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Daniel Gascón

RELIGIÓN

Como cada pocos días, El País publica hoy una página sobre los católicos progresistas. Están alarmados por la deriva integrista del Papa Benedicto XVI. Entre ellos hay algunos que han defendido los derechos humanos con valentía, y su concepción de la religión está más cerca del diálogo y parece levemente más compatible con el mundo que la de los creyentes más tradicionales. Pero resulta sorprendente que un medio teóricamente laico continúe usando a los católicos aceptables, que se enfrentan a las posiciones del Vaticano y a la intransigente Conferencia Episcopal española, como puntos de referencia moral. Es una estrategia contraria al laicismo y al progreso.

El periodista cita, como argumento de autoridad en apoyo de los protagonistas de su artículo, la evaluación que el Sínodo Extraordinario de Roma hacía del Concilio Vaticano II: “ha sido una gracia de Dios y un don del Espíritu Santo, del que se han derivado muchísimos frutos espirituales para la Iglesia universal y las Iglesias particulares, así como también para los hombres de nuestra época”. La apertura de la Iglesia, como la defensa de los oprimidos en algunos lugares de Latinoamérica –en el Salvador mejor que en Nicaragua-, el reconocimiento muy tardío de numerosas barbaries o la resistencia frente al comunismo en Polonia, coinciden con ese periodo, que también ha presenciado numerosas muestras de intolerancia y barbarie por parte de la Iglesia católica (y más todavía por parte de otras confesiones). No obstante, la frase está llena de falsedades y supersticiones: el Concilio lo acordaron personas y no una gracia ni un espíritu, “frutos espirituales” es un concepto resbaladizo.

Juan José Tamayo ha declarado: “Lo que sí se puede decir es que somos los perseguidos por la defensa de la justicia que brota de la fe”. Pero ni la justicia ni su defensa brotan de la fe: son valores humanos, universales y laicos. La aseveración juega con dos barajas –los efectos positivos de la religión derivan de la fe, pero los negativos son accidentes o perversiones-, y demuestra que los teólogos progresistas comparten muchas cosas con los conservadores: unos y otros nos piden que suspendamos nuestra capacidad de raciocinio.

CHÉJOV EN BOGUÍMOVO

CHÉJOV EN BOGUÍMOVO

En el verano de 1891, Antón Chéjov alquiló una casa de verano para su familia en Boguímovo. En la década de 1890, además de viajar con regularidad a Moscú y San Petersburgo –donde tenía muchos amigos y bastantes amantes-, y de pasar varios meses en la colonia penitenciaria de Sajalín, Chéjov se dedicó a escribir para sustentar a su familia, a recibir a conocidos y novias, a fundar escuelas y a ayudar cuando las epidemias asolaban a la población. Donald Rayfield ha escrito:

“Antón estableció un régimen exigente. Se levantaba a las cuatro de la mañana, hacía café y trabajaba mientras la casa dormía hasta las once. Después paseaban, jugaban, comían, recogían setas, pescaban y descansaban. Antón volvía a sentarse a trabajar; se quedaba hasta que llegaba la noche, a las nueve. Después venían la cena, cartas, hogueras, payasadas, controversias personales y filosóficas, y visitas a los vecinos. Los lunes, martes y miércoles escribía La isla de Sajalín; los jueves, viernes y sábados, “El duelo”; los domingos componía ficciones alimenticias, como “Campesinas”, un relato de mujeres indignadas ante el relato de un viajero que les cuenta cómo condujo a la mujer de un vecino a su muerte. Mantuvo un ritmo furioso, con sólo dos o tres horas de sueño cada noche, durante tres meses, a pesar del dolor de muelas, los trastornos estomacales y la tos.”

En la imagen, la familia Chéjov con amigos. Antón está sentado y lleva una chaqueta clara.

SOBRE LA GAVIOTA

SOBRE LA GAVIOTA

Escribe Donald Rayfield en Antón Chéjov. Una vida:

"La gaviota está llena de parodias crueles. El pájaro derribado que simboliza la juventud destruida iba dirigido a El pato salvaje de Ibsen; el joven escritor Treplev, celoso del amor de su mujer, parodia a Hamlet y a Gertrude. Arkádina, la actriz de mediana edad que tiene a todos los hombres –a su hermano Sorin, su hijo Treplev y su amante Trigorin- esclavizados, caricaturiza a todas las actrices que habían disgustado alguna vez a Antón, y refleja algunos rasgos de afectación de Yavorskaia, como arrodillarse delante de Antón, al igual que Vasantasena ante Charudatta, llamándolo: “mi único”. El aburrido maestro de escuela Medvedenko remeda a Mijailov, el profesor del pueblo de Talezh, cerca de Mélijovo. El medallón que Nina le da a Trigorin con la referencia en clave a sus líneas “Si en alguna ocasión necesitas mi vida, ven y tómala” se burla de Avilova y de su medallón. El escenario junto al lago de La gaviota, la absurda muerte del pájaro, y el primer intento de suicidio de Treplev recuerdan a Levitán. El desgraciado destino de Nina, adorada por Treplev y seducida por Levitán, refleja –y, como veremos, anticipa- la historia de Lika, Antón y Potapenko.

Chéjov era sobre todo cruel consigo mismo. Trigorin, el escritor tradicional, y Treplev, el innovador, que representan movimientos viejos y nuevos, son igualmente mediocres e ineficaces, y personifican dos aspectos de Chéjov: por un lado, el seguidor analítico de Turguéniev y Tolstói, por otro un visionario poeta en prosa. Gran parte de Trigorin es Antón, con sus cañas de pescar, su aversión por las flores aromáticas y su autoflagelación. En la obra, Trigorin recibe líneas de la prosa de Chéjov (la descripción de una botella rota sobre una presa) y de sus cartas. Como Potapenko, sin embargo, Trigorin seduce y abandona a Nina; como Antón, Treplev es el hombre al que ella regresa brevemente, empeñada en su deseo de tener una carrera sobre el escenario."

En la imagen, Antón Chéjov. 

LIBROS

LIBROS

1.

Woody Allen publica Mere Anarchy , su primer libro de prosa en 25 años. Aquí puede leerse un extracto. Y así lo celebra Boyd Tonkin.

2.

"Es un gran alivio que el universo sea finalmente explicable. Empezaba a pensar que era yo."

Woody Allen

3.

"¿Debería echar más fuego en mis obras?"

"Viceversa."

Consejo de Somerset Maugham a un joven escritor.

4.

"Recuerdo clases ‘fuera de programa’ que recibí y que me parecen oportunas, como una señora que vino al colegio con una dentadura gigante para enseñarnos a limpiar los dientes. Hay cosas de urbanidad e higiene, incluida la sexual, que se deben enseñar. Aparte de eso, creo que la buena literatura, como el resto de las asignaturas humanísticas, enseñan lo que es el mundo y enseñan los valores que nos hacen mejores. Desconfiar de esto quizá sea desconfiar de nosotros mismos."

Ismael Grasa. Aquí el resto del artículo.

SEBRELI Y EL HUMANISMO

Escribe Juan José Sebreli casi al final de su magnífico ensayo El olvido de la razón (Debate, 2007):

“Los conceptos de ‘historia’, ‘sujeto’ y ‘universalidad’ se apagaron en el siglo XX tardío ante el avance del estructuralismo y el postestructuralismo, y también, aunque por otros motivos, del positivismo y el neopositivismo. El declive del paradigma estructuralista en el cambio de siglo abrió la posibilidad a nuevas alternativas, hasta entonces olvidadas; pero, al mismo tiempo, acechaban otros peligros. Los largos años de relativismo cultural dejaron desarmado al pensamiento racionalista y democrático para enfrentarse al auge actual del fanatismo y la violencia de los fundamentalismos religiosos, raciales y étnicos, que provienen tanto de Oriente como del propio interior de Occidente, coincidentes, todos ellos, en su odio a la modernidad y la secularización y, bajo el nombre nuevo de ‘multiculturalismo’, la defensa anacrónica de formas de vida arcaicas.

El pensamiento racional y crítico está hoy acorralado entre dos fuegos: contra los dogmatismos fundamentalistas debe reivindicar la libertad de expresión, el diálogo democrático, la pluralidad. A la vez, contra el relativismo debe admitir que no todas las opciones tienen idéntica validez; que hay algunos valores, como la libertad y la igualdad, por encima de otros. Si se niega, como hace el relativismo, todo criterio de valoración sobre los distintos sistemas éticos, se terminan aceptando, en nombre de la tolerancia ‘multiculturalista’, opresiones, estupideces y crímenes característicos de determinadas identidades culturales. Las libertades individuales y los derechos humanos, bajo la égida del relativismo, corren el peligro de dejar de ser inalienables, como ya lo admitiera el propio Lévi-Strauss.  

La fundamentación objetiva de los valores es un problema difícil de solucionar en una sociedad democrática y laica que desecha legitimarse por lo trascendente o por una esencia humana idiosincrásica prefijada y, a la vez, no acepta el relativismo esencial de los valores negadores de la universalidad de la razón y la objetividad de lo verdadero y lo justo.

En el combate contra el relativismo y el escepticismo es inevitable encontrarse con compañeros de ruta inquietantes: el neoconservadurismo inspirado en Leo Strauss , el elitismo culturalista de Allan Bloom , el fundamentalismo evangelista o la teología católica de Joseph Ratzinger.

Los relativistas que, apelando a estas coincidencias, desvalorizan el antirrelativismo racionalista incurren en una serie de falacias. Una de ellas, la falacia de composición, presupone que la coincidencia en una de las partes implicaría la coincidencia del todo. La otra falacia es la de la mala compañía, que cuestiona una idea si es sostenida por personajes o entidades desprestigiadas, eludiendo así tener que argumentar para refutarla.

El uso de estas falacias consigue reacciones emocionales, cierto impacto psicológico, pero carece de toda validez lógica. Del acuerdo en las conclusiones no puede inferirse que lo haya también en la premisa, se confunde una premisa posible con una necesaria y se ignoran otras opciones que, fuera de la tradición y la religión, nieguen el relativismo.”

LA VIDA COTIDIANA

LA VIDA COTIDIANA

Cuando volvió del baño, Raquel seguía dormida. Le sorprendió encontrarla en esa habitación, le extrañó ver sobre la almohada su melena rubia en lugar del pelo corto y negro de Susana. Sergio miró la ropa interior con dibujos de melocotones y fresas de Raquel y comprobó la hora en el móvil. Eran las diez de la mañana: tenía que limpiar la casa, y trabajar un poco antes de que llegase Susana, que había pasado dos semanas de vacaciones en la playa con su familia.

Por la ventana se colaban los ruidos de la ciudad y se filtraba el calor de una mañana de agosto. Sergio tenía resaca. Llevaba varias semanas intentando ligarse a Raquel: se habían conocido en el Instituto de Idiomas. Raquel había roto con su novio, y Sergio le había dicho que su relación con Susana, su novia desde hacía tres años, estaba en un impasse. Creía que esa palabra podía definir a cualquier pareja en cualquier momento; además, desde que se había independizado, estaba un poco molesto con Susana, que siempre parecía venir a su nuevo piso a disgusto. Raquel y Sergio habían visto una película juntos; el jueves habían ido a la piscina por la mañana. Estaba casi vacía y Raquel había hecho unas demostraciones de habilidades acuáticas sólo para él. El día anterior Sergio había ido a buscarla a la salida de la academia en la que trabajaba y se habían ido a tomar unas copas.

Raquel se tapaba con la sábana. En eso, como en el lado de la cama que prefería ocupar, era distinta de Susana, aunque a las dos les gustase nadar y hacer trabajos de artesanía. Sergio se tumbó junto a Raquel, levantó un poco las sábanas y miró su cuerpo. En la espalda, a la derecha y justo encima del final de la raja del culo, tenía un tatuaje. Le pasó el brazo por encima: le dijo que tenía que levantarse. Raquel sonrió con los ojos cerrados, puso la mano de Sergio sobre uno de sus pechos.

 

    Sergio se estaba vistiendo cuando encontró la mancha de sangre sobre la cama. Raquel volvió de la ducha y dijo que le debía quedar un poco de regla, no se había dado cuenta. Sergio contestó que no pasaba nada: tendría que lavar las sábanas antes de que llegase Susana. Raquel se sentó al borde de la cama y encendió un cigarrillo: Sergio recordó que debía ventilar las ventanas y vaciar los ceniceros. Si no, tendría que decirle a Susana que había vuelto a fumar.

-¿Te apetece desayunar? –preguntó.

-Bueno –hizo una pausa-. ¿Tienes chocolate?

-No, creo que no.

-Me apetece un chocolate con churros. ¿Sabes si hay algún sitio por aquí cerquita?

Sergio dijo que sí, que había un sitio estupendo en la misma manzana. No le apetecía mucho ir: era un bar que frecuentaba con Susana, y le dio miedo que la camarera o alguno de los clientes lo reconociera. Abrió las ventanas y puso las sábanas en la lavadora. Hizo un nudo a los preservativos antes de meterlos en la bolsa de Sabeco: era lo que hacía Susana.

Tiró la bolsa en la papelera que había a la puerta de casa. Pensó en comprar los periódicos en el kiosco, pero sería un poco grosero leer mientras desayunaba con Raquel. Los compraría más tarde, cuando ya se hubieran despedido.

-¿Tienes un cigarrillo? –le preguntó a Raquel.

 

Sergio terminó de traducir el artículo a la hora de comer. Tomó gazpacho y un poco de longaniza. Puso en la cama las sábanas limpias. Había pensado en echarse una siesta –Susana se pasaría por su casa a las ocho, quizás luego fueran a cenar o al cine- pero no tenía sueño. Se sentía culpable. ¿Por qué había ido a la Hípica con Raquel? Susana siempre lo invitaba a ir a la playa y a la piscina, durante varios veranos había trabajado de socorrista en la piscina de Valdefierro, y a él siempre le había dado pereza acompañarla. Por supuesto, había ido algunas veces, pero a regañadientes. Y en cambio, esa misma semana se había sentido muy a gusto mientras Raquel le enseñaba cómo hacía volteretas, y después se había metido en el agua con ella y habían hecho carreras e incluso se habían besado por primera vez cerca de la escalerilla. El problema no era que hubiera sido infiel, sino que no sabía valorar lo que tenía: era incapaz de apreciar las cosas hermosas de la vida.

En ese momento le llegó un mensaje de Raquel al móvil. “Ya estoy en casita. Estoy cansada pero contenta. Un besito”. Había algo ridículo en esos diminutivos: tuvo la sensación de haberse acostado con una adolescente. Raquel era divertida y muy guapa, y tenía una peca en el ojo izquierdo, pero le dio mucha pereza volver a verla. Tampoco estaba seguro de que no fuera a cambiar de opinión, y le mandó un mensaje sobrio pero afectuoso: tuvo que escribirlo tres veces.

Seguro que Susana nadaba mucho mejor que Raquel, y seguro que habría estado encantada de bañarse con él. Cuando desayunaban en el bar los domingos, Susana leía los suplementos semanales y las páginas de Economía y le explicaba noticias de la bolsa. Raquel no entendía nada de eso, y, a diferencia de Susana, no había llevado los vasos a la barra antes de marcharse.

Pensó en lo importante que había sido Susana para él en una época. Cuando subía las escaleras de su casa hablaba solo como si le contase cosas que le habían pasado, y durante el primer año en que salieron juntos él había señalado en el calendario todos los días que se vieron. Buscó en el cajón donde guardaba las cartas de Susana, los sms que apuntaba al principio de su relación, y algunos regalos y fotos. Era como si viera las pertenencias de otra persona: muchas cosas le daban vergüenza, le parecían ingenuas. Encontró un cuaderno hecho a mano, de color verde, con papel reciclado. Era difícil escribir en él: Susana, que lo había hecho, no estaba acostumbrada a tomar notas. Pero era muy bonito, y el color de la portada hacía juego con los ojos de Susana.

Sergio recordó que una vez Susana le había regalado un atril para su cumpleaños.

-¿Qué crees? ¿Que soy un cura?

Los dos se rieron, pero Sergio pensó que era un regalo absurdo. Ahora llevaba un año trabajando de traductor: utilizaba el atril cada día y lo llevaba a todas partes. Sergio cogió el cuaderno y escribió la fecha y apunto una frase que había traducido por la mañana: “Hay algo muy emocionante en la vida cotidiana”. Pensó que era un tributo a Susana, y que se había dado cuenta de algo importante. En la segunda página apuntó el principio de un cuento: después, dejó el cuaderno encima del escritorio. Era un lugar discreto, pero estaba seguro de que Susana se daría cuenta.

 

Susana estaba morena y guapísima. Cenaron en un restaurante japonés que había cerca de casa de Sergio: Susana dijo que habían sido unas buenas vacaciones, que había ido a bucear con su hermana, y que le había encantado la experiencia.

-Tiene buena pinta –dijo Sergio, y Susana lo miró un poco sorprendida.

Tomaron un gin-tonic y luego subieron a casa de Sergio. Todo estaba muy limpio y en orden. Sergio se sentó en la silla, y puso a Susana en sus rodillas. Le metió la mano por debajo de la camiseta y empezó a acariciarle la espalda. A él le encantaba, y a ella también.

Susana le contaba historias de su familia y a Sergio le parecían menos aburridas que de costumbre. Incluso le cayó bien el profesor de submarinismo con el que se había enrollado la hermana de Susana. Ella le preguntó qué había hecho y él le dijo que lo de siempre: leer, buscar palabras en el diccionario y matarse a pajas. Susana se echó a reír.

-Mira que eres bruto.

Sergio se levantó y fue a buscar un CD. Tenía dos o tres en la mano cuando escuchó la pregunta de Susana:

-¿Y esto?

Susana había cogido el cuaderno. Sergio se dio cuenta de que Susana no conocía la libreta, y recordó de repente a Alicia, la camarera altísima que se la había regalado.

-Es un cuaderno muy bonito –dijo Susana.

-Gracias.

-Aunque es más de mi estilo, ¿no?

Sergio asintió, la besó en la boca y le dijo que el color de la portada hacía juego con sus ojos.

Este relato de Daniel Gascón apareció en la revista Capúzame. La fotografía es de Philippa Tetley.

ENTREVISTA

Hoy publica Heraldo de Aragón una entrevista con Sergó Mikoyán. Mikoyán ha escrito un libro sobre la crisis de los misiles en 1962, es investigador en la Academia de las Ciencias de Rusia y da clases en Estados Unidos. Es hijo de Ansatas Mikoyán, que fue presidente de la URSS entre 1964 y 1965. Estos son algunos momentos de una entrevista en la que Mikoyán defiende la Guerra Fría, que estuvo a punto de hacer saltar el mundo por los aires, el totalitarismo imperialista de la Unión Soviética y la dictadura cubana.

1.

“¿Qué es lo que recuerda con más y con menos agrado de la URSS?

Para responder se necesita un libro. En cualquier caso, ocurrían cosas buenas, como los intentos de reforma de Khruschev, y malas, como los fusilamientos y los arrestos de la época de Stalin”.

El cálculo mínimo de las víctimas mortales de Stalin alcanza los 20 millones de personas.

2.

“[Fidel Castro] es una persona muy noble y cabezona, pero muy sincera y franca. Y muy valiente”.

El control de los medios o la persecución a los disidentes podrían hacer dudar de la franqueza del dictador. Sus crímenes podrían hacer pensar que no es una persona del todo noble, aunque nadie duda de su cabezonería. Sobre la opacidad respecto a su salud, que parece desmentir esa sinceridad, Mikoyán encuentra pronto una explicación: la culpa es de Estados Unidos.

3.

“[El Che] sentía y comprendía la injusticia en cualquier lugar y no buscaba nada para sí mismo”.

Tuvo más problemas para comprenderla en Argentina, y prefirió llevar la revolución antes a otros países. También tuvo ciertos problemas para reconocer la injusticia cuando la cometía él mismo .

4.

A la falsificación cínica y a la ceguera ideológica se añaden unas gotas de machismo cuando Mikoyán le dice a la periodista: “Estoy seguro de que si usted hubiera conocido al Che se habría enamorado de él”.

LA CULPA DE OCCIDENTE

LA CULPA DE OCCIDENTE

Escribe Pascal Bruckner en La tyrannie de la pénitence :

 

"Nosotros, los euroamericanos, no tendríamos otra obligación que expiar sin fin lo que hemos infligido a otras partes de la humanidad. ¿Cómo no ver que precisamente por eso mismo nos convertimos en los rentistas de la denuncia de nosotros mismos, que sentimos un orgullo singular de ser los peores? La denigración de uno mismo disimula a duras penas una glorificación indirecta. El mal sólo puede venir de nosotros; los demás hombres son impulsados por la simpatía, la benevolencia, el candor. Paternalismo de la mala conciencia: creerse los reyes de la infamia significa continuar en la cima de la historia. Lo sabemos desde Freud: el masoquismo no es sino un sadismo invertido, una pasión de dominar que se vuelve contra uno mismo. Europa sigue siendo mesiánica de un modo menor, militante de su propia debilidad, exportadora de humildad y prudencia. Su aparente desprecio de ella misma oculta muy mal una infatuación evidente. No admite la barbarie si no es para ella misma, es su orgullo, pero en los otros la discute, encuentra circunstancias atenuantes (lo que es una manera de negarles toda responsabilidad)."

En la imagen, Bruckner.