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Daniel Gascón

Reseñas

LA FLECHA EN EL AIRE

Durante muchos años, cada vez que en casa de mis padres el nombre de Ismael Grasa salía en la conversación, mis hermanos decían: Ese es el que se metió en el Ebro. Un día, después de jugar un partido en la Almozara, Ismael se metió en el río y se ganó para siempre la admiración de mis hermanos. Ahora me doy cuenta de que ese arrebato fue una clase de filosofía, donde Ismael grasa explicaba la famosa frase de Heráclito que dice que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río.

Como sabéis, La flecha en el aire habla de un escritor que un día ve un anuncio en el periódico, donde dicen que se busca un filósofo. El escritor, que estudió la carrera de filosofía pero ha vivido un poco alejado de la disciplina académica, responde el anuncio. Para evitar el suspense, diré que le dieron el trabajo. La flecha en el aire es el cuaderno de notas de un profesor, los apuntes tomados después de las clases, la preparación, las conversaciones con los compañeros, con su novia o con algunos amigos. Pero también es una reflexión sobre la educación y una meditación sobre la materia que se imparte, y una especie de filtro: un diálogo entre los clásicos del pensamiento, los alumnos, los profesores, los periódicos, las nuevas asignaturas: el mundo visto a través de una clase de filosofía en secundaria. Jean Renoir decía que en los rodajes había que dejar siempre una puerta abierta, por si de repente aparecía alguien. Ismael Grasa hace algo parecido en su clase, y La flecha en el aire es también un comentario sobre muchos asuntos de actualidad: sobre la evolución humana, sobre la homosexualidad, el feminismo, el velo islámico, la autoridad de los profesores.

La flecha en el aire toma el título de una aporía de Zenón de Elea. Pero también tiene que ver con lo que muestra el libro: un tipo pensando todo el tiempo, volviendo a veces sobre los mismos temas, enfrentando sus argumentos con los de los otros, con una mezcla inusual de humildad y perspicacia. Describe una forma de estar en el mundo, una actitud ante la vida.

Es una defensa de la libertad, de nuestra autonomía y de nuestra responsabilidad. Ismael Grasa es consciente de la complejidad de las cosas, pero su libro también es una defensa de las distinciones esenciales: “En libertad, lo complejo se asienta sobre lo sencillo, empezando por la confianza en las otras personas y la creencia de que alguien, en algún momento, está diciendo la verdad”, dice.

Algunos de los momentos más disfrutables del libro se producen cuando Ismael destruye algunas ideas bobas que tienen o han tenido mucho éxito. Por ejemplo, en un momento los profesores hablan de si en el comedor debería haber un menú especial para estudiantes que no comieran carne de cerdo por razones religiosas, y el narrador reprocha a uno de sus colegas que en clase explique la composición de la materia y en el comedor atribuya propiedades mágicas a la materia. Explica que el intelectual es una figura que acaba yendo contra los libros y habla del prestigio de los ágrafos, desde Sócrates a Jesucristo. Su defensa del individuo, como una idea o una potencialidad, hace que rechace también esa idea que oímos a veces, cuando se lamenta que una tribu de la selva entre en contacto con la civilización, como si hubiera que preservar reservas humanas. También ataca la personificación o deificación de la naturaleza. Es algo que vemos todos los días en el periódico, cuando el océano Pacífico se venga, o cuando la tierra nos castiga por sus agresiones. Por todo eso, en cierto modo, La flecha en el aire es un libro de combate, donde las armas de Ismael, aparte de la cortesía, que también se manifiesta en una prosa diáfana, son el rigor intelectual, el sentido del humor y el respeto al individuo.

El libro es una reflexión en marcha, pero no es sentencioso. Entre otras cosas, porque siempre es consciente de que puede equivocarse. Es self-deprecating. Y también desconfía mucho de quienes afirman estar por encima de los demás, de las minorías autodesignadas que dicen que los demás están manipulados. Sus observaciones están matizadas por la ironía y la duda, pero muchas veces son contundentes y muy atrevidas. Por ejemplo, un capítulo analiza brillantemente el marxismo y el viejo argumento que dice que los crímenes del comunismo son desviaciones o malas ejecuciones de la teoría Ismael Grasa enumera algunas propuestas del marxismo y concluye que, quizá, Stalin fue mucho mejor intérprete de Marx de lo que normalmente se piensa. Otras veces hemos leído que, en los debates sobre la existencia de Dios, el que tiene algo que demostrar es el creyente. Pero lo que dice Ismael en el libro lo he escuchado menos veces: “Reconocer que existe un ámbito religioso es ya un hecho religioso. La libertad de culto o el respeto a las creencias religiosas deberían considerarse ya implícitos en derechos reconocidos como el de la libertad de expresión, de conciencia o de reunión. Todos estaríamos así más protegidos”.

La flecha en el aire no es solo un programa negativo, sino que es una defensa de la libertad, del aprendizaje y de la razón. También una apología del individuo y la democracia, que no son fines, sino garantías, proyectos de mejora constante. Ismael cree en los valores universales y en la dignidad de todos los seres humanos. También en la relevancia de los símbolos, en la importancia de la filosofía, para, entre otras cosas, protegernos de los peligros del cientifismo y para participar en los debates que se producen en una sociedad democrática.

En cierta manera, y con las actualizaciones pertinentes, es un ideario que tiene que ver con la Ilustración. El autor dice en el prólogo que sabe perfectamente que no son ideas que él presente por primera vez. Pero pocas veces he visto que esos principios aparezcan formulados de una forma tan clara y elegante.

Además de la reivindicación de lo que Ismael llama “el brote verde” de la teoría y de los valores universales, La flecha en el aire también otro elemento de la Ilustración: el empirismo. Y al leerla he pensado en Orwell. En el libro aparece, por ejemplo 1984, pero no he pensado tanto en esa novela, sino más bien en sus libro reportaje: en Sin blanca en París y Londres, en sus artículos, incluso en Homenaje a Cataluña. Sé que, aunque ser profesor es complicado, es más arriesgado irse a una guerra que dar clase de Bachillerato, pero el libro también tiene claramente ese aspecto práctico, de experiencia cotidiana y de conocimiento de primera mano. A partir de una cita de Aristóteles, que dice que la medida de la virtud no es otra que el hombre bueno, Ismael cuenta que no le gustan las alegorías, o esos cuadros que son una representación: La flecha en el aire es la descripción de una actividad práctica, un libro sobre un oficio.

Es también la anatomía de un ecosistema: el aula, con sus debates, con las protestas de los alumnos, los otros profesores. Una de sus características es que Ismael Grasa evita el paternalismo o la condescendencia, y corrige a sus alumnos cuando cree que se equivocan, movido por el respeto hacia ellos y hacia la actividad que realizan. Por ejemplo, explica que “la esencia de la educación es que no es democrática, como tampoco es democrática una familia. Se fundamenta en el afecto y en el amor a la libertad, pero se expresa mediante normas y el ejercicio de la autoridad”. Que haya que decir esto puede resultarle extraño a alguien que no haya hecho el CAP, pero también sirve para recordar que Ismael Grasa no es un libertario o un radical libre, por decirlo nutricionalmente, sino alguien que sabe que son las normas y las leyes las que garantizan nuestra libertad.

Y uno de los aspectos más interesantes es la transformación del escritor en un profesor de filosofía. Lo vemos leyendo los nuevos manuales, cuestionando la asignatura de Educación para la Ciudadanía, o haciendo problemas de lógica en casa. Lo vemos disfrutar de las pasiones intelectuales, porque La flecha en el aire también es un libro sobre el placer del pensamiento. Lo vemos sufrir cuando una clase se le va de las manos, o cuando un debate se convierte en la excusa para que los alumnos expresen prejuicios homófobos o racistas. Y también lo vemos sobre todo cuestionando sus responsabilidades como docente: por ejemplo, a veces tiene la impresión de que se emborracha de balón. Habla de Nietzsche, Hegel o Freud, que no son filósofos que le gusten, pero se da cuenta de que seducen a los alumnos. Y él se enardece un poco, se luce, y luego se pregunta si se ha equivocado. En varios momentos, Ismael –que siempre parece un docente concienzudo- acepta su nueva ocupación, se convierte en el profesor de filosofía. Esa novela de aprendizaje es una de las subtramas del libro, y tiene grandes momentos. En un capítulo, que se titula “Segunda bata”, cuenta que su bata está sucia y que normalmente espera que llegue un puente para lavarla. Se negaba a comprar una segunda bata, porque le parecía que eso daría un aire definitivo a su trabajo. Y, atención espoiler, se compra una segunda bata. También se da cuenta de que los alumnos son muy conservadores hacia sus profesores. Descubre debe ir bien vestido al colegio y empieza a dar clase con corbata.

Al margen de que Ismael y Gay Talese son los dos escritores más elegantes de la literatura contemporánea, esa transformación es muy emocionante. Y afecta a todos los órdenes de la vida, como en un capítulo en el que Ismael Grasa se enfrenta a un desodorante nuevo:

En la etiqueta, en letras grandes, se lee: ‘Te calma’. Tengo que reconocer que esto me molesta un poco, el hecho de que haya que presuponer que un varón adulto, en la sociedad de hoy, necesite calmarse. Parece darse por hecho que un habitante de una sociedad regida por el libre mercado es alguien que vive en un estado nervioso descompuesto. Y que además ha de reconocerlo públicamente, eligiendo en la estantería del supermercado, a la vista de todos, el bote de desodorante que anuncia propiedades de sedación. A menudo se nos pretende hacer admitir el tópico de que el modo de vida de la ciudad nos aparta del ocio y la serenidad, cuando es precisamente la ciudad –y los electrodomésticos, entre otras cosas- lo que nos ha proporcionado eso que llamamos ocio –los índices más altos de lectura en España coinciden con los de las ciudades más grandes, una pauta que se repite en todo el mundo-, y quizá, incluso, cierta calma y reposo. El pensamiento y la ciencia, las llamadas disciplinas contemplativas, nacen en ciudades, no en zonas rurales. ¿Por qué dar por hecho, como hacen tantos anuncios publicitarios, que nuestra vida en las ciudades es inauténtica, cuando no abiertamente culpable?

Según cierta visión de la masculinidad, encontrable en lugares como México, decir a un varón que se calme, sin venir a cuento, se entiende como insolencia grave, algo que incluso a uno le puede costar la vida. Tal vez no haya que llegar tan lejos, pero, en todo caso, el reconocimiento de la propia neurosis, el admitir que vivimos en un estado nervioso trastornado, eso que a veces se ha llamado ‘el antihéroe’, es algo que nos sirve para hacer comedias en el cine, pero que no tiene por qué ser necesariamente adoptado como un modelo de comportamiento universal. Yo, en todo caso, no me resigno a que mi desodorante me diga que necesito calmarme.

En unas pocas líneas, Ismael Grasa parte de un detalle cotidiano y hace una reflexión sobre la civilización, realiza una excursión histórica y otra geográfica, hace una observación estética y vuelve al detalle cotidiano. Además, nos ha hecho sonreír tres o cuatro veces.   La flecha en el aire tiene muchos momentos como este, que la convierten es otro de mis géneros favoritos: el thriller de acción mental. Por otra parte es un libro que tiene algo optimista y liberador, de confianza en la bondad, la educación y la autonomía de los individuos y en nuestra capacidad de ser mejores. Decía Stendhal que el buen razonamiento ofende, pero, aunque La flecha en el aire está lleno de buenos razonamientos, a mí me produce felicidad. El único poso de melancolía que deja un texto donde se habla bastante del viajar en el tiempo es no haber ido a la clase de Ismael Grasa.

Pero, como ya he apuntado, una de las ideas del libro es la importancia de decir las cosas, de la fuerza de las palabras y los símbolos, de las formas. Ismael Grasa escribe varias veces en el libro que es importante decir las cosas, y yo estoy de acuerdo: creo que La flecha en el aire dice cosas esenciales y que las dice de una manera iluminadora y profundamente emocionante.

Texto de la presentación de La flecha en el aire en la librería Antígona, en Zaragoza. He tomado las imágenes aquí y aquí.

AMOR, HUESOS Y CARRETERA

‘Alerta Bécquer’ (Alba joven, 2011), la nueva novela de Miguel Mena (Madrid, 1959), es un thriller humorístico y una road-movie por la España interior. Eduardo está enamorado de Dafne, una estudiante de Bellas Artes aficionada a la poesía romántica y apasionada por lo gótico. Para impresionarla, decide sacar los huesos de Gustavo Adolfo Bécquer de su sepulcro y enterrarlos en Trasmoz, cuyo cementerio inspiró al sevillano “la más bella reflexión sobre la vida y la muerte”, según Dafne. Eduardo y su amigo Óscar pierden el cráneo del poeta y recorren cientos de kilómetros en su busca, mientras Dafne sospecha que su novio le oculta algo, un periodista desata la alarma con especulaciones delirantes sobre el misterio de Bécquer, un inspector a punto de jubilarse investiga el caso siguiendo las intuiciones de su mujer, y un rapsoda aprovecha la moda becqueriana para sacar dinero a las instituciones.

Los textos de Bécquer no son la única referencia literaria de la novela. Los personajes tienen algo de Quijote y Sancho, y se encuentran con el Gran Festival Cervantino de Tomelloso, donde los policías sufren a menudo el síndrome de Plinio, producido por la ingesta de vodka y la lectura de las novelas del escritor local Francisco García Pavón. También aparecen ‘Los amantes de Teruel’ y personajes de Shakespeare y ‘La Celestina’. Óscar y Eduardo persiguen el cráneo en una España llena de monumentos y recreaciones históricas: su locura no parece tan extraña en un territorio obsesionado por revivir el pasado.

La novela de Mena a la que más se parece ‘Alerta Bécquer’ es ‘Bendita calamidad’, que sacó Mira en 1994 y ha tenido varias reimpresiones. Son relatos que se basan en la torpeza de los protagonistas, en el enredo y el malentendido, donde el autor demuestra una admirable habilidad para jugar con varias tramas a la vez, para utilizar los tópicos a su manera (desde los clichés románticos a la leyenda de la chica de la curva) y para alternar los momentos de comedia con los episodios de acción y suspense. ‘Alerta Bécquer’ se lee de un tirón, sabe hacer humanos a unos personajes casi de tebeo y encierra tras su aspecto amable una crítica del periodismo más bobo y una defensa de la ingenuidad amorosa. Pero en este libro también encontramos elementos que Mena ha abordado en otras ocasiones: al rapto del cadáver de Bécquer y al del obispo de Tarazona hay que sumar la recreación del secuestro de Quini en ‘Días sin tregua’ (Destino, 2006), la mezcla de un humor blanco con cierta fascinación necrófila, y una manera especial de entender los viajes, los espacios y sus peculiaridades que aparece en libros como ‘Paisaje del ciclista’ (Mira, 1993) y ‘1863 pasos’ (Xordica, 2005). Miguel Mena ha escrito una novela de humor y aventuras que también es un regreso a muchos de los temas que le apasionan y que forman su mundo literario.

‘Alerta Bécquer’. Miguel Mena. Alba joven, Barcelona, 2011. 161 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo. He tomado la imagen aquí.

EL DÍA DE MAÑANA

El día de mañana, la nueva novela de Ignacio Martínez de Pisón, cuenta la historia de Justo Gil Tello, un joven emigrante que llega a Barcelona desde un pueblo aragonés y acaba siendo confidente de la policía franquista, a través de la mirada de una docena de personajes. Es un relato sobre la degradación moral y la obsesión, una reflexión sobre la naturaleza escurridiza e inaprensible de los seres humanos, y también una novela sobre los años finales del franquismo y la transición.

Es la novela más redonda de Ignacio Martínez de Pisón, y la que más recuerda a Mario Vargas Llosa: por la amplitud, la multiplicidad de perspectivas y la forma de organizarlas, por la violencia y la sordidez de algunos aspectos de la trama, por cierta manera de mezclar los conflictos personales y políticos y por la relación de la Historia con mayúsculas y la vida privada de los protagonistas. Pisón había jugado con esa interacción en otros libros: la agonía de Franco en Carreteras secundarias, el 23-F en El tiempo de las mujeres, la Guerra Civil y la posguerra en Dientes de leche. Pero los elementos históricos –el encierro de Montserrat, el papel de la Iglesia, la clandestinidad comunista o los movimientos de ultraderecha- desempeñan un papel más constante y central en este relato, que en muchos aspectos también está cerca de Enterrar a los muertos, su admirable ensayo sobre Robles Pazos.

El pulso narrativo, el sentido del humor, la claridad y limpieza de la escritura y la forma de tratar el paso del tiempo y los cambios del clima emocional a lo largo de los años son virtudes características de Pisón que también están en El día de mañana. La multiplicidad de puntos de vista–un tipo del pueblo que acogió a Justo, el policía que lo contrata, una chica que trabajaba en la misma empresa que él, un comunista, una chica con la que empezó un negocio- da aristas y amplitud a un relato complejo y sembrado de temas recurrentes, casi musicales. La abundante documentación no es intrusiva y confiere verosimilitud a la historia. La época y la ciudad no se retratan solo a través de los grandes acontecimientos, como en una mala novela histórica, sino también a través de lo doméstico, de las vidas de los personajes que, mientras cuentan su relación con Justo, también explican su biografía: un paisaje emocionante y humano de familias rotas que intentan salir adelante, de mujeres que tratan de reinventarse, de niños enfermos y romances incipientes, de tiendas de barrio y timadores, de teatro amateur, gauche divine y orfanatos, de bares de moda y empresas familiares, de recién llegados ambiciosos e hijos calaveras, de productos milagro, efervescencia esotérica y vertiginosas conversiones políticas. Tanto los personajes secundarios como el elusivo protagonista son personajes únicos, con ambiciones y rarezas, y construyen un fresco basado en la individualidad del ser humano.

En algunas cosas, Pisón me recuerda a Ian McEwan. Los dos empezaron siendo más cuentistas que novelistas. Han cambiado una atmósfera inquietante –la de los primeros libros de McEwan o del relato “Siempre hay un perro al acecho”- por una novela que busca la precisión expositiva e intenta iluminar aspectos de la realidad -la ciencia, la historia-, aunque en los dos existe una debilidad por el idilio familiar, a menudo amenazado o, sobre todo en Pisón, resquebrajado. Los dos han alternado novelas ambiciosas –Sábado, Expiación, Carreteras secundarias- con piezas breves –Chesil Beach, María bonita. Los dos escriben una literatura accesible y de calidad. Y, sobre todo, los dos tienen algo de grandes artesanos: son maestros en el manejo riguroso de la narración y nunca se sitúan por encima de sus historias. La discreción de Pisón –que se ve hasta en los títulos de sus libros- no debería engañarnos. Como en un saltador que no celebra mucho la superación una nueva altura, es el pudor natural de quien no puede conformarse con nada que esté por debajo de la excelencia.

DESDE RUSIA CON AMOR

E. H. Carr (1892-1982) escribió mucho sobre Rusia: publicó una ‘Historia de la Rusia Soviética’ en 14 tomos, biografías de Bakunin y Dostoievski y varios estudios sobre la revolución bolchevique. Partidario de la política de apaciguamiento de Hitler en los años 30, a partir de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un apologista de la URSS.

Anagrama ha reeditado ‘Los exiliados románticos’ (1933), que cuenta las andanzas de un puñado de revolucionarios rusos en la Europa del siglo XIX. Socialistas, liberales y anarquistas, participaron en los debates y las revueltas de su tiempo e intentaron modernizar su país desde fuera. Los ideales románticos no solo influían en sus posiciones políticas, sino también en su propia vida: leían a Sand y Rousseau, y exaltaban los sentimientos. Carr traza un panorama de amoríos y conspiraciones, a partir de las cartas, los diarios y las memorias de sus protagonistas. Tiene personajes maravillosos: la suicida Liza Herzen; el agitador infatigable y perpetuo sablista Bakunin; Nechaev, creador de sociedades secretas y asesino que inspiró la trama de ‘Los demonios’ de Dostoievski; o Roman, un agente de la policía secreta que se encariñó con su presa, Bakunin.

La figura más importante del libro es la de Aleksandr Herzen (1812-1870). Menos romántico y más irónico que otros de los personajes, fue uno de los grandes escritores políticos de su época y produjo unas hermosas memorias: pueden leerse partes en ‘Pasado y pensamientos’ (Tecnos, 1994) y ‘Crónica de un drama familiar’ (Alba, 2006). Herzen era hijo ilegítimo de un aristócrata y dejó su país con su familia en 1847. La ayuda de Rothschild le permitió salvar su fortuna de la expropiación y se convirtió en mecenas de agitadores. En 1848 lo decepcionó la actuación de la burguesía francesa. Se llevó otro disgusto cuando su mujer  y su amigo, el poeta e inepto revolucionario Herwegh, se enamoraron. Ella murió poco después, tras unos episodios desgarradores de celos, mentiras y tensiones entre los impulsos del marido engañado y su respeto a la autonomía personal. Herzen perdió a su madre y a un hijo en un naufragio. Fue algo más feliz en Inglaterra, donde en 1857 comenzó a editar junto a su amigo Ogarev una revista muy influyente, ‘La Campana’. Se formó un nuevo triángulo: Herzen inició una relación sentimental con la mujer de Ogarev; Ogarev se enamoró de una prostituta.

Herzen defendía un socialismo “libre”, agrario y semianarquista; valoraba la libertad individual por encima de todo, despreciaba a Marx y odiaba la tiranía. Creía en la revolución, pero desconfiaba de los ideales abstractos. Su apoyo a las reformas de Alejandro II lo enfrentó a los radicales y la posición de ‘La Campana’ durante la revolución polaca lo hizo impopular: era un hombre del pasado. Lo convirtió en un héroe el régimen comunista, otra encarnación del despotismo contra el que había luchado durante toda su vida.

‘Los exiliados románticos’ es un ensayo brillante, lleno de información y chismes, una novela familiar sembrada de paralelismos y detalles, el retrato de una época de Europa y un relato de conspiradores. Algunas de sus interpretaciones son discutibles, pero Carr cuenta con ironía y pulso narrativo una historia fascinante.

‘Los exiliados románticos’. E. H. Carr. Traducción de Buenaventura Vallespinosa. Anagrama, 2010. 442 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En las imágenes, Herzen; Ogarev y Herzen.

HITCH 22

Hitch-22. A Memoir es la autobiografía de Christopher Hitchens (Portsmouth, 1949). Repasa su vida, pero también es una autobiografía intelectual, un retrato de una evolución política y de las paradojas y las contradicciones del autor: la crónica del paso gradual y asimétrico desde una visión del mundo enclavada en la izquierda radical hasta una posición independiente que defiende el laicismo, la democracia liberal y el internacionalismo. Para Hitchens es importante uno de los epígrafes de Kim, que habla de “los dos lados separados de mi cabeza” y las memorias exploran esa dualidad de muchas maneras: en ellas hay literatura y la política, Inglaterra y Estados Unidos, el activismo de la extrema izquierda y la tradición liberal anglosajona, el periodismo mayoritario y el combativo, el desprecio por la religión y el descubrimiento de su sangre judía, las armas y las letras, la vida privada y la historia, la autoparodia y la arrogancia, las bendiciones de la amistad y las rencillas entre amigos, el compromiso con la clase trabajadora y la fascinación por los círculos del poder.

La primera parte de las memorias tiene un carácter más narrativo y muy poderosa. Es, por ejemplo, muy potente la historia de la madre de Hitchens, Yvonne, una mujer enigmática y frustrada. Quiso que su hijo fuera a un internado porque “si en este país va a haber una clase dirigente, Christopher va a formar parte de ella”. Más tarde, Hitchens –convertido en un periodista incipiente y un revolucionario ferviente- conoció al amante de Yvonne, un ex reverendo que se había pasado a la espiritualidad new age, y ella lo llamó para decirle que se iba a vivir a Israel. Hitchens intentó quitárselo de la cabeza (acababa de producirse la guerra del Yom Kippur). Tardaría más de quince años en enterarse de que su madre era judía. Pero sólo unas semanas después Yvonne se suicidó con su amante en un hotel de Atenas: el propio Hitchens fue a buscar los restos.

El padre de Hitchens, un comandante de la marina británica, era muy distinto a su mujer: un hombre conservador, de pocas palabras, se consideraba poco reconocido por el Gobierno británico. La relación, lacónica pero respetuosa, entre Hitchens y su padre tiene momentos emocionantes, y a veces hace pensar en la fascinación casi acomplejada que Hitchens siente ante los hombres de acción y los hechos de armas: por ejemplo, cuando el padre de Hitchens regala a sus amigos suscripciones de las publicaciones izquierdosas donde colabora su hijo; cuando lo llama para felicitarlo por un artículo en una zona bélica, o, cuando, en la guerra de las Malvinas, el padre se muestra mucho más cauteloso y menos beligerante que su hijo.

Aunque habla de su padre y su madre y su hermano, Hitchens no trata en exceso una vida familiar que se adivina un tanto desolada, entre otras razones porque se marchó a estudiar muy pronto: primero en Devon y luego en Cambridge. Hitchens habla del énfasis en los deportes obligatorios, de la homosexualidad y los abusos sexuales, de la violencia escolar, la conciencia de clase y también del descubrimiento de la literatura. En The Leys School encontraría a dos autores esenciales para sus posiciones estéticas y literarias: Arthur Koestler y George Orwell (otro escritor, ideológicamente muy distinto pero clave para Hitchens es Evelyn Waugh: utiliza ejemplos de sus novelas para explicar su educación, su trabajo periodístico y la relación entre Estados Unidos y Gran Bretaña). A algunos de estos autores los leía durante las misas obligatorias, en un periodo que también incluye el descubrimiento de su vocación, de la política y el principio de su carrera como escritor y editor de panfletos. Hitchens habla de las masturbaciones entre los chicos, pero también de su amor de verdad por otro estudiante (que fue descubierto y no salió bien). A lo largo del libro confiesa varias relaciones homosexuales: entre sus compañeros de cama asegura que hay dos miembros del Gobierno de Margaret Thatcher; esos encuentros se produjeron algo más tarde, en un momento en el que generalmente las chicas le interesaban más que los chicos.

Hitchens estudió en Oxford, aunque parece que el clima de los años 60 robó protagonismo a la academia. En ese aprendizaje de la contracultura Bob Dylan sería un nombre fundamental, pero fue un periodo de inmersión política: se hizo amigo de Sedgwick, que era, entre otras muchas cosas, traductor del revolucionario y antiestalinista Victor Serge, y se convertiría en el mentor político de Hitchens en la “oposición de izquierdas” marxista. Hitchens, que entró en la Internacional Socialista, fue arrestado en manifestaciones, siempre fue antiestalinista y esperaba el derrumbe del capitalismo (“con el que me ha ido mucho mejor de lo que esperaba”), admiró las obras del disidente polaco Jacek Kuron y de C.L.R. James, historiador, principal defensor de la independencia de Trinidad y corresponsal de críquet de The Guardian. Gracias a su labor como activista conoció a Eduardo Mondlane, fundador del Frente de Liberación de Mozambique, que sería asesinado poco después; a Matham Shamyurira, que acabaría siendo ministro del corrupto Mugabe, y al recientemente fallecido Leszek Kolakowski.

Pero también hablaba en la Oxford Union: era una doble vida, que le permitía asistir a cenas selectas, frecuentar a estudiantes ricos y conservadores simpáticos, y tener encuentros inquietantes con Isaiah Berlin, Noam Chomsky, o ex políticos. También coincidió entonces con Clinton (en la época en que fumaba pero no inhalaba: según Hitchens, era alérgico al humo y prefería consumir la marihuana en galletas.)

En 1968 Hitchens visitó La Habana, lo que supuso “el ejercicio más duro en doble contabilidad que tuve que hacer hasta entonces”. Cuba le parecía una apuesta novedosa frente al modelo soviético; la rigidez de la dictadura no era tan conocida ni tan conspicua en un momento en que los gobiernos militares eran frecuentes en Latinoamérica. Pero pronto encontró señales alarmantes: a los extranjeros no les dejaban salir del campamento, y había un tono religioso en las celebraciones. “El socialismo cubano se parecía demasiado a un internado en unos aspectos y demasiado a la iglesia en otros”, concluye Hitchens, que discutió con Santiago Álvarez acerca de la libertad de expresión bajo el régimen: Álvarez decía que era total, aunque no era recomendable caricaturizar a Castro; según Hitchens, si no se puede criticar al líder, no importa que se pueda criticar todo lo demás.

También le pareció imposible la desaparición de la prostitución promulgada por el régimen, y repugnante la persecución de los homosexuales. Y lo sorprendió el apoyo de Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia, que se produjo cuando él estaba en la isla caribeña. El encuentro con la revolución fue una decepción (aunque eso resulta más claro para Hitchens ahora que en 1968). En ese momento, Hitchens, que a menudo habla de sus opiniones pasadas con ironía pero cierto afecto casi nostálgico, creía que él y sus camaradas tenían “una causa más noble y un propósito más noble”. Pero la misma incertidumbre se repetía en otros ámbitos: cuando él y sus compañeros impidieron una charla del secretario de asuntos exteriores Michael Stewart, era sin duda una victoria táctica, pero ¿no había algo despreciable en impedir hablar a una persona?

Como periodista y activista, Hitchens viajó a otros países: Grecia, Chipre o Irlanda. Asistió a una manifestación de protesta por la ejecución de Salvador Puig Antic en Barcelona. En la Revolución de los Claveles le asustó el dogmatismo del Partido Comunista, y viajó a Polonia con una novia: conoció a varios disidentes que luego formarían el núcleo de Solidaridad, les llevó pantalones vaqueros y descubrió que Polonia era un país basado en “mentiras pequeñas” y “mentiras grandes”. También conoció a Michnick, que le diría una frase inolvidable: “la verdadera lucha para nosotros es que el ciudadano deje de ser propiedad del estado”.

Hitchens vio de cerca la dictadura militar argentina. Visitó Buenos Aires en 1977, con cuatro objetivos: encontrar al periodista Jacobo Timerman, secuestrado y torturado por el régimen; entrevistar a Videla; ver la Pampa y conocer a Borges. Consiguió los tres últimos: Videla justificó la tortura; el encuentro con Borges está contado con otras palabras en Amor, pobreza y guerra: le pidió que le leyera un poema de Kipling, manifestó su desprecio por Perón y su respeto por Pinochet. (Hitchens, sin embargo, reconoce a Borges una carta en apoyo a las familias de los desaparecidos.) El horror de la dictadura militar argentina hizo que Hitchens se alegrara de la firmeza de Thatcher durante la guerra de las Malvinas. (No es la única revelación sobre la Dama de hierro: cuenta una anécdota muy divertida, insiste en que era sexy y manifiesta cierta fascinación hacia ella y un deseo en la época inconfesable de que ganase las elecciones: “y en secreto y con mala conciencia me alegraba de que ella terminase con el largo reinado de mediocridad y basura”).

Uno de los grandes temas del libro es la amistad. Hitchens habla mucho de sus amigos, y también de sus desavenencias con algunos de ellos. Dedica un capítulo a James Fenton, otro a Martin Amis y otro a Salman Rushdie, y por las páginas desfilan personajes de la literatura y la política, como Gore Vidal, David Rieff, Andrew Cockburn o Ayaan Hirsi Ali. Fenton lo introdujo “en los encantos del alcohol y el tabaco” y en el mundo del periodismo. Hitchens, que escribe anécdotas hilarantes sobre este ambiente, no tardaría mucho en publicar en New Statesman, Private Eye y New Left Review, y también en la prensa mayoritaria: al principio de su carrera trabajó en televisión, en el equipo de investigación de Harold Evans, fue corresponsal del Daily Express, escribió para Evening Standard.

También explica con emoción su relación con Martin Amis, sus conversaciones sobre el lenguaje, Philip Larkin  y las mujeres, y las comidas de los viernes en las que se reunían con Clive James, Craig Raine, Terry Kilmartin, Mark Boxer, Russell Davies, Ian McEwan, Fenton, Julian Barnes, Robert Conquest y Kingsley Amis, y los chistes y juegos de palabras de esas reuniones. Da su versión de de una anécdota que Amis cuenta en Experiencia (una discusión con Saul Bellow sobre Edward Said) y también cuenta una visita desastrosa a un burdel cuando el novelista escribía Dinero. En otro lugar, Hitchens dice que siempre hay que alegrarse de los éxitos de los amigos.

Otro elemento esencial marca la segunda parte del libro, algo más teórica y quizá mejor conocida: su fascinación por Estados Unidos y su traslado a ese país en 1981. Sintió un amor instantáneo por Nueva York en su primera visita, en 1970, pero su admiración no estaba exenta de paradojas: por una parte, Estados Unidos era el país del capitalismo, una nación que exportaba guerras y dictaduras; por otra, Hitchens admiraba la transparencia del sistema democrático, la libertad de expresión y su prensa. Le fascinaba una tendencia al juego limpio: por ejemplo, a Hitchens –que había participado en algunas batallas callejeras contra partidos fascistas- le sorprendió que, cuando una manifestación equivalente fue prohibida en América, la Asociación para las Libertades Civiles emitiera una queja pidiendo que se autorizase.

Hitchens vivió unos años en Nueva York (leía más, escribía más: siempre tenía algo que hacer), se trasladó a Washington, inicialmente para cubrir las reacciones diplomáticas a la guerra de las Malvinas, y se quedó a vivir allí, donde tendría un acceso privilegiado a las bambalinas de la política, trabajando para The Nation. Abandonaría esa revista en 2002, tras sus desacuerdos con la línea editorial de la revista, que justificaban los atentados del 11-S como una reacción equivalente a los desmanes del gobierno estadounidense: Hitchens fue expulsado de la izquierda. Creía que muchos progresistas eran indulgentes con el fundamentalismo islámico, una ideología que por otra parte es el absoluto opuesto del progresismo. Su disputa con el islamismo y la solidaridad con quienes lo sufren le llevó a apoyar la guerra de Afganistán y está entre las razones de su defensa de la intervención en Irak (emitió duras críticas hacia las violaciones de los derechos humanos de la administración Bush); su compromiso y su idea de que el país y sus valores fundamentales se enfrentaban a un enemigo implacable están entre las razones por las que adoptó la ciudadanía estadounidense.

Hitchens cree que la fetua de Jomeini contra Salman Rushdie fue una advertencia de la naturaleza invasiva y letal del islamismo. Elabora un hermoso retrato de su amigo, a quien emparenta con el personaje de Koestler Nicholas Rubashov, y también reconstruye el caso: habla de los que echaron la culpa a Rushdie de lo que le había pasado, desde la derecha (como Hugh Trevor-Roper o Paul Johnson) y la izquierda (como Germaine Greer o John Berger); de los que tuvieron miedo de apoyar a Rushdie (como Arthur Miller) o de los que lo defendieron heroicamente (entre los que destaca Susan Sontag). Expone los esfuerzos que tuvo que hacer para que Clinton aceptase verlo, poco tiempo y sin fotógrafos. Según Hitchens, que acogió a Rushdie en su casa y reprocha que el novelista escribiera una disculpa y anunciara su conversión al islam, los enemigos de la libertad de expresión vencieron, y Los versos satánicos no podría publicarse ahora.

Hitchens también explica uno de los aspectos más polémicos de su carrera: su defensa de la guerra de Iraq. Muestra sus diferentes visiones a lo largo del tiempo. En 1976 visitó el país, le llamó la atención que fuera un régimen socialista laico. Se reprocha no haber dado importancia a cosas que vio: sobre todo, el miedo de la gente con la que habló. Sabía que Sadam Husein era un criminal y un asesino, pero se opuso a la guerra del Golfo porque pensó que se luchaba con pretextos falsos. Recuerda una frase de Fred Halliday que le impactó (“tienes que decidir si el imperialismo es peor que el fascismo”); empezó a preguntarse si la intervención podría justificarse si hubiera servido para derrocar a Sadam Hussein. Fue importante conocer directamente el sufrimiento y el genocidio de los kurdos, así como la opresión de las fuerzas laicas (el régimen se hizo muy religioso) del país, y conocer a exiliados y disidentes como Kanan Makiya.

Makiya, Peter Galbraith, Barham Salih, Kenneth Pollack, Ann Clwyd, Ahmad Chalaby y Hitchens fueron quienes más insistieron a favor de la intervención estadounidense en Irak en 2003. Hitchens defiende una posición muy polémica y habla de “nuestra pequeña conspiración”, ironizando sobre las acusaciones. También defiende a Wolfowitz y la invasión. “Las armas de destrucción masiva, como todo el mundo espera ahora olvidar, fueron muy a menudo un arma retórica en las manos de los que querían mantener a Sadam Hussein en el poder”, dice, “en todas mis discusiones con Wolfowitz y su gente en el Pentágono nunca oí nada alarmista en torno a las armas de destrucción masiva”, y recuerda que en ese momento la posibilidad de que las tuviera “era más latente que patente”, aunque también señala los intentos de Sadam de conseguirlas, y su naturaleza irracional y sanguinaria (dejó en el país muchas fosas comunes que Hitchens ha visitado). La parte dedicada a Iraq es importante y valiente: Hitchens reconoce algunos errores. Justifica la guerra a partir de razones morales y universales; según él, Estados Unidos y Gran Bretaña no se atrevieron a esgrimir esos motivos a causa de su anterior colaboración con el tirano. Su retrato de los crímenes de Sadam es brillante, así como sus críticas a la oposición a la contienda, aunque a veces su análisis de los motivos y los resultados parece discutible o matizable.

Tras esa exploración pública, Hitchens realiza un autorretrato irónico que arranca con un cuestionario Proust. Apenas habla de las dos mujeres con las que se ha casado, aunque sí de sus hijos, y cree que es un “mal padre”, que no tiene paciencia y no sabe hablar con los niños. Los hijos le recuerdan la propia mortalidad; otra forma de tener perspectiva es viajar una vez al año a un país que esté peor que Estados Unidos. También dice que con el tiempo se han revelado sus “fallos como escritor, así como demostrado lo que sospechaba: que carezco del coraje necesario para ser un verdadero soldado o un verdadero disidente”. Hitchens, famoso por sus ataques a personajes casi intocables, como la madre Teresa o el Dalai Lama, y por criticar a gente de su propio “bando”, asegura “mis mejores peleas me han granjeado al menos algo de respeto: un respeto que podría haber perdido si hubiese desaprovechado una buena oportunidad de quedarme callado”.

A finales de los años 80 Hitchens descubrió que su madre era judía. Hitchens reconstruye los motivos del secreto, y rastrea el pasado de su familia: a través de conversaciones con su abuela, de recuerdos, de un análisis de ADN; también regresa a la ciudad de sus antepasados, Breslau/Wroclaw, en Polonia. Investiga la vida del familiar de su mujer David Szmulevski, un héroe de la resistencia contra los nazis en Varsovia, que testificó contra ellos y descubre un elemento oscuro: el trato a los alemanes en los países que habían ocupado los nazis después de la Segunda Guerra Mundial, y el papel de su familiar. Hitchens se considera judío, medita y polemiza sobre la asimilación y la historia de esta etnia, y cree que “un registro crítico de la salud general de la civilización es el estatus de la cuestión judía”; el antisemitismo no es sólo una forma de racismo. También destaca el papel de los judíos en la lucha por los derechos humanos y critica a Israel por cuestiones de principio y por su trato a los palestinos: “Considero el antisemitismo imposible de erradicar y un elemento de la toxina con la que la religión nos ha infectado. Quizá en parte por eso nunca he visto el sionismo como una cura”; según Hitchens, ya que “garantiza la premisa inicial del antisemita sobre la anormalidad del judío”.

Hitchens habla de su amistad con el intelectual palestino Edward Said. Refiere su admiración por él, pero también ciertas diferencias ideológicas que fueron creciendo (“Edward sólo podía condenar el islamismo si podía achacarse de algún modo a Israel o Estados Unidos”) hasta acabar en una pelea amarga: Said escribió artículos donde hablaba de pogromos, instigados por gente como Wolfowitz, contra ciudadanos árabes y musulmanes en Estados Unidos, y en otro artículo citaba frases de Hitchens sin mencionarlo y las calificaba de “racistas”.

Al final Hitchens –que cree que los debates marxistas son un buen entrenamiento intelectual- se pregunta si ha sufrido un cambio ideológico radical, como San Pablo, o si ha sido algo más paulatino. Se decide por lo segundo: durante un tiempo, dice, tuvo desacuerdos con la izquierda, pero conseguía defender sus opiniones con argumentos y retórica de izquierda. Sin embargo, “no se puede ser sólo un poco herético”, y el caso de la guerra de Bosnia fue distinto: “quería que la aritmética moral sumara, pero quería que siguiera sumando en el lado “izquierdo” de la columna. En Bosnia, sin embargo, tuve que admitir abruptamente que si mis antiguos amigos se salían con la suya, habría otro genocidio en suelo europeo”. Las relaciones con dos intelectuales le sirven de ejemplo: por una parte, su disputa con Chomsky, y por otra, el modelo de Susan Sontag. Según Hitchens, la “primera confrontación con el resto de mi vida política” llegó cuando la escuchó hablar en un evento de apoyo a “Solidaridad”. Sontag dijo: “el fascismo (y el abierto dominio militar) no es sólo el probable destino de todas las sociedades comunistas –especialmente si la población siente la necesidad de rebelarse-, sino que el comunismo es en sí una variante, la más exitosa de todas, del fascismo. El fascismo con rostro humano”. Era una forma de renunciar a la utopía; de pensar, como Kundera, que el infierno está contenido en el sueño del paraíso. Hitchens termina con una defensa de la sociedad abierta y las libertades: “He visto más prisiones que se abrían, más gente y territorios ‘liberados’, más tabúes rotos y censores derrocados desde que abandoné la idea, o en todo el caso el plan, de un futuro radiante. Esas ‘sencillas’ proposiciones ordinarias de la sociedad abierta, especialmente cuando se las contrasta con las letales simplificaciones de los enemigos jurados de esa sociedad, eran todo lo que necesitaba”.

Estas Memorias están bien escritas y ofrecen un retrato complejo y contradictorio de un intelectual muy interesante. Para Hitchens lo personal y lo político son inseparables, y aquí explica una evolución ideológica e íntima. Es un texto paralelo a Amor, pobreza y guerra, y ayuda a entender otras obras de Hitchens: aparecen los mismos temas desde un ángulo algo distinto y dialéctico. Las Memorias son también un libro de viajes e historia, una novela de formación, un panorama del mundo periodístico, una colección de semblanzas de personajes célebres de la literatura y un desfile de disidentes, un tratado sobre la amistad, una polémica y una colección de anécdotas y citas. Hay mucha ironía, algo de orgullo y cierta nostalgia; confesiones y acidez y una tendencia a teorizar sobre los hechos de la vida casi paródica, que produce explicaciones que incluso cuando no se comparten resultan interesantes: Hitchens cree que cómo se piensa es más importante que lo que se piensa, y eso es lo que explica en este libro.

En la imagen, Hitchens. De joven. Con Fenton y Amis. Con su mujer, Carol Blue, que apenas sale en el libro.

 

LOS CUENTOS DEL PERIODISTA

Rodolfo Walsh (Choele-Choel, 1927 – Buenos Aires, 1977) fue escritor, traductor y periodista. Militó en Montoneros, fue uno de los fundadores de la Agencia Latina en Cuba –donde descifró unos mensajes que anunciaban la invasión de Bahía de Cochinos-, creó la agencia ANCLA y fue acribillado por los sicarios de la Junta Militar argentina: su cuerpo nunca se ha encontrado. Walsh decía que tenía prejuicio a favor de la literatura “breve” y otro a favor de la literatura “útil”. 451 Editorial ha recuperado dos de sus reportajes: ‘Operación Masacre’, sobre el fusilamiento de un grupo de civiles en 1956, tras el levantamiento del general Valle, y ‘¿Quién mató a Rosendo?’, que bucea en el sindicalismo peronista. Viviana Paletta se ha encargado de la edición y el documentado prólogo de ‘Cuentos completos’ (Veintisiete Letras, 2010).

‘Cuentos completos’ reúne los relatos que Walsh publicó en cuatro libros –‘Variaciones en rojo’, ‘Los oficios terrestres’, ‘Un kilo de oro’ y ‘Un oscuro día de justicia’-, y otros que aparecieron en revistas y compilaciones.  Muestra la evolución literaria de Walsh –especialmente en el caso de ‘Las tres noches de Isaías Bloom’, del que se incluyen dos versiones- y reúne narraciones muy distintas: hay cuentos tempranos que recuerdan a Borges; historias de campo y militares e incluso breves textos fantásticos, pero predominan los relatos policiales. Aunque las tres historias de su primer libro, ‘Variaciones en rojo’, son más bien clásicas, poseen habilidad e ingenio; el tono bordea la parodia y el detective es un corrector de pruebas. Walsh empleó el nombre del corrector para firmar otros relatos, como los que protagoniza el comisario Laurenzi: son más costumbristas, humanos y crepusculares, y reflexionan sobre la justicia y sus errores.

Los cuentos más ambiciosos de Walsh mezclan la inquietud social y política con una prosa brillante y la búsqueda de la originalidad formal: es el caso de ‘Fotos’ y ‘Cartas’, donde la transcripción del habla popular y una técnica de collage construyen un mundo íntimo y un panorama histórico, y de ‘Esa mujer’, un relato excepcional y abrupto donde un militar y un periodista hablan del cadáver de Eva Perón, que embalsamó el aragonés Pedro Ara. El mismo gusto por la experimentación aparece en otra de las grandes piezas del libro, ‘Nota al pie’, donde el texto marginal se convierte en el elemento principal del relato, y documenta el aprendizaje y el agotamiento de un traductor.

La violencia es otra de las constantes del libro, y un elemento esencial de un ciclo de tres cuentos ambientados en un internado católico: ‘Irlandeses detrás de un gato’, ‘Los oficios terrestres’ y ‘Un oscuro día de justicia’, en el que un cura obliga a los chicos boxeen entre sí, y un alumno sueña con que su tío Malcolm vaya al colegio y dé una paliza al sacerdote. El cuento se basa en las experiencias de Walsh, pero, como otros textos del autor, es también una alegoría sobre la venganza y la justicia, y sobre la seducción y la fragilidad de los héroes.

Rodolfo Walsh. Cuentos completos. Edición y prólogo de Viviana Paletta. Veintisiete Letras. Madrid. 644 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Walsh.

 

EL PODER, EL MAL Y LA GLORIA

 

En ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’ (Anagrama, 2009), Jon Lee Anderson (California, 1957) recoge reportajes sobre América Latina y España que ha publicado en ‘The New Yorker’ en los últimos años. Es un libro sobre el poder, la violencia y la relación de los países con su pasado. En España, escribe sobre Lorca, la memoria del franquismo y el terrorismo vasco; realiza un retrato del rey, en el que destaca su habilidad diplomática –que permitió que Aznar pasara varias horas en su yate con Clinton- y especula sobre sus finanzas. En Brasil, escribe un espectacular reportaje sobre las bandas de las favelas.

Otro de los ejes del libro es la revolución cubana y sus consecuencias: Anderson recoge partes del diario que escribió entre 1993 y 1995, cuando trabajaba en ‘Che Guevara. Una vida revolucionaria’ (Anagrama, 2006) y supo que algunos conocidos informaban de sus actividades; analiza la crisis de Elián y retrata ambiguamente una sociedad asfixiada y corrupta. Uno de los mejores textos es ‘El dictador’, un perfil de Pinochet –que muestra su interés por otros tiranos como Lenin, Mao y Castro- donde repasa sus crímenes y estudia la relación de Chile con ese pasado reciente. Otro de los poderosos que aparecen es Chávez -“el heredero de Fidel”-, que deja una silla vacía en las reuniones por si aparece el fantasma de Bolívar. Y un asunto constante es la influencia de EEUU en América Latina: es central en su texto sobre Panamá, en el golpe de Pinochet o en la explotación de las empresas norteamericanas, esenciales para configurar el mundo de García Márquez. Aunque aparentemente el perfil del colombiano se aparta del tema del libro, Anderson presta una atención especial a su fascinación por el poder. Admira a García Márquez, pero lo muestra como un personaje poco recomendable: su defensa de su papel en Cuba (su amistad con Castro le permite ayudar a los disidentes) resulta muy débil a estas alturas; su gusto por las conspiraciones es antidemocrático; su vida, rodeada de lujo, veneración y protección, llama la atención en un libro que medita sobre la relación entre desigualdad y violencia.

Son reportajes bien escritos, llenos de datos y puntos de vista. Anderson entrevista a Pinochet y a la hija de Allende; interroga al psiquiatra de Chávez, viaja en el avión del mandatario y conoce a su familia (uno de sus hermanos recibe la concesión de una red de telefonía móvil y se sorprende de que sea tan buen negocio).

A veces cae en cierto exotismo relativista o usa argumentos insuficientes. “Muchos venezolanos blancos de clase media desprecian a Chávez y en sus comentarios sobre él hay implícito un clasismo cruel que tranquiliza las conciencias”. También hay otros que quieren que los periodistas venezolanos tengan la misma libertad que Anderson. Cuando habla del terrorismo en España, entrevista a personas amenazadas, a ex etarras y a ciudadanos como Bernardo Atxaga, que dice: “Dentro tenemos una minoría de ‘integristas’, fundamentalistas, y fuera un Estado que quiere destruir todo lo que defiende esa minoría. Casi todos los demás estamos entre dos fuegos y ya no sabemos por dónde salir”. La expresión es como poco desafortunada, pero Anderson parece asumir la idea cuando termina el reportaje narrando consecutivamente el reconocimiento del Gobierno de Aznar a un policía torturador y franquista asesinado por ETA y un atentado mortal. Al igual que su simpatía por cierta izquierda antidemocrática, resulta desconcertante su confianza en la figura del intelectual mesiánico: tras el golpe de Pinochet “la muerte de Neruda quedó en el aire como una maldición”; cierra su perfil de García Márquez con las declaraciones de un ex guerrillero, que cree que el novelista es el mediador que puede solucionar los problemas de Colombia. No querría depender de esos grandes escritores; prefiero la democracia y las leyes.

Anderson es un gran cronista y conoce bien los lugares sobre los que escribe. Tiene la habilidad de llegar donde muy pocos llegan y la honestidad de contar lo que sucede aunque vaya en contra de sus opiniones: elabora un panorama complejo, lleno de anécdotas fascinantes y análisis variados, desde la mirada de un observador apasionado y atento a los detalles, que a menudo acierta y a veces se equivoca en lo más importante.

Jon Lee Anderson. ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’. Prólogo de Juan Villoro. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, 2009. 390 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.

 

HISTORIA DEL PADRE

HISTORIA DEL PADRE

Los cuatro hijos de Gabriel Delacruz viven en distintos países de Europa. No saben de la existencia de sus hermanos y no han visto a su padre en décadas. Cuando la policía lo da por desaparecido se conocen y empiezan a bucear en el pasado de Gabriel. Este es el detonante de ‘Maletas perdidas’ (Salamandra, 2010), la primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967), que ha publicado los libros de relatos ‘Piel de armadillo’ (Salamandra, 2001) y ‘Animales tristes’ (Salamandra, 2004).

Los cuatro hijos –Christof, de Fráncfort; Christopher, de Londres; Christophe, de París y Cristòfol de Barcelona- reconstruyen la vida de un hombre esquivo y aficionado al juego, que se crió en la Casa de la Caridad de la Barcelona y trabajó en una empresa que realizaba mudanzas por Europa en los años 60 y 70. “La paradoja, al fin y al cabo, es que una vida tan solitaria como la de Gabriel pueda haberse trenzado con tantas personas distintas”, dicen los “cristóbales”, que cuentan a veces por separado y a veces como un coro los romances más bien accidentales de Gabriel con sus cuatro madres y su propio recuerdo misterioso y fugaz. La búsqueda de Delacruz les lleva hasta personajes fascinantes, como Petroli, un transportista aficionado a las reuniones de exiliados y a las mujeres mayores; la señora Rifa, que regentaba la pensión donde vivía Gabriel; o Bundó, su compañero inseparable, el apasionado de las prostitutas que se enamoró locamente de una de ellas.

‘Maletas perdidas’ es la historia de una investigación, la descripción de un personaje que siempre tiene un secreto inesperado y un retrato dickensiano y picaresco de la Barcelona de posguerra, con pensiones, tiendas de barrio y familias nacionalcatólicas, pero también es una novela europea. Los viajes de Bundó, Gabriel y Petroli les sacan de la España fosilizada del franquismo y les ofrecen una visión lateral de los cambios de la Europa democrática, de la libertad, las drogas y la música en Inglaterra o de mayo del 68 en París.

“Reducimos la vida a unas cuantas palabras, la simplificamos, pero su auténtico sentido es complejidad, contradicción, incertidumbre”, dice Cristòfol, antes de pedir “perdón por la filosofada”. Pero Puntí parece hacerle caso: arma una novela rica y poderosa, llena de detalles, simetrías y episodios brillantes. Los objetos impulsan el relato y producen emociones: desde el Pegaso que conducen los transportistas hasta los naipes que Gabriel esconde en su chaqueta, pasando por los juguetes que regala a sus hijos. ‘Maletas perdidas’ también logra la verosimilitud a través de pequeños rituales, como los turnos de los camioneros, los cuentos eróticos que Bundó y Gabriel escribían en su adolescencia o los informes sobre el reparto de los hurtos que realizaban sistemáticamente en las mudanzas. El estilo juguetón y la narración arriesgada y hábil -que mezcla el humor y la tragedia, los sentimientos y el enigma familiar, lo extraordinario y el costumbrismo, el presente y el pasado- recuerdan a John Irving o Rushdie, y su rigor estructural y la potencia de lo que cuenta muestran a un novelista con una formidable capacidad de fabulación y persuasión.

‘Maletas perdidas’. Jordi Puntí. Traducción de Rita da Costa. Salamandra, 2010. 444 páginas.

Esta reseña apareció ayer en el suplemento ’Artes & Letras’ de ’Heraldo de Aragón’. He tomado la imagen del camión Pegaso aquí.