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Daniel Gascón

Reseñas

EN EL CASTILLO DE LORD DUNSANY

EN EL CASTILLO DE LORD DUNSANY

 

EL VIAJE

Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, es uno de los padres de la literatura fantástica. Su obra influyó a autores como Borges, Lovecraft o Tolkien. La semana pasada fui a visitar su castillo, que empezó a construirse a finales del siglo XII y es una de las casas más antiguas de Irlanda. Allí viven los actuales señores de Dunsany, la arquitecta retirada Maria Alice de Marsillac y el pintor Edward Carlos Plunkett, nieto del escritor.

El Dunsany Castle está en County Meath, a unos 40 minutos en coche de Dublín. Nada más entrar en la propiedad, se ve la iglesia de San Nicolás, del siglo XV, donde se rodó una secuencia de ‘Braveheart’. El día anterior me había enterado de que la actual Lady Dunsany echó a unos cazadores de sus terrenos con una escopeta en la mano, así que fue un alivio que abriera la puerta del castillo Randall, el heredero del título. Las paredes de la entrada están cubiertas de espadas y pistolas, hay dos armaduras y un mueble oriental con un par de cascos persas. En esa atmósfera medieval y bélica, un cuadro y una escultura de Edward Carlos Plunkett, con formas geométricas, parecen fuera de contexto. El de barón de Dunsany es uno de los títulos nobiliarios más antiguos de Irlanda; data del siglo XV y, como lo concedían los británicos, la familia resalta su origen normando y su vinculación con Francia: tiene un banco con una estatua de Napoleón y recuerda que tuvo que abandonar Irlanda en el siglo XVII, a causa de la invasión de Cromwell. Según Lady Dunsany –que hace de guía por el castillo porque su marido está enfermo- parte de la familia huyó por un túnel parcialmente conservado que comunica el castillo con el cercano Killeen Castle.

Autor de más de 80 volúmenes de narrativa, memorias, teatro y poesía, pintor, cazador en África y en la India (la leyenda dice que mató a dos cebras en Piccadilly Circus porque nunca pudo cazar una en libertad), político frustrado, apasionado del cricket, campeón de tiro y creador de una variante de ajedrez, Lord Dunsany fue un amateur y excéntrico profesional. Nacido en Londres en 1878, el 18º barón de Dunsany es el personaje más destacado de una familia en la que también se encuentra el arzobispo católico Oliver Plunkett, ahorcado y descuartizado en 1681 y canonizado en 1975; por el lado materno, está emparentado con Richard Burton, traductor de ‘Las mil y una noches’. Recibió el título en 1899, tras estudiar en Eton y la escuela militar de Sandhurst. Ese mismo año, después de servir en Gibraltar, participó en la segunda guerra de los bóers. Sería el primero de una larga serie de encuentros con el peligro.

En 1904 se casó con Beatrice Child-Villiers, la acaudalada hija del conde de Jersey, y se trasladó al castillo. Beatrice se dedicó a él con fervor y toleró sus rarezas: Dunsany –que pasó gran parte de su vida entre sus fincas rurales en Inglaterra e Irlanda- estaba en contra de la sal de mesa de los restaurantes y siempre llevaba la suya encima, y no toleraba que se abrillantaran los muebles. Escribía en una habitación de lo alto del castillo, o en las cabañas de la propiedad; en los últimos años, él, que había matado rinocerontes, gacelas y leopardos –en expediciones que a veces requerían 72 porteadores-, emprendió una campaña para que no se cortara el rabo de los perros. “Más que escritor, quería ser pintor”, cuenta Lady Dunsany. “Fue a París con su mujer y vieron un cuadro de Renoir. A Beatrice le gustaba, pero Edward dijo: ‘¿Para qué queremos un Renoir? Yo ya soy un gran pintor’.” Aficionado a los cuentos de los hermanos Grimm, de Andersen y Poe, en 1905 publicó su primer libro, ‘Los dioses de Pegana’, donde elaboraba una cosmogonía con ecos del simbolismo y un lenguaje arcaizante, heredado de la Biblia del rey Jacobo. En obras como ‘El tiempo y los dioses’, ‘La espada de Welleran’ o ‘Cuentos de un soñador’ elaboró un imaginario del que han bebido Cunqueiro, C.S. Lewis o Robert E. Howard.

A través de su tío Horace –un modernizador agrícola que gastó buena parte de la fortuna familiar con sus experimentos-, entabló amistad con intelectuales como Lady Gregory; Gogarty, que serviría de inspiración para el personaje de Buck Mulligan en el ‘Ulises’ de Joyce, o  el poeta nacionalista AE, que dijo que era “tan puro, fabuloso y raro como el unicornio”. Aunque luego se distanciaron, también despertó la admiración de W.B. Yeats, que prologó una selección de sus cuentos y lo animó a escribir teatro: Lord Dunsany compuso ‘The Glittering Afternoon’ en una sola tarde de 1909, y la pieza se representó un mes después en el Abbey Theatre. A Yeats le angustiaban su irregularidad e indolencia (“Es una desgracia haber nacido noble. Le vendrían bien serían cincuenta libras al año y una amante borracha”), pero aseguraba que sus obras “hacen que piense en joyas irlandesas, en una espada cubierta de arabescos indios, de San Marcos en Venecia, en palacios cubiertos de nubes al atardecer; pero todavía con más frecuencia en un estado de ánimo que alcancé durante unas semanas de sueño profundo y que desde entonces siempre he añorado y deseado”

En la creación de ese mundo también fueron importantes las ilustraciones de Sidney Sime, que están expuestas en el pasillo que lleva a una antigua capilla. En ella se ve una alfombra de tigre y medio cuerpo de un león. Hay un cuadro de Hamilton a medio restaurar y un tablero de ajedrez: Dunsany, que escribió uno de los mejores relatos sobre este deporte, ‘El gambito de los tres marineros’, empató con Capablanca. Un arcón contiene cientos de cartas en desorden (Plunkett se escribió con Kipling y Arthur C. Clarke, pero también hay cartas suyas dirigidas a su mujer); en otro lugar vemos los manuscritos. Lord Dunsany escribía a mano, con un lápiz de color, y luego repasaba el texto con tinta. “Mi marido se crió con su abuelo. A veces, después de que se mecanografiara el texto, copiaba un ejemplar a mano y lo firmaba por si la familia necesitaba venderlo.”

Vemos el manuscrito de ‘Carcasona’; de ‘My Talks with Dean Spanley’, en el que se basa la película ‘Dean Spanley’, con Sam Neill y Peter O’Toole; de ‘The Old Folk of Centuries’, lleno de dibujos de brujas y soles. También vemos un álbum de fotos de la guerra de los bóers y de la Primera Guerra Mundial. Junto a las fotos de los soldados, o de él en el frente –decía que las trincheras solo tenían 1,80 de alto y él medía 1,95-, hay dibujos de Lord Dunsany, que proponen una “Sugerencia de reorganización del vestido militar”. Se libró por poco de ir a Galípoli y perdió a un amigo en la Gran Guerra, F. Ledwidge, cuya poesía editó póstumamente. En la Segunda Guerra Mundial se enroló en la Home Guard en Inglaterra –le decepcionó que los nazis no llegaran a invadir la isla: quería combatirlos-, y ocupó la cátedra Lord Byron en Atenas, que abandonó ante el avance alemán. Sin embargo, sufrió su herida más grave en Irlanda en 1916, cuando ayudaba a las fuerzas británicas frente a los rebeldes irlandeses. Y murió de apendicitis en 1957, a los 79 años.

Después de comer en una sala en la que cuelgan retratos de los personajes de la familia, cerca de una colección de objetos del movimiento Arts & Crafts, subimos a la biblioteca. La piel de un tigre blanco y de un leopardo están debajo de dos mesas; los libros que poseía Lord Dunsany ocupan varios cuerpos de estanterías; en un armario hay ediciones de sus obras y en una mesilla traducciones a muchos idiomas. Es una biblioteca gótica, que contrasta con la atmósfera luminosa y femenina del salón, donde hay dos cuadros atribuidos a Van Dyck, otro a Fabrice y un pequeño Constable, pero hace el mismo frío: no me quito el abrigo en las cinco horas que paso en el castillo. Tampoco lo hace Lady Dunsany; la cocinera lleva un gorro de lana.

En un ala del castillo Maria Alice quiere construir una galería para mostrar la obra de su marido. Vamos a una sala donde se ve la vajilla que diseñan y venden, con las paredes repletas de cabezas de antílopes, de un rinoceronte y la piel de una pitón. En otra, transformada en un gimnasio, hay cuadros de Lord Dunsany: ofrecen una perspectiva inquietante de una habitación, unas flores o un árbol con una amenaza velada. Aun así, no habría estado mal que compraran ese cuadro de Renoir. Al final vemos el estudio del actual Lord Dunsany. Junto al caballete, con un cuadro sin terminar, hay un montón de armas falsas. En una percha cuelgan varios uniformes militares. El heredero de Lord Dunsany, Randall, está rodando una película en la propiedad.

SCOTT, CUNQUEIRO Y ZARAGOZA

Lord Dunsany escribió durante cinco decenios y al morir dejó numerosos textos inéditos. En una época, Evelyn Waugh o Elizabeth Bowen reseñaban sus obras, Yeats lo comparó a Baudelaire, cinco obras suyas se representaron simultáneamente en Broadway, y Amory Blaine, el protagonista de ‘A este lado del paraíso’ (1920), la primera novela de Scott Fitzgerald, recitaba sus versos. Después de la década de 1920, siguió teniendo éxito, pero la crítica dejó de prestarle la misma atención.

Su defensor más entusiasta, H. P. Lovecraft, admiraba sobre todo sus primeros libros, en los que “extiende una atmósfera de ingenuidad cultivada e ignorancia propia de un niño”, con “una prosa cristalina y musical”. El crítico S. T. Joshi los ha definido como “Nietszche en un cuento de hadas”. Lord Dunsany publicó colecciones de relatos sobre la guerra, ‘Tales of War’ (1918) y ‘Unhappy Far-Off Things’ (1919), se acercó a la tradición del romance, tiñó de ironía sus aproximaciones a la fantasía y sus cosmologías –o de cierto fatalismo, como en ‘La hija del rey de los elfos’ (Visión Libros, 1983)-, y escribió novelas de ambiente español como ‘Don Rodrigo’ (1922; Blanco Satén, 1991), donde figura un profesor de la reputada cátedra de magia de la Universidad de Zaragoza, y ‘The Charwoman’s Shadow’ (1926), en la que aparece un lugar llamado “Aragona” y donde algunos críticos ven un homenaje a Ramón Llull. Coqueteó con el terror, la sátira y la ciencia ficción, viajó a Estados Unidos varias veces y recibió distinciones. Creó el personaje de Joseph Jorkens, dispuesto a narrar cuentos extraordinarios a cambio de whisky, y, escribió novelas irlandesas, relatos y memorias, pero es recordado por su contribución al universo fantástico, que ha fascinado a Guillermo del Toro o Neil Gainman. Borges incluyó ‘Los días del Yann’ en su Biblioteca de Babel; Álvaro Cunqueiro, que tradujo alguna de sus obras teatrales y le dedicó un poema y varios artículos, escribió “la de Lord Dunsany es una obra riquísima y compleja, que hace de él uno de los grandes escritores de este siglo”. Él decía que había inventado sus dioses porque en la escuela se le daba mal el griego.

Lord Dunsany paseaba con un bastón de empuñadura de oro que le había regalado el Nawab de Rampur en un viaje a la India y  temía sobre todo que lo tomaran por un diletante. Según su biógrafo Mark Amory, “continuó como un superviviente de la época eduardiana, en disonancia con los tiempos modernos”. Detestaba la poesía de T.S. Eliot, y escribió a un amigo que “el genio es una capacidad infinita para no pasarlo mal”. Pese a su simpatía por el unionismo, parecía que pocas cosas podían afectarle, y no discutió con sus amigos nacionalistas ni sus vecinos por motivos políticos (cuando Yeats creó la Academia Irlandesa, solo le ofreció una membresía parcial: la completa estaba reservada para quienes hablaban de Irlanda y temas irlandeses). Amory cuenta que en 1919 empezó un cuaderno con un recorte de periódico que decía “Es una gran responsabilidad haber sobrevivido a la guerra”. A pesar de su facilidad para escribir, lo dejó en blanco.

EL LIBRO

‘El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos’ (Alfabia, 2009) recoge muchos de los mejores relatos de Lord Dunsany. Se publicaron respectivamente en 1912 y 1916 y representan el final de su primera etapa de narrador fantástico: algunos inventan mundos imposibles; ‘La angustiosa historia de Thangobrind el joyero’ o ‘La ciudad en el Páramo de Mallington’ tienen la gravedad, la fabulación constante y el tono alegórico e ingenuo que cautivaban a Lovecraft. En otros, la fantasía irrumpe en un mundo algo más verosímil, como en ‘La ventana maravillosa’, donde un dependiente de Londres compra una ventana que da a una ciudad medieval; en ‘La coronación del señor Thomas Shap’, en el que un comercial sueña –al estilo del Walter Mitty, o incluso de Juan Dahlmann- con una vida heroica; o en ‘Trece a la mesa’, donde un cazador llega exhausto a un castillo. Son cuentos que tienen sentido del humor: uno habla de una oficina donde la gente se intercambia los males, otro de tres chistes infernales, otro de un pirata que, rodeado por barcos enemigos, escapa navegando sobre el desierto del Sáhara.

Lord Dunsany. ‘El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos’. Traducción de María M. Ponce, Adriana Velázquez y Nicolás Valencia Campuzano. Alfabia, 2009. 295 páginas.

Este artículo apareció en Artes & Letras.

En las imágenes, el castillo, Lord Dunsany, una alfombra de leopardo bajo un ajedrez, el comedor con los retratos familiares, la librería, algunos trofeos de caza de Lord Dunsany y la edición de Alfabia.

AMOR, POBREZA Y GUERRA

El primer libro de Christopher Hitchens que leí es Cartas a un joven disidente (Anagrama, 2003), por recomendación de Félix Romeo. Creo que es un libro que no tuvo el éxito que merecía; todavía lo releo de vez en cuando porque está lleno de anécdotas y frases estupendas, y algunas cosas todavía más importantes, como su defensa de la libertad, su reconocimiento de que a veces uno puede encontrarse defendiendo una posición con alguien con quien tiene desacuerdos fundamentales (y que eso no debería echarnos para atrás), el principio de que no hay que perdonar u ocultar los errores de los de “tu bando” para no “ayudar al adversario”, la recomendación de que es más importante cómo se piensa que lo que se piensa exactamente, o la afirmación de que hay algo saludable y revitalizador en leer el periódico y sentir indignación y polemizar.

Después leí La victoria de Orwell (Emecé, 2003), un estupendo ensayo que reivindica la importancia del autor de 1984 por reconocer a tres enemigos fundamentales –el imperialismo, el fascismo y el comunismo-; estudia y rebate las críticas que se le han hecho desde la izquierda, la derecha y la escuela posmoderna; y también refuta las calumnias que vierten sobre Orwell quienes nunca le han perdonado que enseñara la mentira brutal y repugnante del estalinismo.

Hasta entonces el nombre de Hitchens me sonaba por algunas de sus apariciones en Experiencia, de su amigo Martin Amis: allí se cuenta una virulenta discusión sobre Israel con Saul Bellow; en Koba el Temible (por entonces aún no lo había leído: salió en castellano poco después) Amis polemiza con Hitchens. En ese momento, Hitchens era un crítico literario y periodista de izquierdas que se había sentido asqueado por un sector progresista que buscaba la explicación los ataques del 11 de septiembre en la política estadounidense y los “agravios” sufridos por el “mundo islámico”: como si Bin Laden, su grupo de asesinos y su ideología retrógrada representaran, de un modo algo brutal, a la justicia internacional ignorada. En las atrocidades de Nueva York, Washington y Pensilvania y la ideología de muerte y estupidez que había detrás, Hitchens –que ya había defendido robustamente a Salman Rushdie frente a la fetua de Jomeini y las voces de los intelectuales occidentales que pedían “respeto” para las religiones, al igual que a los musulmanes de Bosnia- vio a un enemigo esencial, y eso también le valió su excomunión de la izquierda oficial. Su apoyo a la invasión de Afganistán e Irak lo hicieron aún más polémico.

Fue un descubrimiento, que también me ha llevado a escritores que citaba y a otros libros suyos, como el estupendo Unaknowledged Legislation, sobre los escritores y la política; como Blood, Class and Empire, sobre la relación entre Gran Bretaña (su país de origen) y Estados Unidos (su país de adopción); The Missionary Position, su formidable ataque a la madre Teresa de Calcuta (que no tuvo reparos en aceptar el dinero que Duvalier había robado a los pobres de Haití); o Dios no es bueno (Debate, 2008), una acusación al veneno de las religiones, llena de erudición, indignación e ironía, y la antología de pensadores ateos y anteístas Dios no existe (Debate, 2009), que también puede leerse como una historia de los escritores de la libertad.

Hitchens, que Forbes clasificó en 2009 como uno de los 25 liberales (en el sentido anglosajón) más importantes de Estados Unidos, y al que Foreign Policy y Prospect situaron como número 5 de los 100 intelectuales públicos más importantes del mundo, estudió en Oxford, fue inicialmente trotskista, se define como un “radical”, no como un liberal . Sus visitas a Cuba o Polonia le hicieron desconfiar de las revoluciones y los regímenes socialistas, y le mostraron que muchos de sus principios más queridos solo tienen sitio en una democracia liberal. El disidente polaco Adam Michnik se lo explicó así: “La gran lucha para nosotros es que el ciudadano deje de ser propiedad del estado”. Se oponía al comunismo, pero también tomó parte en muchas batallas de la izquierda, desde Palestina –colaboró con el fatuo Edward Said, de quien luego se distanció- a Vietnam, y se relacionó con la oposición a la dictadura de Pinochet en Chile, o de la dictadura militar argentina (era amigo del periodista secuestrado Jacobo Timerman).

Hitchens es famoso por sus violentos ataques: a Kissinger, a los Clinton, a Michael Moore o Teresa de Calcuta. Cuando escribió Dios no es bueno, The Guardian dijo: por fin ha encontrado un enemigo a su altura: Dios. Pero también ha dedicado hermosos textos a personas que han defendido la libertad, la razón y la justicia aunque eso también los haya condenado al ostracismo; gente que, por usar una frase de Félix Romeo, “se ha atrevido a estar sola” y defender sus principios aunque sean impopulares: un ejemplo sería George Orwell, pero también Spinoza o Tom Paine, el inglés panfletista en la Revolución americana (donde algunos les parecía demasiado radical), que también participó en la Revolución francesa (donde fue encarcelado por moderado), que escribió los Derechos del Hombre y a cuyo entierro solo acudió media docena de personas. En nuestra época, ha sido un firme defensor de Ayaan Hirsi Ali, una mujer amenazada de muerte por el fascismo islámico, que resulta tremendamente incómoda para ciertos sectores biempensantes (cuando mataron a Theo Van Gogh, El País dijo que el cineasta era un “provocador”; por no hablar de los problemas con el visado de Hirsi Ali o de los vecinos que le pidieron que se marchara de casa...). Paine, Orwell o Thomas Jefferson, “autor de América”, son referentes esenciales para Hitchens, como parte de Marx, Stuart Mill o Victor Serge, o como Auden, Philip Larkin, Anthony Powell u Oscar Wilde.

He tenido mucha suerte: gracias a internet, he podido leer sus artículos cada semana, en Slate, y cada mes en The Atlantic y Vanity Fair, entre otras publicaciones. A veces, he traducido algunos. He podido ver intervenciones de sus debates en Youtube. Lo he visto analizar los acontecimientos de la actualidad: desde la guerra de Irak -que apoyó- a la candidatura de Obama -que defendió- o la denuncia de las torturas en Guantánamo, hasta la matanza de unos cerdos en el Cairo; el uso de la expresión “o sea”, una crítica durísima a Gore Vidal o una lectura de Larrson. Muchas veces, cuando ocurre algo, me pregunto qué pensará Hitchens: no siempre estoy de acuerdo, pero su visión siempre me resulta interesante e iluminadora.

En otros lugares –especialmente The Atlantic- he leído artículos suyos sobre Philip Roth, Saul Bellow, Evelyn Waugh, V. S. Naipaul, Arthur Koestler o Ian McEwan. Hitchens también es un crítico literario perspicaz, con un oído muy fino, erudición y mucho sentido del humor. Un artículo suyo sobre la crisis de los misiles empieza: “Como todo el mundo, recuerdo exactamente el día en que el presidente John Fitzgerald Kennedy estuvo a punto de matarme”. Que Dios no es bueno y Love, Poverty, and War estuvieran dedicados respectivamente a Ian McEwan y Martin Amis me gustaba. También me gustaba leer algunos perfiles, que lo mostraban con sus amigos en casa, comiendo y bebiendo, y yéndose un momento para escribir un artículo. Me dijeron que, cuando viajaba con sus editores, tenían que turnarse por horas, porque les resultaba imposible resistir el ritmo de su ingesta de alcohol.

Y también he tenido suerte por poder traducir este verano Amor, pobreza y guerra, que acaba de salir en Debate. Es uno de los libros más importantes de Hitchens, quizá el que mejor explica sus pasiones y sus facetas intelectuales. La primera parte, “Amor”, son sobre todo artículos literarios y biográficos: repasa las vidas contradictorias de Winston Churchill, que se colgó “las medallas de sus derrotas” y Rudyard Kipling, el imperialista que se pasó la vida alertando de los peligros y la inutilidad del imperio; revisa la aventurera trayectoria de Lord Byron y la biografía de Trotski, desde su trabajo periodístico a sus advertencias sobre el nazismo y Stalin, la caducidad de muchas disputas marxistas y su influencia póstuma –finalmente- en una revolución: contra el socialismo; recuerda una visita a Jorge Luis Borges y analiza con brillantez La suerte de Jim, la obra de Graham Greene y Ulises, prestando una atención especial a las relaciones del libro con la masturbación (Joyce situó la novela en la fecha en la que Nora Barnacle le hizo su primera paja; “¿Puedo besar la mano que ha escrito el Ulises?”, le preguntaron después a Joyce; “No, ha hecho muchas otras cosas”, respondió). Uno de mis capítulos preferidos es el que dedica a Noticia bomba, de Evelyn Waugh, donde recuerda sus años como corresponsal.

La parte de “Amor” tiene una sección titulada “Americana”, donde se incluye un reportaje sobre Sunset Boulevard (donde Hitchens viaja con Billy Wilder); un viaje por la Ruta 66 o un bello texto sobre Las aventuras de Augie March: según Hitchens, la importancia de esa novela –que marca la llegada de un grupo brillantísimo de autores judeo-americanos al mainstream de las letras estadounidenses- reside en la “eligibilidad universal”, en la promesa de que cada uno puede ser lo que quiera. El texto final, con el fondo de “Septiembre de 1939” de W. H. Auden, habla de Nueva York: tras el 11-S, Hitchens recuerda los años que vivió en la ciudad, y retrata una ciudad conmocionada.

“Pobreza” incluye algunos de sus ataques más lúcidos y feroces: critica duramente Fahrenheith 9/11 y La Pasión de Cristo y el fanatismo religioso (por ejemplo, habla de Malcolm Muggeridge, y de apariciones de vírgenes). En uno de los artículos más divertidos del libro, Hitchens cuenta cómo el Vaticano lo llamó, después de que publicara su libro, para que testificara en contra en el proceso de canonización de la madre Teresa: esa vez, Hitchens sí que fue verdaderamente “abogado del diablo”. Un texto de unas páginas contiene lo mejor de Dios no es bueno, como su defensa de una moral laica. Pero también visita el corredor de la muerte, critica las regulaciones del alcalde Bloomberg en Nueva York rompiendo leyes que prohíben fumar en restaurantes, dar de comer a los patos o atarse las zapatillas en el metro; estudia la deficiente enseñanza de historia en Estados Unidos o relata un espeluznante encuentro con David Irving (aunque defiende su derecho a publicar sus libros), además de hablar de los judíos y la historia del antisemitismo. A Hitchens le obsesiona una característica de la fama moderna: que se juzguen las acciones de una persona según su reputación, en vez de que la reputación de una persona se construya a partir de sus acciones. Pasajes sobre personajes como el dalai Lama, John Fitzgerald Kennedy, Gandhi denuncian esta práctica que vemos cada día.

La tercera parte, “Guerra”, se divide en dos secciones. En la primera, “Antes de septiembre” Hitchens visita el Kurdistán, y Montenegro poco antes de su separación de Serbia. Habla del régimen atroz de Corea del Norte, y de la corrupción abyecta de la dictadura de Cuba: son artículos que tienen años, pero desgraciadamente conservan una su actualidad. Y siempre tienen una mirada autobiográfica y datos interesantes, como la pasión cinematográfica de Kim Jong il, que llegó a secuestrar a un director y a una actriz chinos para que hicieran películas con él. El último artículo de esta sección denuncia el bombardeo ordenado por Bill Clinton de una fábrica farmacéutica en Sudán –el complejo de Al Shifa, atacado porque supuestamente producía armas químicas en un momento de bajada en las encuestas del presidente-, y de las explicaciones que dio, copiadas de la película El presidente y Miss Wade.

La parte final del libro, “Después de septiembre”, recoge los artículos sobre el 11-S. En ellos, Hitchens habla de la perplejidad inicial, del cambio del paisaje y de la irrupción duradera del terror. Después analiza las respuestas: desde algunos despliegues inútiles del Gobierno hasta la reacción pacífica de los neoyorquinos. Y, sobre todo, se enfrenta a quienes buscan “racionalizar” los motivos de los terroristas: aquellos que explican que un ataque diseñado para producir el mayor número de víctimas civiles posible –entre las que había miles de musulmanes- es, por supuesto, un crimen horrible, pero obedece a causas profundas, como la “humillación del mundo islámico” a manos de Occidente, la pobreza, Israel... Según Chomsky, por ejemplo, no era un crimen distinto al bombardeo de la fábrica farmacéutica en Sudán. Hitchens recuerda a Chomsky que no denunció el bombardeo con la misma vehemencia en su momento y también que gran parte de la izquierda no quería exagerar con ese asunto para no dar argumentos a la derecha, y matiza, por ejemplo, que los misiles no estaban cargados de civiles inocentes, o que el objetivo era militar.

Para él, estaban ante una ideología totalitaria (“el fascismo con rostro islámico”), y era mejor escuchar simplemente las reivindicaciones de Al Qaeda en vez de otorgarles una especie de condición justiciera: quizá fuera un buen momento para hablar de la situación de los palestinos, pero desde luego eso debía hacerse al margen de las reivindicaciones al-Qaeda. (Por otra parte, a al-Qaeda los palestinos tampoco parecían importarles mucho, salvo para legitimarse: en sus reivindicaciones en la época, pedían la retirada de tropas estadounidenses de la Península Arábiga, para luego reclamar Cachemira o Palestina... Poco después también reclamaron Al Andalus. Luego, en algún comunicado, han hablado también del cambio climático.) Dice Hitchens:

Para los sectarios de al-Qaeda, adoctrinados en el wahabismo, solo los más puros y fanáticos son dignos de consideración. Las enseñanzas y proclamaciones públicas de esta secta nos han iniciado en la idea de que los tolerantes, los de mente abierta, los apóstatas o los seguidores de distintas ramas de La Fe solo merecen matanza y desprecio. Y eso es antes de considerar siquiera a los cristianos y los judíos, por no hablar de los ateos y los laicistas. Los motivos de queja y la animosidad son anteriores a la Declaración de Balfour, no digamos la ocupación del West Bank. Son anteriores a la creación de Irak como estado. Las puertas de Viena tendrían que haber caído ante la yihad otomana antes de que cualquier bálsamo pudiera aplicarse sobre estas heridas psíquicas. Y ese es precisamente ahora nuestro problema. Los talibanes y sus sucedáneos no se contentan con empobrecer sus sociedades hasta la miseria y la servidumbre. Están condenados, y erróneamente se creen ordenados, a extender el contagio y llevar el infierno hasta los que no son virtuosos. El primer paso que debemos dar, por tanto, es la adquisición del suficiente respeto por nosotros mismos, y la confianza suficiente para decir que hemos encontrado un enemigo y no somos nosotros, sino alguien distinto. Alguien con quien la coexistencia –afortunadamente, creo yo- no es posible. (Digo “afortunadamente” porque también estoy convencido de que esa coexistencia no es deseable.)

Quizá ahora parezca evidente. Pero no lo era en ese momento, ni después: algunos explicaron el atentado del 11-M como una respuesta a la participación de España en la guerra de Irak. El atentado era terrible, injustificable, brutal, claro, pero no hay que jugar con fuego. Lo que pasa es que desde el punto de vista de los fanáticos se juega con fuego enseguida: con unas caricaturas, con una película, con un libro, con que las mujeres vayan descubiertas, con determinadas comidas, con la libertad sexual...

Lo que abominan de “Occidente”, por decirlo en una frase, no es aquello que los progresistas occidentales rechazan y no pueden defender de su propio sistema, sino lo que les gusta y deben defender: sus mujeres emancipadas, su investigación científica, su separación entre religión y estado.

“Amor, pobreza y guerra” reproduce sus polémicas con Chomsky y sus compañeros de The Nation, que abandonó poco después (y contiene un elogio al juez Baltasar Garzón, por ordenar la detención de unos miembros de al-Qaeda y de Pinochet). Incluye un artículo sobre la guerra de Afganistán, señala muchos de problemas que todavía existen en un viaje por Pakistán, donde visita Peshawar y la frontera de Cachemira; y también tiene dos textos escritos en Irak (uno durante la guerra, otro poco después). Según Hitchens, Estados Unidos y Reino Unido no deberían haber recurrido a las armas de destrucción masiva para justificar la invasión: las violaciones de los derechos humanos del régimen de Sadam Husein, el asesinato masivo de los kurdos y la persecución de los opositores habrían sido razones suficientes. Se puede pensar que la exportación de la democracia no funciona fácilmente, que la guerra fue un error, un crimen o un disparate, o que por otra parte no se hizo –ni siquiera nominalmente- por esas nobles razones, pero el relato de los desenterramientos de las víctimas, el terror del régimen de Sadam Husein y el regreso de los exiliados es verdaderamente poderoso.

Al traducir Amor, pobreza y guerra, he vuelto a pensar en algunos debates importantes, he aprendido bastantes cosas de historia, política y literatura; he descubierto novelas, ensayos y poemas, me he desesperado con alguna frase y me he reído bastantes veces. Recorrer sus páginas ha sido una hermosa experiencia, y espero que también lo sea para los lectores.

En las imágenes, Hitchens, Amis y Hitchens; Paine; Kipling, Bellow, el 11-S.

NEOZELANDESES EN LA GUERRA CIVIL

Nueva Zelanda y España están en los extremos opuestos del mundo. Pero cuando estalló la Guerra Civil, muchos neozelandeses pensaron que se trataba de una batalla esencial. ‘Kiwi Compañeros. New Zealand and the Spanish Civil War’ (University of Canterbury Press, 2009), editado por Mark Derby, es la historia de esta respuesta: habla de la reacción de la prensa, la sociedad y el gobierno, de los movimientos para recaudar fondos, y de una treintena de voluntarios que participaron en la contienda.

Nueva Zelanda se mostró mayoritariamente favorable a la República. Aunque el órgano más activo fue el Partido Comunista, el gobierno laborista adoptó una posición más comprometida que el gobierno británico. Los partidarios de Franco pertenecían sobre todo a organizaciones católicas. También fueron más numerosos los que acudieron a ayudar a la República. Entre ellos había anarquistas y sindicalistas de los muelles, estudiantes de Cambridge que ayudaron a montar hospitales en Grañén, estalinistas y demócratas, un periodista novato, varias enfermeras, un sobrino de John Ford, un cocinero experto en incendiar tanques enemigos. (El medio hermano de John Key, primer ministro de Nueva Zelanda, ha declarado que su padre participó en la guerra, aunque no está confirmado oficialmente.) Algunos venían para luchar contra el fascismo, otros atraídos por el peligro, por la defensa de ideales democráticos o una utopía totalitaria. Muchos estuvieron en Aragón: en la provincia de Huesca, en Teruel o en Belchite. En algunos casos, la aventura duró poco: Griffith Maclaurin (que tenía una librería y vino animado por el poeta John Cornford) murió en combate a las 36 horas de llegar a Madrid. Jack Kent, ‘el Tigre de Taranaki’, luchador profesional en Australia y Sudáfrica, había cruzado medio mundo para unirse a las fuerzas republicanas. Iba en el barco ‘Ciudad de Barcelona’, que fue torpedeado, y se ahogó antes de llegar.

‘Kiwi Compañeros’ –que está traduciendo Cristina Gómez de la Torre y todavía no tiene editorial en nuestro país- incluye breves biografías, muchas veces emocionantes, de los neozelandeses que participaron en la guerra. Una de las más fascinantes es Greville Texidor (1902-1964), una escritora que despertó la admiración de Janet Frame. Texidor era hija de una pintora neozelandesa y creció entre escritores y artistas como D. H. Lawrence y Augustus John. Actuó por todo el mundo como bailarina; se casó en Buenos Aires en 1929 con Manuel María Texidor y la pareja se trasladó a Tossa de Mar. Allí Greville se enamoró de un joven profesor alemán, Werner Droescher (1911-1978). Se divorció en 1936 y cuando estalló la Guerra Civil se enroló en la milicia. Droescher entró en el POUM. Su grupo fue destinado a La Zaida, donde estaba vinculado a la Columna Ortiz. Le atrajo la filosofía anarquista y se quedó con ellos cuando sus compañeros trotskistas se fueron. Greville se reunió con él; pasaron a formar parte de una centuria anarquista, “Los Aguiluchos de Les Corts”. “Por las tardes intentábamos convencer a los campesinos del pueblo de que formaran una colectividad agrícola. Nos bañábamos en el Ebro desnudos, porque los anarquistas estaban en contra de todo pudor sexual y respetaban el honor de las compañeras”, escribió Droescher en sus memorias (en 1976 se publicó una versión en alemán, ‘Odyssee eines Lehrers’; una reescritura en inglés continúa inédita). En La Zaida Texidor y Droescher conocieron a la legendaria anarquista Emma Goldman.

En la imagen, Greville Texidor.

Participaron en el ataque a Almudévar y vivieron de cerca los conflictos entre los comunistas y los anarquistas. Viajaron a Londres, donde colaboraron con organizaciones de apoyo a los republicanos. Regresaron a España cuando “la revolución había sido liquidada por los comunistas”; dieron clase a niños refugiados en Cataluña, aunque su tarea no duró mucho: el campamento estaba dirigido por una organización comunista y fueron despedidos. A finales de 1938 se marcharon a Inglaterra, pero, como Droescher era alemán, los declararon “extranjeros enemigos” y los encarcelaron. Finalmente, pudieron trasladarse a Nueva Zelanda. Allí Texidor se convirtió en escritora: su antología ‘In Fifteen Minutes You Can Say a Lot’ incluye varios relatos que transcurren en España. Escribió una novela, ‘Days and Nights of a Militia Woman’, que “cubre las experiencias del personaje principal en el frente de Aragón y en Barcelona, donde el intenso bombardeo fascista, las luchas entre los republicanos y el ascenso del estalinismo estaban terminando con la revolución y la vida misma”, según su hija Rosamunda Droescher, que está preparando la edición.

Otro neozelandés, Peter Russell (1913-2006), sirvió de inspiración a Javier Marías, que le dedicó la trilogía ‘Tu rostro mañana’. Russell fue un hispanista de la Universidad de Oxford que espió para el gobierno británico: en 1938, unos agentes de las SS lo atraparon en las Islas Cíes después de fotografiar el barco ‘Canarias’. La intervención de Franco salvó a Russell, que más tarde tuvo que asegurarse, por órdenes de Churchill y con pistola incluida, del paso de los duques de Windsor desde Madrid a Estoril y planeó durante la Segunda Guerra Mundial una invasión británica de las Canarias.

Una ambulancia pagada por el Spanish Medical Aid Committee de Nueva Zelanda (he tomado la imagen aquí)

La mayoría de los neozelandeses llegaron impulsados por el idealismo. Muchos estuvieron en la Brigadas Internacionales, siguieron apoyando a la República cuando se marcharon y combatieron en la Segunda Guerra Mundial. El del piloto Eric Griffith fue un caso distinto: había ofrecido sus servicios a varios señores de la guerra chinos y quiso entrar en la RAF. Trató de luchar contra Italia en Etiopía. El plan era audaz -llevar al país a quince pilotos con el pretexto de hacer una película sobre Lawrence de Arabia- pero el gobierno británico impidió la expedición. En España combatió sólo unos meses; cobraba 200 libras por avión derribado (tiró cuatro). Pese a ser un mercenario, creía en la causa de la República y estaba convencido de su victoria. Admiraba a la población civil y pensaba que pronto llegarían mejores aviones rusos y que los franquistas desertaban. Viajó a Hollywood para reunirse con su amigo Errol Flynn, al que había conocido en España: querían rodar películas sobre la Guerra Civil; Griffith sería su asesor técnico. Murió en un accidente de aviación.

En su extravagancia compite con Phil Cross, aparentemente el único neozelandés que combatió en el bando franquista. Caballista, cineasta y bailarín, había trabajado en ‘Que viva México’ de Eisenstein y estaba rodando con su compañía Anglo-Iberian Films cuando estalló la guerra. Participó en el ataque a Madrid y lo hicieron prisionero, aunque pudo escapar. Resultó herido y lo licenciaron. En Londres, su baile despertó la admiración de Beatriz de Borbón. Cuando volvió a Nueva Zelanda, fue un ruidoso publicista de sus hazañas de guerra (sobre las que su testimonio es la única fuente) y del bando franquista: “Franco no es un fascista. No ha demostrado interés por la política y sólo gobernará España mientras haya inestabilidad”, declaró.

Cartel de un homenaje a neozelandeses muertos en España, en 1939

Entre los no combatientes, destaca la figura del doctor Doug Jolly (1904-1983), uno de los cirujanos de guerra más importantes del siglo XX. Estuvo en terreno republicano y estableció hospitales de campaña en Quinto de Ebro, La Puebla de Híjar y Belchite; creó un sistema para distribuir a los heridos según su gravedad y escribió un manual muy influyente: ‘Field Surgery in Total War’. Según el ‘New England Journal of Medicine’, “sus métodos contribuyeron más a salvar las vidas de pacientes con heridas abdominales que ningún otro factor”. También era médico Robert Macintosh, un anestesista que llegó a la España nacional en 1937. Trabajó en Vitoria, San Sebastián y Zaragoza, donde presenció un bombardeo y asistió a soldados marroquíes heridos en el Hospital Musulmán. Las innovaciones de los dos médicos se emplearon en la Segunda Guerra Mundial.

Aunque se siguieron recaudando fondos para ayudar a la República, los neozelandeses perdieron interés por la contienda a partir del estallido de la Segunda Guerra Sino Japonesa. Pero la vinculación no terminó allí. Bill Trussell era muy joven cuando acogió en su casa a Kate Fränck, una judía alemana que había huido a Cataluña y había pertenecido al Partido Comunista. A principios de los años 50, Trussell obtuvo una beca para estudiar piano en Francia. Fascinado por los relatos de Fränck, conoció a los exiliados españoles. Coincidió con Pau Casals; Horacio Prieto, que había sido secretario del comité nacional de la CNT, Pablo Picasso y Valentín González, ‘El Campesino’. Trussell hizo de traductor para los exiliados ante las instituciones francesas y transportó mensajes, dinero o gente a España. Una vez llevó a un viejo republicano vasco para que pasara sus últimos días en su tierra. Cuando se acercaban a la frontera, Trussell se dio cuenta de que el anciano había muerto. En la aduana dijo que su compañero estaba borracho, y siguió adelante.

‘Kiwi Compañeros. New Zealand and the Spanish Civil War’. Editado por Mark Derby. Canterbury University Press, Christchurch, Nueva Zelanda, 2009.

 

2. EL PERIODISTA

Cox.

En el otoño de 1936 Geoffrey Cox (1910-2008) era un joven periodista: el ‘News Chronicle’ lo había enviado a España porque temía que, si Franco ganaba, su corresponsal acabaría en la cárcel y no quería perder a una de sus estrellas (unos meses después detuvieron a otro corresponsal del periódico: Arthur Koestler). Incapaz de organizar su huida de Madrid hacia Valencia, se quedó atrapado en la capital “con la historia más maravillosa del mundo”: recogió sus despachos en el libro ‘La defensa de Madrid’ (Oberon, 2005). “No tuve la menor duda de que estaba informando de un acontecimiento de importancia histórica capital. Por primera vez, una fuerza surgida del pueblo era capaz de contener al fascismo”, declaró. Su experiencia en la Guerra Civil sería un momento fundamental en una larga carrera periodística.

3. MARINOS, ENFERMERAS Y UN ATRACADOR

Las enfermeras Renee Shadbolt, Isobel Dodds y Millicent Sharples

Entre los voluntarios que estuvieron en Aragón se encuentra el último superviviente de la contienda en Nueva Zelanda, Pedro de Treend, que nació en San Sebastián en 1919, se hizo marinero a los 14 años y se estableció en Auckland tras viajar por Montreal, Argentina y Panamá. Se enteró de que había estallado la guerra en el país donde había nacido y se embarcó (pagó el viaje con su trabajo). Participó en la batalla de Teruel, donde combatió en Puerto Escandón. Más tarde lo capturaron y escapó en un barco. No fue el único neozelandés que estuvo en la batalla de Teruel: también participó Riley, un comunista católico que combatió en las dos guerras mundiales y resultó herido en la Batalla del Ebro. “No había criados de oficiales en el ejército republicano; hasta el oficial al mando se limpiaba las botas”, escribió en sus memorias inéditas. La enfermera Una Wilson también estuvo en la misma batalla; sus compañeras Renee Shadbolt, Isobel Dodds y Millicent Sharples se habían convertido en un caso célebre en Nueva Zelanda, porque la policía había intentado obstaculizar su partida.

William Madigan escribió a un periódico neozelandés: “Vine aquí por los mismos ideales que tenía Lafayette cuando luchó a favor de los estadounidenses en 1776”. Elogiaba a la población, “pero es raro cuando quieres salir con una chica. Tienes que llevar a toda la familia, dondequiera que vayas. Parece que la única forma de quedarte solo con una chica aquí es casarte con ella”. Alex MacLure organizó uno de los primeros comités de ayuda a la República antes de viajar a Europa. Según el ‘Workers’ Weekly’, murió en Fuentes de Ebro en 1937. Bill Belcher, que era anarquista e ingeniero, pensó que en España se podría lograr lo que no se había conseguido en Italia y Alemania. Llegó en agosto de 1936. Ayudó a establecer un hospital en Grañén y combatió en el Batallón de la muerte. Estuvo en Belchite y en Teruel (“las dos capturas estuvieron bien planeadas y ejecutadas, pero nunca tuvimos la fuerza para llevar un ataque prolongado”). Su unidad quedó reducida a una séptima parte en Belchite, y lo mandaron de vuelta a Londres para encargarse de la propaganda. Estaba agotado, frustrado y casi enloquecido. En Barcelona, lo detuvo la policía controlada por los comunistas y estuvieron a punto de fusilarlo.

También estuvo en Aragón William McDonald, que atracó un banco a los 19 años. Uno de los empleados sacó su revólver, lo que complicó las cosas. Además, el otro empleado había pasado la tarde anterior jugando al ping pong con MacDonald y lo reconoció. Cuando salió de la cárcel, dejó el país para evitar la deshonra familiar. No pertenecía a ninguna organización y escribió a su madre: “Espero que le digas a todo el mundo que estoy en el ejército del gobierno español, luchando contra el fascismo”. Una vez lo mandaron a recoger el dinero de la paga del batallón. Tras una noche de juerga, fue incapaz de encontrar el dinero (lo arrestaron catorce días). Cuando evacuaron a las Brigadas Internacionales, quiso pedir la nacionalidad española para seguir luchando, y condenó la política de las democracias europeas hacia la República. En la Segunda Guerra Mundial estuvo en el ejército británico: escapó de cuatro campos de prisioneros alemanes.

En la primera imagen, el médico Doug Jolly. Este artículo apareció el 21 de enero en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón.

 

 

PRISIONEROS

PRISIONEROS

El hombre, un lobo para el hombre, de Janusz Bardach (Odesa, 1909 – Iowa City, 2002), y Todos los colores del sol y de la noche, de Lenka Reinerová (Praga, 1916 – 2008), son dos testimonios estremecedores de vidas secuestradas por el comunismo. La historia de Bardach es terrorífica: era hijo de un médico judío y vivía con su familia en Volodímir-Volinski, en Polonia. Había vivido el antisemitismo, creía en las ideas socialistas y, tras la invasión nazi, pensaba que la Unión Soviética acogería a los judíos perseguidos. Pero la ocupación soviética le reveló un mundo de persecución: se expropiaba y detenía a los capitalistas; una noche, unos agentes del NKVD llevaron a Bardach como testigo en una redada nocturna para localizar y deportar a refugiados. En 1940, fue llamado a las filas del Ejército Rojo. Pocos después se le volcó el tanque: aunque un consejo de guerra lo condenó a muerte por sabotaje, un conocido que trabajaba en el NKVD le conmutó la pena a diez años de trabajos forzados.

Bardach narra su traslado a través de la Unión Soviética y su trabajo en varios campos de concentración. Le obligaron a cavar una tumba y meterse en ella, intentó fugarse, recibió palizas de los guardias y otros presos, fue apuñalado, estuvo encerrado cinco días en un “aislador”, contrajo la tuberculosis y el escorbuto, padeció ceguera nocturna por falta de vitaminas, y presenció asesinatos y violaciones entre los propios presos. Había delincuentes comunes, polacos a los que Bardach prefería evitar y condenados por razones políticas. Muchos habían sido acusados de conspiraciones inventadas o habían confesado bajo tortura; algunos eran antiguos miembros del NKVD, habían formado parte del sistema paranoico que ahora se había vuelto contra ellos y compartían condena con sus víctimas; varios habían sido enviados a Siberia por contar un chiste sobre Stalin u otro dirigente del Partido (uno de los compañeros de Bardach bromea: “por un mal chiste te pueden caer cinco años, pero por uno bueno, veinticinco”). Vivían en condiciones durísimas e insalubres, temían a los guardianes, que los trasladaran a un campo todavía peor o los delataran por nuevos crímenes; robaban a los débiles o a los muertos; se mutilaban para evitar trabajar a cuarenta grados bajo cero, buscaban comida entre los cadáveres y llegaban a apostar sus propios dedos cuando jugaban a las cartas. Al principio, Bardach cree que su condena se debe a un error de la justicia, pero descubre que la brutalidad y la represión paranoica son elementos fundamentales del engranaje soviético.

Bardach, que escribió el libro con Kathleen Gleeson, no elabora una descripción global del gulag, sino el relato de su lucha por sobrevivir en un sistema diseñado para convertir a los seres humanos en animales: “Quizá fue mi destino conocer a gente que no sólo me salvó la vida, sino que me enseñó a no perder la sensibilidad por los de mi alrededor. Conocerlos me dio esperanza y una razón para luchar que iba más allá de la supervivencia. Kolimá me enseñó que la degradación no era una consecuencia de las condiciones en las que vivíamos; formaba parte del plan”.

Bardach salió adelante gracias a su ingenio –seducía a otros presos con sus relatos-, su fortaleza, la ayuda de algunos compañeros y una buena dosis de suerte. Tras trabajar durante ocho meses en una mina de oro en Kolimá, sobrevivió a un accidente y consiguió trabajo como asistente médico en un hospital. Eso mejoró sus condiciones de vida, aunque no lo libró del miedo a ser trasladado a otro campo. Su hermano, que era oficial del Ejército Polaco, obtuvo su liberación; después supo que el resto de su familia había muerto durante el Holocausto.

El testimonio de Bardach tiene algo de relato de aventuras, muchas veces atroz y emocionante y en ocasiones casi picaresco en medio del horror y la barbarie. En cambio, Todos los colores del sol y de la noche hace pensar en Kafka y Orwell. Reinerová, una escritora checa de lengua alemana, creía en el comunismo, había ayudado a fugitivos del régimen de Hitler y había huido de su país ante la invasión nazi (su madre y sus hermanas fallecieron en el Holocausto). Estuvo en una cárcel de París y en el campo de de mujeres de Rieuclos antes de huir a México. Regresó a Praga y a principios de los años 50 estuvo en prisión preventiva durante 15 meses. No sabía de que la acusaban: sus interrogadores querían oír “la confesión de delitos inventados, jamás cometidos, ni siquiera planeados”. Apuntaban hacia su supuesto sionismo (“Todos los judíos son sionistas”), sus relaciones con “el Oeste”, sus imaginadas labores de espionaje para Tito (la razón: su marido era yugoslavo), y le pedían que informase sobre sus conocidos. Su adhesión al comunismo y su oposición al nazismo también despertaban las sospechas de los interrogadores: “el hecho de que, siendo aún una niña, me decidiera por la utopía de un orden socialista y, sobre todo, por la lucha activa en contra del fascismo constituía allí inequívocamente el indicio de acusaciones terribles”.

Reinerová está aislada del mundo exterior, la trasladan con los ojos vendados y apenas tiene conciencia del tiempo. Acaba interiorizando las acusaciones; otras veces se defiende de sus interrogadores: “La verdad no es lo que cree cada cual. Requiere de pruebas. Y es él quien debería presentarlas”. Resiste hablando con su compañera de celda –unas charlas llenas de humor y melancolía, que como los interrogatorios relatan su vida anterior y retratan la Praga de los años 30, con los cafés literarios, los refugiados de Hitler o las colectas para los republicanos españoles- y aferrándose a algunos destellos de belleza, a los fragmentos de la vida interrumpida: guarda un trozo de cartón azul, después de meses sin ver ese color; atesora un fragmento de hierba que ha podido llevarse su compañera, o arranca las púas de un peine para desconcierto de sus guardianes.

Zarah Ghahramani nació 72 años más tarde que Janusz Bardach, en Teherán, en 1981, pero también ha vivido la barbarie y el confinamiento. De familia kurda, su padre fue militar en el régimen del Shah; su madre profesaba la religión zoroastrista. En 2001, tras unas protestas estudiantiles, estuvo 30 días en la prisión de Evin: al igual que Reinerová, no conocía las acusaciones ni podía defenderse. Mi vida como traidora, escrita con la colaboración de Robert Hillman, habla de los interrogatorios con los ojos vendados, de las amenazas, las palizas y las exigencias de que informara sobre otros disidentes, de una guardiana que le hacía insinuaciones sexuales o de las humillaciones para ir al baño. Ghahramani, que por entonces era una estudiante de traducción fascinada por Lorca y ahora vive en Australia, cuenta en flash-backs una toma de conciencia política frente a las normas que impone República Islámica. Entre ellas están el culto al martirio –que se convierte en justificación para prohibir los calcetines blancos, y condena a las viudas a una vida miserable-, los matrimonios forzosos –que llevan a una prima de la autora al suicidio-, la islamización de la sociedad y el olvido de la tradición persa.

En ocasiones establece comparaciones disparatadas: recuerda que, cuando un novio conservador y bien situado –que luego ayudó en su liberación- la obligó a ponerse una versión ortodoxa del chador para ir a una fiesta, se sintió “como las mujeres del Partido Republicano de Estados Unidos en una colecta de fondos del Bible Belt”; compara a los mulás con Joseph McCarthy, que era detestable, pero no gobernaba el país. Frases como ésas empañan un poco un libro valioso, que ofrece una perspectiva juvenil y aparentemente ingenua. La defensa de las pequeñas cosas, como que el sol te dé en el pelo o llevar unas zapatillas rosas, también es una reivindicación esencial: “No hay nada que se pueda decir en defensa de unas leyes que permiten a los hombres de una sociedad tratar a las mujeres como sus rehenes. Son leyes malvadas, no importa el lugar donde sean promulgadas”.

Esta reseña aparece en el número de enero de Letras libres. En las imágenes, prisioneros del gulag, Reinerová y Ghahramanni.

Januz Bardach y Kathleen Gleeson. El hombre, un lobo para el hombre. Asteroide, 2009. Traducción de Martin Schífrino. 478 páginas.

Lenka Reinerová. Todos los colores del sol y de la noche. Asteroide, 2009. Traducción de Juan de Sola. 219 páginas.

Zarah Ghahramani, con la colaboración de Robert Hillman. Mi vida como traidora. El Aleph, 2009. Traducción de Facundo Piperno y Ariadna Castellarnau. 267 páginas.

SIN RUMBO

SIN RUMBO

Gianni Celati (Sondrino, Italia, 1937) es un escritor raro y maravilloso que habla de lo extraño, las alegrías y las tristezas de la vida cotidiana y cuenta muchas más cosas de las que parece. ‘Vidas erráticas’ (Periférica, 2009), galardonada con el Premio Viareggio, contiene tres relatos sobre la adolescencia y el paso del tiempo ambientados en una ciudad de provincias en los años cincuenta. Pucci, Bordignoni y el narrador se dedican a vagar por las calles, mirando a chicas para las que apenas existen. Zoffi trabaja en un estanco, angustiado por el descubrimiento de que “uno está separado de todo” y enamorado de su prima Urania, explica el mito de la caverna de Platón a sus clientes y monta una tertulia filosófica con un ex profesor despedido por alcohólico. El escritor Tritone es una gloria nacional, pero su mundo se viene abajo cuando escucha a un estudiante –amigo del narrador- despotricar contra su última novela.

El autor del estupendo ‘Narradores de las llanuras’ (Anagrama, 1987) inventa unos personajes entrañables y cómicos, unos diletantes con graves preocupaciones existenciales y una buena dosis de ansiedad sexual. Forman parte del proyecto ‘Costumbres de los italianos’, donde caben “la historia de mi familia, historias escolares, idioteces de la adolescencia, retratos de celebridades, noticias sobre vacaciones, política, recomendaciones, catolicismo, sexo, fútbol, moral, etc.” ‘Vidas erráticas’ es un libro felliniano, divertido y levemente melancólico sobre la amistad y el aprendizaje, que esboza el retrato de una sociedad y crea un paisaje literario.

Gianni Celati. Vidas erráticas. Periférica, 2009. 129 páginas. Traducción de Francisco de Julio Carrobles.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Celati.

 

ESPERANDO A DON QUIJOTE

ESPERANDO A DON QUIJOTE

 

Zaragoza es la ciudad más aludida en el ‘Quijote’; casi la mitad de los capítulos de la segunda parte y algo menos de un tercio del total de la novela transcurren en Aragón. En ‘Sin poner los pies en Zaragoza’ (Rolde de Estudios Aragoneses, 2009) Antonio Pérez Lasheras (Jaca, 1959) analiza la relación fascinante y enigmática entre Aragón y la novela de Cervantes. El libro es una ventana excelente para observar los aspectos más generales, misteriosos y modernos del ‘Quijote’.

Pérez Lasheras estudia la temporalidad y la publicación del ‘Quijote’, señala las diferencias entre las dos partes y repasa la conmemoración del tercer y cuarto centenario; sorprende que no mencione los esfuerzos de 'Heraldo'. La vinculación de Cervantes con Aragón resulta escasa si la comparamos con la presencia del territorio en la novela: al final de la primera parte (1605) se apunta que “es fama” que don Quijote realizó otra salida para participar en las justas que se celebraban en Zaragoza el día de San Jorge. En la segunda parte (1615) don Quijote se dirige hacia allí. Pasa mucho tiempo en Aragón pero nunca llega a Zaragoza: en el capítulo 59 se entera de que ha aparecido una segunda parte de sus aventuras, donde se cuenta su visita a la ciudad, y decide: “no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno”.

Cervantes convierte la continuación espuria de su novela -que había aparecido en 1614, firmada por Alonso Fernández de Avellaneda y transcurre en buena medida en Aragón y en Zaragoza- en un elemento de la trama del ‘Quijote’. Ese tipo de continuaciones no era infrecuente en el Siglo de Oro; lo extraordinario es “la violencia con que reaccionaron los autores”. Tanto Cervantes como don Quijote señalan a Avellaneda como aragonés, y Pérez Lasheras apunta que el alcalaíno sabía más sobre su identidad de lo que dice. Se han propuesto decenas de nombres: desde Mateo Alemán hasta los Argensola, pasando por fray Luis de Aliaga e incluso el Greco. A menudo se ha relacionado con el círculo de Lope de Vega. Una de las teorías más sugerentes, apuntada por Martín de Riquer y  Alfonso Martín Jiménez, propone como autor al aragonés Jerónimo de Pasamonte, que combatió en Lepanto y fue prisionero de los turcos, escribió una autobiografía y se habría visto caricaturizado en el personaje de Ginés de Pasamonte, el galeote que don Quijote libera en la primera parte. En la segunda parte el personaje reaparece disfrazado del titiritero Maese Pedro, que representa una escena ambientada en Sansueña (Zaragoza).

Pérez Lasheras resume y examina las teorías con rigor y acierto, y reprocha algunas inexactitudes a José-Carlos Mainer y Menéndez Pidal. Habla del éxito inicial del ‘Quijote’ y de cómo se ha leído a lo largo del tiempo. La novela sentó mal en Aragón, donde algunos vieron en el retrato de los duques una crítica a la nobleza aragonesa. Esa sensación y la interpretación cómica del ‘Quijote’ estarían entre las razones del silencio de Gracián sobre la novela.

El ensayo termina con un hermoso texto sobre el sintagma “montañas de Jaca”, que aparece en la segunda parte, como expresión casi arquetípica del frío y las cumbres. Rastrea el uso legal del término –la jurisdicción de “Jaca y sus montañas” se creó en el siglo XIII para combatir el contrabando-, su primera aparición literaria en el ‘Cancionero general’ de 1511 y sobre todo un romance, del que existen varias versiones, que figura en el ‘Entremés de los romances’, uno de los textos seminales del ‘Quijote’.           

Pérez Lasheras también ha publicado ‘Piedras preciosas... Otros aspectos de la poesía de Góngora’ (Universidad de Granada, 2009), un ensayo iluminador que estudia las formas de editar y leer la obra del cordobés, la idea de lo burlesco y la sátira en su obra y la de sus contemporáneos, y la conciencia poética de Góngora, que lo alejó del autobiografismo petrarquista y provocó una de las polémicas más intensas de la literatura española: a veces “la visión más acertada de la innovación gongorina” proviene de sus detractores; “en sus miedos, recelos y anatemas contra la herejía de la osadía gongorina se encierran –exageradamente, eso sí- las formulaciones más modernas, más ‘vanguardistas’ de su estética”.

Antonio Pérez Lasheras. Sin poner los pies en Zaragoza (algo más sobre el Quijote y Aragón). Rolde de Estudios Aragoneses, Zaragoza, 2009. 194 páginas.

Antonio Pérez Lasheras. Piedras preciosas... Otros aspectos de la poesía de Góngora. Universidad de Granada, Granada, 2009. 243 páginas.

Esta reseña apareció en ’Artes & Letras’ el 26 de noviembre. La ilustración es de David Guirao.

 

DONDE NADIE ESTÁ A SALVO

DONDE NADIE ESTÁ A SALVO

 

La vida de Humphrey Slater (1906-1958) se relaciona con muchos asuntos centrales de la primera mitad del siglo XX, y esa mezcla entre vida privada e historia aparece en ‘Los herejes’ (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009) y ‘El conspirador’ (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009). Slater, que se crió en Sudáfrica y empezó como pintor, se divorció cuando su mujer le obligó a elegir entre ella y el comunismo. Vivió en Berlín a principios de los años 30 y viajó a España para combatir el fascismo en la Guerra Civil. Estuvo en las Brigadas Internacionales y participó en las batallas del Jarama, Quinto, Belchite y Fuentes de Ebro. Aunque su desencanto con el comunismo se había gestado en España, en 1941 lo expulsaron del partido; ya formaba parte de un programa de entrenamiento de la Guardia Nacional para impedir una invasión nazi. Entre 1945 y 1947 editó la revista ‘Polemic’, donde colaboraron George Orwell, Bertrand Russell, Stephen Spender o Alfred J. Ayer.

En ‘La mentalidad soviética’ (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009), Isaiah Berlin escribe: “La incapacidad de predecir los curiosos virajes de la línea oficial constituye un fracaso monumental para cualquier comunista. En el mejor de los casos, altera todos sus cálculos personales; en el peor, lo condena a la ruina máxima”. Ese es uno de los temas principales de ‘Los herejes’, una novela sobre el fanatismo que Slater publicó en 1947. La primera parte cuenta la historia de Simon, Paul y Elizabeth, tres niños que viven en Avignon en el siglo XIII durante la persecución de la Iglesia Católica a los albigenses. El resultado es una catástrofe social y un mundo en el que nadie está a salvo: los hijos denuncian a los padres y se persigue a los herejes, pero también a los que son blandos con ellos o a los que son sospechosamente duros.

La segunda parte transcurre en la Guerra Civil: Paul, Elizabeth y Simon son tres jóvenes ingleses que están en Málaga en 1936. En la misma ciudad está el coronel Córdova, fascinado por Elizabeth. Tras fracasar con ella y pasar la noche en un burdel, Córdova recorre el 18 de julio las calles de una ciudad conmocionada sin saber qué ha ocurrido: ve cadáveres en la calle, lo atacan unos obreros, dispara, se encuentra con una manifestación y ofrece sus servicios a la República. Slater describe las batallas, el temor y el desconcierto de los combatientes, y ofrece una perspectiva múltiple de la guerra en el bando republicano: la trayectoria de Córdova muestra la gestión militar del conflicto, desde el desorden inicial hasta las consignas de los asesores soviéticos y las opciones cuando la derrota parece inminente; el comportamiento heroico de Simon con las Brigadas Internacionales y su ortodoxia comunista le permiten entrar en el Servicio de Inteligencia Militar; Paul combate con las milicias en Aragón e intenta escapar cuando se desatan las purgas en la República; Elizabeth escribe crónicas, inicia una relación amorosa con Córdova, duda y viaja a Aragón en busca de su hermano.

‘Los herejes’ es una novela poderosa, que recoge muchos debates de la época y retrata la mentalidad totalitaria: en un momento desesperado de una batalla mal planificada, el comisario pide que se vincule el combate con “la cuestión política, más amplia, de la lucha contra el trotskismo”. Simon defiende ante Elizabeth el asesinato de supuestos “agentes de los fascistas”, entre los que en realidad hay muchos antifascistas; luego justifica el pacto entre Hitler y Stalin como “una cuestión de diplomacia práctica”. Elizabeth piensa que “la inhumanidad, el odio y la intolerancia constituían la base de los métodos políticos tanto de los fascistas como de Simon”. Aunque podrían haber aparecido por separado, entre las dos partes de ‘Los herejes’ hay paralelismos estructurales, pero el principal es temático: el retrato de una forma de pensar que atribuye intenciones deshonestas a toda crítica, y que resulta igual de peligrosa por su crueldad que por su arbitrariedad.

'El conspirador’ (1948) tiene algo de película de Hitchcock y de ‘Barba Azul’. Como en el cuento y en ‘Los herejes’, una mujer descubre la duplicidad de alguien próximo: Harriet, de 17 años, se casa con Desmond Ferneaux-Lightfoot, un hombre mayor de la Guardia de Granaderos. Lo que empieza como un idilio se transforma en una historia de sospecha conyugal y espionaje cuando Harriet descubre que su marido es un agente soviético, y cuando él y sus jefes descubren que lo sabe. Pese a su brillantez, el personaje del director Zabotkin, descompensa un poco un relato eficaz, donde funcionan bien la intriga doméstica, la desconfianza y terror de los espías -por el miedo a que los descubra su país o a que su empleador no los considere lo bastante leales-, y los protagonistas: Slater muestra sus contradicciones y crea personajes en dos novelas sobre ideas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. En la imagen, el futuro  editor de ’Polemic’ -una revista que Stephan Collini ha definido como "favorable a un racionalismo fresco y liberal, partidaria de la ciencia, hostil hacia las manifestaciones intelectuales del romanticismo y claramente anticomunista"- está en el centro.

 

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

‘El club de los estrellados’ (Tusquets, 2009), la primera novela de Joaquín Berges (Zaragoza, 1965), es una historia de perdedores y segundas oportunidades. Habla de seres que podrían ser personajes menores en otra novela y se consideran personajes secundarios en su propia vida. El protagonista, Francho, es un cartero feísimo que ha renunciado a tener una relación con una mujer. Le gusta ponerse la lencería que vendía su madre e imaginar cómo le quedaría a una chica. Su otra afición es inventar historias, contar a la gente que es un espía, un aventurero: disfruta más con las ficciones que fabrica alrededor de la vida que con la vida. El narrador, el otro protagonista del libro, es camarero y el mejor amigo de Francho. Como él, forma parte de un club de aficionados a la astronomía: el club de los estrellados.

Los dos viven un cambio profundo. Francho recibe un sobre dirigido a uno de los proxenetas más siniestros de la ciudad y puede comportarse como un héroe improbable y algo quijotesco, un paladín chapucero y entrañable que defiende a dos damas en apuros: Chelo, una puta de mediana edad, y su hija Irene, prisionera de la prostitución y las drogas. El narrador está enamorado de Hortensia, que cae enferma de cáncer. Él la cuida durante el tratamiento: es otra forma de rescate. Como el resto de los personajes del libro, incluso los malvados, Hortensia es más compleja de lo que parece; el narrador habla de su “poesía encubierta en su disfraz de funcionaria de correos”; ella también ha recibido su dosis de soledad y desamparo.

Uno de los grandes aciertos de ‘El club de los estrellados’ es lo bien que están entrelazadas las historias de Francho y el narrador. La novela tiene una estructura en espejo: en las dos tramas hay personajes secuestrados o retenidos; una contemplación de la desnudez; un conflicto entre una madre y una hija y un amante; en una transformación; en una un personaje pierde el pelo y el otro se depila.

‘El club de los estrellados’ tiene un clima y un sentido del humor que recuerdan a Almodóvar, pero también una precisión que hace pensar en David Lodge. Berges aprovecha como mecanismos narrativos aspectos del carácter de los personajes, desde la profesión a sus aficiones: eso hace su relato más económico, creíble e interesante. El narrador es un observador de las estrellas y observa a los demás personajes, y sobre todo a Hortensia, como si fueran cuerpos celestes. La música de Bach establece una comunicación entre Hortensia y el narrador. La trayectoria de Francho es un descubrimiento de sí mismo y un aprendizaje sexual: da salida a un aspecto bloqueado de su sexualidad; ese proceso psicológico es estructuralmente fundamental en la resolución de la novela.

El club de los estrellados’ es una narración casi policiaca y sentimental, y una reflexión sobre la ficción, lo trágico y lo cómico, el amor y el deseo, y lo que decimos y ocultamos a nuestros amigos. Habla del placer y el sufrimiento del cuerpo -el sexo y la enfermedad- y de nuestra capacidad para reinventarnos. Berges ha escrito con humor y elegancia una novela sobre unos freaks desvalidos que empiezan haciéndonos reír y terminan por emocionarnos.

‘El club de los estrellados’. Joaquín Berges. Tusquets, 2009. 271 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón el 15 de octubre de 2009. He tomado la imagen aquí.