Blogia
Daniel Gascón

Revista

HITCHENS SOBRE EGIPTO

Christopher Hitchens escribe en el número de abril de Vanity Fair:

“Al analizar revoluciones, siempre es útil consultar a los veteranos barbudos. Los que intentan dominar un nuevo idioma, escribió Karl Marx sobre la crisis en Francia en el siglo XIX, siempre comienzan vacilantes y retraducen a la lengua familiar que ya saben. Y con su colega Friedrich Engels definió la revolución como la partera gracias a la cual la nueva sociedad nace del cuerpo de la vieja.

Al observar los acontecimientos aparentemente sísmicos en Túnez y El Cairo en enero y febrero de este año, varios observadores empezaron a compararlos con los precedentes discrepantes. ¿Era la caída del Muro de Berlín en el mundo árabe? ¿O se parecía más  los movimientos del ‘poder popular’ en Asia de mediados de la década de 1980? También se mencionó el ejemplo de América Latina, con el escape tardío pero veloz del gobierno militar en las últimas décadas. Los que tenían una memoria más larga guardaban un recuerdo afectuoso a la incruenta ‘revolución de los claveles’, en el Portugal de 1974: una hermosa fiesta de la democracia que también ayudó a inaugurar la emancipación de España tras cuatro décadas a la sombra del general Franco.
Fui un insignificante testigo ocular de esos episodios en los que ‘la felicidad esperaba al amanecer’: estuve en Lisboa en 1974, en Corea del Sur en 1985, en Checoslovaquia en 1988, en Hungría y Rumania en 1989, y en Chile y Polonia y España en varios momentos a lo largo de la transición. También vi algunas de las primeras etapas de la erupción histórica en Sudáfrica. Y en Egipto, por desgracia -a excepción del factor común de la espontaneidad humana y la dignidad incontenible, lo que Saúl Bellow llamó la ‘elegibilidad universal a ser noble’- no puedo encontrar ningún paralelismo, modelo o precedente. (Mubarak pidió que lo considerasen un ‘padre’, y constató que ‘su’ pueblo prefería ser huérfano.) Es realmente un nuevo lenguaje: el lenguaje de la sociedad civil, en el que el mundo árabe es casi iletrado e ignorante. Por otra parte, mientras que el cuerpo viejo puede sufrir el tormento de los dolores, e incluso recibir la asistencia de un buen número de aspirantes a parteras, es muy difícil encontrar el pulso del embrión.

En la Europa del Este de finales de la década de 1980, uno no solo sabía lo que la gente quería, sino también la forma en que lo conseguiría. No pretendo disminuir la grandeza de esas revoluciones, pero los ciudadanos esencialmente deseaban vivir en las condiciones de los europeos occidentales, con mayor prosperidad y mayor libertad. Un empujón  ‘al Muro’ y estaban viviendo en Europa occidental, o en todo caso en Europa central. Los brazos de la Comunidad Europea y la OTAN ya estaban más o menos abiertos, y todo el mundo, de Berlín oriental a Varsovia, estaba relativamente alfabetizado y cualificado, y no recuerdo siquiera que se perdiera una uña en forma de víctima (excepto en Rumania, donde había que tratar con un verdadero Calígula). Hombres como Václav Havel y Lech Walesa, además, ya había demostrado que estaban dispuestos a asumir la responsabilidad de gobernar. Voilà tout!

En Portugal, en abril de 1974, antes de los liberales que formaban parte del ejército se volvieran contra la dictadura fascista más antigua de Europa y rompieran todas las puertas literales y metafóricas de las prisiones, solo había un partido legal. El primero de mayo de ese año los partidos socialista y comunista de ese país fueron capaces de llenar las calles de la capital. En pocos días, se habían anunciado un partido liberal y un partido conservador, y en un plazo muy corto Portugal fue, por decirlo así, un país ‘normal’ de Europa. Los partidos, con dirigentes muy experimentados, habían estado allí todo el tiempo. Todo lo que se requería era que se rompiera el frágil caparazón del antiguo régimen. Lo mismo sucedió en Atenas unos meses más tarde: ante mis ojos complacidos, los torturadores y déspotas de la junta militar fueron a la cárcel y políticos civiles veteranos volvieron a casa desde el exilio o salieron de la cárcel, y a final de año se había celebrado un elección, en la que los partidarios del antiguo sistema de gafas oscuras y cascos de acero pudieron presentarse y obtuvieron alrededor de un uno por ciento de los votos.

Tal vez el acontecimiento más emocionante de la historia de Sudáfrica fue el momento estéticamente perfecto de febrero de 1985, cuando los carceleros se dirigieron a Nelson Mandela y le dijeron que era libre de irse. ¡Y Mandela se negó con arrogancia! Saldría de la cárcel cuando estuviera listo y cuando todo el país hubiera sido liberado, y no un segundo antes. En ese instante, los imbéciles que lo habían confinado se dieron cuenta de que ya era el presidente de la república y de hecho ostentaba el mando moral del cargo desde hacía un tiempo considerable. Tampoco era solo una cuestión de su carisma. El Congreso Nacional Africano, un partido muy asentado, con experiencia y sin distinciones raciales, había dicho, durante años y con total confianza, a las autoridades del apartheid: Cuando ustedes terminen de arrastrar este país por los suelos, estamos absolutamente preparados para reemplazarlo. In utero, y desde el tercer trimestre, la nueva Sudáfrica ya existía.

En 1986, en Filipinas, un matón con cara de lagarto, Ferdinand Marcos, fue derrocado por una masiva desobediencia civil tras unas ‘elecciones anticipadas’ amañadas y sustituido por Corazón Aquino, la viuda de un hombre -Benigno Aquino- que había sido asesinado por amenazar con ganar las anteriores.  Poco antes, fui en avión a Corea del Sur con el exiliado forzoso Kim Dae Jung, que había escapado por poco a un intento de asesinato, después de resultar segundo en una votación fraudulenta. Nos detuvieron y maltrataron en el aeropuerto, y balas de goma y gases lacrimógenos (algunas cosas nunca cambian) disolvieron una de las más grandes multitudes de bienvenida que he visto, pero Kim Dae Jung era el líder de la oposición en unos pocos años, y fue elegido presidente no mucho después de eso.

Ni una sola de condiciones o precondiciones preñadas existe en Egipto. Ni en el exilio ni en el propio país hay alguien que se asemeje remotamente a un verdadero líder de la oposición. Con la excepción parcial de los obsesivamente citados Hermanos Musulmanes, los vestigiales partidos políticos son cascos demacrados. La mayor fuerza en el Estado y la sociedad -el ejército- es una institución hinchada y muy implicada en el statu quo. Como se dijo una vez de Prusia, Egipto no es un país que tiene un ejército, sino un ejército que tiene un país. Todavía resulta más deprimente que, aunque existiera una alternativa de gobierno competente, es casi imposible imaginar lo que podría ser su programa. La población de Egipto contiene millones de graduados que han recibido una mala instrucción y no pueden encontrar empleo, y decenas de millones de obreros y campesinos que llevan una vida de subsistencia. No olvidaré nunca lo que vi en mi primera visita a El Cairo: la ‘Ciudad de los Muertos’, una gran población de personas sin hogar e indigentes que vive entre las tumbas de uno de los extensos cementerios de la ciudad. Durante siglos, los gobernantes de Egipto han podido depender del peso aplastante del letargo y la inercia para mantener la ‘estabilidad’. Estoy escribiendo esto en la primera semana de febrero, y no me sorprendería que la máquina -con o sin Mubarak- pudiera confiar de nuevo en esa mano muerta, mientras el valor y la iniciativa ejemplares de los ciudadanos de la plaza Tahrir se retiran lentamente.

Sin embargo, y por muchas de las mismas razones, es muy poco probable que los temblores produzcan una negación espantosa: un Jomeini o un Mugabe que conviertan la revolución inicial en una contrarrevolución feroz. La débil economía de Egipto es enormemente dependiente de la hospitalidad de los turistas occidentales. Aproximadamente uno de cada diez egipcios es cristiano. Al sur de la nación, en Sudán, millones de africanos acaban de votar a la secesión de un Estado que impone la sharía, y se han llevado la mayoría de los campos petroleros del país con ellos.

Aunque se suprima el acuerdo de paz con Israel, Egipto nunca será capaz de hacer otra guerra con el Estado judío, o no sin garantizar la catástrofe. No es extraño que la voz de los Hermanos Musulmanes resulte tan diminuta. ¿Esperan realmente afrontar los problemas que he mencionado, con su lema simplista y endeble que dice ‘el islam es la solución’? Los mulás iraníes fueron capaces de secuestrar la revolución de 1979 porque en el ayatolá Jomeini tenían una figura de autoridad y casi semejante a Lenin, y porque (con el consentimiento encubierto de un baptista de sonrisa afectada llamado Jimmy Carter) Sadam Husein les hizo el inmenso favor de invadir una de sus provincias occidentales y consolidar una unidad nacional histérica. Los mulás también estuvieron y siguen estando parcialmente aislados de las consecuencias de su insensatez económica por la posesión de grandes reservas de petróleo, del que apenas puede encontrarse una gota en las proximidades del delta del Nilo.

Como recordamos con tristeza, el equipo de Ahmadineyad en Irán también fue capaz de retener el poder frente a una insurrección democrática popular (sobre todo urbana). También fue despiadado en el uso de la fuerza y ​​pudo confiar en la pasividad de una gran población rural, bastante piadosa y dependiente del subsidio estatal. Al heroísmo se le rompe el corazón, y al idealismo la espalda, ante la intransigencia de los crédulos y los mediocres, manipulados por los cínicos y los corruptos.

El mismo día en que escribo iba a ser un ‘Día de la Ira’ en Damasco, pero fue un fiasco abyecto que dejó el gobierno hereditario de Assad donde estaba, al tiempo que recuperó gran parte de lo que había perdido en el Líbano después de la desdichadamente breve ‘Revolución de los cedros’ de 2005. En Yemen hay unas cinco causas separadas y distintas de agravio, desde una división de norte-sur a una rebelión tribal chií, pasando por las tácticas cada vez más sofisticadas de sustitutos locales de al-Qaeda. Esto no quiere decir que el mundo árabe esté condenado indefinidamente a permanecer inmune a la ola democrática que limpiado de despotismo otras regiones. Sin duda se han sembrado semillas que germinarán. Pero el escalofrío de la concepción está a considerable distancia del drama del nacimiento, y esta no sería la primera revolución en la historia que es parcialmente abortada”.

He tomado la imagen aquí.

HITCHENS SOBRE BLAIR

HITCHENS SOBRE BLAIR

 

Escribe Christopher Hitchens:

“Di ‘Toronto’ u ‘Ontario’ y las primeras asociaciones mentales presentan una versión un poco insulsa de América del Norte: unos Estados Unidos con un sistema de bienestar, más cortesía en la calle y el rostro tranquilizador de la reina Isabel en la moneda. Pero esta parte de Canadá también tiene una dimensión quijotesca y romántica. Allí escaparon los Tories lealistas que huían de la Revolución Americana. En el pueblo de Deptford, Ontario, a orillas del río Támesis local, el gran novelista canadiense Robertson Davies escogió y situó una trilogía compuesta de los elementos de la magia y el exilio. Uno de sus personajes principales, Percy ‘Boy’ Staunton, renuncia a parte de su vida y energía por la causa del Príncipe de Gales, un joven espada antaño apuesto y prometedor que destroza y desmoraliza a sus admiradores al caer en la esclavitud de una mujer intrigante y abdicar del trono sin plantar cara.

Mientras me llevaban más allá de una falange de guardias para entrar en la suite de Tony Blair, con vistas a Toronto y el Lago Ontario, repasaba mentalmente nuestros encuentros anteriores. El primero había sido en el despacho del líder de la oposición en la Cámara de los Comunes, poco después de que lo eligieran para dirigir el Partido Laborista y lo renombrara -¿o, mejor dicho, rebautizara?- como ‘Nuevo Laborismo’. Después lo había visto en el gabinete privado del primer ministro en Downing Street, justo antes de ser candidato a celebrar toda una década en el puesto, a punto de eclipsar a Margaret Thatcher y estableciendo un récord de permanencia para cualquier político laborista. Más recientemente, había bajado a saludar mientras realizaba una visita privada a la residencia de la Embajada Británica en Washington. El entorno era aún grandioso, pero para entonces ya había abdicado y debía ver que un sucesor inferior y que no le gustaba celebraba unas elecciones que él sabía que podría haber ganado.

Ahora viajaba con un equipo muy pequeño pero dedicado, y tenía el aspecto de un príncipe azul en el exilio. La sonrisa de alta potencia todavía estaba allí, pero enmarcada en una cara surcada de arrugas, con un pelo corto y gris que aún ofrecía la efímera impresión de juventud. Íbamos a tener un debate público: el primero que aceptaba desde que dejó el cargo. Blair había comparecido ante el comité Chilcot, que aún está investigando la participación de Gran Bretaña en la invasión de Irak, con aire hermético y sin conceder nada. Los insultos contra él se habían hinchado desde las injurias comunes (‘caniche de Bush’, ‘mentiroso’, o algunas veces ‘Bliar’) al odio total. ‘¡Criminal de guerra!’, ‘Asesino’. Las dos primeras presentaciones de su libro de su nuevo libro, The Journey, fueron interrumpidas o canceladas. Cuando firmaba en una librería Dublín le había tirado zapatos y otros objetos una multitud variopinta de tipos contra la guerra, fortalecida por algunos muchachos macilentos de la periferia del ‘IRA Auténtico’. Un acto posterior en la Tate Modern, en Londres, tuvo que ser cancelado. ‘Simplemente no habría sido justo para los demás seguir adelante’, dice con un encogimiento de hombros bastante insatisfactorio. Quizá confiaba en la legendaria cortesía de los habitantes de Toronto y en el tema aparentemente más neutral de nuestra disputa, que era la religión. Ahora opera bajo el nombre un tanto conmovedor: la Tony Blair Faith Foundation, que puede sonar más bien como un organismo creado para expresar la fe en Tony Blair. Su trabajo principal es servir como mediador para el ‘Cuarteto’ de potencias que supervisa el ‘proceso de paz’ israelí-palestino. Esto significa realizar esfuerzos regulares para reconciliar a los musulmanes, los judíos y los cristianos en Tierra Santa. Anímate, me apetece decirle. Por lo menos es un trabajo para toda la vida.

Mientras tanto, no ha perdido su talento para el rápido juego de piernas parlamentario. La proposición a debatir declara con claridad que la religión es ‘una fuerza para el bien’. La responsabilidad aquí es siempre es para quienes defienden la moción. Sin embargo, de alguna manera y sin llegar a entenderlo del todo, descubro he accedido a hablar primero y entregar la tradicional ventaja de dar la réplica. Me siento como si hubiera entrado en una puerta giratoria delante de alguien y hubiese salido detrás de él: incluso como si uno de los magos suburbanos Robertson Davies había sacado una rápidamente. Durante nuestro intercambio público hablo de la cuestión romana, criticando al cardenal Newman, cuya beatificación Blair defendió, y ridiculizando la posición del Papa sobre la planificación familiar y el SIDA. Él no defiende la que está obligado a considerar como única Iglesia verdadera. ¿Puede ser cierto, entonces, que hizo lo que tanto Clinton como George W. Bush habían hecho antes que él, y terminó en los bancos de la iglesia de su esposa? Cherie Blair -que nos ha dicho más de lo que necesitamos saber acerca de las ocasiones en que no tomó su altamente herética píldora anticonceptiva a fin de tener fértiles fines de semana junto a la Reina en Balmoral- es una católica devota, aunque ecléctica. Su medio hermana Lauren anunció hace unas semanas que se había convertido al islam después de una visita a una mezquita en Irán, donde trabaja como periodista en la cadena estatal ‘Press TV’. Describió el momento de la revelación, en términos que habría encantado a Karl Marx, como una ‘inyección de morfina espiritual’, y afirma no haber consumido bebidas alcohólicas o productos de carne de cerdo desde entonces. A pesar de muchos intentos desgarbados de su cuñado para satisfacer a los seguidores del Profeta, aprovechó la oportunidad para describirlo como un enemigo del islam. Blair, que en sus memorias habla de un período en el que llegó a ser demasiado aficionado a tomar una copa antes de comer y al final del día, pero se agota diariamente en sus esfuerzos por ‘tender la mano’ a los musulmanes, no tiene más remedio que poner otra vez su cara de triste incomprendido.

Y efectivamente, posee uno de los rostros más móviles y expresivos que he visto. Le pregunté en privado lo que era ser odiado: no un poco, sino mucho. La sonrisa receptiva seguía en su lugar, aunque muy levemente contraída, como si quisiera seguir dando la impresión de ver todos los puntos de vista. ¿Pensaba que había tenido que absorber injustamente parte de la saliva dirigida a George Bush? No parecía que quisiera recurrir a ese refugio. Se dice que a menudo quienes no registran emociones pueden ser buenos oficiales, pero ese estoicismo también puede ocultar -al igual que ocurre con los oficiales que no sufren fatiga de combate o estrés post-traumático- una calma psicópata que envía a todo el pelotón a una zanja llena de alambre de púas y no suelta una lágrima.

En la plataforma, Blair ofrecía un contraste casi completo. Era prácticamente una pantomima de la reacción: sonreía con facilidad si la broma recaía sobre él, hacía una mueca aquí y allá, extendía sus manos resignadamente un par de veces. Sin embargo, la sinceridad corporal también puede tener su aspecto dudoso, como sucedía con Clinton, que se mordía su gordo labio inferior mostrando una falsa empatía. No pude decidirlo hasta después de que terminara el debate. Habíamos estado hablando en su camerino, y me excusé para ir al mío (para ponerme una inyección de morfina, creo, que impulsara el whisky debilucho que me habían dado). Volví bastante rápido y vi a Blair susurrando con uno de sus ayudantes. Cuando me detuve en la puerta, los dos miraron con cierta timidez. Me ofrecí a retirarme, pero dijeron que no: acababan de hablar de lo agradecidos que estaban de que esa noche yo hubiera dicho unas palabras en defensa de su decisión de derrocar a Sadam Husein. Me he pasado la vida construyendo un caparazón que me proteja del atractivo de los políticos y nueve de cada diez de mis mejores amigos se refieren a Blair como el ejemplo clásico del tramposo descubierto, el hombre hueco calcificado por el cinismo y la manipulación de los medios de comunicación. Yo también recuerdo las náuseas que me produjeron su acrítico cortejo a Rupert Murdoch y su anexión de las exequias de la princesa Diana (aunque este último caso le convirtió en el primer ministro laborista que daba instrucciones a la familia real). Pero, tras sorprenderlo en este micro-momento en que se mostró vulnerable, sin haber sido exactamente herido, creo que simplemente no me puedo sumar a ese consenso fácil. Se puede detectar un pulso moral, y es bastante fuerte.

Cuando Tony Blair llegó al poder, Slobodan Milošević  limpiaba étnicamente y violaba las repúblicas de la antigua Yugoslavia. El mulá Omar prestaba a Osama bin Laden el territorio de un Estado fallido y sin escrúpulos. Charles Taylor de Liberia dirigía una milicia mutiladora y formada por niños esclavizados a través de la frontera de Sierra Leona, y amenazaba con provocar una versión de Ruanda, salpicada de diamantes ensangrentados, en el África occidental. Y la riqueza y el pueblo de Irak eran propiedad privada de los abusos de Sadam Husein y su familia criminal. Hoy en día, todas estas figuras caligulescas están en el peor de los casos lejos del poder, y en el mejor de los casos muertas o en juicio. ¿Cómo puede alguien con un sentido de la historia no conceder a Blair una parte del crédito de todo eso? ¿Y cómo puede alguien con una tintura de sentido moral entrar en un paroxismo y gritar que el criminal de guerra es Blair? Es como si todos los civiles asesinados por Al Qaeda y los talibanes en Irak y Afganistán debieran cargarse a su cuenta. Esa es la mentalidad caótica de Julian Assange y sus groupies.

Las Escrituras incluyen la lóbrega advertencia de que nadie es profeta en su tierra y, dados los antecedentes de muchos profetas, es muy probable que eso sea bueno. Blair también podría unirse al club de exestadistas errantes, que ha incluido en épocas diferentes a Mijaíl Gorbachov y Richard Nixon, que solo reciben respeto y reconocimiento cuando visitan los países de otras personas. Tras despedirnos, lo llevaron directamente al aeropuerto: iba una etapa del jet-lag por delante de sus demonios y volvía hacia Jerusalén, el lugar de nacimiento de todos nuestros sueños y el cementerio de todas nuestras esperanzas”.

He tomado el texto y la foto aquí.

AMIS, HITCHENS Y BELLOW

Martin Amis cuenta en Experiencia (2000, traducido por Jesús Zulaika):

"A eso de las 11.15 un silencio largo se abatió sobre la mesa donde estábamos cenando. Christopher, completamente sobrio pero con los ojos bajos, aplastaba entre las manos un paquete vacío de Benson & Hedges. Los Bellow también tenían la mirada baja. Yo estaba sentado con la cabeza entre las manos, mirando fijamente las secuelas de la cena (de aquella especie de siniestro automovilístico: faros abollados, bisagras desencajadas, tapacubos bamboleantes…). Tenía el pie dolorido por las continuas patadas en las espinillas que le había propinado a Hitch.

Sería una simplificación decir que Christopher se había pasado los últimos minutos hablando sin parar de memeces izquierdistas. Pero no temamos caer en simplificaciones. Las simplificaciones, a veces, le vienen a uno de perlas… El tema de la discordia era, por supuesto, Israel. La posición de Christopher al respecto se hallaba perfectamente explicada en un trabajo suyo titulado “La herética tierra prometida” (Raritan, primavera de 1987), donde en apoyo de sus ideas había aducido “las idealizaciones generalizadas de Israel que normalmente encontramos en Saul Bellow, Elie Wiesel y otros”. Gran parte del discurso de Christopher de aquella noche, en la mesa de Vermont, puede hallarse en su ensayo de 8.000 palabras, escrito, por así decirlo, por el gentil que había en él. Y el resto de tal discurso lo encontramos en “Acerca de la misa la media: homenaje al telegrafista Jacobs” (Grand Street, verano de 1988), que escribió ya como judío [tras descubrir que su madre lo era]. Huelga decir que la cambiada identidad étnica de Christopher, por una básica y elemental cuestión de pundonor, no causó el menor efecto en sus opiniones sobre ciencia y moralidad políticas".

Christopher Hitchens escribe en Hitch-22 (2010):

"En Experiencia, la envidiablemente escrita autobiografía de Martin Amis, en cuyas páginas me siento orgulloso de aparecer varias veces, hay un episodio sobre el que la gente me sigue interrogando. Martin ofrece un relato ligeramente oblicuo y esotérico de un viaje que hicimos en 1989, durante el que me llevó a visitar a Saul Bellow en Vermont. En nuestro trayecto de película de compañeros desde Cape Cod –lo que cuenta sobre eso es casi perfecto- dejó claro que no permitiría que la conversación virase hacia nada político, y menos izquierdista, y menos si tenía que ver con Israel. (“Nada de memeces siniestras”, que era nuestra expresión coloquial para hablar de un izquierdismo demasiado fácil.) Sabía que la invitación suponía un gran honor, no solo porque era una enorme distinción conocer a Bellow sino porque, solo por detrás de su padre, era el mayor regalo de esa clase que podía hacer Martin. No hacía falta que me dijera que debía aprovechar la oportunidad para dedicarme a escuchar en vez de hablar.

Y sin embargo es cierto, como él cuenta, que para el final de la cena nadie podía mirar al otro a los ojos y que su pie estaba dolorido y cansado por sus choques con mi espinilla por debajo de la mesa. ¿Cómo podía haber ocurrido? Ahora llega mi oportunidad para dar mi propia versión de Rashōmon.

Bellow nos había recibido y nos había dado bebidas y, a mi juicio, en la etapa anterior a la cena justifiqué la confianza de Martin. Nuestro anfitrión hizo una pregunta sobre Angus Wilson cuya respuesta yo conocía y también hizo una pregunta sobre su pasado con Whittaker Chambers para la que al menos pude sugerir una solución hipotética. Por su parte, Bellow nos había leído parte de sus viejos textos y correspondencia con el pobre, loco y aplastado John Berryman. Todo estaba saliendo bastante bien. Pero en la mesa de mimbre de la habitación en la que estábamos hablando había algo que representaba una amenaza tan trillada como la pistola en la repisa de la chimenea de Antón Chéjov. En otras palabras, si está ahí en el primer acto, es evidente que la intención es que se dispare antes de que caiga el telón. Solo hay que esperar. Era la única pieza impresa a la vista y era el último número de la revista Commentary, y su destacado titular de portada decía: “Edward Said: Profesor del terror”.

No había perdido todo el tiempo que empleé en batallas dudosas durante cenas en Nueva York, Washington y Chicago, y pensaba que sabía cuándo alzar mis viejos y cansados puños y cuando mantenerlos en el regazo, pero agotaba un poco los nervios preguntarse de antemano cuándo y cómo se vaciaría ese cañón cargado. La cena fue, por turnos, cordial y chispeante, pero llegó un momento en que Bellow hizo una súbita observación sobre el antisionismo y se levantó para coger la revista y subrayar su argumento. En realidad, creo que anteriormente había subrayado algunos pasajes del artículo. Incluso comparado con el depravado estándar de polémica que había establecido la tarea editorial de Norman Podhoretz, era un ataque a Edward extremadamente tosco. Escuché el asqueado resumen de Bellow un rato, hasta que me di cuenta de que no podía quedarme callado. Quizá, si Martin no hubiera estado allí, podría haber cerrado la boca. Pero si él no hubiera estado allí, yo tampoco habría estado. No, lo que quiero decir es que Bellow no sabía que yo era amigo íntimo de Edward. Pero Martin sí. Así que, aunque sabía que él quería que me mantuviera apartado de cualquier polémica, no podía dejar que me viera sentado como un cómplice, mientras se difamaba a un amigo ausente. Por lo que él sabía, si la compañía era suficientemente ilustre, quizá lo negara también a él antes de que cantase el gallo. No podía admitirlo. Así que dije lo que pensaba que debía decir –no era mucho, pero fue más que suficiente- y la velada cuidadosamente planeada y deliciosamente ejecutada de mi amigo más querido quedó inmediatamente destruida. Sufrió más de lo necesario, porque Bellow había sido trotskista y había luchado en las calles de Chicago: estaba acostumbrado a cosas mucho más calientes y apenas se ofendió. Más tarde me mandó una carta afectuosa sobre mi introducción a una nueva edición de Augie March".

El 29 de agosto de 1989, Bellow escribía a Cynthia Ozick (la carta completa está en Letters, 2010):

“Mi joven amigo Martin Amis, al que quiero y admiro, vino a verme la semana pasada. Lo trajo de Cape Cod un compinche al que no conocía y del que no había oído hablar. Se quedaron a dormir. Cuando nos sentamos a cenar el amigo se identificó como colaborador habitual de The Nation. Miré The Nation por última vez cuando Gore Vidal escribió su artículo sobre la deslealtad de los judíos hacia Estados Unidos y su preferencia basada en la sangre por Israel. Durante el largo tiempo que ha pasado desde que nos conocemos, ha crecido una duna de sal que aliña los comentarios ridículos de Gore. Tiene cuentas pendientes con EEUU. En cualquier otro lugar, podría haber sido homosexual y patricio. Aquí tiene que mezclarse con tipos duros y con negros y judíos; la democracia le ha imposibilitado ser un caballero invertido y excepcional. Y la fuente de su dolor le ha hecho rico y famoso. Pero dejemos a Gore, podemos saltárnoslo. Vamos a nuestro invitado, el amigo de Martin. Se llama Christopher Hitchens. En la cena dijo que era un gran amigo de Edward Said. Leon Wieseltier y Noam Chomsky también eran grandes colegas suyos. Al mencionar el nombre de Said, Janis refunfuñó. Dudo que eso no estuviera previsto, porque es casi seguro que Hitchens cree que soy un terrible reaccionario: la Derecha Judía. Criado para respetar y rechazar la cortesía al mismo tiempo, el invitado luchó breve y silenciosamente con el periodista decadente y finalmente habló. Dijo que Said era un gran amigo y que debía pedir disculpas por discrepar con Janis pero le lealtad hacia un amigo exigía que dejara las cosas claras. Todo el mundo conservó la educación. No quería una escena, por Amis. Afortunadamente (o no) había leído varios fragmentos del artículo de Said en Critical Inquiry, que mostré como prueba. Los judíos eran (más o menos) nazis. Pero, por supuesto, dijo Hitchens, era bien sabido que [Yitzhak] Shamir se había dirigido a Hitler durante la guerra para llegar a un acuerdo. Protesté que Shamir era Shamir, no era los judíos. Además, no confiaba en las pruebas. La discusión se balanceaba. Amis cogió las selecciones de Said para leerlas. No encontró nada que decir en el momento pera a la mañana siguiente intentó sacar el tema, y para evitar otra situación embarazosa le dije que había sido una montaña construida a partir de un grano de arena.

Hitchens atrae a Amis. Es una tentación que puedo entender. Pero el tipo de gente sobre el que te gusta escribir no siempre es buena compañía, especialmente en una cena".

En las imágenes, Amis; Hitchens y Amis; Bellow y su mujer, Janis.

MANERAS

Escribe Christopher Hitchens:

“Desde que caí enfermo a mitad de la gira de mi libro este verano, he adorado y he aprovechado de todas las posibilidades de estar al día y mantener tantos compromisos como pueda. Participar en debates y dar conferencias forma parte de mi aliento vital, y respiro hondo cuando y donde sea posible. También disfruto de verdad el tiempo que paso cara a cara con usted, querido lector, independientemente de que lleve la factura de un ejemplar y brillante de mis memorias. Pero aquí está lo que pasó mientras esperaba para firmar ejemplares en un evento en Manhattan hace un par de semanas. Imagine, si quiere, que, cuando estaba sentado a la mesa, se acercó a una mujer de aspecto maternal (un componente clave de mi demografía):

Ella: Lamenté enterarme de que estaba enfermo.

Yo: Gracias.

Ella: Un primo mío tuvo cáncer.

Yo: Oh, lo siento.

Ella: [Mientras la fila de clientes se alarga detrás de ella.] Sí, de hígado.

Yo: Eso nunca es bueno.

Ella: Pero se pasó, después de que los médicos le dijeran que era incurable.

Yo: Bueno, eso es lo que todos queremos oír.

Ella: [Mientras los que están al final de la fila empieza a mostrar signos de impaciencia.] Sí. Pero luego volvió, mucho peor que antes.

Yo: Oh, qué horror.

Ella: Y luego murió. Fue durísimo. Durísimo. Le costó muchísimo tiempo.

Yo: [Empezando a buscar las palabras.]...

Ella: Por supuesto, fue homosexual durante toda su vida…

Yo: [Sin encontrar las palabras, y no queriendo parecer estúpido y repetir ‘por supuesto’.]...

Ella: Y su familia inmediata le abandonó. Murió prácticamente solo.

Yo: Bueno, no sé qué...

Ella: De todos modos, solo quería usted supiera que entiendo exactamente por lo que está pasando.

Este fue un encuentro sorprendentemente agotador, del que podría haber prescindido fácilmente. Hizo que me preguntara si habría espacio para un breve manual de la etiqueta del cáncer. Se aplicaría a las víctimas, así como a los que los compadecen. Después de todo, no he sido muy lacónico con respecto a mi propia enfermedad. Pero tampoco camino luciendo en mi solapa un cartel que diga: PREGÚNTAME SOBRE LA CUARTA FASE DEL CÁNCER DE ESÓFAGO CON METÁSTASIS, Y SOLO SOBRE ESO. La verdad, si no puedes traerme noticias de eso y solo eso, y sobre lo que ocurre cuando los ganglios linfáticos y el pulmón pueden estar involucrados, no estoy tan interesado ni tengo tantos conocimientos. Uno casi desarrolla una especie de elitismo acerca de la singularidad su propio trastorno personal. Por lo tanto, si su historia de primera o de segunda mano trata de algunos órganos, es posible que prefiera considerar la posibilidad contar con moderación, o al menos de forma más selectiva. Esta sugerencia se aplica si la historia es intensamente deprimente y  provoca desánimo –ver más arriba- o si pretende transmitir alegría y optimismo: ‘A mi abuela le diagnosticaron melanoma terminal del punto G y casi la habían dado por perdida.  Pero siguió adelante y tomó enormes dosis de quimioterapia y radiación, al mismo tiempo, y la última postal suya que hemos recibido la muestra en la cima del Everest’. Una vez más, puede que su relato no enganche si no se preocupa por saber cómo de bien o de mal le va (o se siente) a su público.

Se acepta normalmente que la pregunta ‘¿Cómo estás?’ no acarrea un compromiso jurado de dar una respuesta completa o sincera. Así que cuando me lo preguntan estos días, me inclino por decir algo críptico como ‘Un poco pronto para saberlo’. (Si me pregunta el maravilloso personal de mi clínica de oncología, a veces llego tan lejos como para responder: ‘me parece que hoy tengo un cáncer’.) Nadie quiere que le hablen de los incontables horrores menores y humillaciones que se convierten en hechos de la ‘vida’ cuando el cuerpo pasa de ser un amigo a convertirse en un enemigo: el aburrido cambio del estreñimiento crónico a su dramático y repentino opuesto; la igualmente desagradable cruz doble de sentir hambre aguda, mientras temes incluso el olor de los alimentos; la miseria absoluta de la náusea que te retuerce el intestino cuando tienes el estómago completamente vacío; o el descubrimiento patético de que la caída del cabello se extiende a la desaparición de los folículos de la fosas nasales, y por lo tanto al fenómeno irritante e  infantil de la nariz que moquea permanentemente. Lo siento, pero usted ha preguntado… No es divertido apreciar plenamente la verdad de la tesis materialista que postula que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo.

Pero en realidad tampoco es posible adoptar una postura de ‘No preguntes, no respondas’. Al igual que su original, esta es una receta de hipocresía y dobles raseros. Obviamente, los amigos y familiares en realidad no tienen la opción de no hacer preguntas amables. Una forma de ponerlos cómodos es ser lo más sincero posible y no adoptar ningún tipo de eufemismo o negación. Así que voy directamente al grano y digo cuáles son las probabilidades. La forma más rápida manera de hacerlo es señalar que lo malo de la Fase Cuatro que no existe una Fase Cinco. Con toda razón, algunas personas me toman en serio. Recientemente he tenido que aceptar que no iba a poder asistir a la boda de mi sobrina, en mi vieja ciudad y universidad de Oxford. Esto me deprimió por más de una razón, y un amigo especialmente cercano preguntó: ‘¿Es que tienes miedo de no volver a ver Inglaterra?’. Da la casualidad de que era exactamente la pregunta adecuada y que había sido, precisamente, lo que me había estado molestando, pero me sorprendió injustificadamente por su contundencia. Yo me encargo de afrontar la cruda realidad, gracias. No lo hagas tú también. Y sin embargo yo había le invitado a que hiciera esa pregunta. Después de contarle a otra persona, con realismo intencionado, que tras algunas exploraciones y tratamientos más, los médicos me podrían decir que a partir de ese momento las cosas serían cuestión de ‘mantenimiento’, de nuevo me quedé sin aire cuando me dijo: ‘Sí, supongo que llega un momento en que tienes que pensar en dejarte ir’. Qué cierto, y qué resumen tan terso de lo que acababa de decir. Pero surgió de nuevo la necesidad razonable de tener una especie de monopolio, o una especie de veto, sobre lo que era decible. Ser víctima del cáncer contiene una tentación permanente de mostrarse egocéntrico e incluso solipsista.

Así que mi manual de protocolo impondría deberes sobre mí, así como sobre aquellos que dicen demasiado, o demasiado poco, en un intento de revestir la inevitable incomodidad en las relaciones diplomáticas entre Villatumor y sus vecinos. Si quieres un ejemplo de cómo no ser un embajador de la primera, te ofrezco el libro y el vídeo de The Last Lecture. Sería de mal gusto decir que el vídeo -una despedida pregrabada por el difunto profesor Randy Pausch- se ha extendido ‘viralmente’ en Internet, pero es lo que ha pasado. Debería llevar una advertencia sanitaria: es tan azucarado que puede necesitar una inyección de insulina para soportarlo. Pausch trabajaba para Disney y eso se nota. Se incluye toda una sección en defensa del tópico, sin omitir: ‘Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué tal fue la obra?’. Las palabras ‘niño’ o ‘infancia’ y ‘sueño’ se emplean como si fuera la primera vez que se usan. (‘Cualquiera que utilice infancia y sueño en la misma frase por lo general me llama la atención’.) Pausch enseñó en Carnegie Mellon, pero la nota que le gusta es Dale Carnegie. (‘Las paredes de ladrillo están ahí por una razón... para darnos la oportunidad de mostrar lo mucho que queremos algo’.) Por supuesto, usted no tiene que leer el libro de Pausch, pero muchos estudiantes y sus colegas tuvieron que asistir a la conferencia, en la que Pausch hizo flexiones, mostró vídeos caseros, robó planos y en general bromeó sin parar. Debería estar tipificado como delito ser insoportable y desprovisto de gracia en circunstancias en las que tu público está casi moralmente obligado a entusiasmarse. Fue, a su manera, una intrusión tan fuerte como la encarnizada y maternal perseguidora con la que he empezado. A medida que las poblaciones de Villatumor y Villabien siguen creciendo e ‘interactuando’, hay una creciente necesidad de reglas básicas que nos impidan hacernos daño unos a otros”.

ATEOS E ILUSTRADOS

The Economist reseña A Wicked Commpany: The Forgotten Radicalism of the European Enlightenment, de Philipp Blom.

“El ateísmo es un tema candente. En los últimos años escritores como Richard Dawkins, Daniel Dennett, Christopher Hitchens y Sam Harris han escrito libros populares para defender la causa de la impiedad. Pero, como la Biblia nos recuerda, no hay nada nuevo bajo el sol. El último libro de Philipp Blom cuenta la historia de un conjunto de individuos notables en los límites radicales de la Ilustración europea del siglo XVIII, cuyas filosofías decididamente ateas y materialistas negaban la existencia de Dios o el alma. Haciéndose eco de pensadores antiguos como Demócrito y Lucrecio, tenían ideas demasiado revolucionarias incluso para una época revolucionaria.

Es la historia de un escandaloso salón de París, dirigido por el barón Paul Thierry d'Holbach, un patio de recreo filosófico para muchos de los más grandes pensadores de la época. Sus miembros incluyen a Denis Diderot (conocido por ser el editor de la Enciclopedia, pero, argumenta Blom, pensador importante por derecho propio), Jean-Jacques Rousseau, el padre del romanticismo, y el propio barón; incluso David Hume, un empirista escocés famoso, visitaba ocasionalmente.

Alrededor de la mesa generosamente surtida del barón, creció una filosofía que negaba la revelación religiosa y evitaba la moral cristiana. Abrazaba en cambio las pasiones primarias (los motivos fundamentales, decían los philosophes, del comportamiento humano) y la fría razón (que podría dirigir las pasiones, pero no enfrentarse a ellas). Soñaban con una utopía basada en la búsqueda del placer, la racionalidad y la empatía. Su nación ideal no dejaría lugar a lo que veían como el retorcido código de ética del cristianismo, que según ellos premiaba el sufrimiento y la represión autodestructiva.

No sólo era su pensamiento radical, sino que expresarlo era peligroso. Diderot fue encarcelado por sus escritos, una experiencia, afirma Blom, que lo dejó demasiado asustado como para exponer claramente su filosofía y lo llevó a disfrazarla en numerosas obras de teatro, novelas y cartas. El barón d'Holbach publicó la mayor parte de sus obras con seudónimo, lo que lo ayudó a mantenerse a salvo, pero también lo condenó a siglos de oscuridad filosófica (excepto en la oficialmente atea Unión Soviética). Cuando llegó la revolución francesa, sus autodesignados guardianes no tenían sitio para la filosofía de los radicales de verdad. Para Maximilien Robespierre, arquitecto principal del reinado de terror que siguió a la revolución, Dios y la religión eran demasiado útiles para controlar a la población.

El libro de Blom es parte biografía y parte polémica. Esboza los primeros años de Diderot, Holbach, Rousseau y otros actores en el drama, y describe la filosofía que elaboraron. También es una réplica iconoclasta a lo que él describe como la historia ‘oficial’ de la Ilustración, el tipo de historia que se encuentra ‘grabada en piedra’ en una visita al Panteón de París. Allí los cuerpos de Voltaire y Rousseau están sepultados con la bendición del Estado francés. Ninguno lo merecía, sugiere Blom.

Voltaire, insiste, era un pusilánime arribista, demasiado preocupado por su propia reputación y su vida cómoda como para decir algo verdaderamente inquietante. Rousseau le parece aún peor. Al denigrar la razón, celebrar el impulso y defender la represión y la tiranía en nombre de una ‘voluntad general’ vagamente definida, el pensamiento de Rousseau, sostiene Blom, era activamente pernicioso (y, como era de esperar, venerado por Robespierre). Es una tragedia histórica, concluye el autor, que Voltaire y Rousseau ganaran la batalla de ideas, mientras Diderot quedaba reducido a la categoría de editor de la Enciclopedia y Holbach era olvidado por completo.

Incluso hoy en día, e incluso en la laica Europa occidental, el ateísmo atrevido y confiado de Diderot y Holbach resulta ligeramente impactante. Todavía nos aferramos obstinadamente a la idea de un alma que anima, un fantasma espiritual en la máquina biológica. Para Blom, el mundo moderno y supuestamente laico se ha limitado a vestir la ‘perversa’ moral del cristianismo de una manera nueva y mejor camuflada. Todavía odiamos nuestros cuerpos, dice, todavía veneramos el sufrimiento y desconfiamos del placer.

Este es el mensaje del libro de Blom, que no se desvela hasta los últimos capítulos. Cree que la Ilustración está incompleta, traicionada por sus guardianes autoproclamados. A pesar de todos los avances científicos de los últimos dos siglos, el pensamiento mágico y la herencia cultural del cristianismo siguen siendo endémicos”.

He tomado la imagen aquí.

VILLATUMOR

Escribe Christopher Hitchens:

“-Imagino que debería cuidar de sí misma, meterse en un congelador y seguro que en un año o dos inventan una píldora que curará esto como si fuera un resfriado común. Ya sabes, alguna de esas cortisonas, pero el médico nos dice que no se sabe si los efectos secundarios pueden ser peores. Ya sabes: la C mayúscula. Mi opinión es: aprovecha la oportunidad, están a punto de acabar con el cáncer de todos modos y dentro de poco con esos transplantes podrán reemplazar todo tu interior’.

Angstrom, padre, en El regreso de Conejo de John Updike (1971).

La novela de Updike transcurría en lo que podríamos llamar los años optimistas de la administración Nixon: la época de la misión Apolo y el nacimiento de la expresión que postula que los estadounidenses pueden hacerlo todo: ‘Si somos capaces de llevar a un hombre en la luna...’, se decía. En enero de 1971, los senadores Kennedy y Javits promovieron la ‘Ley de la Conquista del Cáncer’, y en diciembre de ese año, Richard Nixon la había incluido en algo parecido a una legislación, junto con enormes asignaciones federales. Se hablaba de una ‘guerra contra el cáncer.’

Cuatro décadas más tarde, otras gloriosas ‘guerras’ contra la pobreza, las drogas y el terrorismo se combinan para burlarse de esa retórica, y, cada vez que me animan a ‘luchar’ contra mi propio tumor, no puedo evitar la sensación de que es el cáncer quien me ha declarado la guerra. El temor con el que se habla de ello -’la C mayúscula’- sigue siendo casi supersticioso. También lo es la esperanza susurrada de un nuevo tratamiento o cura.

En su famoso ensayo sobre Hollywood, Pauline Kael lo describió como un lugar donde podías morir del ánimo que te daban. Quizá todavía sea cierto en Hollywood; a veces, en Villatumor sientes que puedes morir a fuerza de consejos. Muchos llegan gratis y sin ser solicitados. Debo, sin demora, comenzar a ingerir la esencia granulada de la semilla del melocotón (¿o es el albaricoque?), un remedio soberano y bien conocido por las civilizaciones antiguas, pero oculto por los codiciosos médicos modernos. Otro corresponsal recomendaba grandes dosis de testosterona, quizá como inyección de moral. O tengo que encontrar la manera de abrir los chakras y alcanzar un adecuado y receptivo estado mental. Dietas macrobióticas o estrictamente vegetarianas serán todo lo que necesitaré para alimentarme durante esta experiencia. Y no te rías del pobre señor Angstrom: me han escrito de una famosa universidad para sugerirme que me congele criónica o criogénicamente para evitar el día de la llegada de la bala mágica, o lo que sea. (Cuando no respondí, recibí una segunda misiva, que sugería que al menos me congelara el cerebro para que la posteridad pudiera estudiar mi córtex. Bueno, vaya, dios mío, muchísimas gracias.) Y frente a todo eso, recibí una amable nota de una amiga cheyenne-arapahoe, donde decía que toda la gente que conocía y había recurrido a los remedios tribales había muerto casi de inmediato, y aseguraba que, si alguien me ofrecía un medicamento nativo americano, debía ‘marcharme tan rápido como fuera posible en la dirección opuesta’. Algunos consejos son verdaderamente útiles.

Incluso en el mundo de la cordura y la modernidad, sin embargo, muchos no lo son. Personas extremadamente bien informadas se ponen en contacto conmigo e insisten en que en realidad sólo hay un médico, o sólo una clínica. Esos médicos y sus instalaciones son tan distantes como Cleveland y Tokio. Aunque tuviera mi propio avión, nunca podría estar seguro haber probado con todo el mundo, no digamos con todo. Los ciudadanos de Villatumor sufren el asalto constante de curaciones y rumores de curaciones. De hecho, fui a una palaciega clínica en la parte más rica de la ciudad afectada, que no voy a nombrar, porque todo lo que obtuve fue una exposición larga y aburrida de lo que ya sabía (mientras estaba acostado en una de las legendarias camillas del establecimiento), más una hinchazón que en poco tiempo duplicó el tamaño de mi mano izquierda: algo totalmente superfluo para mis necesidades pre-cancerosas, pero una irritación real para alguien con un sistema inmunológico químicamente deprimido.

Con todo, es un momento estimulante y melancólico para tener un cáncer como el mío. Estimulante, porque mi tranquilo y erudito oncólogo, el doctor Frederick Smith, puede diseñar un cóctel de quimioterapia que ya ha reducido algunos de mis tumores secundarios y puede ‘modificar’ dicho cóctel para minimizar algunos efectos secundarios desagradables. Eso no habría sido posible cuando Updike estaba escribiendo su libro, o cuando Nixon proclamaba su ‘guerra.’ Pero también es melancólico, porque la medicina alcanza nuevas cumbres y empiezan a vislumbrarse nuevos tratamientos, y probablemente han llegado demasiado tarde para mí.

Por ejemplo, me animó oír hablar de un nuevo ‘protocolo de inmunoterapia’, desarrollado por los doctores Steven Rosenberg y Restifo Nicolás en el Instituto Nacional del Cáncer. En realidad, la palabra ‘animar’ es un eufemismo. Me emocioné muchísimo. Ahora es posible extraer los linfocitos T de la sangre, someterlos a un proceso de ingeniería genética y a continuación volver a inyectarlos para atacar el tumor maligno. ‘Puede parecer medicina de la era espacial’, escribió el doctor Restifo, como si él también hubiera estado releyendo a Updike, ‘pero hemos tratado a más de cien pacientes con linfocitos T modificados genéticamente y hemos tratado a más de veinte pacientes de la manera que estoy sugiriendo para su caso. Había una trampa, y era una coincidencia. Mi tumor debía expresar una proteína llamada NY-ESO-1, y mis inmunocitos debían tener una molécula particular llamada HLA-A2. Dada esta vinculación, el sistema inmune podría cargarse para resistir hasta el tumor. Las probabilidades parecían buenas, porque la mitad de las personas con herencia europea o caucásica tienen esa molécula. ¡Y mi tumor tenía la proteína! Pero mis inmunocitos rechazaron una identificación suficientemente ‘caucásica’. La Agencia de Alimentos y Medicamentos está revisando estudios similares, pero tengo un poco de prisa y no puedo olvidar la sensación de desánimo que experimenté cuando recibí la noticia.

Quizá sea mejor dejar atrás las falsas esperanzas en poco tiempo: esa misma semana me dijeron que mi tumor no tenía las mutaciones necesarias para recibir cualquier otra de las terapias ‘orientadas’ contra el cáncer que se ofrecen en la actualidad. Una noche después recibí unos cincuenta correos de amigos, porque 60 Minutes había hablado de la ‘ingeniería de tejidos’, por medio de células madre, en un hombre con un esófago canceroso. Había sido médicamente activado para poder ‘desarrollar’ uno nuevo. Entusiasmado, contacté a mi amigo el doctor Francis Collins, padre del tratamiento basado en el genoma, que, con suavidad pero con firmeza, me dijo que mi cáncer se ha extendido mucho más allá de mi esófago y no se puede tratar de ese modo.

Al analizar la depresión que desarrollé durante esos penosos siete días, descubrí que me sentía engañado y decepcionado. ‘Mientras no hayas hecho algo por la humanidad’, escribió el gran educador estadounidense Horace Mann, ‘debería darte vergüenza morir.’ Me habría ofrecido felizmente como sujeto de experimentación con nuevos fármacos o nuevas cirugías, en parte, por supuesto, con la esperanza de salvarme, pero también pensando en el principio de Mann. Sin embargo, ni siquiera era apto para esa aventura. Así que tengo que caminar penosamente por la rutina de la quimioterapia, aumentada, si se demuestra que merece la pena, por la radiación y tal vez el célebre CyberKnife para una intervención quirúrgica: ambas cosas son casi milagrosas si las comparamos con el pasado reciente.

Hay un intento más complejo que me propongo intentar a pesar de que su posible eficacia se encuentra en los límites más remotos de la probabilidad. Voy a tratar de tener todo mi ADN ‘secuenciado’, junto con el genoma de mi tumor. Francis Collins se mostró característicamente sobrio en su evaluación de la utilidad del procedimiento. Si se pueden efectuar los dos secuenciaciones, me escribió, ‘podría determinarse claramente las mutaciones presentes en el cáncer que están provocando que crezca. El potencial para el descubrimiento de las mutaciones en las células cancerosas que podrían conducir a una idea nueva terapéutica es incierto, está en la frontera de la investigación sobre el cáncer’. En parte por eso, como me dijo, el coste de someterse al procedimiento es también muy elevado. Pero a juzgar por mi correspondencia, prácticamente todo el mundo en este país ha tenido cáncer o tiene un amigo o familiar que ha sido víctima de la enfermedad. Así que tal vez pueda contribuir un poco a la ampliación de unos conocimientos que ayudarán a las generaciones futuras.

Digo ‘tal vez’ entre otras cosas porque Francis ya ha tenido que dejar de lado gran parte de su trabajo pionero, con el fin de defender su profesión del bloqueo legal de su avenida más prometedora. Mientras teníamos esas conversaciones parcialmente emocionantes y parcialmente deprimentes, en agosto un juez federal de Washington, DC, ordenó detener todos los gastos del gobierno en la investigación con células madre embrionarias. El juez Royce Lamberth respondía a una demanda de los partidarios de la Enmienda Dickey-Wicker, llamada así por el dúo republicano que en 1995 logró prohibir el gasto federal en cualquier investigación que empleara un embrión humano. Como cristiano creyente, Francis es aprensivo con respecto a la creación con fines investigativos de estos grupos de células nonsentient (y, por si te importa, yo también), pero tenía esperanzas de lograr un buen resultado de la utilización de embriones ya existentes, creados originalmente para la fecundación in vitro. Tal y como están las cosas, esos embriones no van a ninguna parte. ¡Pero ahora unos maníacos religiosos se esfuerzan por prohibir hasta su uso, que ayudaría a lo que los mismos maníacos consideran el embrión sin formar de sus congéneres humanos! A los politizados patrocinadores de esta tontería pseudo-científica deberían darles vergüenza vivir, y no digamos morir. Si deseas participar en la ‘guerra’ contra el cáncer y otras enfermedades terribles, únete a la batalla contra su estupidez letal”.

En la foto, Hitchens. Aquí, la traducción de un texto anterior sobre su enfermedad.

LA LIBERTAD Y LA CALUMNIA

En España y buena parte de América Latina, la concesión del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa ha tenido una aceptación generalizada. Tanto quienes están de acuerdo con sus posiciones políticas como quienes no lo están, desde la izquierda o la derecha, reconocían la indiscutible calidad de su obra literaria. Esa sensatez no se ha visto en todas partes. El periodista sueco Johan Norberg ha escrito:

“‘Estoy un poco enfadada’, dijo la crítica literaria sueca Ulrika Milles durante la retransmisión en la televisión del anuncio del Premio Nobel de Literatura de 2010. A la élite cultural del país le llevó unos segundos darse cuenta de que había habido un error en el proceso de voto de la Academia sueca: oye, Mario Vargas Llosa, el ganador, ya no es socialista. ‘Lo perdí cuando se convirtió en un neo-liberal’, se quejó Milles. Otros se hicieron eco de sus palabras.

Gente que nunca manifestó la menor inquietud sobre las posiciones políticas de otros ganadores del Premio Nobel -como Wislawa Szymborska, que escribió celebraciones poéticas de Lenin y Stalin; Günter Grass, que elogió la dictadura de Cuba; Harold Pinter, que apoyó a Slobodan Milosevic; José Saramago, que purgó a los antiestalinistas de la revista que editaba- piensa que la Academia Sueca se ha pasado de la raya. Al parecer, las opiniones políticas de Mario Vargas Llosa deberían haberlo eliminado de toda consideración premio. Después de todo, es un liberal clásico en la tradición de John Locke y Adam Smith.

Periodistas y escritores de la estatista izquierda de Suecia han explicado que Vargas Llosa se convirtió en un ‘traidor’ cuando abandonó el socialismo en la década de 1980, e incluso se presentó a las elecciones para la presidencia del Perú en una plataforma liberal en 1990. Se sugería que probablemente su privilegiado estilo de vida como escritor de éxito socavó su simpatía y solidaridad con los pobres y oprimidos.

En el periódico más vendido de Suecia, Aftonbladet, tres escritores le hacían pedazos el día siguiente al anuncio del Premio Nobel. Uno de ellos escribió que el premio era una victoria para la derecha sueca, otro decía que era una victoria para la derecha latinoamericana autoritaria, y otro lo acusaba de ser no sólo ‘neo-liberal’, sino también ‘machista’ (lo que Vargas Llosa no sabía es que en la actualidad sólo las mujeres pueden escribir sobre sexo; cuando lo hacen los hombres es machista y de mal gusto, al parecer)

En Aftonbladet Martin Ezpeleta afirmaba que el premio era una victoria para los racistas, porque Vargas Llosa escribió una vez un ensayo que atacaba la ideología del multiculturalismo. Que ese mismo ensayo también pidiera una política de inmigración más abierta no significaba nada para Ezpeleta hasta que otros lo señalaron y eliminó silenciosamente la acusación ‘racismo’ de su artículo, fingiendo que nunca había estado allí.

Le tocó al periódico de extrema izquierda Flamman pedir a sus compañeros de viaje que retrocedieran. Claro, Vargas Llosa es un libertario, pero también es un escritor fantástico y una ‘excelente elección’ para el Premio Nobel. Bueno, lo es. Aunque no te gusten el libre mercado, el libre comercio y otras cosas que Vargas Llosa apoya, es difícil negar que es uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo.

Vargas Llosa ha escrito algunas historias simples, incluso tontas, pero novelas como La fiesta del Chivo y La guerra del fin del mundo son esa clase de relatos ambiciosos que ya no se cuentan, en un momento en que la mayoría de los escritores carecen de paciencia para compartir algo más que sus bares favoritos y su trágica vida amorosa. En sus mejores momentos, Vargas Llosa es la respuesta del mundo literario a los científicos que defienden la teoría de cuerdas: aborda más dimensiones de las que los demás podemos experimentar con nuestros sentidos. Como Victor Hugo, captura toda una época o una tragedia de un país en unos capítulos; pero, como los mejores escritores de thriller, también nos mantiene en suspenso con tramas dramáticas. Y también maneja un gran número de personajes, como los grandes escritores rusos: personajes cuyas relaciones, conversaciones y evolución interior se convierten en el verdadero escenario de la historia.

Vargas Llosa da saltos hacia delante y hacia atrás en esas dimensiones, cambia la narración y el tiempo, para contar la misma historia desde diferentes ángulos, para que sea más completa y también más compleja. Es técnicamente complejo, pero accesible y legible, incluso imposible de dejar de leer. Puede hacer que temas ligeros parezcan graves e importantes, y puede escribir sobre la miseria y la tragedia de una manera humorística, irónica.

Pero antes de que te dejes llevar y llegues a la conclusión de que Vargas Llosa merece el premio: ¿se me ha olvidado decirte que no es socialista? Bueno, lo era. Fue un comunista convencido que apoyó la revolución cubana. Dejó de hacerlo no porque fuera incapaz de sentir simpatía hacia los pobres y oprimidos, sino porque aún lo hacía cuando otros empezaron a identificarse más con los revolucionarios que con la gente en cuyo nombre hacían la revolución. Vio que Castro perseguía a los homosexuales y encarcelaba a los disidentes. Mientras otros socialistas se callaban y pensaban que el sueño justificaba los medios, Vargas Llosa empezó a plantearse las preguntas difíciles sobre por qué sus ideales, cuando se llevaban a la realidad, se parecían más a campos de prisioneros que a utopías socialistas.

Fue entonces cuando empezó a pensar que la centralización del poder y la riqueza en el gobierno conducen al autoritarismo, y que las barreras comerciales, las regulaciones y la ausencia de derechos de propiedad protegían a los poderosos e imposibilitaban que los pobres montaran negocios y crearan una vida propia. Se convirtió en un liberal clásico, que combatía permanente a los corruptos y los autoritarios, daba igual el disfraz que adoptaran –juntas militares, mercantilistas derechistas o dictadores socialistas- y asumió la lucha para defender el imperio de la ley y los derechos de propiedad de los pobres y los oprimidos.

Los intentos de retratar a Vargas Llosa como un partidario de la derecha autoritaria y conservadora de América Latina son simplemente vergonzosos. La única prueba  en el artículo de Aftonbladet fue que Vargas Llosa apoyó a Sebastián Piñera en la última elección presidencial de Chile: algo que no tiene sentido en absoluto ya que Piñera es un político moderado, democrático, que ha atacado la tradición autoritaria de la derecha de Chile y votó en contra Pinochet en el referéndum sobre su gobierno en 1988.

El intento de Vargas Llosa de juzgar a todos los gobernantes según los mismos criterios es lo que hace que el argumento de la traición a la izquierda sea tan revelador. Muchos intelectuales han condenado las dictaduras de derecha en el Perú y Chile y muchos intelectuales han condenado las dictaduras de izquierda en Cuba y Nicaragua, pero pocos han condenado ambas, como ha hecho Vargas Llosa.

Si eso es un ataque a la izquierda, es sólo porque la izquierda ha puesto su esperanza en sucesivas generaciones de caudillos como Castro y Chávez. Cualquiera que insiste en que a sus héroes se les apliquen las reglas democráticas que deben regir para todos se convierte en un traidor, un cobarde, un derechista. Es el esclavo en el carro que susurra que toda la gloria es efímera y tú eres mortal. Y ese no es un papel.agradecido. Como escribió Vargas Llosa: ‘Por una razón […] misteriosa, defender la libertad de expresión, las elecciones y el pluralismo político, puede ganarle a uno, entre los intelectuales latinoamericanos, fama de derechista”.

Los intentos de politizar un premio literario y las demandas de que los autores lleven un carnet de izquierdista no son muy atractivos. Pero quizá, después de todo, los críticos tengan parte de razón. Tal vez no podemos separar las novelas de Vargas Llosa de su política, su literatura de su creencia en la libertad. En un ensayo sobre la escritura, explicó que ‘toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos’, y que la literatura es ‘el alimento de espíritus indóciles y propagadora de inconformidad’.

Incluso puede decirse que la Academia sueca está de acuerdo, porque le dio el premio a Vargas Llosa ‘por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y la derrota’. La diferencia entre él y sus viejos amigos y ahora oponentes es que él se toma en serio ese poder y esa resistencia. No son sólo ficción”.

CÁRCEL Y PALABRAS

Escribe Jonathan Mirsky:

“El 8 de octubre, Liu Xiaobo se convirtió en el primer chino que ha recibido el Premio Nobel de la Paz y uno de los tres ganadores que lo han obtenido en la cárcel. El comité de Oslo ya había recibido una advertencia de Pekín, que aconsejaba no dar el premio a Liu porque era un ‘criminal’, condenado a once años por ‘subversión del poder del Estado‘. Después de que Oslo diera la noticia, Pekín calificó el premio de ‘obscenidad’. Según los estándares de Pekín sin duda es. Diez mil chinos firmaron en poco tiempo la Carta 08, un documento que Liu ayudó a escribir y que fue publicado en inglés por primera vez en la edición del 15 de enero de 2009 de The New York Review of Books. La carta exigía:

Debemos hacer universales la libertad de expresión, la libertad de la prensa y la libertad de cátedra, garantizando así que los ciudadanos puedan ser informados y puedan ejercer su derecho al control político. Estas libertades deben ser confirmadas por una Ley de Prensa que suprima las restricciones políticas a la prensa. La disposición contenida en el actual Código Penal sobre ‘el delito de incitación a subvertir el poder del Estado’ debe ser abolida. Debemos poner fin a la práctica de ver las palabras como delitos.

La petición también decía: ‘Tenemos que abolir el privilegio especial de un partido para monopolizar el poder y debemos garantizar los principios de competencia libre y leal entre partidos políticos.’

Las palabras pueden ser fatales en China. Zhang Zhixin, una joven china, fue ejecutada en 1975 por ‘oponerse al Gran Timonel Mao, por oponerse al pensamiento de Mao Zedong, oponerse a la línea proletaria revolucionaria y por acumular un delito tras otro’. Para garantizar que la señora Zhang no gritase en la ejecución, le cortaron las cuerdas vocales.

En mayo de 1989, en la Plaza de Tiananmen, vi al señor Liu, un profesor universitario de 33 años, que exhortaba a los estudiantes a pedir la democracia por encima de todo, además de realizar llamamientos a la libertad de expresión y el fin de la corrupción. La noche del 4 de junio, el señor Liu ayudó a negociar un acuerdo con el ejército que permitió que los últimos manifestantes en la plaza escaparan a una matanza que ya se había cobrado cientos de vidas. Fue encarcelado de inmediato durante veinte meses como ‘mano negra’. Después de su liberación, el señor Liu dijo: ‘Espero ser un intelectual y escritor chino sincero. Esto puede volver a meterme en la cárcel, que es lo que le ocurre a la gente como yo en China’.

Son sus palabras las que han vuelto a poner al señor Liu entre rejas. La televisión estatal china se puso en negro antes de que Oslo anunciara que había ganado el premio. Pero las multitudes entusiastas se reunieron frente a la casa de Liu en Pekín. Aunque no sirviera para nada más, el premio garantiza que, a diferencia de Zhang Zhixin, Liu no va a desaparecer en la cárcel. A pesar de todos los esfuerzos para asustar a Oslo y silenciar a Liu Xiaobo, Pekín ha fracasado y millones de chinos lo celebran. Pero en de las veinticuatro horas siguientes a la adjudicación a Liu, veinticuatro activistas de derechos humanos fueron detenidos. Muchos otros se encuentran bajo arresto domiciliario, incluyendo a la esposa de Liu. Esta ha contado que después de ver a su marido y decirle que había ganado el premio, Liu se echó a llorar y dijo: ‘Esto es para los mártires de Tiananmen’.”

En la imagen, Liu Xiaobo.