviera quieto en la mata mientras la lucha interna del Partido Popular acaparaba las portadas. Zapatero ha estado especialmente desaparecido y altivo. Hace 10 días tuvo suerte de que la liberación de Ingrid Betancourt acallase un poco el eco de una intervención decepcionante en el Congreso de los Diputados. El PSOE tiene difícil pactar en esta legislatura, las últimas encuestas no le han ido bien (hace un mes Rajoy ganaba a Zapatero en popularidad; no es un chiste) y se enfrenta a una coyuntura complicada: por una parte, una crisis económica; por otra, supuestamente el PP va a girar hacia el centro. El PSOE ha decidido que no puede permitirlo. El otro día en el Congreso de los Diputados Zapatero no planteó muchas soluciones, pero habló de las políticas económicas de derechas y de izquierdas.

El fin semana pasado se celebró el Congreso del partido en el que Zapatero ha dado una sensación de autoridad. Según el blog de Bibiana Aído, fue “el congreso de las IDEAS, una hermosa palabra que es además un acróstico de cinco conceptos que son premisas para nosotros: I, de igualdad; D, de derechos; E, de ecología; A, de acción; y S, de solidaridad” (las negritas son suyas; IDEAS es el nombre del think tank que dirigirá Jesús Caldera; esto tampoco es un chiste). El PSOE ha hablado de reformas sociales: de concederles el voto a los inmigrantes en las elecciones municipales; de modificar la ley del aborto; de avanzar hacia la laicidad del Estado. Zapatero asumió esas propuestas como compromisos de Gobierno, aunque, como ha escrito Soledad Gallego-Díaz, "se suponía que el único compromiso de un Gobierno era el programa con el que se había presentado a unas elecciones y que los acuerdos de los congresos políticos a veces se incorporaban a esos programas, y a veces, no".

Por otro lado, todas estas propuestas existían anteriormente: el PSOE las había guardado en un cajón. El voto de los inmigrantes estaba aprobado desde 2006; en 2004 el PSOE hablaba de la ley de plazos del aborto en su programa electoral, pero la retiró del de 2008 por falta de "demanda social"; el Gobierno de Zapatero le ha sido muchas concesiones a la iglesia, y hace sólo unas semanas el PSOE votó contra una propuesta de Izquierda Unida que apostaba por eliminar los símbolos religiosos en las tomas de posesión. Yo creo que lo mejor de la legislatura pasada fue la Ley del matrimonio homosexual, y me gustan esas reformas que están a favor de los derechos de los individuos y de la libertad, o de la separación de la iglesia y el estado. Pero creo que deberían ser asuntos esenciales y no maniobras de distracción o fuegos de artificio.

He tomado aquí esta foto.

EL SOLDADO Y SUS REHENES

EL SOLDADO Y SUS REHENES

La semana pasada, El País tuvo en la portada de su edición digital a tres novelistas durante tres días. También aparecieron en la portada de la edición en papel. Son tres escritores importantes y publican en Alfaguara. Creo que daban unas charlas. Las organizaba la Fundación Santillana.

Jesús Ruiz Mantilla escribía las crónicas de las lecciones de los novelistas a calzón quitado: “Vargas Llosa imparte su magisterio”, “Arturo Pérez-Reverte se enrola en la tropa literaria de infantería”, titulaba. La más espectacular fue la que glosaba la conferencia del creador de Alatriste. Hace años que Pérez-Reverte ha iniciado una lucha sin cuartel contra el establishment, pero ni el establishment ni la realidad se dan por enterados. Pérez-Reverte es famoso, tiene muchísimos lectores y la crítica lo apoya: sus novelas ocupan mucho espacio en los suplementos literarios, y desde el principio de su carrera ha estado en las colecciones que recogían las obras más destacadas de su generación. Sus libros se llevan al cine, es académico y goza de una consideración literaria superior a la de muchos novelistas que se dedican a la novela histórica o de aventuras. Sin embargo, habla desde una indignación permanente y difusa, como si resistiera él solo frente a una estupidez generalizada y asfixiante. También se aprovecha de un fenómeno extraño: cuando uno dice una tontería enfadado y con mucha contundencia, hay quien cree que desvela, por fin, la verdad. Hace unos meses, este hombre, que reprochó a Francisco Umbral que su cobardía física le impidiera solucionar sus diferencias a puñetazos cuando el autor de Mortal y rosa superaba los setenta años, daba ciertas muestras de delirio en una entrevista:

“Estoy harto de corderos que se dejan degollar. Harto de que todos los sinvergüenzas se hagan solidarios, de tanto cantamañanas, de tanta demagogia. No voy a dejarme matar. Sé que no voy a cambiar nada, pero lo que no se puede hacer es el silencio de los corderos. No dependo de Aznar, ni de Zapatero ni de González, y si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. Puedo hacerlo en cualquier sitio, mentarle la madre a quien sea sin esconderme. Ésa es la libertad que me da lo que he hecho hasta ahora. Y me encanta lo de morir matando. Hay que morir matando.”

Nada hace pensar que vayan a echar a Pérez-Reverte de España. Después de todo, no es un inmigrante ilegal. En concreto, esa entrevista promocionaba el lanzamiento de la Biblioteca Arturo Pérez-Reverte, que recoge toda su obra. Y esas declaraciones son repugnantes si tenemos en cuenta que en el mundo hay escritores y periodistas que tienen que abandonar su país de verdad, o que se juegan la vida por lo que escriben. Pero la manera de pensar de Pérez-Reverte parece contagiosa. El otro día a Ruiz Mantilla se le colaban expresiones propias del novelista en su crónica: no sé si se trata del estilo indirecto libre o de una abducción. Escribía:

“No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó El húsar, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: ‘Imbéciles y caratintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta’.

La lista de epítetos debió ser rica, pero el atributo “lobotomizado” es del articulista. Resulta enternecedor que un hombre que tiene el éxito de Pérez-Reverte se acuerde de algún crítico que lo puso mal hace más de 20 años. El húsar salió en Akal, no fue una autoedición; dos años después, Mondadori publicó La tabla de Flandes. Y yo no tengo tan claro que sea cierto lo que dice Reverte, que para denigrar a los que critican su escritura suele acusarles de no haber leído a los clásicos. Fernando Savater había reivindicado mucho antes al Stevenson más lúdico; mi madre me leía La isla del tesoro por las noches en 1985; el autor de El club de los suicidas y Conrad fueron dos de los prosistas preferidos de Borges, uno de los nombres clave en la formación de muchos narradores de los 80. En esos años nacieron editoriales, periódicos y revistas literarias, publicaban autores muy distintos y preocupados por contar historias, desde Ignacio Martínez de Pisón y Eduardo Mendoza a Cristina Fernández Cubas y Juan Marsé. Seguían en activo muchos narradores de generaciones anteriores y hacía unos años que habían surgido escritores como José María Conget, Javier Tomeo, Enrique Vila-Matas o Javier Marías. Sin embargo, Ruiz Mantilla presenta este panorama general:

“Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él”.

La pedantería y la paja mental intensa, dice el cronista, sin dar nombres ni justificar nada (ni siquiera la diferencia entre una paja mental intensa y una distendida), antes de escribir una frase que no comprendo bien: Los tiempos eran impermeables al eclecticismo. Autores como Pérez-Reverte empezaron a romper el eclecticismo. ¿Pérez-Reverte acabó con el eclecticismo ante el que los tiempos eran impermeables? Aunque quizás lo más sorprendente sea la lista de lecturas que esa época menospreciaba, según dice el novelista, con el aplauso de un entregado Ruiz Mantilla. Son las mismos que ahora guían a Pérez-Reverte, el outsider:

“’Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta’, aseguró”.

Me parece bien que Pérez-Reverte se inspire en esos autores, pero no sé si Homero y Stendhal son exactamente los referentes de un iconoclasta. Por otra parte, como medio de legitimación artística es dudoso: siempre está la posibilidad de que a uno le guste mucho Cervantes pero no consiga escribir una novela como El Quijote. A mí, por ejemplo, me parece que Arshavin e Iniesta juegan bien, pero no regateo ni paso como ellos. Cuando pierdo el balón no les digo a los de mi equipo: “Es que no habéis visto jugar a Arshavin”. La primera tirada de nombres está compuesta de clásicos indiscutibles, y muertos. No pueden contestar y Pérez-Reverte los utiliza de rehenes. Agatha Christie también está muerta. A mí no me importaría que me maltratasen tanto como a ella o a John Le Carré, un hombre que ataca la democracia siempre que tiene oportunidad. La última frase parece una chulería, pero esa manera de dejar a Follet en suspenso tiene algo de echarse atrás.

Yo ya había leído ese lenguaje cuartelero, esas mentiras y esa inverosímil impresión de agravio permanente del creador de Alatriste. El periodismo cultural es propaganda muchas veces, pero no me gusta que el cronista se zambulla con tanto entusiasmo en ese discurso. Ayer con un amigo hablábamos de cómo podría sorprendernos de verdad Pérez-Reverte. Imaginábamos que saludaba educadamente y decía: "Soy un hombre afortunado. Tengo millones de lectores, muchos más que otros escritores mejores que yo, gano mucho dinero escribiendo, tengo un barco y vivo en un país democrático en el primer mundo. Muchas gracias a todos".

Una imagen de la película Alatriste.

 

LOS ESCRITORES

LOS ESCRITORES

 

Algunos escritores dicen que no tienen amigos escritores y que viven al margen del mundo literario. Los periodistas culturales copian sus declaraciones con entusiasmo, y en los perfiles destacan esa soledad como si tuviera algún valor. Si no existiera el mundo literario -o el “circo literario” y a veces directamente “cenáculos”, que suena todavía peor por su final escatológico- esos periodistas tendrían que dedicarse a vender cds piratas.

Ese aislamiento casi nunca es cierto, y por otra parte no constituye ninguna virtud: que un autor lo reivindique suele ser un indicador negativo. He pasado con escritores muchos de los momentos más felices de mí vida y me parece bastante normal que un escritor tenga amigos que se dediquen al mismo oficio. Todas las profesiones generan afinidades, y además la literatura es una gran conversación. Uno siempre escribe solo, pero con los demás descubre cosas de libros que ha leído y conoce otros que no ha leído, aprende cómo escriben los otros y en qué cosas se fijan, se ríe y tiene más ideas para escribir otras cosas. Además, los escritores no compiten entre sí: que otro autor sea leído beneficia a todos. Estar solo conduce a la amargura, al egocentrismo y a la locura, y en cambio los amores, las amistades y las enemistades literarias han ayudado a que existan obras maravillosas.

Hay millones de ejemplos. Uno de los más famosos es el de Ezra Pound, que pulió La tierra baldía de T. S. Eliot. Vargas Llosa se peleó con García Márquez, pero antes le dedicó una tesis doctoral. La amistad de Borges y Bioy Casares enriqueció los libros que escribieron juntos y por separado. En el entierro de Saul Bellow Philip Roth empezó a pensar en Elegía, y años antes una chica de la que él había estado enamorado se había terminado casando con el autor de Las aventuras de Augie March. Me encantan las cartas que recoge Italo Calvino en Los libros de los otros. Me gusta estar con escritores, y que los escritores que me gustan tengan amigos escritores: me gusta que Christopher Hitchens le haya dedicado Dios no es bueno a Ian McEwan, o que defendiera a Salman Rushdie cuando los integristas islámicos lo condenaron a muerte, y los católicos y los relativistas culturales exigían respeto para los fanáticos. O que Ignacio Martínez de Pisón utilice en Dientes de leche una historia que le contó Félix Romeo. E incluso me gustan los encuentros frustrados de escritores. Por ejemplo, a Chéjov le impresionó la defensa de Dreyfus que hizo Émile Zola, e inició una campaña contra el antisemitismo que le trajo muchos problemas, pero cuando se conocieron apenas pudieron cruzar unas palabras porque no tenían un idioma común.

Esos escritores que se aíslan se presentan como una especie en extinción. Algunos, como Goytisolo, se siguen considerando marginales (aunque cada dos semanas el diario más vendido les deje que exhiban su supuesto ostracismo en página impar) y exiliados (aunque curiosamente se refugien de una democracia en un país con muchas menos libertades). Otros, como el otro día Carlos Ruiz Zafón, dicen que no hay "nada en ese mundo" que pueda interesarles, y que el talento está en otra parte:

“El 99% de la mejor narrativa que se hace hoy, de la literatura de calidad, de la gente profesional sin pretensiones ni pedantería ni pose, de la que de verdad sabe construir personajes e historias, o sea, de los que de verdad saben escribir, está en la televisión o en el cine, pero sobre todo en la primera. Gente con ambición, oficio y talento ya prácticamente no está trabajando en literatura. Ésta se ha convertido en un gueto de mediocridad, de aburrimiento, de pretensión y de pose. (...) La televisión es hoy el equivalente a las cuadras de Shakespeare”

No sé si no consigo interpretar la última frase, si hay un error de transcripción del periodista -a lo mejor pensando en “corrala”, que habría sido incorrecto en cualquier caso- o si es una de las pocas frases verdaderamente originales que ha acuñado el novelista. Pero el párrafo que he citado es triste por varias razones: es falso, porque en la literatura, en el cine y en la televisión se hacen muchas cosas horribles y algunas maravillosas, todas distintas entre sí; porque esas formas de exclusión no son excluyentes, y, aunque los medios audiovisuales tengan un poder narrativo impresionante, también hay muchos lugares a los que llegan mejor las palabras.

También es un comentario demagógico que busca halagar a algunos lectores de Zafón que no consumen habitualmente literatura: que no se preocupen, no se pierden nada. No sólo prácticamente toda la literatura es mala y aburrida, sino que también es pretenciosa, y se aleja de las buenas gentes. Según el autor de La sombra del viento, ha conquistado el aprecio de los lectores porque “están muy por delante del comentario oficial de la crítica, ese búnker de los años setenta que se ha quedado clavado y al que la gente le ha pasado por encima. Cualquier lector tiene ahora una cultura cinematográfica, televisiva, del cómic o de la fotografía”. Puede que me equivoque, pero me parece que la mayoría de los críticos literarios en activo comparten esa cultura y pueden interpretar esas referencias y ese modo de contar. El cine tiene más de cien años. No hay muchos críticos en activo que superen su edad y la literatura asume elementos de la forma de narrar del cine desde hace décadas.

Pero lo peor es que, leyendo la entrevista (donde el novelista habla bien de un colega estadounidense), uno tiene la sensación de que ni siquiera un éxito tan extraordinario como el de Zafón anula el resentimiento o la amargura. Un hombre que ha vendido 12 millones de ejemplares se alegra de que desaparezcan las librerías pequeñas y “esnobs” (que enlaza en el imaginario con pretensión y pose), y gasta mucha energía en intentar eliminar a sus posibles competidores.

Si Zafón siguiera siendo guionista, quizás diría que el talento está en la novela o los videojuegos. Los escritores que afirman que el 99% de la literatura es basura siempre se incluyen a sí mismos en el 1% restante. Al leer lo que dice Zafón sobre 40 años de dictadura y 30 de democracia en su ciudad, con todas sus vidas y comedias y conflictos y tragedias (“Desde la Guerra Civil, en Barcelona no ha pasado nada particularmente interesante en ningún aspecto, y desde hace unos años, cero absoluto”), uno tiene la sensación de que cuando algunos autores afirman que no les interesa relacionarse con otros escritores, tampoco les interesa mucho todo lo demás: lo único que les importa es lo que hacen ellos.

En la imagen, Philip Roth y Milan Kundera. La he tomado de The Philip Roth Society.