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Daniel Gascón

Revista

DOMESTICAR LA RELIGIÓN

Cristopher Hitchens ha escrito:

“Una reciente tormenta de artículos liberales ha enfocado el debate sobre el islam estadounidense como si solo fuera la etapa más reciente de la gloriosa historia de nuestra tolerancia religiosa. Esa formulación tiene el efecto (presumiblemente intencional) de marginar las dudas y mezclar a todos los que las sienten con los anticatólicos Know-Nothings, los antisemitas y otros fanáticos. Así que hago una pausa para realizar un experimento mental, y me pregunto: ¿Estoy a favor de un ‘libre ejercicio de la religión’?

No, no lo estoy. Tomemos un ejemplo que viene a mano, la absurdamente llamada Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Más conocida como iglesia mormona, puede presumir de contar con Glenn Beck entre sus fieles. Hace poco Beck ganó mucha publicidad barata por programar una manifestación en el aniversario de la Marcha sobre Washington de Martin Luther King Jr. Pero el día de 1963 en que se celebró la marcha original, la iglesia mormona todavía no reconocía a los negros como seres totalmente humanos, o capaces de ser miembros en su congregación. (Poco después, sus líderes tuvieron una ‘revelación’ que posibilitó un cambio al respecto, pero eso solo ocurrió tras la aprobación de la Ley de Derechos Civiles.) Este ejemplo de oportunismo seguía muy de cerca otro un ajuste anterior del dogma mormón: el abandono de su histórico y violento vínculo con la poligamia. Se le dijo al estado de Utah que, sin ese cambio doctrinal, no podía formar parte de la Unión. Más recientemente, el gobernador Mitt Romney tuvo que asegurar a los votantes que no consideraba que el profeta, o la cabeza de la iglesia mormona, tuvieran la máxima autoridad moral y espiritual sobre todos los asuntos. Nada, juró, podía estar por encima la Constitución de los EEUU. Así, consideramos aceptables a los santos de los últimos días, y acordamos pasar por alto el resto de  sus creencias raras y pintorescas, precisamente porque hemos limitado decididamente el libre ejercicio de su religión.

Se podrían citar otros ejemplos, como las sectas cristianas que desaprueban la práctica de la medicina. Normalmente se permite que sus miembros adultos mueran mientras pronuncian conjuros religiosos y espantan al médico, pero, en muchos estados, si aplican esta fe a sus hijos –un elemento crucial en el ‘libre ejercicio’ de la religión-, pueden ir directamente a los tribunales. No sólo eso, pueden ser objeto de desaprobación y condena general.

Fue probablemente esta última consideración la que contribuyó a que la mayoría de los judíos ortodoxos estadounidenses abandonasen la práctica del b'peh metzitzah, una forma radical de circuncisión masculina que se descorcha, si me perdonas la expresión, con la succión del pene de los bebés por parte del rabino o mohel, para eliminar cualquier resto de sangre o residuos. Unas pocas sectas minúsculas siguen aferradas a este repugnante ritual, que hace unos años produjo en Nueva York un pequeño pero mortal brote de herpes en bebés recién circuncidados. En esa ocasión, pese a que muchos médicos judíos reclamaron que se prohibiera la práctica, el  sobrevalorado alcalde Michael Bloomberg escogió un año electoral para decir que no hay que interferir en ese ‘libre ejercicio’.

Ahora hablamos como si fuera ridículo sospechar que a los católicos romanos pudiera impulsarlos cualquier cosa que no fuesen los motivos más elevados, pero cuando John F. Kennedy rompía el tabú tácito de la elección de un católico como presidente, el Vaticano acababa de empezar a considerar la posibilidad de emitir una disculpa pública por siglos de odio a los judíos y una simpatía más reciente hacia el fascismo. Incluso hoy en día, muchos católicos se sienten horrorizados por la protección que el Vaticano brinda a hombres a los que se busca para interrogar acerca de uno de los delitos más graves que existen: la violación organizada de los niños. En general se acepta que el comportamiento y la autonomía de la iglesia deben ser modificados para tener en cuenta la ley estadounidense y la indignación moral de América. Esto en cuanto a la invocación ingenua del ‘libre ejercicio’.

Uno podría seguir fácilmente. La Iglesia de la Cienciología, la Iglesia de la Unificación de Sun Myung Moon y el Ku Klux Klan son organizaciones basadas en la fe; todas tienen derecho a la protección de la Primera Enmienda. Pero también están sujetas a un conjunto de estatutos que rigen la exención de impuestos, el fraude, el racismo y la violencia, hasta el punto de que, en el tercer caso, el ‘libre ejercicio’ ha quedado reducido a un vestigio de lo que fue, gracias a la aplicación de la ley federal y la severa desaprobación pública.

Ahora pasemos al islam. Es, en primer lugar, una religión que hace reivindicaciones muy grandes: pretende ser la palabra última y definitiva de Dios y declara la ambición de convertirse en la única religión del mundo. Algunos de sus seguidores observan o defienden prácticas como la poligamia, los matrimonios forzados, la mutilación genital femenina, el velo obligatorio de las mujeres y la censura de revistas y medios de comunicación no-musulmanes. Generalmente, las enseñanzas del islam expresan una sospecha de la misma idea de separación entre Iglesia y Estado. Puede considerarse que otras enseñanzas, según el contexto, presentan un enorme desagrado hacia otras religiones, así como hacia las formas heréticas del Islam. Los musulmanes de Estados Unidos -incluyendo a miembros de las fuerzas armadas- ya se han encontrado dispuestos a responder a órdenes emitidas por organizaciones terroristas extranjeras. De manera más preocupante, ninguna autoridad dentro de la fe parece tener el poder de establecer de forma decisiva que esas prácticas, o esas enseñanzas o acciones, contradicen total y definitivamente los preceptos de la religión en sí.

Las reacciones de los musulmanes -incluso ‘moderados’- a las críticas no son uniformemente tranquilizadoras. ‘Hay algo en lo que dice la gente en la controversia de la mezquita que resulta muy similar a lo que decían los medios de comunicación alemanes sobre los judíos en los años 1920 y 1930’, dijo el imán Abdullah Antepli, capellán musulmán en la Universidad de Duke, al New York Times. Sí, todos recordamos a los terroristas suicidas judíos de ese período, a los judíos que llamaban a la guerra santa, a los judíos que exigían el velo para las mujeres y la lapidación para los homosexuales, y a los judíos que exigían  la quema de los periódicos que publicaban caricaturas que no les gustaban. Lo que se necesita de los partidarios de esta fe cargada de confianza en sí misma es más autocrítica y menos autocompasión y fariseísmo.

Los que desean que no hubiera mezquitas en Estados Unidos ya han perdido la discusión: la globalización, y la promesa de la libertad americana, establecen que los Estados Unidos tendrán una población musulmana de cierta importancia. La única pregunta es, entonces, qué clase, o mejor dicho clases de islam va a adoptar esa población. Hay una excelente posibilidad de que haya un saludable resultado pluralista, pero es muy poco probable que esto ocurra a menos que, al igual que sus predecesores en estas costas, los musulmanes se vean obligados a abandonar ciertas presunciones que son exclusivas para ellos mismos. La doma y domesticación de la religión es una de las tareas incesantes de la civilización. Aquellos que pretenden que podemos saltarnos esta etapa en el presente caso se engañan a sí mismos y buscan problemas no sólo en el futuro, sino en el presente inmediato”.

He tomado la imagen aquí.

JUSTICIA TERRENAL

Escribe Christopher Hitchens:

“Al leer el extraordinario y límpido libro de Diarmaid MacCulloch, Christianity: The First Three Thousand Years (una historia que muestra una simpatía general, aunque anglicana, por su tema), encontré el siguiente pasaje de  la declaración clásica del cardenal John Henry Newman, Apología Pro Vita Sua:

La Iglesia católica sostiene que es mejor que el Sol y la Luna caigan del cielo, que la tierra se hunda y todos los millones de seres que viven en ella mueran de hambre y sufran extremados padecimientos… todo eso es mejor no solo frente a la posibilidad de que un alma se pierda, sino que también es preferible frente a la comisión de un solo pecado venial, a que  una persona diga una mentira a sabiendas o a que alguien robe un centavo sin excusa.

Esta semana, Joseph Ratzinger realiza uno de los viajes más portentosos de su papado, y aterriza en Gran Bretaña para anunciar la beatificación del autor de estas notables palabras. Hoy no voy a escribir sobre el dogma católico, y en todo caso no tengo espacio suficiente para hablar del fanatismo histérico y totalitario de la declaración de Newman, que aun así proviene de un hombre culto y célebre por su relativa ‘moderación’. Simplemente preguntaré cómo quedaría la iglesia si se le aplicara algo remotamente parecido al criterio de Newman.

Como nos hemos visto obligados a recordar hace muy poco, la Iglesia Católica Romana sostiene que es mejor que se ignoren los gritos de los niños que han sufrido violaciones y abusos, que las excusas y coartadas de sus torturadores sean recibidas con indulgencia, que se fabrique una hueste de mentiras sucias y deliberadas, y que los fondos recaudados para ayudar a los pobres se empleen en comprar silencio y vergonzosos sobornos; todo eso es preferible a que la entogada majestad de una iglesia hecha por el hombre sufra una pequeña indignidad o inconveniencia, o a que se ponga algún límite a su autoproclamado derecho a ser juez en su propia causa.

A principios de este año, mientras autoridades católicas desde Irlanda hasta Alemania y desde Australia a Bélgica y Estados Unidos se enfrentaban a las consecuencias de décadas de asaltos sexuales y de su posterior negación, dejé por escrito una sencilla pregunta. ¿Por qué no se consideraba el caso un asunto de la policía y los tribunales? ¿Por qué pedíamos a la iglesia que ‘pusiera su casa en orden’, una expresión que era la definición exacta del problema? ¿Por qué casi ningún sacerdote u obispo se ha enfrentado a la justicia, y si lo ha hecho ha sido generalmente después de un largo periodo de protección por parte de los ‘tribunales’ de la iglesia? Después llamé a Geoffrey Robertson, un abogado británico con un currículum sin igual en casos internacionales de derechos humanos. (Por si interesa, la última vez que habíamos colaborado fue durante una campaña contra la Ley de Sucesión Británica, un arcaico fragmento legislativo que discrimina explícitamente a los católicos.) Fue una de las mejores llamadas que he hecho. Después de que un generoso grupo de ateos y humanistas aceptara pagar sus modestísimos honorarios, Robertson produjo  un detallado texto legal contra el papado, accesible para el uso de todas las partes interesadas o perjudicadas. Se titula The Case of the Pope: Vatican Accountability for Human Rights Abuse, y en el Reino Unido acaba de publicarlo Penguin Books. (Estará disponible en Estados Unidos en octubre.)
Casi coincidiendo con su publicación, y con la llegada de Ratzinger al suelo británico, las recientes revelaciones del pútrido estado de la iglesia en Bélgica han dado todavía más relieve al escándalo. Considere lo siguiente: el obispo -ahora dimitido- de Brujas, Roger Vangheluwe, se ha confesado culpable de violación e incesto, al haber ‘abusado’ regularmente de su sobrino cuando este contaba entre 5 y 18 años de edad. Hay una grabación del dirigente máximo de la iglesia belga, el cardenal Godfried Danneels, tomada cuando instaba a su víctima a guardar silencio. Un informe oficial posterior, encargado por las autoridades laicas del país, ha establecido que esa altura moral era la norma en toda la jerarquía: la iglesia decidía ‘perdonar’ a los violadores y apoyarse en las víctimas. Muy tardíamente, hace unos meses, la policía belga despertó al fin de su letargo notorio e irrumpió en algunas oficinas eclesiásticas en busca de pruebas que se estuvieran ocultando. Joseph Ratzinger, que hasta el momento no había encontrado voz para hablar de las acciones de sus subordinados belgas, emitió rápidamente un chillido de protesta -contra la intervención de la justicia.

El texto de Robertson comienza con un resumen minucioso de la forma sistemática en que la conspiración de las autoridades católicas locales y la Congregación para la Doctrina de la Fe de Roma -una institución que durante el anterior papado dirigía el propio Ratzinger- ocultó las violaciones de niños. (Tan flagrante fue esta obstrucción a la justicia que muchos apologistas católicos han comenzado a culpar al pontífice fallecido para excusar a su suplente y sucesor, mientras siguen presentando al papa Juan Pablo II como candidato a la santidad.) El texto continúa con un examen detallado del argumento que define el Vaticano como Estado y del argumento que postula que esa condición confiere inmunidad legal al papa, incluso en casos de claro abuso de los derechos humanos. Sin demasiadas dificultades, Robertson muestra que ambos argumentos son ridículamente vacuos y se basan, además, en una historia deshonrosa de colaboración con las dictaduras y ofrecimientos de refugio a criminales.

El propio cardenal Newman tenía bastantes dudas sobre la proclamación de la infalibilidad papal, que data de finales del siglo XIX. También pidió ser enterrado en la misma tumba que su compañero de toda la vida, Ambrose St. John. Las autoridades católicas han desenterrado los cuerpos y no han encontrado nada que haya sobrevivido a la putrefacción o pueda servir como reliquia. Eso es bastante grotesco, pero no tan grotesco como el aire de inocencia perseguida que muestran cuando se enfrentan a sus obscenos delitos. Ahora por fin hay una guía hacia la justicia y la reparación, que pueden usar las víctimas y los acusadores, y que puede servir para poner a una institución hecha por el hombre, y a su principal ejecutivo, bajo el imperio de la ley. El sol y la luna no necesitan caer y las especies no deben morir entre terribles padecimientos para expiar este pecado: lo único que se requiere es un poco de aplicación de la justicia terrenal. ¿Se seguirá impidiendo esa posibilidad?”.

En la imagen, Ratzinger.

HOMBRE DE POCA FE

Christopher Hitchens escribe su enfermedad y la religión (aquí, en inglés y en español, el primer texto sobre la serie: “Tópico de cáncer”):

“Cuando describí el tumor en mi esófago como un ‘extraño ciego y sin emociones’, ni siquiera yo pude evitar concederle algunas de las cualidades de un ser vivo. Por lo menos sé que es un error, un ejemplo de la ‘falacia patética’ (nube furiosa, montaña orgullosa, presuntuoso Beaujolais), que consiste en atribuir cualidades animadas a fenómenos inanimados. Para existir, un cáncer necesita un organismo vivo, pero no puede jamás convertirse en un organismo vivo. Toda su malicia –allá voy, otra vez- radica en el hecho de que lo ‘mejor’ que puede hacer es morir con su huésped. Eso, o su huésped encuentra las medidas para extirparlo y sobrevivirlo.

Pero, como ya sabía antes de enfermar, hay algunas personas para las que esta explicación es poco satisfactoria. Para ellos, un carcinoma es un agente dedicado y consciente, un lento asesino suicida que realiza una misión consagrada desde el cielo. No has vivido, si puedo decirlo así, hasta que has leído textos de este tipo en las páginas web de los fieles:

¿Quién más piensa que el hecho de que Christopher Hitchens tenga un cáncer terminal de garganta [sic] es la venganza de Dios de que haya usado su voz para blasfemar? A los ateos les gusta ignorar los HECHOS. Les gusta actuar como si todo fuera una ‘coincidencia’. ¿En serio? ¿Es sólo una ‘coincidencia’ [que], entre todas las partes de su cuerpo, Christopher Hitchens tenga cáncer en la parte del cuerpo que usó para la blasfemia? Sí, seguid creyendo eso, ateos. Va a retorcerse de agonía y dolor, y se marchitará hasta desaparecer y morir una muerte horrible, y DESPUÉS viene la verdadera diversión, cuando lo manden al INFIERNO para que sufra la tortura y el fuego eternamente.

Numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras y la tradición religiosa se han regodeado de esta forma en una creencia general. Mucho antes de que me afectara en particular había entendido las objeciones obvias. En primer lugar, ¿qué primate está tan condenadamente seguro de que él puede conocer la mente de dios? En segundo lugar, ¿ese autor anónimo quiere que sus puntos de vista sean leídos por mis inofensivos hijos, que también están pasando un momento complicado, gracias al mismo dios? En tercer lugar, ¿por qué no envía un buen rayo a un servidor, o algo así de imponente? La vengativa deidad tiene un arsenal tristemente empobrecido si todo lo que se le ocurre es exactamente el cáncer que mi edad y anterior ‘estilo de vida’ indicarían que podría tener. En cuarto lugar, ¿por qué el cáncer? Casi todos los hombres contraen cáncer de próstata si viven lo suficiente: es una cosa indigna, pero distribuida de manera uniforme entre santos y pecadores, creyentes y no creyentes. Si uno sostiene que dios asigna los cánceres adecuados, también debe contar la cantidad de niños pequeños que mueren de leucemia. Hay personas devotas que han muerto jóvenes y con dolor. Bertrand Russell y Voltaire, por el contrario, se mantuvieron en activo hasta el final, al igual que muchos criminales psicópatas y tiranos. Estas visitas parecen muy azarosas. Y mientras mi garganta está de momento libre de cáncer, voy a sacar de su confusión al corresponsal cristiano que he citado arriba: no es en absoluto el único órgano con el que he blasfemado… Y aunque mi voz se vaya antes que yo, seguiré escribiendo contra los espejismos de las religiones hasta que, como en la canción de Simon y Garfunkel, sea hello darkness my old friend. Y en ese caso, ¿por qué no cáncer del cerebro? Convertido en un imbécil aterrorizado y semiconsciente, quizá podría pedir un sacerdote cuando llegara la hora del cierre, aunque aquí declaro, todavía lúcido, que la entidad que se humille a sí misma de ese modo no seré ‘yo’. (Ten esto en mente, por si oyes rumores o fabulaciones.)

El hecho absorbente de estar mortalmente enfermo es que vas a dedicar mucho tiempo a prepararte para morir con una pizca de estoicismo (y con medidas para tus seres queridos), mientras que al mismo tiempo estás muy interesado en el asunto de la supervivencia. Es una forma claramente extraña de ‘vivir’ -abogados por la mañana y médicos por la tarde- y significa que uno tiene que existir -incluso más de lo habitual- en un doble marco mental. Lo mismo ocurre, al parecer, con los que rezan por mí. Y la mayoría de ellos son tan ‘religiosos’ como el tipo que quiere que sea torturado aquí y ahora –lo que me pasará aunque al final me recupere- y después torturado para siempre si no me recupero, o aunque lo haga.

De la halagadora y sorprendente cantidad de gente que me escribió cuando caí enfermo, muy pocos han dejado de decir una de estas dos cosas. Me aseguran que no me ofenderán ofreciendo oraciones o dicen tiernamente que rezarán de todos modos. Páginas web religiosas han dedicado un espacio especial a la cuestión. (Si vas a leerlo a tiempo, recuerda que el 20 de septiembre ya ha sido designado ‘Everybody Pray for Hitchens Day’.) Pat Archbold, en el National Catholic Register, y el diácono Greg Kandra se encuentran entre los católicos romanos que me consideraron un objeto digno de sus oraciones. El Rabino David Wolpe, autor de Why Faith Matters y líder de una congregación en Los Ángeles, dijo lo mismo. He aparecido con él en debates, como  con varios protestantes evangélicos conservadores como el pastor Douglas Wilson de New Saint Andrews College y Larry Taunton de Fixed Point Foundation en Birmingham, Alabama. Ambos escribieron para decir que sus congregaciones estaban rezando por mí. Y fue a ellos a los primeros a los que se me ocurrió responder preguntando: ¿rezando para qué?

Al igual que muchos de los católicos que rezan tanto para que vea la luz como para que me recupere, fueron muy honestos. La salvación era el punto principal. ‘Estamos, sin duda, preocupados por su salud, también, pero es una consideración muy secundaria. Porque, ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? [Mateo 16:26]’. Eso lo dijo Larry Taunton. El pastor Wilson respondió que cuando se enteró de la noticia rezó por tres cosas: para que luchara contra la enfermedad, para que hiciera las paces con la eternidad, y para que en el proceso volviéramos a encontrarnos. No pudo evitar añadir, algo traviesamente, que la tercera oración ya había sido respondida…

Así que estos son algunos católicos, judíos y protestantes célebres que piensan que en algún sentido de la palabra merezco salvarme. La facción musulmana ha estado más callada. Un amigo iraní ha pedido que se rece por mí en la tumba de Omar Jayyam, poeta supremo de los librepensadores persas. El vídeo de YouTube que anuncia el día dedicado a la intercesión en mi favor suena acompañado de la canción ‘I Think I See the Light’, interpretada por el mismo Cat Stevens que, como ‘Yusuf Islam’, aprobó la llamada histérica de la teocracia iraní para asesinar a mi amigo Salman Rushdie. (La letra banal de esta canción pseudo-edificante, por cierto, parecen estar dirigida a una chica.) Y este aparente ecumenismo tiene otras contradicciones, también. Si tuviera que anunciar una súbita conversión al catolicismo, sé que Larry Wilson y Douglas Taunton pensarían que yo había caído en grave error. Por otra parte, si me uniera a cualquiera de sus grupos evangélicos protestantes, los seguidores de Roma no pensarían que mi alma estaría mucho más segura que ahora, mientras que una tardía decisión de adherirme al judaísmo o al islam me privaría inevitablemente de muchas oraciones de ambas facciones. Simpatizo de nuevo con el poderoso Voltaire: cuando en su lecho de muerte le acosaban y le pedían que renunciara al diablo, murmuró que no era momento de hacer enemigos.

El físico danés y premio Nobel Niels Bohr colgó una herradura encima de su puerta. Sus consternados amigos le dijeron que esperaban que no pusiera ninguna confianza en esa patética superstición. ‘No, yo no’, respondió con serenidad, ‘pero al parecer funciona igual creas o no creas’. Esa podría ser la conclusión más segura. La investigación más completa sobre el tema jamás realizada -el ‘Estudio de los efectos terapéuticos de la oración de intercesión’ de 2006- no pudo hallar correlación alguna entre el número y la regularidad de las oraciones ofrecidas y la probabilidad de que la persona por la que se rezaba tuviera más oportunidades. Sin embargo, se encontró una pequeña pero interesante correlación negativa: algunos pacientes sufrían una ligera aflicción adicional cuando no manifestaban ninguna mejoría. Sentían que habían decepcionado a sus devotos seguidores. Y la moral es otro factor no cuantificable en la supervivencia. Ahora lo entiendo mejor que cuando lo leí por primera vez. Una enorme cantidad de amigos laicos y ateos me han dicho cosas estimulantes y halagadoras como: ‘Si alguien puede vencer a esto, eres tú’, ‘El cáncer no tiene ninguna oportunidad contra ti’, ‘Sabemos que puedes con esto’. En días malos, e incluso en días mejores, estas exhortaciones pueden tener un efecto vagamente deprimente. Si muero, voy a decepcionar a todos esos camaradas. También se me ocurre un problema laico: ¿y si salgo adelante y la facción piadosa clama alegremente que sus plegarias han sido atendidas? Eso sería un poco irritante.

He dejado al mejor de los fieles para el final. El doctor Francis Collins es uno de los norteamericanos vivos más importantes. Es el hombre que llevó el Proyecto Genoma Humano a su terminación, en menos tiempo y menos presupuesto de los previstos, y ahora dirige los National Institutes of Health. En su trabajo sobre los orígenes genéticos del trastorno, ayudó a descifrar las ‘erratas’ que provocan catástrofes como la fibrosis quística y la enfermedad de Huntington. Está trabajando ahora en las increíbles propiedades curativas latentes en las células madre y en los tratamientos basados en genes. Este gran humanista es además un apasionado de la obra de C.S.  Lewis y en su libro The Language of God ha tratado de hacer la ciencia compatible con la fe. (Este pequeño volumen contiene un capítulo admirablemente conciso que informa a los fundamentalistas que el debate acerca de la evolución ha terminado, principalmente porque no hay ningún debate.) Conozco a Francis por varias discusiones públicas y privadas sobre la religión. Ha tenido la gentileza de visitarme en su tiempo libre y hablar de todo tipo de tratamientos novedosos, que hace poco eran inimaginables y se podrían aplicar a mi caso. Y por decirlo así: no ha sugerido la oración, y yo no he hecho bromas acerca de Cartas del diablo a su sobrino. Así que los que quieren que tenga una muerte horrible rezan para que los esfuerzos de nuestro médico cristiano más generoso se vean frustrados. ¿Quién es el Dr. Collins para interferir en los designios divinos? Por un giro similar, los que quieren que arda en el infierno también se burlan de ese hombre religioso y querido que no me encuentra tan malvado. Dejo estas paradojas a los amigos y enemigos que aún veneran lo sobrenatural.

Siguiendo el hilo de la oración a través del laberinto de la web, finalmente he encontrado un extraño vídeo de ‘Hacer apuestas’. Invita a potenciales apostadores a jugarse dinero sobre si voy a repudiar mi ateísmo y abrazar la religión en una fecha determinada o si voy a seguir afirmando mi incredulidad y asumir las infernales consecuencias. Quizá no sea tan barato o desagradable como puede parecer. Uno de los defensores más cerebrales del cristianismo, Blaise Pascal, ya redujo los elementos esenciales a una apuesta en el siglo XVII. Pon tu fe en el Todopoderoso, propuso, y quizá lo ganes todo. Rechaza la oferta celestial y lo pierdes todo si la moneda cae en sentido contrario. (Algunos filósofos lo llaman Gambito de Pascal.)

Por ingenioso que su razonamiento pueda parecer –fue uno de los fundadores de la teoría de la probabilidad-, Pascal asume un dios cínico y un ser humano de abyecto oportunismo. Supongamos que olvide los principios que he tenido durante toda mi vida con la esperanza de ganarme un favor en el último minuto. Espero y confío en que ninguna persona seria admire esa actuación fraudulenta. Mientras tanto, el dios que premiaría la cobardía y la deshonestidad y castigaría las dudas irreconciliables está entre los muchos dioses en los que no creo. No quiero ser grosero ante las buenas intenciones, pero cuando llegue el 20 de septiembre, no te preocupes por ensordecer al cielo con tus gritos inútiles. A menos, claro, que eso te haga sentir mejor”.

En la imagen, Hitchens.

KOESTLER Y LOS EXISTENCIALISTAS

En 1946 Arthur Koestler decidió volver a Francia, seis años después de huir enrolándose en la Legión Extranjera (lo habían internado en un campo de concentración). El cero y el infinito estaba teniendo un éxito extraordinario. Había sido publicado en francés ese mismo año y se habían vendido 300.000 copias. Cuenta Michael Scammell:

1.

Tras esperar en vano a que el editor de ambos, Charlot, los presentara, Koestler conoció a Camus por el simple procedimiento de entrar en su despacho en Gallimard y presentarse. ‘El joven Humphrey Bogart’, decía de Camus un periodista de la rive gauche, y Koestler lo comparó con un ‘joven Apolo’. Camus era ‘delgado y vigoroso, con pelo castaño claro, sonrisa fácil y una piel oscura derivada de su origen norteafricano’, que todavía ‘parecía el atlético jugador de fútbol de su juventud’. La amistad entre los dos hombres fue instantánea. Realmente, los dos eran del molde de Bogart: bajos, compactos, musculosos; sus maneras frías intentaban ocultar un temperamento ardiente; un cigarrillo pendía eternamente de su labio inferior. ‘Con Camus’, escribió más tarde Koestler, ‘se desarrolló una fácil camaradería desde nuestro primer encuentro. Nos tuteábamos, y teníamos los mismos gustos sobre vinos, cenar e ir detrás de las mujeres’. De todos los escritores de la rive gauche, Camus era el más cercano a Koestler en temperamento y puntos de vista. Koestler describiría más tarde su relación como ‘más íntima que profunda; éramos, de hecho, copains: más que amigos, compinches’, pero parece que fue más allá de eso. De todos modos, los dos hombres no tardaron en quedar a beber en el Café de Flore y comerse con los ojos a las jóvenes coquetas que patrullaban por Saint Germain-des-Prés.


Koestler conoció a Sartre y a Beauvoir de la misma manera. La famosa pareja había trasladado recientemente su cuartel general literario desde el Café de Flore hasta el sótano del Hôtel Pont-Royal, junto a donde se quedaba Camus. Koestler se pasó el día siguiente de conocer a Camus, fue hacia Sartre y dijo con simplicidad infantil: ‘Hola, soy Koestler’. Sartre, todavía más bajo que Koestler, con sus miembros rechonchos y su largo torso, y su célebre y desconcertante estrabismo, le hizo pensar en “un duende malévolo”. Pero, como con Camus, el entendimiento entre los dos hombres fue instantáneo, y Koestler aprobó el modo en que el ceñido vestido francés del Castor [Simone de Beauvoir] realzaba su figura, la fuerza de sus pómulos altos y prominentes y el largo pelo recogido en u moño en su cabeza. La famosa pareja reconoció en el autor de El cero y el infinito a un compañero de pensamiento. Beauvoir se había quedado despierta toda la noche leyendo El cero y el infinito y lo había encontrado ‘cautivador’.

2.


Poco después Mamaine [la pareja de Koestler] se quedó en la cama agotada y Koestler llevó a Sartre y a Beauvoir junto al lecho para cenar ensalada de jamón y langosta y queso, luego se embarcó con ellos en una maratoniana ruta por los bares de Montparnasse. Eso culminó el 31 de octubre, el último día de Koestler en París, con una espectacular bacanal que incluía a sí mismo y Mamaine, Sartre y Beauvoir, y Camus y su mujer, Francine. Empezaron la tarde en un bistró argelino recomendado por Camus, luego se trasladaron a una pequeña sala de baile en rue des Gravilliers, con luces de neón rosas y azules, y donde hombres con sombreros bailaban con chicas con faldas cortas. ‘Por primera vez en mi vida’, escribió Mamaine a su ‘Querida Gemela’ [Celia], ‘bailé con K [Koestler], y también observé el fascinante  espectáculo de K arrastrando al Castor (que no creo que hubiera bailado en su vida) por el suelo mientras Sartre (lo mismo) arrastraba a madame Camus’.

Koestler entonces lanzó una ‘imperiosa’ (la palabra es de Beauvoir) invitación a los otros: ir con él al Schéherazade, lo que aceptaron tras muchas protestas. El local estaba en una oscuridad casi total, con violinistas que vagabundeaban y tocaban conmovedoras canciones rusas para los clientes. Pero los escritores hablaron de literatura y política como de costumbre. ‘Si fuera posible decir la verdad’, exclamó Camus en cierto momento. Koestler se puso melancólico al escuchar la sentimental canción folclórica rusa ‘Ojos negros’, y acusó a Sartre e incluso Camus de ceder ante la Unión Soviética. ‘Es imposible que seamos amigos si discrepamos en política’, dijo. Camus lo contradijo. ‘Lo que tú y yo tenemos en común es que para nosotros los individuos son lo primero, ponemos la amistad por encima de la política.’ Beauvoir estuvo de acuerdo. ‘Somos la prueba de ello en este preciso momento’, dijo ella, ‘puesto que, pese a nuestras disensiones, estamos tan contentos de estar juntos’.

Sartre, según Mamaine, ‘se emborrachó mucho casi de inmediato, Beauvoir también se emborrachó y lloró mucho, y K también se emborrachó (bebimos vodka y champán, ambos en grandes cantidades)’. Francine Camus, que era ‘extremadamente hermosa y agradable’, también se puso como una cuba, según Mamaine, que añadió: ‘Camus y yo no nos emborrachamos, pero poco faltó’. Mamaine omitió que ella y Camus también bailaron juntos e intercambiaron besos furtivos mientras los demás estaban en la mesa.


Tras obligar a Koestler a dejar el Schéhérazade en torno a las cuatro de la mañana, pararon en Chez Victor en Les Halles para tomar sopa de cebolla, ostras y vino blanco. Satre, según Mamaine, llevaba una borrachera tremenda, y ‘echaba pimienta y sal en servilletas de papel, las doblaba y se las metía en el bolsillo’. Koestler, ofendido por haber tenido que dejar el club nocturno, tiró un trozo de pan al otro lado de la mesa, le dio a Mamaine en el ojo, y lo atosigaban los remordimientos mientras se le ponía azul y negro. Sartre reía y decía que ese mismo día tenía que dar una charla para la UNESCO en la Sorbona sobre ‘La responsabilidad del escritor’ y no había preparado ni una línea. Camus dijo: ‘Alors, tu parleras sans moi [Entonces, tendrás que hablar sin mí]’. Sartre respondió: ‘Je voudrais bien pouvoir parler sans moi [I wish I could speak without me too]’ y siguió riéndose.

Se separaron al alba. A solas con Sartre, Beavoir sollozó por ‘la tragedia de la condición humana’, después se apoyó en el parapeto de un puente sobre el Sena y dijo: ‘No sé por qué no nos tiramos al río’. ‘De acuerdo’, dijo Sartre, ‘vamos a tirarnos’, y se echó a llorar. En otra parte de la ciudad, Koestler también lloraba mirando el Sena. Después desapareció en un pissoir y le gritó a Mamaine: ‘No me dejes, te quiero, siempre te querré’. Llegaron a casa a las ocho y durmieron durante todo el día, salvo Sartre, que se atiborró de pastillas y fue a la Sorbona para dar su conferencia. Ni siquiera un existencialista podía dirigirse a los estudiantes ‘sans moi’.

Koestler y Mamaine. Camus. Sartre y Beauvoir en 1946. Camus retratado por Mamaine.

En 1946 Arthur Koestler decidió volver a Francia, seis años después de huir enrolándose en la Legión Extranjera (lo habían internado en un campo de concentración). El cero y el infinito estaba teniendo un éxito extraordinario. Había sido publicado en francés ese mismo año y se habían vendido 300.000 copias. Cuenta Michael Scammell:

1.

Tras esperar en vano a que el editor de ambos, Charlot, los presentara, Koestler conoció a Camus por el simple procedimiento de entrar en su despacho en Gallimard y presentarse. ‘El joven Humphrey Bogart’, decía de Camus un periodista de la rive gauche, y Koestler lo comparó con un ‘joven Apolo’. Camus era ‘delgado y vigoroso, con pelo castaño claro, sonrisa fácil y una piel oscura derivada de su origen norteafricano’, que todavía ‘parecía el atlético jugador de fútbol de su juventud’. La amistad entre los dos hombres fue instantánea. Realmente, los dos eran del molde de Bogart: bajos, compactos, musculosos; sus maneras frías intentaban ocultar un temperamento ardiente; un cigarrillo pendía eternamente de su labio inferior. ‘Con Camus’, escribió más tarde Koestler, ‘se desarrolló una fácil camaradería desde nuestro primer encuentro. Nos tuteábamos, y teníamos los mismos gustos sobre vinos, cenar e ir detrás de las mujeres’. De todos los escritores de la rive gauche, Camus era el más cercano a Koestler en temperamento y puntos de vista. Koestler describiría más tarde su relación como ‘más íntima que profunda; éramos, de hecho, copains: más que amigos, compinches’, pero parece que fue más allá de eso. De todos modos, los dos hombres no tardaron en quedar a beber en el Café de Flore y comerse con los ojos a las jóvenes coquetas que patrullaban por Saint Germain-des-Prés.

            Koestler conoció a Sartre y a Beauvoir de la misma manera. La famosa pareja había trasladado recientemente su cuartel general literario desde el Café de Flore hasta el sótano del Hôtel Pont-Royal, junto a donde se quedaba Camus. Koestler se pasó el día siguiente de conocer a Camus, fue hacia Sartre y dijo con simplicidad infantil: ‘Hola, soy Koestler’. Sartre, todavía más bajo que Koestler, con sus miembros rechonchos y su largo torso, y su célebre y desconcertante estrabismo, le hizo pensar en “un duende malévolo”. Pero, como con Camus, el entendimiento entre los dos hombres fue instantáneo, y Koestler aprobó el modo en que el ceñido vestido francés del Castor [Simone de Beauvoir] realzaba su figura, la fuerza de sus pómulos altos y prominentes y el largo pelo recogido en u moño en su cabeza. La famosa pareja reconoció en el autor de El cero y el infinito a un compañero de pensamiento. Beauvoir se había quedado despierta toda la noche leyendo El cero y el infinito y lo había encontrado ‘cautivador’.

2.

Poco después Mamaine [la pareja de Koestler] se quedó en la cama agotada y Koestler llevó a Sartre y a Beauvoir junto al lecho para cenar ensalada de jamón y langosta y queso, luego se embarcó con ellos en una maratoniana ruta por los bares de Montparnasse. Eso culminó el 31 de octubre, el último día de Koestler en París, con una espectacular bacanal que incluía a sí mismo y Mamaine, Sartre y Beauvoir, y Camus y su mujer, Francine. Empezaron la tarde en un bistró argelino recomendado por Camus, luego se trasladaron a una pequeña sala de baile en rue des Gravilliers, con luces de neón rosas y azules, y donde hombres con sombreros bailaban con chicas con faldas cortas. ‘Por primera vez en mi vida’, escribió Mamaine a su ‘Querida Gemela’ [Celia], ‘bailé con K [Koestler], y también observé el fascinante  espectáculo de K arrastrando al Castor (que no creo que hubiera bailado en su vida) por el suelo mientras Sartre (lo mismo) arrastraba a madame Camus’.

            Koestler entonces lanzó una ‘imperiosa’ (la palabra es de Beauvoir) invitación a los otros: ir con él al Schéherazade, lo que aceptaron tras muchas protestas. El local estaba en una oscuridad casi total, con violinistas que vagabundeaban y tocaban conmovedoras canciones rusas para los clientes. Pero los escritores hablaron de literatura y política como de costumbre. ‘Si fuera posible decir la verdad’, exclamó Camus en cierto momento. Koestler se puso melancólico al escuchar la sentimental canción folclórica rusa ‘Ojos negros’, y acusó a Sartre e incluso Camus de ceder ante la Unión Soviética. ‘Es imposible que seamos amigos si discrepamos en política’, dijo. Camus lo contradijo. ‘Lo que tú y yo tenemos en común es que para nosotros los individuos son lo primero, ponemos la amistad por encima de la política.’ Beauvoir estuvo de acuerdo. ‘Somos la prueba de ello en este preciso momento’, dijo ella, ‘puesto que, pese a nuestras disensiones, estamos tan contentos de estar juntos’.

            Sartre, según Mamaine, ‘se emborrachó mucho casi de inmediato, Beauvoir también se emborrachó y lloró mucho, y K también se emborrachó (bebimos vodka y champán, ambos en grandes cantidades)’. Francine Camus, que era ‘extremadamente hermosa y agradable’, también se puso como una cuba, según Mamaine, que añadió: ‘Camus y yo no nos emborrachamos, pero poco faltó’. Mamaine omitió que ella y Camus también bailaron juntos e intercambiaron besos furtivos mientras los demás estaban en la mesa.

            Tras obligar a Koestler a dejar el Schéhérazade en torno a las cuatro de la mañana, pararon en Chez Victor en Les Halles para tomar sopa de cebolla, ostras y vino blanco. Satre, según Mamaine, llevaba una borrachera tremenda, y ‘echaba pimienta y sal en servilletas de papel, las doblaba y se las metía en el bolsillo’. Koestler, ofendido por haber tenido que dejar el club nocturno, tiró un trozo de pan al otro lado de la mesa, le dio a Mamaine en el ojo, y lo atosigaban los remordimientos mientras se le ponía azul y negro. Sartre reía y decía que ese mismo día tenía que dar una charla para la UNESCO en la Sorbona sobre ‘La responsabilidad del escritor’ y no había preparado ni una línea. Camus dijo: ‘Alors, tu parleras sans moi [Entonces, tendrás que hablar sin mí]’. Sartre respondió: ‘Je voudrais bien pouvoir parler sans moi [I wish I could speak without me too]’ y siguió riéndose.

            Se separaron al alba. A solas con Sartre, Beavoir sollozó por ‘la tragedia de la condición humana’, después se apoyó en el parapeto de un puente sobre el Sena y dijo: ‘No sé por qué no nos tiramos al río’. ‘De acuerdo’, dijo Sartre, ‘vamos a tirarnos’, y se echó a llorar. En otra parte de la ciudad, Koestler también lloraba mirando el Sena. Después desapareció en un pissoir y le gritó a Mamaine: ‘No me dejes, te quiero, siempre te querré’. Llegaron a casa a las ocho y durmieron durante todo el día, salvo Sartre, que se atiborró de pastillas y fue a la Sorbona para dar su conferencia. Ni siquiera un existencialista podía dirigirse a los estudiantes ‘sans moi’.

ORWELL Y KOESTLER EN NAVIDAD

En 1945, Arthur Koestler y su mujer, Mamaine, se instalaron en Bwlch Ocyn, Gales. Michael Scammell cuenta en su biografía Koestler: The Literary and Political Odissey of a Twentieth-Century Skeptic:

“El primer gran acontecimiento social de sus primeros meses fue una visita de George Orwell y su hijo Richard –que todavía era un bebé- en navidad. Koestler y Orwell se habían acercado mucho en los dos últimos años: ofrecían advertencias paralelas sobre la amenaza soviética y tomaban los mismos temas en sus artículos políticos. Orwell había invitado a Koestler a escribir reseñas para Tribune y más tarde le pidió que cogiera su trabajo como crítico en el Manchester Evening News, una oferta que Koestler rechazó. Orwell también le había presentado a David Astor, de The Observer, y finalmente le pasó su mensual ‘Carta de Londres’ para Partisan Review. Los dos hombres eran aliados evidentes. ‘Él era un pesimista y yo también’, dijo Koestler mucho más tarde, ‘así que me parecía estimulante y no deprimente estar con él’. Los dos hombres también arrastraban pesadas cargas de culpa personal y social, sentían un odio visceral hacia toda forma de opresión, y habían vivido epifanías políticas en España. Era natural que notaran que se entendían.

También era un secreto a voces que desde la muerte de su mujer, Eileen, Orwell buscaba un sucesor y una madre para su hijo adoptivo y, puesto que Celia [la hermana gemela de Mamaine] se había separado recientemente de su primer marido, Koestler y Mamaine pensaron que la invitarían en navidad y probarían su habilidad como celestinos (esas ideas románticas de un vínculo familiar apenas tenían en cuenta el célebre carácter obstinado de Orwell o la legendaria quisquillosidad de Koestler). Koestler pudo observar el inflexible carácter de Orwell el día de su llegada. La obra de de teatro de Koestler Twilight Bar había aparecido en agosto, con respuestas menos que entusiastas. Y la reseña de Orwell en el número de diciembre de Tribune había sido la menos entusiasta de todas. ‘El drama no es el terreno de Koestler’, empezaba Orwell, y terminaba: ‘El diálogo es mediocre, la obra demuestra el espacio que existe entre tener una idea y darle una forma dramática’. El día después de leer esa reseña, Koestler acompañó a Mamaine hasta la estación de tren de Llandudno para recoger a Orwell y Richard y llevarlos en coche a Bwlch Ocyn. Koestler se preguntaba por qué Orwell no había mitigado sus ásperos comentarios con alguna frase positiva y esperaba que Orwell dijera algo en el coche, pero Orwell no dijo nada y avanzaron en silencio. Finalmente Koestler dijo: ‘Escribiste una reseña espantosa, ¿no?’. ‘Sí - dijo Orwell- y es una obra espantosa, ¿no?’.

Koestler pensaba que la rigidez de Orwell tenía que ver con su lucha contra la enfermedad. Una severa autodisciplina le hacía ‘implacable consigo mismo’, y la extensión de esa implacabilidad era una especie de cumplido. ‘Cuanto más cerca estaba alguien de él, con más derecho se sentía a tratar a ese amigo como si fuera él mismo’. Era un código áspero pero Koestler podía entenderlo y respetarlo, y en los días siguientes los dos cruzados alcanzaron una cómoda forma de vida. Un día cuando daban un paseo por el exterior, Koestle atisbó otro lado de la implacabilidad de Orwell, una cualidad que quizá explicara la polémica escena de tortura de 1984. Hablaban de Freud, y Orwell dijo: ‘Cuando estoy en la bañera por la mañana, que es el mejor momento del día, pienso en torturas para mis enemigos’. ‘Es gracioso –contestó Koestler-, porque cuando yo estoy en la bañera pienso en torturas para mí’.

La semana fue un éxito. A George le gustaba Celia, y a Celia le gustaba George. Celia y Mamaine bautizaron a Orwell ‘el burro George’ –por Benjamin, de Rebelión en la granja- y quedaron impresionadas por la destreza con que llevaba a Richard sobre su cintura, y por cómo lo bañaba y cambiaba con total confianza. Koestler estaba menos prendado del niño, que lo distraía subiendo encima de él con sus malolientes pañales, y gateando por la casa y poniéndolo todo patas arriba. Le parecía que Orwell era demasiado indulgente con el bebé. Pero una mañana, cuando el niño se despertó mientras el agotado Orwell intentaba dormir (él y el bebé compartían habitación), Koestler pasó una hora entera haciendo muecas entre los barrotes de la cuna de Richard para que Orwell pudiera descansar un poco”.

Orwell y Richard. Celia. Koestler.

MEZQUITA



1.

Christopher Hitchens ha escrito dos artículos sobre la "mezquita de la Zona Cero". En el primero dice:

“La disputa por la construcción de un centro islámico en la ‘Zona Cero’ en el bajo Manhattan ya ha descendido a un nivel de estupidez que realmente insulta la memoria de las víctimas de aquel terrible día de septiembre de 2001. Uno podría pensar que se propone construir una mezquita o una madrasa en el lugar exacto de las torres caídas o sobre los atomizados ingredientes de lo que fue una fosa común. (En realidad, parece que lo mejor que hemos logrado hacer con el solar, después de casi una década, es crear un pozo enorme, ruidoso y sucio, casi sin avances arquitectónicos visibles. Tal vez el resentimiento ante la relativa velocidad de la propuesta Cordoba House sea una consecuencia subconsciente de nuestra vergüenza ante esta deshonra local y nacional.)

No hay nada que me guste mucho sobre Cordoba Initiative o las personas que la dirigen. El supuesto imán del lugar, Feisal Abdul Rauf, ha sido grabado diciendo cosas sombrías y escalofriantes sobre la atrocidad original. Poco después del 11-S, declaró a 60 Minutes: ‘Yo no diría que Estados Unidos merecía lo sucedido, pero las políticas de Estados Unidos fueron cómplices del crimen’. Y añadió: ‘En el sentido más directo, Osama Bin Laden es un producto estadounidense’. Más recientemente, se ha negado a designar a un partido racista y totalitario como Hamás culpable del cargo mucho menos severo de terrorista. A estas alturas, todos estamos familiarizados con los vendedores de estas distorsiones y eufemismos y evasivas, muchas de ellas repetidas por precipitados portavoces laicos y cristianos. Una obsequiosidad cultural generalizada impulsa a muchas personas a pensar que es mejor dar cabida a los ‘moderados’ como Rauf para diluir el desafío de la cosa real. Así que por el bien de la paz y tranquilidad, ¿qué hay de malo en que Comedy Central se autocensure, o en que toda la prensa de EEUU se niegue a publicar las caricaturas danesas?

Hay que luchar constantemente contra ese tipo de capitulación. Pero aquí vemos exactamente cómo no debe hacerse. Tomemos, por ejemplo, la opinión ampliamente publicitada de Abraham Foxman, director nacional de la Liga Anti-Difamación. Apoyando a los familiares de las víctimas del 11-S que se han opuesto a la Cordoba House, estableció una grosera analogía con la Solución Final y dijo que, como a los supervivientes del Holocausto, ‘su angustia les da derecho a tomar posiciones que otros clasificarían como irracionales o intolerantes’. Este tono delirante ha sido adoptado por Newt Gingrich y Sarah Palin, que, además, pretende ser la ventrílocua de las emociones de millones de personas que no perdieron a ningún ser querido. También ha infectado las páginas del normalmente duro Weekly Standard, que pidió al presidente Obama que denunciara Cordoba House a partir de la base de que, al parecer, una mayoría (de tres contra uno) de estadounidenses la encuentra ofensiva.

¿Por dónde coger este recurso parcialmente patético y parcialmente siniestro a la demagogia? Para empezar, parte directamente del manual del chantaje cultural musulmán. Di que algo es ‘ofensivo’, y es como si esa afirmación se hubiera convertido inmediatamente en un argumento. Hasta se puede admitir, como hace Foxman, que la razón de la ofensa es ‘irracional e intolerante’. Pero, eh, ¿por qué pensar cuando puedes limitarte a sentir? Los supuestos ‘sentimientos’ de los familiares del 11-S ya nos privaron a todos de la oportunidad de ver las imágenes en tiempo real de los ataques: una concesión enorme al embotamiento general de lo que debería ser un recuerdo sobrio y continuo de una indignación genuina. Ahora hay que conceder privilegios adicionales a la mayoría de una encuesta instantánea. No sólo eso, ¡se pide que el presidente use su cargo para decidir cuestiones de arquitectura religiosa!

Nada hay más ajeno al espíritu y la letra de la Primera Enmienda o el principio del ‘muro de separación’. En su incoherente declaración, Foxman sugirió que podría estar bien que la Cordoba House se construyera a ‘una milla de distancia.’ Parece ignorar que en el lugar, un viejo edificio recibe a la gente que no cabe en la cercana mezquita de Masjid al-Farah.

Me he dado cuenta de que incluso la elección del nombre de Córdoba ha ofendido a algunos opositores cristianos. Tras la conquista musulmana, esta maravillosa ciudad de Andalucía era uno de los centros del califato islámico que los jihadistas de hoy han jurado restaurar. Y después de la reconquista católica, también fue uno de los lugares purgados de toda influencia árabe y judía por los fundadores de la Inquisición. Pero en el intervalo entre esos dos imperialismos fue también el sitio de una asombrosa síntesis cultural, asociada a los nombres de Ibn Rusd, Averroes y Maimónides. (El mejor libro reciente sobre el tema es La joya del mundo, de María Rosa Menocal.) Allí se produjo un florecimiento de la filosofía y la medicina y la arquitectura que vio, entre otras cosas, la recuperación de las obras de Aristóteles. No tenemos que asumir automáticamente la buena fe de los que han echado mano de ese noble nombre para un proyecto en el bajo Manhattan. Uno querría garantías, también, acerca de la transparencia de su financiación y el contenido de sus programas educativos. Pero la manera de responder a esas propuestas es el examen crítico y el compromiso, no el recurso barato al provincianismo, la victimología y la sinrazón”.

2.

Hendrik Hertzberg ha escrito:

“Un par de semanas antes de las últimas elecciones, los candidatos republicanos a la presidencia y vicepresidencia concedieron una entrevista conjunta a Brian Williams, de la NBC. ‘Gobernador’, preguntó, dirigiéndose a la parte femenina, ‘¿qué es una élite? ¿Quién es un miembro de la élite?’. Sarah Palin respondió: ‘Cualquiera que piense que es, creo, mejor que otro. Esa es mi definición de elitismo’. ‘¿No es la geografía?’, prosiguió Williams. ‘Por supuesto que no’, dijo ella. La otra mitad de la pareja parpadeó y ofreció una sonrisa tensa. John McCain tenía algo que decir.

MCCAIN: Yo sé donde viven muchos de ellos.

WILLIAMS: ¿Dónde?

MCCAIN: Bueno, en la capital de nuestra nación y en Nueva York. Lo he visto. He vivido allí.

Estos elitistas, pasó a explicar, ‘piensan que pueden imponer lo que ellos creen a América en vez de dejar que los estadounidenses decidan por sí mismos’.

Fue muy amable de Palin no ponerse geográfica contra nosotros aquel día. Se ha olvidado de la advertencia de su patrón acerca de que los estadounidenses dejen que otros estadounidenses decidan por sí mismos, pero al menos ella dice por favor, o su equivalente en Twitter. Después de su rápidamente famoso y rápidamente eliminado ‘pls refudiate’ tuiteó: ‘ pacíficos neoyorquinos, pls refutad el plan de la mezquita de la Zona Cero si creéis que el dolor catastrófico que se produjo en las Torres Gemelas es demasiado crudo, demasiado real’. Sic sic sic sic.

¡Ah, ‘la mezquita de la Zona Cero’! Bueno, para empezar, no estará en la Zona Cero. Estará en Park Place, dos manzanas al norte del solar del World Trade Center (desde donde no será visible), en un barrio con restaurantes, tiendas (electrónica, porno, lo que sea), iglesias, oficinas, y el resto de la mezcolanza de Nueva York. Park51, como se va a llamar, tendrá una gran ‘sala de oración’ islámica, que presumiblemente contará como mezquita. Pero el resto del edificio se dedicará a aulas, un auditorio, una galería, un restaurante, un monumento a las víctimas del 11 de septiembre de 2001, y una piscina y un gimnasio. Sus patrocinadores imaginan algo así como la calle 92 Y -una YMIA, se podría decir, abierto a todos, incluidas las personas de las convicciones C y H.

Al igual que muchos neoyorquinos, los responsables de Park51, un matrimonio, son de otro lugar: él de Kuwait, ella de Cachemira. Feisal Abdul Rauf es un graduado de Columbia. Ha sido el imán de una mezquita en Tribeca durante casi treinta años. Es el autor de un libro titulado ‘What’s Right with Islam Is What’s Right with America’. Es vicepresidente del Centro Interreligioso de Nueva York. ‘Mis colegas y yo somos los anti-terroristas’, escribió recientemente en el Daily News, nada menos. Denuncia el terrorismo en general y los ataques del 11-S, en particular, a menudo y en profundidad. El F.B.I. recurrió a él para impartir ‘entrenamiento de la sensibilidad’ a los agentes y los policías. Su esposa, Daisy Khan, dirige la Sociedad Americana para el Avance de los Musulmanes, que fundó con él. Promueve la ‘armonía cultural y religiosa a través de la colaboración entre las religiones, los jóvenes y el empoderamiento de la mujer, y de las artes y el intercambio cultural.’

Da bastante miedo. A la cabeza de miedosos gatos, junto con Palin, estaba su compañero calificado como presidenciable Newt Gingrich, destacada figura intelectual del Partido Republicano. Según Gingrich, Park51 es ‘una afirmación de triunfalismo islamista,’ parte de ‘una ofensiva islamista cultural y política diseñada para minar y destruir nuestra civilización.’ Aquellos que piensan que está bien son ‘los apologistas de la hipocresía islamista radical’ que ‘sostienen que tenemos que permitir la construcción de esta mezquita a fin de demostrar el compromiso de Estados Unidos con la libertad religiosa’. Gingrich propone demostrar nuestra devoción por la libertad religiosa usándola como rehén: ‘No debería haber ninguna mezquita cerca de la Zona Cero de Nueva York mientras no haya iglesias o sinagogas en Arabia Saudí’.

No todos los opositores del proyecto han abrazado el apocalipsis Gingrichiano. La mayoría, como Palin, han apelado a los sentimientos heridos, ‘sobre todo la angustia de las familias y amigos de aquellos que fueron asesinados el 11 de septiembre de 2001’, en palabras de una declaración emitida por la Liga Anti-Difamación, la venerable organización judía de defensa de los derechos civiles, que (para su vergüenza, y en contra de organizaciones judías locales como el Centro Comunitario Judío en Manhattan y la UJA-Federation de Nueva York) toma la línea de Palin. Hay muchas familias del 11-S que opinan de forma distinta, y con la misma vehemencia. En defensa la posición de la ADL, su director nacional, Abraham H. Foxman, comparó a las familias —las contrarias a Park51, claro- con los sobrevivientes del Holocausto: ‘Su angustia les da derecho a las posiciones que otros caracterizarían como irracionales o intolerantes’. No hay duda. Pero, como guía para el orden público, la angustia no es mucho mejor que la intolerancia. Tampoco da derecho a abandonar la racionalidad misma.

En lo que se refiere a la ‘mezquita de la Zona Cero’, la oposición es aproximadamente proporcional a la distancia, incluso en Nueva York. Según una encuesta reciente, los habitantes de Manhattan son mayoritariamente partidarios, sobre todo frente a los residentes de Staten Island. La Junta Comunal N º 1 se mostró favorable, por veintinueve contra uno. Ese es el consejo que representa la parte de Manhattan que incluye tanto Park51 como el lugar del 11-S –y a nosotros también, en un futuro no muy lejano. The New Yorker se trasladará de Times Square 4 a World Trade Center 1, en cuanto se construya. Aquí la opinión se divide, en función de si el viaje en metro será más largo o más corto. Nadie tiene un problema con Park51.

El martes pasado, después de Comisión de Preservación de Monumentos de la ciudad, en una votación unánime, diera luz verde a Park51, el alcalde Michael Bloomberg celebró la ocasión con un discurso que, en su elocuencia áspera, será recordado como un punto culminante de su distinguido mandato. ‘Puede que no siempre estemos de acuerdo con cada uno de nuestros vecinos’, dijo.

Así es la vida. Y es parte de vivir en una ciudad tan diversa y densa. Pero también reconocemos que parte de ser un neoyorquino consiste en vivir con tus vecinos en el respeto mutuo y la tolerancia. Fue ese espíritu de apertura y aceptación lo que resultó atacado el 9 / 11.

Esto debería haber sido el final, pero no fue así. Las elecciones de mitad de legislatura acechan. A nivel local, el partidismo –el republicano, en concreto- juega la baza de la proximidad. Los dos principales candidatos republicanos a gobernador de Nueva York han hecho de la ‘mezquita de la Zona Cero’ un problema, urgidos por el ex alcalde Rudy Giuliani y por el ex gobernador George Pataki. A nivel nacional, la oposición a Park51 se está convirtiendo rápidamente en una cuestión de disciplina republicana y ortodoxia conservadora. A finales de la semana pasada, John McCain se había sumado al coro de su compañera. (‘Es evidente que mi opinión es que yo me opongo a ella.’)

En una famosa carta -la que sostiene que Estados Unidos no ‘da a la intolerancia ninguna autorización, a la persecución ninguna ayuda y sólo requiere que los que viven bajo su protección se comporten como buenos ciudadanos’- George Washington ofreció una bendición:

Que los hijos de la estirpe de Abraham, que habitan en esta tierra, siguen mereciendo y disfrutando de la buena voluntad de los demás habitantes, mientras todo el mundo se sienta en condiciones de seguridad bajo su propia vid e higuera y no hay nadie que le dé miedo.

El bajo Manhattan anda un poco escaso en vides e higueras hoy en día, aunque hay algunos bares de vinos muy buenos. La observación de Washington sigue siendo válida. Su carta estaba dirigida a los judíos de Newport, Rhode Island. Pero, como él sabía, los musulmanes también son hijos de Abraham. Según el criterio de McCain, George Washington fue un triple perdedor: como presidente, vivió en Nueva York; la capital del país lleva su nombre; e, incluso para los estándares de su época, era un elitista. Sin embargo: tenía razón”.

2.

Ayer escribía Hitchens:


“Hace dos semanas, escribí que los argumentos contra la construcción del centro de Cordoba Initiative en el bajo Manhattan eran tan estúpidos y demagógicos que ya no eran noticia. Las cosas han ido más hacia el sur desde entonces, con la comparación de Newt Gingrich con un signo nazi a las puertas del Museo del Holocausto de Estados Unidos o (coge lo que quieras de tu almacén histérico) un centro cultural japonés en Pearl Harbor. La primera de las pseudo-analogías es incorrecta de todas las formas posibles, ya que el museo del Holocausto contiene una de las guías más fríamente informativas sobre la teoría y la práctica del régimen nazi, con exposiciones especiales sobre la teoría racial y la ideología del partido, y estudios objetivos de las condiciones que llevaron a ese partido al poder. En cuanto a la segunda, existe desde hace tiempo una importante población de japoneses-estadounidenses en Hawai, y no encuentro ninguna razón por la que no pueda tener un centro cultural en cualquier lugar de las islas.

Desde el principio, sin embargo, he señalado que el imán Feisal Abdul Rauf no es ninguna ganga y que su Cordoba Initiative estaba llena de eufemismos sobre la yihad y la teocracia islámicas. He mencionado su creencia siniestra de que Estados Unidos fue en parte responsable del ataque a las Torres Gemelas y su negativa a tomar una posición sobre la dictadura racista de Hamás en Gaza. Cuantas más declaraciones lees, más alarmantes se vuelven. Por ejemplo, aquí está el editorial de Rauf sobre la agitación que siguió al brutal fraude de las elecciones iraníes en 2009. Aconsejaba  así al Presidente Obama:

Debería declarar que su administración respeta muchos de los principios rectores de la revolución de 1979: establecer un gobierno que expresa la voluntad del pueblo, un gobierno justo, basado en la idea de Vilayet-i-Faquih, que establece el imperio de la ley.

Tímidamente sin traducir (tal vez para ‘llegar a más gente’), la expresión Vilayet-i-Faquih es el término especial promulgado por el ayatolá Ruhollah Jomeini para describir la idea de que toda la sociedad iraní está bajo la permanente dirección (a veces traducida como tutela) de los mulás. En esta administración, ‘la voluntad del pueblo’ es una expresión carente de significado, porque ‘el pueblo’ son los guardas y los hijos de los clérigos. Es la justificación de un líder supremo y clerical, cuyo gobierno es impermeable a las elecciones, y que puede escoger y elegir a los candidatos y, si hace falta, los resultados. Es un concepto muy controvertido en el islam chií. (El gran ayatolá Sistani en Irak, por ejemplo, no lo comparte.) En cuanto a los numerosos iraníes que no son chiíes, les recuerda una vez más que no son considerados verdaderos ciudadanos de la República Islámica.

No me tranquiliza el hecho de que el Imam Rauf respalde públicamente la versión más extrema y represiva de la teocracia musulmana. El membrete de la declaración, por cierto, lo describe como ‘Fundador y visionario de Cordoba Initiative’. ¿Por qué eso tampoco me deleita?

Envalentonado por el carácter burdo de la oposición al centro, sus defensores han comenzado a hablar como si no representara ningún problema en absoluto y, como si se tratara únicamente de una cuestión de tolerancia religiosa. Sería bueno si fuera verdad. Pero la tolerancia es una de las primeras y más incómodas preguntas que suscita cualquier examen del islamismo. Nos equivocamos al hablar como si el único tema fuera el terrorismo. Como Europa Occidental ya ha descubierto, los líderes musulmanes locales tienen la costumbre, cuando se sienten lo suficientemente fuertes, de canalizar exigencias intolerantes. A veces se pide la censura de cualquier cosa ‘ofensiva’ hacia el Islam. A veces se exige la segregación sexual en las escuelas y piscinas. El guión se está haciendo bien conocido. Y los que hacen tales demandas, por supuesto, suelen tener mucho cuidado de evitar cualquier forma de asociación con la violencia. Se limitan a insinuar que, si no se toman en serio sus demandas, podría haber una diminuta chispa de violencia en algún lugar sin nombre…

En cuanto al magnífico mosaico del pluralismo religioso, es bastante fácil de encontrar páginas web y películas de mezquitas que venden los ataques más horribles sobre judíos, hindúes, cristianos, no creyentes y otros musulmanes, por no hablar de las locas diatribas contra las mujeres y los homosexuales. Por eso el falso término islamofobia es tan peligroso: insinúa que toda reserva ante el islam es inmediatamente ‘fóbica’. Una fobia es un miedo o un rechazo irracional. Las prédicas islámicas muchas veces manifiestan esta característica, por lo que la sospecha no es en absoluto irracional.

Desde mi ventana, puedo ver el hermoso minarete de la mezquita de de la Avenida Massachussets, en Washington. Está situada en el corazón del barrio diplomático de la ciudad, y es donde el presidente Bush se dirigió inmediatamente después del 11-S para hacer un gesto hacia ‘religión de la paz’. Hace poco, la esposa de un nuevo embajador me dijo que paseaba a su perro cuando un hombre barbudo la abordó y le ordenó bruscamente que no acercase el animal tan cerca de los recintos sagrados. Taxistas musulmanes en otras ciudades estadounidenses se han negado a llevar a los pasajeros con ‘impuros’ caninos.

Otra característica de mi mezquita local que no me gusta del todo es la exhibición de banderas, que presuntamente muestra a aquellas naciones que ya son musulmanas. Algunas de esas banderas son de países como Malasia, donde el islam apenas tiene una mayoría, o de Turquía, que aún tiene una constitución secular. En las Naciones Unidas, el bloque electoral de las naciones que forman parte de la Organización de la Conferencia Islámica ya está proponiendo una resolución que acota cualquier crítica de la religión en general y del islam en particular. Por lo tanto, antes de que sea utilizado por nuestro Departamento de Estado en nuevas misiones de buena voluntad en el exterior, me gustaría que se le hicieran al imán Rauf algunas preguntas sobre su apoyo a la dictadura clerical en Irán, de momento. Por todos los medios hagamos del debate sobre la ‘Zona Cero’ un examen de tolerancia. Pero será una calle de sentido único si no es también un examen de la tolerancia de los musulmanes”.

Feisal Abdul Rauf. Hertzberg.

LA FAMILIA GREENE

The Economist reseña Shades of Greene:

“A principios del siglo XX dos hermanos vivían en extremos opuestos de un pequeño pueblo a unos 30 kilómetros al noroeste de Londres. Sus antepasados habían hecho dinero a través de la cerveza y las haciendas azucareras de las Antillas y ellos también tuvieron éxito, uno como director de una escuela y el otro como comerciante de café. Diferentes en muchos sentidos, Charles y Edward Greene eran semejantes en su séxtuple paternidad. Charles y su familia vivían en la ‘Casa de la Escuela’ y Edward en el ‘Hall’. Los 12 primos, ‘una tribu extraordinaria’, eran altos, se casaron mucho, fueron muy inteligentes  y, por timidez o frialdad de temperamento, reservados por naturaleza. Sus largas y diversas vidas son objeto de una magnífica biografía conjunta de Jeremy Lewis, mejor conocido por su estupenda vida de Cyril Connolly.

Graham, cuarto hijo de Carlos y uno de los novelistas más importantes del siglo XX, fue el más famoso de los  Greene de la ‘Casa de la Escuela’, pero de ninguna manera el único en dejar su marca. Raymond, ‘el verdadero corazón de la familia’, fue un montañero importante, miembro de la expedición que llegó cerca de la cima del Everest en 1933, y un endocrinólogo pionero. Hugh fue periodista y locutor, famoso en la década de 1960 como radical y subversivo director general de la BBC. Elisabeth trabajó para los servicios secretos británicos en El Cairo y alistó a Graham y a Malcolm Muggeridge en el MI6. Por el contrario, Herbert, la empobrecida oveja negra, sufrió las consecuencias ser una persona media en una familia brillante y fue una fuente regular de ansiedad. En la década de 1930 revoloteó en la periferia del mundo de la inteligencia, y espió ineficazmente para los japoneses y en España. Treinta años más tarde organizó una protesta nacional contra la decisión de Hugh para pasar a las diez las noticias de las nueve.

Aunque algunos contribuyeron de otro modo, ningún miembro de las dos familias entró en combate durante la guerra. (El primo de Graham, Tooter, fue el que más cerca estuvo, pero su vida como soldado se vio interrumpida cuando se cayó de un camión en Sandhurst, se golpeó la cabeza y fue relegado al Ministerio de Alimentación.) Los Greenes del ‘Hall’ se sentían intelectualmente inferiores a sus primos y eran mucho menos efectivos, aunque eran igual de raros. Ben, el hijo mayor de Edward Greene, fue un idealista afectuoso y nada mundano, que batalló por los pobres, aunque con éxito limitado. Su trabajo benéfico con los cuáqueros en Rusia y Alemania y la actividad en el ala izquierda del Partido Laborista fueron seguidos por un viraje hacia la derecha cuando se unió al British People Party y la Peace Pledge Union. Como resultado de ello, y con una madre alemana, se le consideró simpatizante de los nazis y un riesgo para la seguridad y, con Oswald Mosley, fue internado en mayo de 1940. El resto de su vida se vio asaltado por una comprensible sensación de ser perseguido.

Mientras Ben estaba en la cárcel de Brixton, su hermano Félix se encontraba en California con Gerald Heard, Christopher Isherwood y Aldous Huxley, disfrutando de ‘una visión elevada de los acontecimientos’. Félix fue un locutor de radio pionero y el primer corresponsal de la BBC en América del Norte, pero luego se volvió crecientemente egocéntrico, neurótico y crédulo. En la década de 1960, visitó la China comunista (‘uno de esos tontos útiles’) para ensalzar las virtudes del brutal régimen de Mao en libro y película.

El señor Lewis ha tenido éxito en su objetivo declarado, evitar que el libro sea ‘descompensado’, ‘una nueva biografía de Graham Greene’. Se ocupa de manera uniforme de los miembros de la familia que tuvieron vidas interesantes, describe las relaciones entre ellos y arroja luz sobre su influencia en la vida y la escritura del novelista. Nacido en el centro de la familia, Graham estaba más cerca de la edad de su prima Ave, de la que tanto él como Herbert estuvieron brevemente enamorados. En la escuela, detrás de ‘la puerta de bayeta verde’, sufrió por ser el hijo del director, y fue acosado sin piedad. Inepto en los juegos, vivió a la sombra de su apuesto hermano mayor y experimentaba una sensación de inferioridad. Esto, sin embargo, produjo un ‘condenado deseo de tener éxito’, y Raymond se convirtió en una útil fuente de información médica para sus novelas.

Próximos a Graham se encontraban sus hermanos menores: Elisabeth, que se convertiría en su secretaria, y Hugh, a quien de niño leía novelas de aventuras de Henry Rider Haggard, GA Henty, y de su primo Robert Louis Stevenson. Su prima Barbara lo acompañó a Liberia en 1935, y publicó un relato de sus aventuras que la familia consideraba superior al ‘Viaje sin mapas’ de Graham. Herbert, a través de sus nefastas actividades y sus sórdidas características, aportó material para las figuras miserables y despreciables que pululan por la ficción de Graham.

‘Shades of Greene’ es una ambiciosa iniciativa que ha necesitado una cantidad prodigiosa de investigación. La escasez de fechas y detalles familiares dificulta en ocasiones seguir la pista de las personas y los acontecimientos, pero Lewis muestra habilidad y energía al entrelazar las vidas de sus protagonistas. Graham Greene evitaba reflejarse en los pensamientos de sus héroes; prefería el impulso de una buena historia. Así que está. Con su sentido de la travesura y su prosa transparente, seguramente Greene habría aprobado este libro”.

En la imagen, la familia Greene. De izquierda a derecha: Graham, Raymond, Herbert, Hugh, Molly and Elizabeth.

BERNARD-HENRI LÉVY CONTRA SARKOZY

Escribe Bernard-Henri Lévy:

“El Presidente de la República, gracias a las vacaciones de verano y el letargo que viene con ellas, acaba de cometer tres errores en ocho días.

El primero fue convocar, el 28 de julio en el Palacio del Elíseo, el día después de unos gravísimos actos de delincuencia ocurridos en Saint-Aignan, una ‘cumbre’ que supuestamente debía ‘examinar’ ‘la situación de los gitanos y los nómadas [gens du voyage]’. No está claro, en primer lugar, que el Palacio del Elíseo sea el lugar adecuado para discutir problemas de delincuencia.

Es cierto, sin embargo, que en el principio mismo de esta cumbre había una forma de mezclar a los extranjeros en situación irregular (algunos de ellos gitanos) y a ciudadanos de pleno derecho, franceses desde hace varias generaciones y por tanto sujetos como tales al derecho común a todos los franceses (esos hombres y mujeres entran, más o menos a su pesar, en la categoría estadística y administrativa de ‘nómadas’).

Pero está claro que en el hecho mismo esa reunión,  en el hecho de decir que los gitanos y nómadas habían cometido delitos o crímenes como gitanos y nómadas, es decir, en el hecho de presentar a una comunidad como responsable de las acciones de algunos de sus miembros, había sobre todo un riesgo de estigmatización colectiva contraria a los usos republicanos.

La opinión pública no se ha equivocado cuando ha visto resurgir desde lo más alto de los ministerios hasta las cloacas del populismo los tópicos -que se creían gastados y han tenido consecuencias criminales en un pasado reciente-, sobre el gitano ‘ladrón de gallinas’ o propietario de un ‘Mercedes de gran cilindrada’. Y en cuanto a los interesados, a la gente honesta (ya que ésa parece ser la palabra del día) que vive en una precariedad honesta o en una opulencia fiscalizada su cultura nomadizada, en cuanto a los franceses desde hace generaciones o los franceses de adopción, que ahora han sido tratados como una o más bien como dos comunidades y han tenido la sorpresa suplementaria de descubrir que ni siquiera se había pensado en invitar a la reunión a un representante, un portavoz, un testigo de esas comunidades, están ahora en estado de shock.

Con ningún otro grupo se habría osado hacer eso. Con cualquier otra categoría social, y por suerte, se habría tenido la gentileza elemental (¿o precaución?) de solicitar un punto de vista. En este caso, no se hizo: y que haya tan pocos responsables que se conmuevan, que ese lapsus, ese olvido, pasen en evidencia y en inocencia, que la izquierda parezca juzgar el caso poco digno de su indignación programada, sólo añade a la cólera dolor y, por desgracia, piedad.

El segundo error fue, en el famoso discurso en Grenoble, la propuesta de privar de la nacionalidad francesa a toda persona ‘de origen extranjero’ que hubiera ‘atentado voluntariamente contra la vida de un policía, un gendarme o cualquier otro depositario de la autoridad pública’.

No me detendré en el carácter ubúesco de la noción de origen extranjero. Porque ¿dónde comienza el origen extranjero? ¿A partir de cuántas generaciones se estaría, según el espíritu de la medida propuesta, a resguardo? ¿El Presidente tiene un criterio en mente? ¿Una prueba (tal vez de ADN)? Y aunque así fuera, en el caso de que el Consejo Constitucional, el Consejo de Estado o, simplemente, el Parlamento confirmaran esta proposición insensata, ¿qué les ocurriría a los caídos? Sin nacionalidad de recambio, ¿en qué vacío jurídico acabarían? ¿Ex francés? ¿Apátrida? ¿Acaso, con el pretexto de que, como dijo el jefe de Estado, la máquina de formar ciudadanos ‘ha funcionado’, pero ‘ya no funciona’, vamos a sustituirla por una máquina para producir personas sin patria?

Dicho esto, lo peor y el fondo del asunto es que si la propuesta es seria y no sólo una manera de intentar arrebatar a Marine Le Pen algunos fondos de comercio electoral, la iniciativa contravendría de manera frontal un axioma tres veces sagrado, ya que está inscrito por triplicado en el mármol de los tres textos fundadores de nuestra común vida republicana: el programa del Consejo Nacional de la Resistencia del 15 de marzo de 1944, la Declaración de Derechos del Hombre de 1948, la Constitución de 1958.

El axioma postula ‘la igualdad ante la ley’ (sea cual sea, precisamente, su ‘origen’) de todos los ciudadanos. Dice que se es francés o no -pero desde el momento en que lo somos, todos lo somos de la misma manera. Insiste: uno se convierte en francés o no - pero, una vez que uno se ha hecho francés, no se puede distinguir entre franceses más o menos franceses.

Se pueden discutir, en otras palabras, las condiciones que permiten acceder a ser francés; podemos multiplicarlas, refinarlas, endurecerlas, solemnizarlas. Pero que se permita insinuar la sombra de la idea que postula dos clases de franceses, dependiendo de si nacen franceses o adquieren la nacionalidad más tarde; que se permita imaginar un orden en el que habría franceses en periodo de prueba y franceses para siempre, franceses condicionales y franceses sin discusión, franceses que siguen siendo franceses pese a que cometan actos criminales y otros que dejan de serlo porque en realidad solo lo eran a medias; todo eso, si Francia es Francia, es simplemente inconcebible. Es una cuestión de principios.

Ni por astucia ni por táctica se juega con esa clase de principios. Porque uno se arriesga a jugar con ese postulado fundador, y es el zócalo de la República, ese bien común de los franceses, el que empieza a vacilar. Partimos despreocupadamente a la caza de los que rompen las comisarías. Nos vemos a la vuelta en la piel de alguien que rompe aquello que nuestras comisarían también deben salvaguardar: el espíritu de la ley, el genio del derecho, la letra de una Ley fundamental cuyo sentido es decirnos qué significa ser francés…

Y ni siquiera hablo de los seguidores que –como la imaginación de los imbéciles no tiene más límites que la de los demás- se han metido en la brecha de una política de la que se dice en altas esferas y todo el tiempo que debe ‘carecer de tabúes’ y efectivamente rompen los últimos tabúes del honor y el sentido común y lanzan por ejemplo esta proposición sorprendente, casi demente: meter en la cárcel a los padres de los menores delincuentes que no hayan respetado, notablemente, sus ‘obligaciones en términos de resultados escolares’.

Y el tercer fallo, finalmente, es el uso de la palabra ‘guerra’ en la ‘guerra nacional’ declarada por el Presidente, todavía en Grenoble, contra los nuevos gamberros. La palabra ya era problemática cuando sirvió a George W. Bush para declarar la guerra de EE.UU. contra el terrorismo; su predecesor, Bill Clinton, observó con razón que sería mejor combatirlo con una cacería policial clásica pero implacable. Se usó en Francia, durante los disturbios del 2005 en los suburbios, cuando el primer ministro, Dominique de Villepin, desenterró un decreto de la guerra de Argelia para imponer el toque de queda en los barrios donde se hizo evidente que las más altas autoridades del Estado, las que tenían la tarea de calmar las cosas, de apaciguar los espíritus, de evitar la sobreescalada de la escalada, en pocas palabras de aislar represión y discurso para aislar a los delincuentes y castigarlos, consideraban esos barrios zonas enemigas.

Bueno, es igual de impactante cuando el Presidente Sarkozy retoma la palabra y choca las botas, haciendo suya la idea de que Francia está comprometida en una auténtica guerra interna, es decir, respondiendo al exceso con exceso, a la escalada con otra forma de escalada, y es él quien asume un doble o triple riesgo: al dramatizar así las cosas, puede destilar en el país otra forma de tensión, de fiebre, quizá de miedo y en el fondo de inseguridad; puede entrar en el terreno de los gamberros, aceptar el desafío que le lanzan y consentir, por consiguiente, a ese ascenso a los extremos que es el imaginario y el proyecto secreto de los delincuentes; y finalmente, puede meterse en una batalla que las democracias, esos reinos del derecho y el escrúpulo, siempre han sabido que no están preparadas para abordar y que no está claro que sepan ganar.

Cuando los gamberros hablan de guerra, es una provocación. Cuando los Estados dicen ‘¡la guerra!’, es la guerra civil. Y es precisamente porque la guerra civil es una amenaza, es precisamente porque los lazos sociales en todas partes comienzan a agrietarse, por lo que hay que hacer todo lo posible para evitar eso que las mafias y el terror presentan como inevitable. Y, sin descanso, repetir: los delincuentes no son enemigos, son criminales; y los responsables de su neutralización no son soldados, son policías; y si esta neutralización es difícil, si los sistemas de incivilidad contemporánea se han vuelto más sofisticados y fuerzan a quienes se oponen a mayor habilidad y firmeza, la peor solución sería volver a la lengua marcial, rústica, que amenaza con militarizar la acción policial: hablar de ‘guerra a los gamberros’ es haberla perdido.

Son palabras, se dirá. Sólo son palabras, probablemente dictadas por consideraciones políticas. Sólo que en la boca de un Presidente de la República las palabras siempre son más que palabras y dan a una sociedad su respiración, su ritmo, sus reflejos. Ante el ascenso de la inseguridad y el odio, ante la necesidad, como decía Michel Foucault, de defender la sociedad frente a unos hombres cuyo único programa es el nihilismo, ante la urgente obligación de luchar contra los gamberros públicos y su violencia sin límite hay, en verdad, dos soluciones.

Ir a los extremos, asumir la lengua de la decadencia, del ojo por ojo y diente por diente de la guerra: nunca será más que la versión sofisticada de ‘Cállate, gilipollas’. Y, como el ejemplo viene de arriba, y el comportamiento de los ciudadanos  se asemeja misteriosa pero permanentemente al de los príncipes, ésa es la garantía de una sociedad febril, insatisfecha, donde todos se revuelven contra todos y donde el resentimiento y el odio serán pronto los últimos cimientos del contrato social.

O evitar la trampa, dejar de hacer declaraciones sensacionalistas, supuestamente viriles y que sólo ponen de relieve la impotencia de los Estados; salir, en pocas palabras, del rango del matamoros y de su hirviente pasión por la rivalidad mimética y el espíritu de revancha. Y salir en busca de ese otro cuerpo, que –según el historiador americano Ernst Kantorowicz (1895-1963)- no está hecho de pasión, sino de distancia, para convocar la valentía y la firmeza, pero también la sabiduría, la sutileza, el sentido de la medida y, sobre todo, la sangre fría. Son, en estas circunstancias, las únicas virtudes que sirven. Pero desgraciadamente son aquellas de las que Nicolas Sarkozy parece más escaso estos días”.

He tomado la primera imagen, de Lévy, en Le Monde.