Blogia

Daniel Gascón

CUENTOS, NIÑOS Y CARTAS

CUENTOS, NIÑOS Y CARTAS

 

1.

Escribe Celia W. Dugger:

“El número de niños que mueren al año antes de su quinto cumpleaños ha bajado de nueve millones por primera vez desde que se guardan los registros, un significativo jalón en el esfuerzo global para mejorar las oportunidades de supervivencia de los niños, especialmente en el mundo en desarrollo, según datos de Unicef.

La mortalidad infantil ha bajado más de una cuarta parte en los dos últimos decenios –hasta 65 por 1000 nacidos vivos frente a los 90 de 1990- en gran medida por la amplia distribución de tecnologías relativamente baratas, como las vacunas contra el sarampión y las redes contra el mosquito de la malaria.

Otras prácticas sencillas han ayudado, dicen expertos en salud pública, como un aumento de la lactancia como único alimento durante los primeros seis meses de vida, que protege a los niños de la diarrea que produce el agua sucia.

Naciones ricas, agencias internacionales y filántropos como Bill y Melinda Gates han consagrado miles de millones de dólares al esfuerzo. También escolares y grupos religiosos han participado, pagando por redes de mosquitos y programas de alimentación.

Juntos, han ayudado a cortar el número de niños menores de cinco años que murieron el año pasado hasta 8,8 millones –la cifra más baja desde que empezaron los registros en 1960, según Unicef-, desde 12,5 millones en 1990.

“Son 10.000 niños menos que mueren al día” dijo la directora ejecutiva de Unicef, Ann M. Veneman.

Aun así, todavía falta mucho para alcanzar el objetivo que plantearon los líderes de 189 países en 2000: reducir la tasa de mortalidad infantil dos tercios en 2015. La neumonía y la diarrea, las dos causas principales de la mortalidad infantil, son todavía relativamente ignoradas, especialmente en comparación con la malaria y el sarampión.

2.

Jamie Tehranni ha investigado 35 versiones de Caperucita Roja. Cree que el cuento tiene más de 2.600 años. Las versiones son distintas en los diferentes países: en la India, hay un tigre en vez de un lobo; en Irán pasea un chico en vez de una chica.

3.

Dice James Wood en Letras libres:

“Hay una rama del posmodernismo que ha sido ciertamente influida por la teoría, los estudios culturales, los estudios sobre los medios de comunicación, y supongo que ahora está siendo influida por la neurociencia, la neuroestética y demás, que sugieren que el yo o la subjetividad (the self) es completamente incoherente, que no tenemos realmente yo, que estamos completamente mediados por discursos que no controlamos: publicidad, TV, la blogósfera; que somos prisioneros de impulsos biológicos y procesos que recién ahora empezamos a entender, etcétera. Escuchas a escritores decir esto muy a menudo. Me meto en peleas con escritores contemporáneos que dicen: “Me parece que eres tan antiguo que incluso crees que tenemos un yo.” Lo que eventualmente respondo es que esta es una ala del posmodernismo metafísicamente provinciana. Primero que nada, olvida que mucho de esto ha sido dicho ya cien años antes, en el modernism, y dicho de nuevo cincuenta años después, cuando empezó a transformarse en posmodernismo. Pero también –y aquí, supongo, me revelo de algún modo conservador– una de las razones que nos permiten leer estas novelas de 1900 o 1800 es que, más allá de las enormes diferencias, hay cosas que no cambian. El amor y el nacimiento y la muerte de La muerte de Iván Ilich, por ejemplo, todavía son cruciales para nosotros”.

4.

Marnia Larzeg ha publicado Questioning the Veil: Open Letters to Muslim Women [Cuestionando el velo: cartas abiertas a mujeres musulmanas]. Una reseña dice:

“Aunque irregular y con un conocimiento bastante débil del laicismo francés, el libro tiene gran mérito. Se toma en serio los argumentos que presentan los defensores del velo, tanto hombres como mujeres. Sus opiniones son variadas: que es una forma de modestia impuesta por el Corán y una expresión de piedad; que ofrece protección frente a la objetificación y el acoso en una sociedad consumista y permisiva; que es una declaración política y una reafirmación del Islam; que es una insignia orgullosa en un mundo islamófobo. Uno a uno, la autora separa y desinfla cada argumento, exponiendo la hipocresía y la contradicción, y apoyándose en los casos de las mujeres que ha entrevistado.

Sobre la modestia, por ejemplo, Lazreg señala que el Corán se puede leer de varias formas. A las mujeres se les dice que “pongan sus velos sobre su pecho para no revelar su adorno más que a sus maridos”, que “cubran su pecho con sus velos y no enseñen objetos preciosos” o que “pongan sus chales sobre los escotes de su ropa”. ¿Adorno y objetos preciosos significan realmente el pelo y la cara? ¿Por qué es cubrirse la cabeza, especialmente cuando lleva un maquillaje elaborado, más “modesto” y decoroso que el vestido moderno?

La autora no tiene paciencia con profesoras feministas de universidades occidentales que argumentan que el velo es una forma de incrementar el poder de las mujeres musulmanas, y que rechazan las acusaciones de opresión sexual como conceptos elitistas y occidentales. Esa apología, escribe Lazreg, “da buena conversación”, pero es simplista y peligrosa.

Intelectuales musulmanes, especialmente hombres, explotan esos argumentos para justificar ‘poner de nuevo el velo’ a jóvenes educadas que se sienten confusas sobre su identidad. Esfuerzos para presentar el velo como una herramienta para el apoderamiento, escribe ‘se apoyan en una dudosa concepción posmodernista del poder, según la cual cualquier cosa que una mujer decida hacer es liberador, siempre y cuando ella crea participar en alguna forma de resistencia o autoafirmación, da igual lo errónea que sea”.

5.

Los nominados del Man Booker:

A S Byatt The Children’s Book (Random House, Chatto and Windus)

J M Coetzee Summertime (Random House, Harvill Secker)

Adam Foulds The Quickening Maze (Random House, Jonathan Cape)

Hilary Mantel Wolf Hall (HarperCollins, Fourth Estate)

Simon Mawer The Glass Room (Little, Brown)

Sarah Waters The Little Stranger (Little, Brown, Virago)

6.

Alice Munro, que este año ha ganado el bianual International Man Booker, ha publicado una nueva colección de relatos: Too Much Happiness.

En la imagen, Alice Munro.

 

REJAS

REJAS

 

1.

Cuenta The Economist:

“Sri Lanka siempre fue un lugar duro para los gacetilleros, pero, en cualquier caso, 20 años de cárcel es una pena áspera para un periodista que hacía su trabajo. Es la sentencia que ha recibido esta semana J.S. Tissainayagam por terrorismo, después de criticar el tratamiento del ejército a tamiles civiles. El gobierno dice que avivó las tensiones étnicas con informaciones falsas; grupos de derechos humanos dicen que el estado está endureciendo un ambiente ya nefasto. Unos 14 periodistas han sido asesinados en Sri Lanka desde 2006.

En general, éste se está revelando como un mal año para los periodistas. Desde que el Comité para Proteger a Periodistas [Committee to Protect Journalists], un grupo con sede en Nueva York, empezó a hacer registros, nunca había habido tantos en la cárcel. De los 174 retenidos, algunos podrían quedar libres pronto; pero, como demuestra un endurecimiento en Irán, también hay peligro que se les unan otros.

De hecho, Irán es el principal responsable de esos datos horribles. Al menos 41 periodistas han sido detenidos allí desde la elección en junio. Algunos están ahora libres, pero se desconoce el paradero de otros.

Ahora Irán tiene en prisión al menos 27 periodistas, casi tantos como China (30) y más que Cuba (25). Una vez dentro (en Irán especialmente) las cosas pueden ir a peor. Omidreza Mirsayafi, un bloguero condenado a 30 meses por burlarse de los líderes iraníes, murió en marzo en la cárcel. La libertad de prensa también sufre ataques en Iraq.

Internet, que durante mucho tiempo se ha visto como una manera de eludir a los dictadores, también puede ser peligroso. Al menos 25 blogueros han sido arrestados este año. La represión del periodismo en internet se intensifica en Viena 

China, Vietnam, Birmania e Irán, según Clothilde Le Coz de Reporteros sin Fronteras”.

2.

Harold Evans recuerda el asesinato sin resolver del corresponsal de The Times David Holden en El Cairo.

3.

Michael Moore predica con el ejemplo.

4.

Yale University Press ha editado The Cartoons That Shook the World, de Jytte Klausen, sobre la polémica de las caricaturas de Mahoma. Sin embargo, la editorial no ha querido publicar estas imágenes. (Aquí, más.)

En la imagen, Tissainayagam.

CRÍMENES IMAGINARIOS

CRÍMENES IMAGINARIOS

 

Hubo un tiempo en el que todas las novelas históricas hablaban de la guerra de Iraq. Podían tratar de las conquistas de Alejandro Magno, de la resistencia de los celtíberos frente a los romanos, del descubrimiento de América o las guerra napoleónicas: siempre había una lección que podía aplicarse a la ocupación estadounidense, al unilateralismo, a las luchas sectarias, la resistencia a las luchas intestinas; la situación era prácticamente idéntica; se trataba de un paralelismo que muchas veces había sorprendido al novelista, según decía él mismo.

Sin embargo, aunque la novela histórica tiene numerosas virtudes, no creo que su capacidad para explicar la guerra de Iraq fuera la principal. Tampoco me parece que las novelas de Dan Brown (que se inspiró en una conocida teoría de la conspiración), o de Eric Frattini, expliquen mejor la historia de la Iglesia Católica que un ensayo riguroso. A veces los autores hacen trampa: dicen que lo suyo es ficción y se han documentado mucho; que algunas partes de la novela sucedieron exactamente así, que otras podría haber sucedido y han provocado inquietud, etcétera. Son autores que quieren estar en misa y repicando.

En los últimos años he leído unas decenas de artículos que avisaban de la llegada de la novela negra. No sé si los últimos han acertado porque sus autores han sido más clarividentes, porque la novela negra ya estaba aquí, o por una cuestión de pura estadística, pero parece que esta vez es verdad. Y, por cierto, da la sensación que algunas de esas novelas, que a menudo incluyen la idea de una conspiración secreta, de fuerzas semiocultas y poderosísimas que controlan nuestro destino, también hablan de la guerra de Iraq.

Eso está bien. Lo que me parece perturbador es que algunos periodistas se hayan lanzado a defender la novela negra como el último reducto del periodismo. Entre las explicaciones más delirantes se encuentra la que proporcionaba Javier Valenzuela:

Pues sí, el mundo se ha vuelto loco en este arranque del tercer milenio, es una jungla donde impera la ley del más fuerte, y quien mejor lo está contando es la novela negra (thriller en inglés).

Yo no sé si el mundo está más loco en el arranque del tercer milenio que, por decir algunas fechas recientes, 1915, 1917, 1937, 1940, 1959, 1975 o 1979. Ni tampoco tengo tan claro que la novela negra y el thriller sean exactamente lo mismo, aunque agradezco la traducción. Pero estoy bastante seguro de que esas novelas no son lo que mejor explica el estado mental del mundo. Para Valenzuela, las novelas cuentan lo que de verdad sucede porque no sufren las presiones de los “grandes medios”, la censura, etcétera, ni otras graves limitaciones de la prensa:

Constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas y por lo políticamente correcto, la prensa de calidad no puede contar de la misa la mitad; la sensacionalista, por su parte, sólo se ceba en los débiles y los rojos.

La división es tan tendenciosa y pueril que resulta cómica, pero la frase “constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas” resulta algo inquietante, ya que lamenta la esencia del oficio: es como un médico que se quejara de la lata que supone atender al paciente, o un chef molesto porque le exigen que no intoxique a sus clientes. En este caso, quien formula la queja ha sido director adjunto de El País y director general información internacional del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, y analiza la actualidad política española en diversos medios.

No sólo eso; también dice:

Resulta que Suecia no es lo más parecido a un paraíso de libertad y justicia. Allí también hay empresarios corruptos, funcionarios venales y machistas asesinos. Debemos este descubrimiento a las novelas de Henning Mankell y Stieg Larsson.

Habría sido igual de riguroso, pero algo más ingenioso, que Valenzuela hubiera empezado: “Shakespeare advirtió de que algo olía a podrido en Dinamarca. Ahora, gracias a Mankell y Larrson, sabemos que la peste venía de Suecia”. Yo entiendo que uno le guarde rencor al modelo escandinavo. Después de todo, llevamos décadas oyendo hablar de lo bueno que es. Además, el modelo ha evolucionado hacia una mayor apuesta por los recursos privados, conservando prestaciones sociales. Pero esto me recuerda a cuando, durante el caso de Josef Fritzl, la gente teorizaba sobre lo específicamente austriaco del caso, sobre las culturas centroeuropeas, tan reprimidas y tan reservadas y se preguntaba qué esconderían todos esos sótanos. En ese caso, era una estupidez (y no tardaron en aparecer violadores y secuestradores de sus propias hijas en otras latitudes), aunque que el crimen era real: calcula entonces el análisis político y antropológico que puede derivarse de un crimen imaginario. Es como decir que gracias a los chistes de Lepe conocemos bien la provincia de Huelva. Por supuesto, eso no significa que Suecia sea un país perfecto: por ejemplo, hace unos pocos años mataron a un presidente del Gobierno. No hacía falta leer a Mankell y Larrson para saberlo.

Más adelante habla de Matt Beynon Rees, que ha creado un detective palestino:

En Una tumba en Gaza, una de las novelas de Rees, alguien le pregunta a Omar Yusef qué le impulsa a continuar una peligrosa investigación y éste responde: "Soy palestino. Estoy acostumbrado a comer mierda". En otro momento, Salwa, un personaje femenino, suelta: "A veces pienso que los únicos palestinos que no lloran son los muertos". Ninguna crónica, y por supuesto ningún informe de un think-tank, lo puede decir más corto y mejor. [Las cursivas son mías.]

¿Esa frase –puro fatalismo de cuarta, que podrían emplear personas de muchas nacionalidades diferentes, e incluso algún seguidor de un equipo de fútbol tras un mal domingo por la tarde- vale más que todos los reportajes y análisis y libros y documentales sobre el conflicto entre los palestinos y los israelíes? Al parecer, no todo el mundo está de acuerdo con Valenzuela, que tampoco ofrece muchas soluciones para que los palestinos cambien de dieta: el propio Rees sigue escribiendo reportajes y El País todavía no ha eliminado la corresponsalía. (Think-tank, para Valenzuela, es una sinécdoque de neocon; como si el análisis y el pensamiento no pudieran existir, y no existieran, en la izquierda. Aunque al leer a Valenzuela podríamos tener esa impresión, no es así.) Pero no se quedaba allí:

No, terminó el monopolio estadounidense (aunque ahí siguen clásicos vivientes como James Ellroy y Walter Mosley) y ahora también nos enteramos de lo que ocurre en Suecia (Mankell, Larsson), en Sicilia (Andrea Camilleri), en Venecia (Donna Leon), en Grecia (Petros Márkaris), en Argelia (Yasmina Jadra), en Suráfica (Gillian Slovo, Deon Meyer), en Israel (Batya Gur), en Francia (J.-P. Manchette, Didier Daeninckx, Fred Vargas), en España (Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva), en Reino Unido (Ian Rankin, P.D. James)...

“El monopolio estadounidense”, dice Javier Valenzuela, que habla de novela negra (un término francés), elogia la tarea de las últimas décadas de John Le Carré (británico), parece ignorar que Fred Vargas o Camilleri o P. D. James llevan escribiendo y teniendo éxito unos cuantos años, y que Sue Grafton, una de las autoras llamadas a romper ese supuesto monopolio, es estadounidense. Es posible que cuele alguna de sus observaciones sobre otro país. Pero decir que por fin sabemos –con el hermoso “nos enteramos”, que aquí es especialmente ridículo, por el sujeto comunal que incluye a los lectores enterados y porque apela a los lectores de su periódico, que al parecer no tienen ni idea de nada y deberían pedirle a El País que les devuelva el dinero- lo que pasa en España gracias a las novelas de Juan Madrid, Andreu Martín y Lorenzo Silva, es una de las frases más involuntariamente cómicas que he leído en mucho tiempo.

Aunque, como he dicho, muchos de esos autores publican desde mucho antes de la era Bush, Valenzuela juega al despiste cuando elogia su pluralismo:

La visión del mundo que se desprende del thriller político contemporáneo es más compleja y menos maniquea que la de Fox News. Los malos no son sólo caudillos izquierdistas latinoamericanos, oligarcas rusos del gas y jeques árabes que financian redes yihadistas. Entre sus villanos también hay políticos y funcionarios de Washington dispuestos a cualquier cosa con tal de que el viejo imperio siga mandando sin que nadie le chiste. Y mucha gente de la CIA que intercepta movimientos, conversaciones telefónicas y accesos a Internet allí donde les place. Y cardenales maquiavélicos del Vaticano, banqueros suizos corroídos por la hipocresía, especuladores financieros e inmobiliarios de múltiples pelajes...

Me llaman la atención algunas cosas: en primer lugar, hace un montón de tiempo que salen malos de la CIA en toda clase de ficciones –Estados Unidos debería haber cerrado esa institución hace tiempo, que parece funcionar mucho mejor en el cine que en la realidad-, y, si alguien está interesado en la CIA, ¿no sería mejor leer por ejemplo Legado de cenizas, donde Tim Weiner traza la historia de la organización, de sus jefes y sus operaciones? Si uno busca información, ¿no sería mejor buscar en los libros de no ficción? A lo mejor, los lectores de novelas no buscan exactamente información.

En segundo lugar me llama la atención la lista de malos de Valenzuela: funcionarios estadounidenses y cardenales maquiavélicos, banqueros corrompidos y especuladores financieros e inmobiliarios. Cualquiera diría que se la ha dictado Pepe Blanco. A ver si lo que no le molesta es el maniqueísmo, sino el maniqueísmo de un lado que no es el suyo. (Por cierto, hay otro personaje negativo en el dramatis personae de Valenzuela: un “asesino al servicio del Mossad”.)

El mundo va mal. La novela negra cuenta que el mundo va mal. Por tanto, la novela negra cuenta el mundo. Valenzuela imagina una solución pero necesita un deus ex máchina:

Tal como están las cosas, y si Obama no logra detener la caída del mundo por la pendiente —y tiene poderosos enemigos dentro y fuera intentan maniatarlo [sic]—, al thriller no le van a faltar temas para las próximas temporadas.

Si esto sucediera –si el primer presidente negro de Estados Unidos, el negro que tenía el alma blanca, consiguiera volver la vida de color de rosa-, desaparecería también la novela negra.

Uno de los ejemplos de novela negra política que pone Valenzuela es El jardinero fiel, que especula con los abusos de las compañías farmacéuticas en África. A mí me parece que si Le Carré hubiera querido hacerle un bien al mundo, en vez de elaborar una mera teoría conspirativa que utiliza la coartada humanitaria, podría haber investigado si las compañías explotan a la gente, cómo lo hacen, y decirlo. Sin duda, sería una información maravillosa, útil y necesaria; y no creo, como dicen algunos, que los propios medios taparan esa noticia (y aun así, Le Carré, aunque él y Valenzuela quieran hacernos creer lo contrario, vive en una parte del mundo en la que cada uno puede publicar lo que quiera: podría abrir un blog).

La literatura entretiene, pero también ayuda a entender mejor y dar matices a la vida, y a comprender las razones de los demás. Creo que puede ayudar a explicar conflictos internos, que puede aportar relatos simbólicos y observaciones sobre la naturaleza humana que son universales. También sirve para reírnos de nuestras imperfecciones, para condenar la estupidez y los atropellos contra las personas, y ha servido para explicar la violencia y los mecanismos del totalitarismo y la intolerancia o para elaborar metáforas del horror, pero la relación no es tan literal como propone Valenzuela; las denuncias más eficaces son las que denuncian algo que de verdad existe, que el escritor conoce por experiencia y transforma en un artefacto literario (el racismo en Invisible Man, por ejemplo, o el totalitarismo en 1984) y desde luego esa tarea no puede anular ni sustituir el trabajo imprescindible de la investigación rigurosa y los datos, ni desdibujar las fronteras entre lo que uno sabe y lo que uno ha imaginado ante el ordenador.

Los escritores ex periodistas pueden firmar novelas estupendas; pero, como periodistas, simplemente dejaron de hacer su trabajo. Es algo que, aunque Valenzuela parezca haber olvidado, la inmensa mayoría de periodistas y lectores sabe perfectamente. Lo que cuenta la literatura debe ser interesante; el periodismo tiene la obligación de ser verdadero, y no debe operar con una lógica simbólica o mágica: eso lleva al mal artículo, a la estupidez y en ocasiones a la barbarie.

La novela negra, cuando es buena, tiene muchas virtudes: tramas bien construidas, suspense, emoción. Muchas veces, como muchos otros géneros, repite fórmulas y tópicos (generalmente se necesita, como mínimo, un muerto); a veces, es apasionante. Pero no tiene sentido presentarla como algo que no es; posee su propio interés y dignidad. Normalmente, uno no ve cine porno para investigar el problema de la incomunicación en el mundo contemporáneo.

La distinción entre la ficción y la realidad, entre la historia y la poesía y los peligros de confundir la novela y la vida tiene varios siglos de antigüedad y es uno de los temas esenciales de la literatura en castellano. Es una pena que esta diferencia fundamental pase inadvertida ante quienes deberían tenerla más presente: su negligencia sólo sirve para perjudicar a dos disciplinas esenciales, y para arrojar un vertido tóxico sobre la realidad y la ficción.

Aqui, la imagen.

COLORES

COLORES

 

1.

Christopher Hitchens escribe sobre el caso de Henry Louis Gates:

“Puedo ver fácilmente que un vecino negro llamara a la policía cuando vio al profesor Henry Louis Gates Jr. intentando abrir la puerta de su propia casa. Y también puedo visualizar a un policía negro violento o hipersensible respondiendo la llamada. Y también puedo ver cuánto tardaría en aclararse el malentendido. Pero Gates tiene una cojera que explica en parte su apodo infantil, y es educado y modesto en su comportamiento. Además, lo que le dijera al policía lo dijo en la intimidad de su propio hogar. Es extremadamente monstruoso que en esa casa fuera esposado, y después llevado al centro, después de que quedara claro que era el dueño. Sin duda, el presidente debía haber mantenido la boca cerrada sobre todo el asunto –es un oficial legal de máximo rango, con un deber de imparcialidad, no el microadministrador de nuestras disputas domésticas- pero cuando dijo que la conducta de la policía fue ‘estúpida’, debería haber seguido firme, sin prestar atención al arco iris de tonos que de manera patética y oportunista ha desplegado el Departamento de Policía de Cambridge. Es la Constitución de Estados Unidos, y no una aglomeración competitiva de comunidades y votantes, la que hace a un ciudadano soberano de su propia casa e intimidad. No hay absoluta ninguna obligación legal de ser educado en la defensa de ese derecho. Y esos derechos no se negocian con cerveza.

El color y la raza son segundas consideraciones en este caso, si son consideraciones en absoluto. Una vez me robó un hombre blanco en el Lower East Side of New York, y, cuando lo conté en comisaría, me mostraron un álbum entero de criminales negros. Lo absurdo del ejercicio no solo residía en la incapacidad de una fuerza semientrenada e inculta para creer lo que yo les contaba, sino en la certeza de que su estupidez ayudaba a que el culpable pudiera huir. El profesor Gates debería haberse apoyado en la Declaración de Derechos, y no en su epidermis o la del policía que lo arrestaba, y que él no tuviera la presencia de ánimo para hacerlo, no debería impedírnoslo a los demás”.

2.

Chavez prepara una ley para controlar a la prensa. Y anoche se conoció una disposición del Gobierno de cerrar 34 emisoras de radio.

3.

David Rothkopf ha escrito sobre 15 problemas de Oriente Medio que no se solucionarán con la deseable resolución del conflicto palestino-israelí, ni con el neceario cese de los asentamientos: desde las tensiones entre chiíes y suníes a los problemas ambientales, el poder talibán en Afganistán y Pakistán, la posible independencia de los kurdos en Iraq y Turquía, la sucesión en Etgipto, el sentimiento antioccidental o las tensiones entre Israel y sus vecinos. Y no costaría mucho pensar en otros: no habla de la situación de las mujeres o los homosexuales.

Tampoco lo hacía esta semana Mariam Abderraman Halil, directora de la Asociación de Desarrollo Familiar en Gaza, en una entrevista con Juan Miguel Muñoz sobre la guerra en la franja. Ella decía que el durísimo ataque israelí unió a la población, aunque hubo ataques y ejecuciones de miembros de Hamás a miembros de Al Fatah esos días (lo contó el propio Juan Miguel Muñoz, que llamaba quintacolumnistas a quienes los sufrían). También lo reconocía un poco después Mariam Abderraman Halil: “Estamos divididos entre quienes quieren rendirse a Israel y quienes no lo aceptaremos". Ella es simpatizante de Hamás, según la entrevista, y eché en falta que se le preguntase si pensaba los israelíes debían abandonar esa tierra o los judíos la Tierra, como dicen los estatutos de la organización.

Ben-Dror Yemini se pregunta cuántos civiles murieron en Gaza.

4.

James Campbell escribe sobre la influencia del editor Gordon Lish en el estilo de Raymond Carver.

5.

La traducción en Estados Unidos.

En la imagen, Raymond Carver.

 

¿POR QUÉ EXISTE LA PAZ?

¿POR QUÉ EXISTE LA PAZ?

 

Steven Pinker escribe sobre la paz y la violencia:

“En el último siglo, imágenes violentas de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, Camboya, Ruanda, Darfur, Iraq, y muchas otros tiempos y lugares han quedado inscritos en nuestra conciencia colectiva. Estas imágenes han llevado a una creencia común: que la tecnología, los estados nación centralizados y los valores modernos han traído una violencia sin precedentes.

Nuestros tiempos aparentemente turbulentos se presentan rutinariamente en contraste con imágenes idílicas de sociedades de cazadores-recolectores, que supuestamente vivían en un estado de armonía con la naturaleza y los demás. La doctrina del buen salvaje –la idea de que los humanos son pacíficos por naturaleza y se corrompen por la acción de las instituciones modernas- aparece con frecuencia en la escritura de intelectuales públicos como, por ejemplo, el filósofo español José Ortega y Gasset, que argumentaba que “la guerra no es un instinto, sino una invención”.

Pero ahora que los investigadores de ciencias sociales han empezado a contar cuerpos en distintos periodos históricos, han descubierto que la teoría romántica lo entiende todo al revés: lejos de volvernos más violentos, algo en la modernidad y sus instituciones culturales nos ha hecho menos violentos. En realidad, nuestros antepasados eran mucho más violentos que nosotros. De hecho, la violencia ha estado en declive durante largos periodos históricos, y ahora vivimos probablemente el momento más pacífico de nuestra especie sobre la tierra hasta ahora.

Una historia de violencia

En la década de Darfur e Iraq, esa afirmación puede parecer disparatada o incluso obscena. Pero si tenemos en cuenta las pruebas, vemos que el descenso de la violencia es un fenómeno fractal: vemos el descenso a  lo largo de milenios, siglos, décadas y años. Cuando el arqueólogo Lawrence Keeley examinó las muertes violentas entre los cazadores-recolectores contemporáneos –la mejor manera de imaginar cómo vivía la gente hace 10.000 años- descubrió que la pobabilidad de que un hombre muriera a manos de otro estaba entre el 60 % en una tribu hasta el 15 % en el extremo más pacífico. En cambio, la posibilidad de que un europeo o un estadounidense fuera asesinado por otro fue de menos de 1 % durante el siglo XX, un periodo de tiempo que incluye dos guerras mundiales. Si la tasa de mortalidad de la guerra tribal hubiera prevalecido en el siglo XX, habría habido 2.000 millones de muertos en vez los ya de por sí bastante horribles 100 millones.

Los textos antiguos revelan una asombrosa falta de miramientos por la vida humana. En la Biblia, supuesta fuente de nuestros valores morales, Dios urge a los hebreos a masacrar al último residente de una ciudad invadida: “Id y destruid completamente a ese pueblo malvado, los amalecitas”, dice un pasaje típico del libro de Samuel. “Guerread con ellos hasta que los hayáis exterminado”. La Biblia también prescribe la lapidación para castigar una larga lista de infracciones no violentas, que incluye la idolatría, la blasfemia, la homosexualidad, el adulterio, faltar al respeto a los padres, y coger madera el Sabbath. Los hebreos, por supuesto, no eran más violentos que otras tribus; uno también encuentra frecuentes proclamaciones orgullosas del genocidio en las primeras historias de los hindúes, cristianos, musulmanes y chinos.

Pero desde la Edad Media a los tiempos modernos, podemos ver una constante reducción en formas socialmente sancionadas de violencia. Muchas historias convencionales revelan que la mutilación y la tortura eran formas habituales de castigar infracciones que hoy se sancionan con una multa. En la Europa anterior a la Ilustración, crímenes como robar en una tienda o bloquear el camino real con tu carro de bueyes podía costar que te cortaran la lengua o las manos, etcétera. Muchos de esos castigos se administraban públicamente, y la crueldad era una forma popular de entretenimiento.

También tenemos muy buenas estadísticas para la historia del asesinato de uno-a-uno, porque desde hace siglos los muchos ayuntamientos europeos han registrado causas mortales. Cuando el criminólogo Manuel Eisner examinó los registros de cada pueblo, ciudad, región y nación que pudo encontrar, descubrió que la tasa de homicidios había declinado de 100 muertes al año por cada 100.000 personas a menos de una muerte por 100.000 personas en la Europa moderna.

Y desde 1945 en Euopa y América hemos visto caídas en el número de muertes por guerras civiles, disturbios étnicos y golpes militares, incluso en Sudamérica. En el mundo, el número de muertes en batalla ha caído de 65.000 por conflicto y año a menos de 2.000 en esta década. Desde el final de la Guerra Fría a principios de los años 90, hemos visto menos guerras civiles, una reducción del 90 % en el número de muertes por genocidio, y una inversión del ascenso del crimen violento de la década de 1960.

Ante estos hechos, ¿por qué tanta gente imagina que vivimos en una era de violencia y asesinato? La primera razón, yo creo, es que estamos mejor informados. Como dijo una vez James Payne, la Associated Press es mejor cronista de las guerras que se producen por el mundo que los monjes del siglo XVI.

También está en marcha una ilusión cognitiva. Los psicólogos cognitivos saben que cuanto más fácil es recordar un acontecimiento, más probable es que creamos que volverá a ocurrir. Truculentas imágenes de zonas de guerra en televisión se graban con fuego en la memoria, pero nunca vemos informes de mucha más gente que se muere en la cama en la cama a avanzada edad. Y en los dominios de la opinión y la defensa, nadie ha atraído nunca a seguidores diciendo que las cosas parecen ir a mejor. Tomados juntos, esos factores ayudan a crear una atmósfera de terror en la mente contemporánea, que sin embargo no resiste la confrontación con la realidad.

Finalmente, está el hecho de que nuestro comportamiento a menudo no se alza a la altura de nuestras crecientes expectativas. En parte, la violencia ha caído porque la gente se hartó de la carnicería y la crueldad. Es un proceso psicológico que parece seguir continuando, pero va más rápido que los cambios en el comportamiento. Así que hoy algunos de nosotros nos indignamos –y con razón- si un asesino es ejecutado en Texas por inyección letal tras 15 años de apelaciones. No consideramos que hace unos 200 años una persona podía ser quemada en la hoguera por criticar al rey tras un juicio de 10 minutos. Deberíamos mirar la pena capital como una prueba de cómo han subido nuestros estándares, en vez una evidencia de lo bajo que han caído.

Expandiendo el círculo

¿Por qué ha disminuido la violencia? Los psicólogos sociales dicen que al menos el 80 % de la gente ha fantaseado con matar a alguien que no les gusta. Y los humanos modernos todavía encuentran placer en la observación de la violencia, a juzgar por la popularidad de la novela policíaca, los dramas de Shakespeare, las películas de la serie Saw, Grand Theft Auto, y el hockey.

Lo que ha cambiado, por supuesto, es la disposición de la gente a llevar a la realidad esas fantasías. El sociólogo Norbert Elias sugirió que la modernidad europea aceleró un “proceso civilizador” señalado por aumentos de autocontrol, planificación a largo plazo y la sensibilidad hacia las ideas y los sentimientos de los demás. Éstas son las funciones que la neurociencia cognitiva atribuye al córtex prefrontal. Pero esto sólo hace que nos preguntemos por qué los humanos han ejercitado cada vez más esa parte de su celebro. Nadie sabe por qué nuestro comportamiento ha ido a parar al control de los mejores ángeles de nuestra naturaleza, pero hay cuatro sugerencias posibles.

La primera es que el filósofo del siglo XVII Thomas Hobbes tenía razón. La vida en el estado de naturaleza es desagradable, brutal y corta, no por una sed primigenia de sangre, sino por la inevitable lógica de la anarquía. Y cualquier ser con un módico interés en sí mismo podría sentirse tentado de invadir a sus vecinos y robar sus recursos. El resultante miedo a una ataque podría tentar a los vecinos a golpear primero en una autodefensa preventiva, lo que haría que el primer grupo golpease preventivamente, etcétera. Este peligro puede disminuir por medio de una política de disuasión –no golpear primero, tomar represalias si te golpean-, pero, para garantizar su credibilidad, los grupos deben vengar todos los insultos y saldar todas las cuentas, lo que produce ciclos de vendetta sangrienta.

Un estado con el monopolio de la violencia puede evitar estas tragedias. Los estados pueden infligir castigos desinteresados que eliminan los incentivos de la agresión, calmando ansiedades por un ataque preventivo y eliminando la necesidad de mantener una tendencia excesivamente propensa a las represalias. En realidad, Manuel Eisner atribuye el descenso del homicidio en Europa a la transición de sociedades de caballeros y guerreros a los gobiernos centralizados del principio de la modernidad. Y, hoy, la violencia sigue siendo enconada en zonas de anarquía, como regiones fronterizas, estados fallidos, imperios caídos y territorios disputados por bandas, gángsters y contrabandistas.

James Payne sugiere otra posibilidad: que la variable crítica de la indulgencia de la violencia responde a la idea más amplia de que la vida es barata. Cuando el dolor y la muerte temprana son elementos cotidianos de la propia vida, uno siente menos reparo a la hora de aplicárselos a otros. Conforme la eficacia tecnológica y científica alargan y mejoran nuestras vidas, le damos más valor a la vida en general.

Una tercera teoría, defendida por el periodista Robert Wright, invoca la lógica de los juegos de suma cero: escenarios en los que dos agentes pueden salir adelante si cooperan, intercambiando bienes, dividiéndose el trabajo o compartiendo los beneficios de la paz. Cuando la gente aprende conocimientos que puede compartir de forma barata con otros, a desarrollar tecnologías que les permiten gastar sus bienes e ideas sobre territorios mayores con un coste más bajo, su incentivo para cooperar de manera constante aumenta, porque los demás son ahora más valiosos vivos que muertos.

Después está el escenario dibujado por el filósofo Peter Singer. La evolución, sugiere, legó a la gente un pequeño elemento de empatía, que por defecto sólo aplican a un círculo reducido de amigos y parientes. A lo largo de milenios, los círculos morales de la gente se han extendido para abarcar comunidades cada vez más grandes: el clan, la tribu, la nación, los dos sexos, otras razas, e incluso animales. El círculo puede haber crecido por crecientes redes de reciprocidad, como propone Wright, pero también por la inexorable lógica de la regla dorada: cuanto más sabe uno de otros seres vivos, más duro es privilegiar el interés propio sobre el suyo. El ascensor de empatía puede aumentar gracias al cosmopolitismo,  el periodismo, la autobiografía, y la ficción realista que hace que la vida interior de otra gente, y la precariedad de la suerte de uno mismo en la vida, resulte más palpable: la sensación de “ese podría ser yo”.

Sean cuales sean sus causas, el descenso de la violencia tiene profundas implicaciones. No es una licencia para ser complacientes. Disfrutamos la paz que encontramos hoy porque a las generaciones pasadas les horrorizaba la violencia de su tiempo e intentaron acabar con ella, y nosotros deberíamos trabajar para terminar con la horrible violencia de nuestro tiempo. Tampoco es necesariamente una razón para ser optimista sobre el futuro inmediato, ya que el mundo nunca había tenido líderes nacionales que combinasen sensibilidades premodernas con armas modernas.

Pero el fenómeno nos obliga a pensar de nuevo nuestra idea de la violencia. La falta de humanidad del hombre hacia el hombre ha sido durante mucho tiempo un asunto que se prestaba a la moralización. Sabiendo que algo la ha rebajado dramáticamente, también podríamos tratarlo como un asunto de causa y efecto. En vez de preguntar: “¿Por qué existe la guerra?”, podríamos preguntar “¿Por qué existe la paz?”. Si nuestro comportamiento ha mejorado tanto desde los días de la Biblia, debemos estar haciendo algo bien. Y sería agradable saber qué es exactamente”.

En la imagen, Pinker.

 

GOTAS

GOTAS

 

1.

La revista francesa de literatura internacional Books dedica 6 páginas a Partes de guerra. Y ya ha salido la traducción al inglés de Enterrar a los muertos, el estupendo ensayo de Ignacio Martínez de Pisón. La traducción es de Anne McLean.

2.

A Alain de Botton no le gustó nada la reseña que le hizo Caleb Crain a su último libro, Pleasures and Sorrows of Work. En el blog del crítico, Alain de Botton escribió este comentario:

Has matado mi libro en Estados Unidos, nada menos. Son dos años de trabajo tirados a la basura. (...) Te odiaré hasta el día de mi muerte y no te deseo más que cosas malas en tu carrera. Observaré con interés y regocijo en el sufrimiento ajeno.

Alain de Botton ha dicho que pensaba que era un intercambio privado entre el crítico y él. Otro autor con mal encaje es Richard Ford, que una vez escupió a un crítico (dos años después de que apareciera el comentario de su libro), y en otra ocasión disparó al libro del reseñista.

3.

Un fragmento de Summertime, de Coetzee, que continúa Infancia y Juventud.

4.

Una lista de libros sobre Irán. Y otra.

5.

Una periodista escribe hoy, en Europa: “nunca la mujer ha tenido menos libertad para elegir su imagen”.

6.

Algunos de los libros más esperados de 2009.

En la imagen, Robles Pazos. La he tomado aquí.

 

TÓPICOS

TÓPICOS

La profesora y traductora Luz Gómez ha publicado Diccionario del islam y el islamismo. En una entrevista ha dicho cosas como éstas:

"Escribí mi tesis doctoral mientras trabajaba con islamistas. Es cierto que, en determinados momentos, me autolimitaba. Ahora bien, también te autolimitas en otras sociedades machistas, como la española, sin ir más lejos".

Sé que en España los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos. Pero no sé exactamente cuál es la sociedad de la comparación. No sé si se Luz Gómez se refiere al mundo islámico en general (donde, según decía el otro día la activista Zainab Salbi, el 40 % de las mujeres no trabaja y el 55 % no sabe leer) o los países musulmanes moderados o a los países donde se ha impuesto la ideología islamista; ni si se refiere a los países en los que impera la ley islámica la mujer es un ciudadano de segunda clase (como Irán, Pakistán o Arabia Saudí); a los estados en los que el testimonio de la mujer vale la mitad que el de un hombre; a los lugares en los que una mujer violada puede ser condenada por adúltera, en los que el adulterio se castiga con lapidación (como en Somalia, donde se ejecutó así a una chica de 13 años), en los que se azota a una mujer por pasear con un hombre que no es de su familia (como en el valle del Swat), en los que no pueden salir sin ser vigiladas (como en Arabia Saudí), en los que se producen matrimonios concertados de chicas menores de edad, en los que el crimen de honor es moneda corriente (como en Palestina, aunque también se han producido estos crímenes en comunidades inmigrantes en Europa), en los que se arroja ácido a la cara de las niñas que van a la escuela, a los países en los que el analfabetismo entre las mujeres alcanza el 71,5 % como en Pakistán o Yemen (frente a un 46,8 % y un 30,5 % entre los hombres) o el 21,5 %, como en Turquía (frente a un 5,6 % entre los hombres), según datos que publicó la ONU en 2005; o si se refiere a las áreas en las que se obliga a las mujeres (incluso a las corresponsales de los medios extranjeros, como en Irán) a llevar el velo islámico, a los lugares en los que la vida civil está dominada por los textos religiosos, como el Corán, que dice:

Los hombres son responsables de las mujeres, y DIOS los ha dotado de ciertas cualidades, y ha hecho que ganen el pan. Las mujeres justas aceptarán alegremente esto, puesto que es el mandato de DIOS, y honrarán a sus maridos en su ausencia. Si encuentras rebelión de la mujer, primero hablarás con ella, luego la abandonarás en la cama, después puedes pegarle. (4:34)

Tras esta equiparación irresponsable, que resulta algo insensible si pensamos en los millones de mujeres sojuzgadas por la religión y sus intérpretes, Luz Gómez añade unos cuantos muertos al 11-M (“un atentado como el que se produjo el 11 de marzo de 2004, con más de 200 muertos”), y tanto ella como el periodista a lo largo de todo el artículo practican una distorsión común: mezcla la crítica a la religión con el racismo (“yo no diría que exista una especial xenofobia contra los marroquíes emigrantes o contra los musulmanes en general”), el análisis de una ideología con el prejuicio hacia el que es diferente. Es una confusión peligrosa: prepara el terreno para que criticar los preceptos más repugnantes de la ideología islámica se convierta en un ataque racista a la identidad de unas personas, a las que se define antes por su religión –y por la versión de esa religión que algunos, muchas veces los más intransigentes, quieren imponer- que por su condición de seres humanos con derechos individuales.

El periodista, entretanto, aplaude: “esta profesora de la Universidad Autónoma de Madrid desmonta muchos tópicos sobre el islam”.

He tomado la imagen aquí.

 

 

CIRCUNSTANCIAS

 

 

1.

Un artículo de Félix Romeo, grabado por Pippi Tetley.

2.

Cuenta El País:

Un miembro de la ejecutiva del PNV ha expresado así sus críticas a este periódico: ‘En esas circunstancias no se puede dejar el discurso a la viuda. Fue una situación durísima. La mujer lo mezcló todo. Hizo referencias muy duras a las familias de los presos. Supongo que estaría sedada a tope. Eso lo tienen que cuidar. Es mejor que las viudas no hablen’.

En el lenguaje del miembro de la ejecutiva del PNV, “esas circunstancias” significa asesinato de un hombre por medio de una bomba lapa; “la situación durísima” son las palabras de repulsa hacia el crimen, no el crimen; y la dureza recae, en esta interpretación, sobre las familias de los terroristas encarcelados (de la mujer de la víctima se puede decir, en cambio, que estaba sedada, que no sabía lo que decía). En otro lugar, además de criticar el discurso de Patxi López por demasiado épico, un dirigente del PNV llama a posibles atentados “la tozudez de los hechos”.

Francisca Hernández, la viuda de Eduardo Puelles, había dicho: "Lo único que [los terroristas] han conseguido ha sido dejar dos huérfanos y una viuda. No van a conseguir nada más, porque, gracias a Dios, hay mucha gente como mi marido, ¡mucha!, y no van a poder con ellos". Y añadió: "Son asesinos, no son políticos, no son presos políticos, eso es mentira. Que no vengan sus familias pidiendo dinero para ir a verlos porque son presos políticos.

Pero siempre hay almas caritativas, preocupadas porque las palabras de la mujer de la víctima de un asesinato puedan ofender a la familia de los asesinos, tan delicada.

3.

El biólogo Francisco J. Ayala, supuesto defensor de la razón y la ciencia, habla de Estados Unidos:

El cristianismo conservador no representa más de un 15% de la población. Tienen visibilidad, pero no creo que tengan mucho poder. Y, claro, han tenido un presidente que los apoyaba mucho, que nombró a gente con esas ideas para puestos importantes. Pero si usted pregunta en Estados Unidos cuál es el grupo religioso con más influencia, entre la gente de la universidad, el Gobierno y los negocios, nadie señalará a los cristianos conservadores, sino a los judíos, ésos sí tienen mucha influencia.

Todos los judíos: ni siquiera los judíos religiosos, o de posiciones religiosas conservadoras (al menos entre los cristianos, por lo que se ve, el neodarwinista y el periodista distinguen entre conservadores y liberales: pero, por lo que se ve, los judíos son todos iguales), ni siquiera el lobby pro-israelí, muchas veces eufemístico pero tan socorrido tras el libro célebre y sobradamente refutado de Walt y Mearsheimer, ni siquiera distingue entre judíos religiosos y no religiosos (mayoría entre los científicos); quizá, cuando dice religioso quiere decir étnico: cuando dice que los judíos (“ésos”) controlan la universidad y el Gobierno y los negocios de Estados Unidos: sólo le falta citar Los protocolos de Sión.

En 2007, el 78,4 % de los estadounidenses se identificaba como cristiano (diferentes formas de protestantismo representaban el 51,3 %; la confesión individual con más miembros era el catolicismo: 23,9 %). Los judíos representaban el 1,7 % de la población, más que los budistas (0,7 %), los musulmanes (0,6 %) o los hinduistas (0,4 %). Los ateos y agnósticos representaban un 16 % de la población.