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Daniel Gascón

Revista

REJAS

REJAS

 

1.

Cuenta The Economist:

“Sri Lanka siempre fue un lugar duro para los gacetilleros, pero, en cualquier caso, 20 años de cárcel es una pena áspera para un periodista que hacía su trabajo. Es la sentencia que ha recibido esta semana J.S. Tissainayagam por terrorismo, después de criticar el tratamiento del ejército a tamiles civiles. El gobierno dice que avivó las tensiones étnicas con informaciones falsas; grupos de derechos humanos dicen que el estado está endureciendo un ambiente ya nefasto. Unos 14 periodistas han sido asesinados en Sri Lanka desde 2006.

En general, éste se está revelando como un mal año para los periodistas. Desde que el Comité para Proteger a Periodistas [Committee to Protect Journalists], un grupo con sede en Nueva York, empezó a hacer registros, nunca había habido tantos en la cárcel. De los 174 retenidos, algunos podrían quedar libres pronto; pero, como demuestra un endurecimiento en Irán, también hay peligro que se les unan otros.

De hecho, Irán es el principal responsable de esos datos horribles. Al menos 41 periodistas han sido detenidos allí desde la elección en junio. Algunos están ahora libres, pero se desconoce el paradero de otros.

Ahora Irán tiene en prisión al menos 27 periodistas, casi tantos como China (30) y más que Cuba (25). Una vez dentro (en Irán especialmente) las cosas pueden ir a peor. Omidreza Mirsayafi, un bloguero condenado a 30 meses por burlarse de los líderes iraníes, murió en marzo en la cárcel. La libertad de prensa también sufre ataques en Iraq.

Internet, que durante mucho tiempo se ha visto como una manera de eludir a los dictadores, también puede ser peligroso. Al menos 25 blogueros han sido arrestados este año. La represión del periodismo en internet se intensifica en Viena 

China, Vietnam, Birmania e Irán, según Clothilde Le Coz de Reporteros sin Fronteras”.

2.

Harold Evans recuerda el asesinato sin resolver del corresponsal de The Times David Holden en El Cairo.

3.

Michael Moore predica con el ejemplo.

4.

Yale University Press ha editado The Cartoons That Shook the World, de Jytte Klausen, sobre la polémica de las caricaturas de Mahoma. Sin embargo, la editorial no ha querido publicar estas imágenes. (Aquí, más.)

En la imagen, Tissainayagam.

COLORES

COLORES

 

1.

Christopher Hitchens escribe sobre el caso de Henry Louis Gates:

“Puedo ver fácilmente que un vecino negro llamara a la policía cuando vio al profesor Henry Louis Gates Jr. intentando abrir la puerta de su propia casa. Y también puedo visualizar a un policía negro violento o hipersensible respondiendo la llamada. Y también puedo ver cuánto tardaría en aclararse el malentendido. Pero Gates tiene una cojera que explica en parte su apodo infantil, y es educado y modesto en su comportamiento. Además, lo que le dijera al policía lo dijo en la intimidad de su propio hogar. Es extremadamente monstruoso que en esa casa fuera esposado, y después llevado al centro, después de que quedara claro que era el dueño. Sin duda, el presidente debía haber mantenido la boca cerrada sobre todo el asunto –es un oficial legal de máximo rango, con un deber de imparcialidad, no el microadministrador de nuestras disputas domésticas- pero cuando dijo que la conducta de la policía fue ‘estúpida’, debería haber seguido firme, sin prestar atención al arco iris de tonos que de manera patética y oportunista ha desplegado el Departamento de Policía de Cambridge. Es la Constitución de Estados Unidos, y no una aglomeración competitiva de comunidades y votantes, la que hace a un ciudadano soberano de su propia casa e intimidad. No hay absoluta ninguna obligación legal de ser educado en la defensa de ese derecho. Y esos derechos no se negocian con cerveza.

El color y la raza son segundas consideraciones en este caso, si son consideraciones en absoluto. Una vez me robó un hombre blanco en el Lower East Side of New York, y, cuando lo conté en comisaría, me mostraron un álbum entero de criminales negros. Lo absurdo del ejercicio no solo residía en la incapacidad de una fuerza semientrenada e inculta para creer lo que yo les contaba, sino en la certeza de que su estupidez ayudaba a que el culpable pudiera huir. El profesor Gates debería haberse apoyado en la Declaración de Derechos, y no en su epidermis o la del policía que lo arrestaba, y que él no tuviera la presencia de ánimo para hacerlo, no debería impedírnoslo a los demás”.

2.

Chavez prepara una ley para controlar a la prensa. Y anoche se conoció una disposición del Gobierno de cerrar 34 emisoras de radio.

3.

David Rothkopf ha escrito sobre 15 problemas de Oriente Medio que no se solucionarán con la deseable resolución del conflicto palestino-israelí, ni con el neceario cese de los asentamientos: desde las tensiones entre chiíes y suníes a los problemas ambientales, el poder talibán en Afganistán y Pakistán, la posible independencia de los kurdos en Iraq y Turquía, la sucesión en Etgipto, el sentimiento antioccidental o las tensiones entre Israel y sus vecinos. Y no costaría mucho pensar en otros: no habla de la situación de las mujeres o los homosexuales.

Tampoco lo hacía esta semana Mariam Abderraman Halil, directora de la Asociación de Desarrollo Familiar en Gaza, en una entrevista con Juan Miguel Muñoz sobre la guerra en la franja. Ella decía que el durísimo ataque israelí unió a la población, aunque hubo ataques y ejecuciones de miembros de Hamás a miembros de Al Fatah esos días (lo contó el propio Juan Miguel Muñoz, que llamaba quintacolumnistas a quienes los sufrían). También lo reconocía un poco después Mariam Abderraman Halil: “Estamos divididos entre quienes quieren rendirse a Israel y quienes no lo aceptaremos". Ella es simpatizante de Hamás, según la entrevista, y eché en falta que se le preguntase si pensaba los israelíes debían abandonar esa tierra o los judíos la Tierra, como dicen los estatutos de la organización.

Ben-Dror Yemini se pregunta cuántos civiles murieron en Gaza.

4.

James Campbell escribe sobre la influencia del editor Gordon Lish en el estilo de Raymond Carver.

5.

La traducción en Estados Unidos.

En la imagen, Raymond Carver.

 

¿POR QUÉ EXISTE LA PAZ?

¿POR QUÉ EXISTE LA PAZ?

 

Steven Pinker escribe sobre la paz y la violencia:

“En el último siglo, imágenes violentas de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, Camboya, Ruanda, Darfur, Iraq, y muchas otros tiempos y lugares han quedado inscritos en nuestra conciencia colectiva. Estas imágenes han llevado a una creencia común: que la tecnología, los estados nación centralizados y los valores modernos han traído una violencia sin precedentes.

Nuestros tiempos aparentemente turbulentos se presentan rutinariamente en contraste con imágenes idílicas de sociedades de cazadores-recolectores, que supuestamente vivían en un estado de armonía con la naturaleza y los demás. La doctrina del buen salvaje –la idea de que los humanos son pacíficos por naturaleza y se corrompen por la acción de las instituciones modernas- aparece con frecuencia en la escritura de intelectuales públicos como, por ejemplo, el filósofo español José Ortega y Gasset, que argumentaba que “la guerra no es un instinto, sino una invención”.

Pero ahora que los investigadores de ciencias sociales han empezado a contar cuerpos en distintos periodos históricos, han descubierto que la teoría romántica lo entiende todo al revés: lejos de volvernos más violentos, algo en la modernidad y sus instituciones culturales nos ha hecho menos violentos. En realidad, nuestros antepasados eran mucho más violentos que nosotros. De hecho, la violencia ha estado en declive durante largos periodos históricos, y ahora vivimos probablemente el momento más pacífico de nuestra especie sobre la tierra hasta ahora.

Una historia de violencia

En la década de Darfur e Iraq, esa afirmación puede parecer disparatada o incluso obscena. Pero si tenemos en cuenta las pruebas, vemos que el descenso de la violencia es un fenómeno fractal: vemos el descenso a  lo largo de milenios, siglos, décadas y años. Cuando el arqueólogo Lawrence Keeley examinó las muertes violentas entre los cazadores-recolectores contemporáneos –la mejor manera de imaginar cómo vivía la gente hace 10.000 años- descubrió que la pobabilidad de que un hombre muriera a manos de otro estaba entre el 60 % en una tribu hasta el 15 % en el extremo más pacífico. En cambio, la posibilidad de que un europeo o un estadounidense fuera asesinado por otro fue de menos de 1 % durante el siglo XX, un periodo de tiempo que incluye dos guerras mundiales. Si la tasa de mortalidad de la guerra tribal hubiera prevalecido en el siglo XX, habría habido 2.000 millones de muertos en vez los ya de por sí bastante horribles 100 millones.

Los textos antiguos revelan una asombrosa falta de miramientos por la vida humana. En la Biblia, supuesta fuente de nuestros valores morales, Dios urge a los hebreos a masacrar al último residente de una ciudad invadida: “Id y destruid completamente a ese pueblo malvado, los amalecitas”, dice un pasaje típico del libro de Samuel. “Guerread con ellos hasta que los hayáis exterminado”. La Biblia también prescribe la lapidación para castigar una larga lista de infracciones no violentas, que incluye la idolatría, la blasfemia, la homosexualidad, el adulterio, faltar al respeto a los padres, y coger madera el Sabbath. Los hebreos, por supuesto, no eran más violentos que otras tribus; uno también encuentra frecuentes proclamaciones orgullosas del genocidio en las primeras historias de los hindúes, cristianos, musulmanes y chinos.

Pero desde la Edad Media a los tiempos modernos, podemos ver una constante reducción en formas socialmente sancionadas de violencia. Muchas historias convencionales revelan que la mutilación y la tortura eran formas habituales de castigar infracciones que hoy se sancionan con una multa. En la Europa anterior a la Ilustración, crímenes como robar en una tienda o bloquear el camino real con tu carro de bueyes podía costar que te cortaran la lengua o las manos, etcétera. Muchos de esos castigos se administraban públicamente, y la crueldad era una forma popular de entretenimiento.

También tenemos muy buenas estadísticas para la historia del asesinato de uno-a-uno, porque desde hace siglos los muchos ayuntamientos europeos han registrado causas mortales. Cuando el criminólogo Manuel Eisner examinó los registros de cada pueblo, ciudad, región y nación que pudo encontrar, descubrió que la tasa de homicidios había declinado de 100 muertes al año por cada 100.000 personas a menos de una muerte por 100.000 personas en la Europa moderna.

Y desde 1945 en Euopa y América hemos visto caídas en el número de muertes por guerras civiles, disturbios étnicos y golpes militares, incluso en Sudamérica. En el mundo, el número de muertes en batalla ha caído de 65.000 por conflicto y año a menos de 2.000 en esta década. Desde el final de la Guerra Fría a principios de los años 90, hemos visto menos guerras civiles, una reducción del 90 % en el número de muertes por genocidio, y una inversión del ascenso del crimen violento de la década de 1960.

Ante estos hechos, ¿por qué tanta gente imagina que vivimos en una era de violencia y asesinato? La primera razón, yo creo, es que estamos mejor informados. Como dijo una vez James Payne, la Associated Press es mejor cronista de las guerras que se producen por el mundo que los monjes del siglo XVI.

También está en marcha una ilusión cognitiva. Los psicólogos cognitivos saben que cuanto más fácil es recordar un acontecimiento, más probable es que creamos que volverá a ocurrir. Truculentas imágenes de zonas de guerra en televisión se graban con fuego en la memoria, pero nunca vemos informes de mucha más gente que se muere en la cama en la cama a avanzada edad. Y en los dominios de la opinión y la defensa, nadie ha atraído nunca a seguidores diciendo que las cosas parecen ir a mejor. Tomados juntos, esos factores ayudan a crear una atmósfera de terror en la mente contemporánea, que sin embargo no resiste la confrontación con la realidad.

Finalmente, está el hecho de que nuestro comportamiento a menudo no se alza a la altura de nuestras crecientes expectativas. En parte, la violencia ha caído porque la gente se hartó de la carnicería y la crueldad. Es un proceso psicológico que parece seguir continuando, pero va más rápido que los cambios en el comportamiento. Así que hoy algunos de nosotros nos indignamos –y con razón- si un asesino es ejecutado en Texas por inyección letal tras 15 años de apelaciones. No consideramos que hace unos 200 años una persona podía ser quemada en la hoguera por criticar al rey tras un juicio de 10 minutos. Deberíamos mirar la pena capital como una prueba de cómo han subido nuestros estándares, en vez una evidencia de lo bajo que han caído.

Expandiendo el círculo

¿Por qué ha disminuido la violencia? Los psicólogos sociales dicen que al menos el 80 % de la gente ha fantaseado con matar a alguien que no les gusta. Y los humanos modernos todavía encuentran placer en la observación de la violencia, a juzgar por la popularidad de la novela policíaca, los dramas de Shakespeare, las películas de la serie Saw, Grand Theft Auto, y el hockey.

Lo que ha cambiado, por supuesto, es la disposición de la gente a llevar a la realidad esas fantasías. El sociólogo Norbert Elias sugirió que la modernidad europea aceleró un “proceso civilizador” señalado por aumentos de autocontrol, planificación a largo plazo y la sensibilidad hacia las ideas y los sentimientos de los demás. Éstas son las funciones que la neurociencia cognitiva atribuye al córtex prefrontal. Pero esto sólo hace que nos preguntemos por qué los humanos han ejercitado cada vez más esa parte de su celebro. Nadie sabe por qué nuestro comportamiento ha ido a parar al control de los mejores ángeles de nuestra naturaleza, pero hay cuatro sugerencias posibles.

La primera es que el filósofo del siglo XVII Thomas Hobbes tenía razón. La vida en el estado de naturaleza es desagradable, brutal y corta, no por una sed primigenia de sangre, sino por la inevitable lógica de la anarquía. Y cualquier ser con un módico interés en sí mismo podría sentirse tentado de invadir a sus vecinos y robar sus recursos. El resultante miedo a una ataque podría tentar a los vecinos a golpear primero en una autodefensa preventiva, lo que haría que el primer grupo golpease preventivamente, etcétera. Este peligro puede disminuir por medio de una política de disuasión –no golpear primero, tomar represalias si te golpean-, pero, para garantizar su credibilidad, los grupos deben vengar todos los insultos y saldar todas las cuentas, lo que produce ciclos de vendetta sangrienta.

Un estado con el monopolio de la violencia puede evitar estas tragedias. Los estados pueden infligir castigos desinteresados que eliminan los incentivos de la agresión, calmando ansiedades por un ataque preventivo y eliminando la necesidad de mantener una tendencia excesivamente propensa a las represalias. En realidad, Manuel Eisner atribuye el descenso del homicidio en Europa a la transición de sociedades de caballeros y guerreros a los gobiernos centralizados del principio de la modernidad. Y, hoy, la violencia sigue siendo enconada en zonas de anarquía, como regiones fronterizas, estados fallidos, imperios caídos y territorios disputados por bandas, gángsters y contrabandistas.

James Payne sugiere otra posibilidad: que la variable crítica de la indulgencia de la violencia responde a la idea más amplia de que la vida es barata. Cuando el dolor y la muerte temprana son elementos cotidianos de la propia vida, uno siente menos reparo a la hora de aplicárselos a otros. Conforme la eficacia tecnológica y científica alargan y mejoran nuestras vidas, le damos más valor a la vida en general.

Una tercera teoría, defendida por el periodista Robert Wright, invoca la lógica de los juegos de suma cero: escenarios en los que dos agentes pueden salir adelante si cooperan, intercambiando bienes, dividiéndose el trabajo o compartiendo los beneficios de la paz. Cuando la gente aprende conocimientos que puede compartir de forma barata con otros, a desarrollar tecnologías que les permiten gastar sus bienes e ideas sobre territorios mayores con un coste más bajo, su incentivo para cooperar de manera constante aumenta, porque los demás son ahora más valiosos vivos que muertos.

Después está el escenario dibujado por el filósofo Peter Singer. La evolución, sugiere, legó a la gente un pequeño elemento de empatía, que por defecto sólo aplican a un círculo reducido de amigos y parientes. A lo largo de milenios, los círculos morales de la gente se han extendido para abarcar comunidades cada vez más grandes: el clan, la tribu, la nación, los dos sexos, otras razas, e incluso animales. El círculo puede haber crecido por crecientes redes de reciprocidad, como propone Wright, pero también por la inexorable lógica de la regla dorada: cuanto más sabe uno de otros seres vivos, más duro es privilegiar el interés propio sobre el suyo. El ascensor de empatía puede aumentar gracias al cosmopolitismo,  el periodismo, la autobiografía, y la ficción realista que hace que la vida interior de otra gente, y la precariedad de la suerte de uno mismo en la vida, resulte más palpable: la sensación de “ese podría ser yo”.

Sean cuales sean sus causas, el descenso de la violencia tiene profundas implicaciones. No es una licencia para ser complacientes. Disfrutamos la paz que encontramos hoy porque a las generaciones pasadas les horrorizaba la violencia de su tiempo e intentaron acabar con ella, y nosotros deberíamos trabajar para terminar con la horrible violencia de nuestro tiempo. Tampoco es necesariamente una razón para ser optimista sobre el futuro inmediato, ya que el mundo nunca había tenido líderes nacionales que combinasen sensibilidades premodernas con armas modernas.

Pero el fenómeno nos obliga a pensar de nuevo nuestra idea de la violencia. La falta de humanidad del hombre hacia el hombre ha sido durante mucho tiempo un asunto que se prestaba a la moralización. Sabiendo que algo la ha rebajado dramáticamente, también podríamos tratarlo como un asunto de causa y efecto. En vez de preguntar: “¿Por qué existe la guerra?”, podríamos preguntar “¿Por qué existe la paz?”. Si nuestro comportamiento ha mejorado tanto desde los días de la Biblia, debemos estar haciendo algo bien. Y sería agradable saber qué es exactamente”.

En la imagen, Pinker.

 

HITCHENS: LA RELIGIÓN Y OBAMA

HITCHENS: LA RELIGIÓN Y OBAMA

 

Christopher Hitchens ha escrito:

“Hay una conexión fascinante entre lo que dijo el presidente Barack Obama sobre los velos para las mujeres en su discurso del 4 de junio en El Cairo y el debate sobre los detenidos liberados de Guantánamo que se han encontrado, o encontrado de nuevo, en las filas de los Talibanes y Al-Quaeda. No intentes adivinarla, sigue leyendo, por favor.

Desde que el anterior vicepresidente Dick Cheney sacó el máximo provecho del titular del New York Times del 21 de mayo, utilizando las estadísticas del Departamento de Defensa para sugerir que uno de cada siete graduados de Guantánamo había ‘regresado al terrorismo o la actividad militante’, ha habido una gran discusión sobre si eso es cierto y por qué. ¿Podría ser, por ejemplo, que un inocente que ha pasado por la experiencia de Guantánamo se ‘radicaliza’ y decida unirse a las filas de la yihad por primera vez?

Esta explicación es sin duda inválida para varios de los reincidentes que han sido positivamente identificados: conocemos el pasado y el presente de algunos de esos personajes. En mi propia visita a Guantánamo, me dieron una lista –que sólo contenía 11 nombres, eso sí- de ex militantes talibanes como Abdullah Mehsud, detenido en febrero de 2002 y liberado en marzo de 2004, que más tarde prefirió matarse antes que rendirse a las fuerzas de seguridad pakistaníes. Si es una ofensa para la justicia encerrar a gente que ha podido ser víctima de identificaciones erróneas o vendettas de otras facciones, también es una ofensa para la justicia liberar a asesinos psicópatas que creen que tienen permiso divino para arrojar ácido en las caras de las chicas que quieren ir a la escuela.

Sin embargo, si pensamos que sería posible o probable que un hombre mutase en ese monstruo tras vivir la experiencia de Guantánamo, puedo sugerir una razón. Nada me había preparado para ver cómo las autoridades del campo han permitido que los creyentes más extremos de entre los detenidos fueran los organizadores de la rutina diaria de los prisioneros. Imagina que fueras una persona secular o no fanática, atrapado por error en esa red; aún así, estarías obligado a rezar cinco veces al día (a los guardas no les está permitido interrumpir), a tener un Corán en tu celda, y comer comida preparada según las normas del halal (o sharia). Supongo que podrías pedir abstenerte, pero, en ese caso, no apostaría mucho por tus posibilidades. Los oficiales a cargo estaban tan contentos por esta habilidad para mostrar su extrema amplitud de miras en lo que respecta al Islam que parecían casi heridos cuando les pregunté cómo justificaban el uso del dinero de los contribuyentes para crear una institución dedicada a la práctica ferviente de la versión más extrema de una sola religión. A la enorme lista de razones para cerrar Guantánamo, añade esta: es una madrasa pagada con dinero público.

La misma quasi-masoquista insistencia en tomar la norma como extremo estaba presente en el discurso que pronunció tan suavemente Obama en la capital egipcia. Parte de lo que dijo era bienintencionado y desinformado. Estados Unidos no debería haber derrocado el gobierno electo de Irán en 1953, pero cuando lo hizo, usó mulás y ayatolás sobornados para agitar el sentimiento anticomunista contra un régimen secular. El tratado de Trípoli de 1796 de la administración de John Adams proclamó que Estados Unidos no tenía ningún problema con el Islam como tal (y, aún más importante, que Estados Unidos no era en sí una nación cristiana), pero el tratado no logró que los estados del norte de África invocaran el permiso del Corán para secuestrar y esclavizar a esclavos en alta mar, y por eso Thomas Jefferson se vio más tarde obligado a mandar una flota y los marinos para derribar el comercio. Uno espera que Obama no prefiera a Adams frente a Jefferson en este aspecto.

Cualquier persona con la menor pretensión de conocimiento cultural sabe que no hay un lugar o una cosa que sea ‘el mundo musulmán’ o, más bien, que consiste de muchos lugares y cosas. (El objetivo de los yihadistas es precisamente ponerlo todo bajo un mando preparatorio antes de hacer del Islam la única religión mundial.) Pero Obama no dijo nada sobre el cisma entre los suníes y los chiíes, o sobre el debate del sufismo, o sobre las formas de adoración y práctica ahmadíes e ismaelíes. Todo se concedía a la umma: la noción altamente ideológica de que una persona se define en primer lugar y sobre todo por su adherencia a una religión y que todos los conceptos de ciudadanía y derechos toman una segunda posición con respecto a este dictado teocrático. Nada puede ser más reaccionario.

Toma el único caso en el que nuestro presidente abordó el hecho más conocido del ‘mundo’ islámico: su tendencia a convertir a las mujeres en ciudadanas de segunda categoría. ¡Mencionó esto sólo para decir que ‘los países occidentales’ discriminan a las mujeres musulmanas! ¿Y cómo se impone esta discriminación? Limitando el uso del velo o hiyab (una palabra que Obama pronunció como hayib –imagina el escándalo si lo hubiera hecho Bush). La implicación evidente era un ataque a la ley francesa que prohíbe los símbolos religiosos en escuelas públicas. De hecho, al día siguiente Obama lo expresó de forma aún más explícita en París. Cito un excelente comentario de Karina Bennoune, una profesora de origen argelino-estadounidense, visitante en la Facultad de Leyes de la Universidad de Michigan, que dice:

Acabo de publicar un estudio entre mucha gente de origen musulmán, árabe y norteafricano que apoya la ley de 2004 que prohíbe los símbolos religiosos en escuelas públicas, que consideran un despliegue necesario de la ‘ley de la República’ para contrarrestar la ‘ley de lo hermanos’, una regla informal impuesta antidemocráticamente sobre muchas mujeres y chicas en barrios y en casa por los fundamentalistas.

(Pincha aquí para conocer más trabajos de Bennoune.)

Pero Obama no tenía nada que decir a las mujeres obligadas a vestir según los requisitos de otros, como si el único ‘derecho’ aquí fuera el derecho a obedecer una instrucción que, de hecho, por si importase, no está en el Corán. En Turquía el velo está fuera de la ley en algunos contextos. ¿Eso es también islamofobia? ¿El presidente cree que el velo y el burqa son complementos de moda que se eligen libremente? Esa clase de ingenuidad es preocupante, y significa que entre la audiencia musulmana global, la gente equivocada se estaba riendo de nosotros, y los que deberían ser nuestros amigos y aliados dejaban escapar una lágrima de decepción.”

En la imagen, Hitchens.

 

SOCIEDAD

SOCIEDAD

 

1.

Un perfil de la estupenda traductora Anne McLean, que ha traducido Enterrar a los muertos, Soldados de Salamina y La velocidad de la luz.

Dos libros traducidos por Anne McLean, Los informantes de Juan Gabriel Vásquez y Los ejércitos de Evelio Rosero, son finalistas del Premio Independent al mejor libro de ficción extranjero.

Dice Javier Cercas: “Anne es lo mejor que puede sucedernos en Inglaterra a los que escribimos en español”

2.

Nuria Amat, Carme Riera, Flavia Company y Mercedes Abad hablan de escritoras y el mundo literario en la revista Yo Dona.

Mercedes Abad opina que “no hay ningún aspecto en el proceso editorial en el que se nos haga menos caso que los hombres” y “hay tantas mujeres a quienes no se les presta atención como varones”. Pero, según Nuria Amat, no es así, entre otras razones porque “los escritores [hombres] se citan entre ellos, se apoyan y se respaldan”. Pese a que “hay mujeres que escriben mucho mejor que los hombres, sólo se hace caso a una autora si carece de ambición literaria. Entonces sí que se la ensalza”.

Quizá por eso Amat reivindica a ambiciosas desconocidas como Virginia Wolf, Gertrude Stein o ella misma:

A gente como Faulkner, Proust o Beckett se les permitió tener un lenguaje y un pensamiento propio y difícil, pero a ninguna mujer le ha sucedido lo mismo. Quiero decir que todo el mundo califica como genio a Proust, pero a Virginia Woolf o Gertrude Stein, no. Ellas, como nosotras, siempre estarán en el segundo escalón.

            Flavia Company se niega a que su literatura se perciba desde el punto de vista del género, pero dice:

Me pareció muy significativo que la sociedad más racista del planeta, que es la estadounidense, prefiera como presidente a Barack Obama, un afroamericano, antes que a una mujer, su oponente entre los demócratas.

            Carme Riera se muestra expectante:

No creo que tarden en aparecer las primeras novelas donde se perciba el avance de la mujer en nuestra sociedad.

3.

Juan Luis Cebrián reflexiona mientras visita el Elíseo para entrevistar, aparentemente, a Sarkozy:

Cuando entrevisté a Giscard D’Estaing en el Elíseo, contestaba a mis preguntas posando su mirada en el horizonte, pues no me hablaba a mí, ni a los lectores de EL PAÍS, lo hacía para la Historia con mayúsculas.

Y ahora, en cambio:

Nicolas Sarkozy se remueve una vez más en la silla cuando le reitero la pregunta, salta como impulsado por un resorte mientras le aclaro que no me interesa el ridículo debate sobre sus supuestas y archidesmentidas declaraciones en torno a Zapatero.       

Aunque es llamativo que Cebrián se considere el protagonista de la entrevista, lo más curioso es cuando se convierte en oráculo:

Mérito, seguridad y orden parecen estar en la base de la incorporación de antiguos y respetados socialistas a la gobernación del país. ¿Está recorriendo éste el camino inverso al de la Transición española, cuando un grupo de falangistas se convirtió en artífice de la democracia? A lo mejor, como algunos dicen, es precisa una ética de la traición, o va a resultar verdad que la política es un oficio de idiotas desempeñado por inteligentes. ¿Qué tiene que ver la inteligencia con la política?

O reflexiona sobre la condición humana:

El vulgo supone que la mentira es connatural a los políticos, que no se puede hacer política sin mentir. En realidad me parece que la mentira es consustancial al ser humano, pero esto es una reflexión exclusivamente mía, y gracias a que mentimos somos capaces de soportarnos y convivir en sociedad.

4.

El País también le ha pasado un cuestionario al presidente francés, que para justificar su peligroso censo étnico se apoya en Lévi-Strauss:

Claude Lévi-Strauss, el más grande antropólogo del mundo, lo explicó bien a las claras. Los pueblos primitivos no son la infancia de la Humanidad, tienen una identidad propia, terminada, completa. La identidad no es una patología. Sin identidad no hay diversidad.

Como explica Juan José Sebreli en El olvido de la razón, Lévi-Strauss mezcló el concepto de “raza” con el de “cultura”:

Las formas de la cultura… determinan en gran medida el ritmo de la evolución humana… y de su orientación… Lejos de preguntarse si la cultura es o no función de la raza, descubrimos que la raza o lo que se entienden generalmente por ese término es una función, entre otras, de la cultura.

“El más grande antropólogo del mundo” también ha manifestado su añoranza de la pureza que, según él, perdieron los humanos con la alfabetización:

No queremos hacer una paradoja y definir en forma negativa la inmensa revolución introducida por la invención de la escritura. Pero es indispensable darse cuenta de que ella le ha quitado a la humanidad algo de esencial, al mismo tiempo que ha aportado tantos beneficios.

Juan José Sebreli escribe: “si la cultura conformaba al hombre, y la raza, según Lévi Strauss, era una de las funciones de la cultura, ergo la raza seguía determinando, en cierta medida, a los hombres y a los pueblos”,

Sebreli cita estas palabras de Pierre-André Taguieff:

El etnólogo [Lévi-Strauss], al naturalizar las actitudes e inclinaciones colectivas como el encierro en sí mismo, la autopreferencia y la oposición a los demás, proporciona un fundamento legítimo al etnocentrismo y a la xenofobia.

5.

 

Miguel Ángel Berna se siente identificado con Francisco de Goya:

Yo también soy un rebelde en medio de una sociedad muerta, obsoleta, anticuada. No me rindo. Sigo mirando hacia adelante, aunque cuando me gire no vea nada.

Espero que no se choque.

He tomado la imagen aquí.

 

PAUL BERMAN

PAUL BERMAN

 

En una entrevista sobre Gaza Paul Berman ataca los asentimientos judíos en territorio palestino y defiende la labor de los grupos en defensa de los derechos humanos. También dice:

“Forma parte de la naturaleza humana creer que un movimiento político como Hamás es débil –o que si es fuerte, su lenguaje más salvaje es mera fanfarronada, y no hay que tomarlo en serio.

En la década de 1930, la gente asumía que, una vez que los nazis hubieran alcanzado una posición de responsabilidad por el bien de Alemania, dejarían de decir cosas alocadas y lo pensarían dos veces antes de poner en acción sus programas. Se suponía que el poder calmaría a los nazis. Pero quizás hay algo en esas ideologías de odio grupal que hace que resulte difícil que se calmen.

De nuevo, creo que hay cierto número de gente que no ve nada especialmente loco u odioso en los argumentos y fines de Hamás. Ven elementos bastante razonables, incluso aunque la forma de expresarlos parezca un poco grosera. No se debería matar a los judíos, eso es algo en lo que está de acuerdo toda la gente razonable; pero (por repetir un argumento muy popular) tampoco los judíos tienen un derecho a defenderse. Los protocolos de los Sabios de Sión no son un documento sofisticado, pero el libro de Walt y Mearsheimer El lobby israelí es (para algunos) un documento sofisticado. Y el documento sofisticado hace que parezca que el otro tiene algo de razón. Al razonar de esta manera, la gente termina concluyendo que las doctrinas de Hamás tienen algo de verdad –algo que cree bastante gente. Pero eligen no decirlo porque no quieren parecer poco sofisticados o groseros.

De todas formas, la historia no carece de genocidios, y tenemos que asumir que mucha gente ha pensado que, por una razón o por otra, el genocidio es una buena idea. La gente que piensa así no sólo son los fanáticos que toman parte en las masacres, sino también un público más amplio que mira desde los lados sin protestar, que a veces incluso aplaude.

Durante el conflicto de Gaza, hubo muchas protestas contra Israel en las que Israel era demonizado rutinariamente como un estado nazi, o en el que se practicaba el apartheid. ¿Por qué tantos activistas, sobre todo de izquierdas, demonizan Israel? ¿Es un signo de antisemitismo?

Como dijo Irving Howe, ‘No hay un corazón tan caliente que no tenga un punto frío para los judíos’. Nos gusta pensar en el odio a los judíos como un sentimiento bajo y vil, que alberga gente desagradable e ignorante, que grita su propio odio. Pero normalmente no es así. El odio por los judíos ha tomado normalmente la forma de un sentimiento elevado, en vez de uno bajo, un sentimiento noble que abraza gente que cree que defiende las visiones más morales más elevadas y admirables.

En la Edad Media, los cristianos sentían que mantenían los principios de la redención universal, y consideraban a los judíos una gente terrible porque rechazaban la palabra de Dios: insistían en ser judíos. Así que los sentimientos religiosos más elevados impulsaban el odio a los judíos.

En el siglo XVIII, los filósofos de la Ilustración se consideraban la forma más elevada del pensamiento, la más verdadera guía para la justicia y felicidad universales. Esos filósofos detestaban el cristianismo porque era una fuente de superstición y opresión. Pero esto les hacía despreciar aún más a los judíos: ya no porque los judíos hubieran rechazado el mensaje del cristianismo, sino porque lo habían engendrado. E insistían en seguir siendo judíos, en lugar de repudiar la religión.

Las guerras de religión causaron todo tipo de daños en Europa. Pero el tratado de Westfalia en 1648 puso fin a las guerras de religión estableciendo un sistema de estados con fronteras reconocidas, cada estado con su propia religión. El nuevo sistema de Westfalia encarnaba otro ideal elevado: la mayor garantía de paz y justicia universales. Pero los judíos estaban esparcidos por Europa, en vez de reunidos en un solo estado. El nuevo sistema de estados debía ser un zapato cómodo, y los judíos eran una piedra. Y siguieron insistiendo en ser judíos, en vez de desaparecer amablemente. Así que se odiaba a los judíos por no encajar en el nuevo sistema de estados.

Hoy hemos llegado a otra idea sobre cómo llegar a una justicia y paz universales, la idea más elevada y avanzada de nuestro tiempo. En lugar de buscar estados bien establecidos con fronteras sólidas que mantengan la paz, al estilo Westfalia, vemos los estados como formas de opresión y guerra. La opinión elevada pide sistemas políticos post-estatales, como la Unión Europea. Desgraciadamente, ahora los judíos poseen un estado. Uno detesta a los judíos en nombre de la opinión elevada, ya no porque carezcan de estado sino porque tienen uno. Parecen muy interesados en mantenerlo. Y de nuevo los judíos parecen afirmar un principio que la gente avanzada solía defender pero que ahora parece anticuado.

A finales del siglo XIX y a principios del XX la gente con ideas avanzadas empezó a ver el odio cristiano a los judíos como un prejuicio retrógrado, y los pensadores avanzados abrazaron la pseudociencia del racismo. Ya no odiaban a los judíos por motivos religiosos, sino raciales. La palabra ‘racismo’ se aplicaba al principio al odio de los judíos. Hoy, en cambio, el racismo parece una forma de prejuicio retrógrado. Y la gente con ideas avanzadas odia a los judíos con motivos antirracistas, y los considera los principales racistas del mundo.  

Y etcétara. La asunción táctia es siempre la misma. O sea: el sistema universal para la felicidad del hombre ya ha llegado (el cristianismo, el anticristianismo de la Ilustración, el sistema de estados de Westfalia, o el sistema postmoderno de las instituciones internacionales, la teoría racial, o la teoría antirracista en cierta interpretación). Y ese sistema universal para la felicidad del hombre ya habría alcanzado la perfección… de no ser por los judíos. Los judíos siempre están en medio. Cuanto más alta es la opinión que uno tiene de sí mismo, más detesta a los judíos.

La izquierda política siempre ha sido ambigua en este asunto. Una oposición al antisemitismo (y a todo tipo de intolerancia) solía ser uno de los pilares de la izquierda moderna. Pero la izquierda siempre ha descansado en más de un pilar, y algunos son algo tambaleantes. Y está el concepto de la izquierda que dice que, por fin, el sistema para la justicia y la paz universales ha sido descubierto, y todos los pensadores avanzados deberían abrazarlos. Por ejemplo, la abolición cosmopolita de los estados. Y van los judíos y se resisten. En pocas palabras, nada lleva más rápido al desdén de los judíos que un sentimiento de nobleza petulante.

Sin duda, el desdén elevado llega en versiones diferentes. En esta respetable versión, el desdén adopta una posición de cara larga porque Israel sea un lugar tan digno de reproches, por ser racista, por perpetuar la religión, por ser un ejemplo del imperialismo europeo. Uno sacude la cabeza con tristeza porque los israelíes sean como son.  

Pero el desdén toma otra forma, también, más cruda, aunque sigue más o menos la primera versión. En esta versión más cruda, no sólo se lamenta que los judíos sean retrógrados. Es peor: los judíos han hecho algo verdaderamente terrible. Al formar su estado y defenderlo, se han opuesto activamente al principio de la justicia y la felicidad universal –el principio que decreta que un pueblo como los judíos no debería tener un estado. De ahí las comparaciones con el apartheid, y, más radicalmente y estos días más típicamente, con los nazis. La comparación con los nazis empezó en los 70 en Europa occidental y en el mundo árabe, y ahora está más o menos dondequiera que mires.

Es una comparación extraordinaria en todo tipo de formas, pero señalaré un solo aspecto. Generalmente, se considera a los nazis como el peor y más malvado movimiento político de la historia, un movimiento político que no sólo cometía crímenes sino que defendía los principios del crimen. Al comparar Israel con los nazis, la gente quiere sugerir que Israel es una de las peores y más malvadas instituciones que pueden existir. Una acusación de dimensiones cósmicas. Y la acusación tiene todo el sentido, si recuerdas la idea venerable que sostiene que los judíos son un obstáculo para que la humanidad alcance un sistema perfecto de justicia y felicidad universales.

Desde el punto de vista de esta idea venerable, los problemas de Israel con sus fronteras y sus vecinos no se parecen a las dificultades que otros estados tienen con sus fronteras y sus vecinos. No tiene sentido hacer comparaciones estadísticas –comparaciones que muestren cuánta gente ha muerto en las guerras de Israel, cuánta gente ha sido desplazada de sus hogares por Israel, comparada con la cantidad de gente muerta o desplazada por otras guerras y estados del mundo. Las estadísticas, si las miraras, reflejarían que Israel es un lugar pequeño, que sus fronteras no son muy grandes, y que sus guerras y desastres no han sido de los mayores que han ocurrido en los últimos sesenta años, ni siquiera en los últimos seis años.

Pero las estadísticas, como digo, son irrelevantes, dada la peculiar luz filosófica que la gente proyecta sobre Israel. La lucha de Israel se enfrenta al principio de justicia y felicidad universal, tal y como la gente lo imagina, al margen de cómo lo haga. Otros países cometen crímenes relativos, que pueden medirse y compararse Al final, es la gran acusación contra los judíos,  en versiones siempre nuevas: los judíos son el enemigo cósmico del bien universal.

 

He tomado la imagen de Tel Aviv aquí.