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Daniel Gascón

Reseñas

EL BAILE DE LA VICTORIA

EL BAILE DE LA VICTORIA

 

‘El baile de la Victoria’ es el regreso de Fernando Trueba a la ficción y también la película más libre del director: mezcla el relato de atracos, el aprendizaje sentimental, la intensidad del western, el humor y la tragedia con un tono romántico y casi ingenuo. Pero sobre todo es la historia de tres personajes desamparados, que interpretan tres actores estupendos: Ricardo Darín es un ladrón legendario, que recupera su libertad pero pierde a su mujer y su dinero; Abel Ayala es un golfillo que tiene una idea para un robo y se enamora de Miranda Bodenhöfer, una chica a la que los escuadrones de la muerte de Pinochet dejaron sin padres y sin habla y sueña con bailar en el Teatro Nacional.

La mecánica de la historia funciona con la naturalidad y la precisión del cine clásico, y te introduce en un mundo de fantasía y fatalidad, que juega con los arquetipos de varios géneros cinematográficos. Santiago de Chile –una ciudad gris y rodeada de montañas- es otra de los protagonistas.

Trueba ha dicho que busca “la emoción por elevación”: la sensación que nos produce ver la belleza, o la búsqueda de la alegría en lo cotidiano. Podemos pensar en la madre que canta en ‘Belle Époque’, o, en esta película, cuando dos personajes comen un bocadillo bajo la lluvia. ‘El baile de la Victoria’ tiene acción, comedia y momentos sórdidos y terribles. Pero también es la historia conmovedora de tres personajes que buscan un lugar en el mundo y elaboran una trama de afectos.

Este artículo apareció en Heraldo de Aragón. En la imagen, Miranda Bodenhöfer.

 

LOS DESASTRES DE LA GUERRA

LOS DESASTRES DE LA GUERRA

 

El general, pintor y grabador Louis-François Lejeune (Estrasburgo, 1775-Toulouse, 1848) participó en las batallas más importantes de su época: estuvo en Valmy, Marengo, Austerlitz o Moscowa. Sus cuadros se han convertido en la representación más célebre de muchos de esos combates.

Lejeune también estuvo en el segundo asedio de Zaragoza, en el invierno de 1808-1809, y lo contó en “Los sitios de Zaragoza” (Institución Fernando el Católico, 2009), el único libro que publicó en vida y el texto más extenso que dedicó a una operación militar. Carlos Riba lo tradujo en 1908, y ahora Pedro Rújula ha corregido las alteraciones de esa versión: donde Lejeune utilizaba expresiones como “extrema superstición”, “fanatismo” y “falsos milagros”, el texto en castellano decía “sentimentalismo religioso”, “sentimiento” y “creencias milagrosas”. Rújula también ha escrito un documentado prólogo que ilumina el texto y el personaje.

Aunque Lejeune llegó a Zaragoza el 20 de enero, también cuenta el primer sitio y los preparativos del segundo. Su relato explica claramente los movimientos de las tropas y la geografía la ciudad. Pero también está salpicado de episodios ficcionalizados, y de referencias a sucesos históricos y legendarios: Lejeune compara el avistamiento de Zaragoza con la llegada de los cruzados a Jerusalén, y asegura que el sitio tiene similitudes con los de Sagunto y Numancia.

Lejeune insiste en las dificultades del ejército francés y habla de las leyendas sobre los tesoros que guardaba la ciudad. Reconoce el heroísmo de los zaragozanos con una mezcla de admiración y espanto: “En esta capital de Aragón, el amor a la libertad, a la religión, el sentimiento de la nacionalidad han hecho de cada ciudadano defensor voluntario de su hogar y unas víctimas inmoladas al honor de la patria”. Critica la actuación de los dirigentes de los aragoneses, que se empeñan en continuar la lucha cuando se ha extendido una epidemia, no hay refuerzos y todo está perdido. Palafox aparece como un propagandista embustero y sin experiencia militar. El padre Basilio Boggiero sale peor parado: “de corazón feroz y sin piedad”; “atroz verdugo de Zaragoza”; “energúmeno”. Lejeune señala el papel de las mujeres en la lucha y en el auxilio a los heridos, y la “despótica” influencia que ejerce sobre ellas un clero belicoso: un cura presume de haber degollado a 17 franceses.

“Los sitios de Zaragoza” es un libro sobre la barbarie de la guerra. Lejeune habla de los combates que se libran bajo tierra, de los ahorcamientos en Zaragoza y las matanzas de civiles, de las casas incendiadas para evitar el avance de los franceses, los disparos desde los tejados y desde los boquetes que acababan de abrir los cañones del enemigo. Los franceses utilizan los cuadros y los libros de las bibliotecas saqueadas para encender fuego o para construir parapetos: “Muchos de nosotros debemos la vida al espesor del volumen de tal o cual santo cuya piedad no habíamos soñado en imitar”. “Los sitios de Zaragoza” es un testimonio único de un episodio terrible, en el que los zaragozanos se acostumbraron a caminar sobre los cadáveres esparcidos por las calles que recorremos todos los días.

"Los sitios de Zaragoza". General Lejeune. Edición y prólogo de Pedro Rújula. Institución Fernando el Católico, 2009. 180 páginas.

Esta reseña apareció el 30 de abril en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. En la imagen, "Episodio del sitio de Zaragoza: asalto al monasterio de Santa Engracia" (1824), de Lejeune, que resultó herido en esa refriega.

 

CARTÓN PIEDRA

CARTÓN PIEDRA

 

J.M.G. Le Clézio (Niza, 1940), el último Premio Nobel de Literatura, dice que “viajando se escucha mejor el ruido del mundo”. Ha vivido en Inglaterra, Francia, Méxio, Panamá, Estados Unidos o la Isla Mauricio. Tusquets, que también ha publicado “El pez dorado” (1999), la historia de una joven marroquí secuestrada y vendida, y “La cuarentena” (1998), que transcurre en la isla Mauricio, ha reeditado “Desierto” (2008) y “Onitsha” (2008), dos novelas africanas que habían aparecido en Debate hace años.

“Desierto” recibió el Grand Prix Paul Morand de la Academia Francesa en 1980. Cuenta dos historias de manera alterna: a principios del siglo XX unos tuaregs se enfrentan con resultados desastrosos a los colonizadores franceses en el Sur de Marruecos. Años más tarde, Lalla, que desciende de los tuaregs, crece huérfana en una ciudad del norte de África, descubre el amor y se queda embarazada, emigra a Francia, se convierte en una estrella de la publicidad (aunque nunca se le ocurre aprender a leer), y regresa a su lugar de origen.

La novela tiene un imaginario de postal. Algunas veces, incurre en lo obvio: menciona el viento del desierto decenas de veces, el mar (siempre se dice "la mar") es inmenso; a menudo nos informa de que el sol está alto y nos comunica que el cielo “se torna poco a poco negro de noche”. Otras veces, prolonga una visión mítica y angélica de África. Durante más de diez páginas Le Clézio reproduce una larga oración de un líder a lo largo de la cual “sin siquiera darse cuenta, los músicos se pusieron a tocar”. Incluye una larga lista de nombres de guerreros y profetas. Resulta monótona, aunque dan ganas de saber más sobre Sidi Beljeir, “que extrajo leche de un macho cabrío”. Lalla quiere aprender sobre sus antepasados y tiene dos amigos: uno es Namán, un pescador judío que le cuenta cuentos que revelan una supuesta sabiduría ancestral (aunque en realidad son puro pastiche orientalista y tópicos: “Namán el pescador dice que la mar es como una mujer, pero nunca lo explica”), y otro es el Hartani, un pastor. No habla, porque “no conoce el lenguaje de los hombres”, pero es capaz de hacer muchas cosas: huele más que los demás, ve mejor, tiene un oído más fino, “sus manos no son como las de los demás hombres”.  A su lado, Lalla aprende a desarrollar los sentidos y a apreciar la naturaleza, cuya descripción ocupa buena parte de la novela. En cambio, la vida de Lalla en Marsella y París, desde la dureza de la inmigración a la fama de la publicidad, es más rica en acontecimientos pero está contada con menos detalle.

Aunque “Onitsha” es otra novela fallida, resulta más interesante. Tiene mucho que ver con la vida de Le Clézio, y cuenta la historia de Fintan, un chico de doce años que va con su madre italiana a Onitsha, en Nigeria, para vivir con su padre, un inglés al que no conoce. Fintan –que, como hizo Le Clézio fue a conocer a su padre, escribe en un cuaderno durante el viaje- descubre otra forma de vivir: se quita las botas para caminar como Bony, un chico con el que entabla amistad, y no conecta con su padre, un hombre obsesionado por las antiguas civilizaciones africanas. Le Clézio presenta el mundo de los colonos ingleses –frío, cerrado, hipócrita y racista-, y el de un África natural y misteriosa, inaprensible, que “abrasa como un secreto, como una fiebre”. Fintan y su madre son europeos que desaprueban las repugnantes prácticas coloniales, y no tienen un lugar en ninguno de esos dos mundos. Son extraños, como Sabine Rodes, un inglés africanizado e inquietante que vive con Okawho y Oya, una hermosa africana muda: “Tal vez gracias a Oya Mau” –la madre de Fintan- “aprendió a amar la lluvia”, dice el narrador.

Como “Desierto”, “Onitsha” incluye un relato paralelo -el viaje onírico del padre en busca de la civilización perdida-, y la misma visión del mundo hecha de lirismo, tópicos y trazo grueso que convierte las historias y los personajes de Le Clézio en figuras de cartón piedra. Es sorprendente que Oya y el Hartani, los dos personajes que representan el contacto con la naturaleza y una forma de vida perdida, sean incapaces de hablar. Si Le Clézio hubiera inventado seres humanos en vez de símbolos, las novelas serían mejores y la denuncia del colonialismo y la miseria habría resultado más efectiva.

J.M.G. Le Clézio. Desierto. Traducción de Alberto Conde. Tusquets, Barcelona, 2008. 403 páginas.

J.M.G. Le Clézio. Onitsha. Traducción de Alberto Conde. Tusquets, Barcelona, 2008. 254 páginas.

Esta reseña apareció el 26 de febrero en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón.

He tomado la imagen aquí.

EL TERCER VIAJE DE FRANK BASCOMBE

EL TERCER VIAJE DE FRANK BASCOMBE

 

“Acción de Gracias” (Anagrama, 2008) es la tercera parte de una trilogía, después de “El periodista deportivo” (Anagrama, 1990) y “El Día de la Independencia” (Anagrama, 1997). Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) cuenta las andanzas de Frank Bascombe, un hombre meditabundo y marcado por la muerte de su hijo, que deja la literatura para convertirse en periodista deportivo y, más tarde, en agente inmobiliario. Pero sobre todo cuenta lo que le pasa por la cabeza a Frank: su gusto por la vida tranquila, y su tendencia a dudar, divagar y generalizar, su manera de relacionarse con los que le rodean y su forma resignada de protegerse de la fatalidad.

“Acción de Gracias” es un libro lento, que alterna páginas llenas de descripciones y reflexiones con ráfagas de humor y violencia. Aunque regresa al pasado algunas veces, transcurre a lo largo de tres días de noviembre de 2000, mientras Frank prepara una comida familiar y se produce el recuento de las elecciones presidenciales en Florida: tiene 55 años y vende casas en Nueva Jersey; está tratándose un cáncer de próstata; su segunda mujer lo ha dejado; su empresa va bien pero su empleado, un budista tibetano, quiere montar su propio negocio; su hijo Paul sale con una chica manca y su hija Clarissa acaba de cambiar a su novia por un hombre de la edad de Frank.

Bascombe conduce entre las poblaciones de la costa de Nueva Jersey. Es un paisaje que le recuerda su vida pasada, lleno de conocidos, antiguas novias y casas que ha vendido, y donde la muerte parece estar más cerca que nunca. El cementerio es uno de los escenarios de la novela, Frank está enfermo y su primera mujer se ha quedado viuda. Otras veces, la amenaza llega desde fuera: Bascombe lee la crónica de un asesinato en una escuela; se entera de que ha habido una explosión en un hospital; se pelea y más tarde se encuentra en medio de un tiroteo. Frank medita sobre su vida y las tragedias íntimas de los demás, pero también se pregunta cómo nos verán las generaciones posteriores. Las catástrofes que le amenazan funcionan alegóricamente: la manera de vivir de su país también está expuesta al desastre.

Frank es un personaje impertinente, a veces antipático, y una de las grandes invenciones de Ford. Nos acostumbramos a su forma de mirar, a su manera de ocultar el dolor y la trascendencia, de espiar las frases y las reacciones de los demás. Ese filtro desdibuja la acción y esconde la trama: aunque parece que no pasa casi nada, hay acontecimientos inverosímiles y episodios superfluos: una petición de matrimonio de una ex mujer, un reencuentro con una ex novia que no lo reconoce, la huida de su segunda mujer. A veces Ford describe las cosas con demasiado detalle. Explica minuciosamente las fluctuaciones del mercado inmobiliario de Nueva Jersey, aunque algunas de las ciudades sean reales y otras inventadas. Esa exhaustividad da un aspecto de fabricación al relato: se parece más a lo que escribiría un reportero que a lo que pensaría un comercial inmobiliario. Pero “Acción de Gracias” también tiene muchas observaciones emocionantes y perspicaces sobre las cosas que importan y nuestro miedo a perderlas.

Richard Ford. Acción de Gracias. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, 2008. 731 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 5 de junio. En la imagen, Asbury Park, en Nueva Jersey, uno de los escenarios de la novela.

BARICCO Y EL NUEVO MUNDO

BARICCO Y EL NUEVO MUNDO

“Los bárbaros” (Anagrama, 2008) es “un ensayo por entregas” en el que Alessandro Baricco (Turín, 1957) intenta analizar un cambio. Muchas voces señalan que las cosas ya no tienen el valor que tenían, que estamos ante el fin de una cultura y llegan los bárbaros. Como en “Next” (Anagrama, 2002), Baricco trata de comprender lo que pasa con brillantez y sentido del humor, y mira las cosas como si las viera por primera vez. Descubre que esa mutación ya está sucediendo, que los bárbaros están entre nosotros y han venido para quedarse.

Analiza los cambios que se han producido en el vino, el fútbol y los libros. La evolución de estas áreas sigue una fórmula común: “con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano especialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso”. Eso explica que los vinos europeos sean cada vez más parecidos a los estadounidenses; que en el fútbol actual no haya sitio para los artistas, que ralentizan un juego cada vez más rápido, o que la literatura tenga menos influencia aunque se vendan más libros y las ediciones de bolsillo y los regalos de los periódicos permitan una difusión mucho mayor. Pero el gran campamento bárbaro es Google, “lo más parecido a la invención de la imprenta que nos ha tocado vivir”. Y, como la imprenta, Google sepulta muchas cosas anteriores.

En todos los ámbitos, desde la cocina y la música a la democracia, aparecen los síntomas de la desintegración de un modelo cultural elaborado en el Romanticismo. Ese modelo también fue una agresión a la idea de cultura anterior; era producto de un momento histórico determinado, y de la necesidad de justificación espiritual de la burguesía del siglo XIX.

Baricco dice que ha cambiado la idea de experiencia. Los bárbaros escuchan una canción, chatean, comen y siguen las noticias al mismo tiempo: “no es una forma de vaciar de contenido muchos gestos que podrían ser importantes: es un modo de hacer de ellos uno solo, muy importante”. En lugar de buscar el esfuerzo o la profundidad, al bárbaro le interesan la velocidad, la continuidad y la secuencia: el valor de los libros no está en su relación con la literatura sino en su vinculación con otros ámbitos de la vida; en la música no se espera que alguien supere a un autor anterior, sino que suene un poco distinto y un poco parecido; la relevancia de una noticia no reside en su importancia objetiva, sino en su capacidad de generar más noticias.

Algunas tesis de Baricco son más convincentes que otras. El mundo ha cambiado en los dos años que han pasado desde que publicó este ensayo, y eso se nota en un libro escrito con urgencia. Pero “Los bárbaros” está lleno de hallazgos e iluminaciones: Baricco piensa que todos estamos en medio de esa mutación, divididos entre la civilización y la barbarie. Eso no es necesariamente malo; al contrario, es un lugar magnífico porque podemos elegir qué deseamos conservar del pasado y cómo queremos que sea el futuro.

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre una mutación. Traducción de Xavier González Rovira. Anagrama, 2008. 252 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Alessandro Baricco. Aquí, los artículos en italiano.

 

CARLA DEL PONTE

CARLA DEL PONTE

 

La caccia: Io e i criminali di guerra son unas memorias en las que la jurista suiza Carla del Ponte habla de su trabajo; yo leí una versión en inglés titulada Madame Prosecutor: Confrontations with Humanity’s Worst Criminals and the Culture of Impunity. Del Ponte (Lugano, 1947), que ha redactado el libro en colaboración con Chuck Sudetic, relata su lucha contra la Mafia y la corrupción en Suiza, y sobre todo, cuenta sus experiencias como fiscal jefe en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda entre 1999 y 2003 y en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia entre 1999 y diciembre de 2007. Madame Prosecutor está estructurado a partir de confrontaciones: Del Ponte se enfrenta a crímenes espantosos –genocidios, asesinatos, limpieza étnica, mutilaciones y violaciones-, pero también a la burocracia de los países y de los organismos internacionales, a sus jefes y a sus subordinados, y sobre todo al conflicto entre la justicia y los intereses políticos.

Carla del Ponte nació en Lugano en 1947, estudió en Berna y Génova, y durante varios años fue abogada de divorcios. A principios de los ochenta empezó a trabajar como juez de instrucción; en ese puesto combatió la opacidad de los bancos suizos. Lugano, una ciudad de habla italiana, era uno de los lugares predilectos de la Cosa Nostra para blanquear dinero. La colaboración entre el juez Giovanni Falcone y Del Ponte hizo que la Mafia sufriera varios reveses: se congelaban sus cuentas, o se descubrían casos como el del Banco Ambrosiano o de la “Pizza Connection”. Falcone fue asesinado en 1992; con su muerte, Del Ponte –que había estado a punto de ser víctima de un atentado poco antes- perdió a un compañero y a un mentor, pero siguió combatiendo la cultura de la impunidad y la corrupción: inició investigaciones sobre las cuentas de Paulina Castañón, esposa de Raúl Salinas, hermano del ex presidente de México Carlos; de Boris Yeltsin y su hija y consejera Tatyana Dyachenko; de la familia Bhutto.

El Tribunal Penal Internacional

En 1999 fue nombrada fiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y el Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya. En 1994, los extremistas hutus habían asesinado a más de 800.000 tutsis y hutus moderados, habían violado y mutilado y habían provocado grandes desplazamientos de refugiados en Ruanda. En los años noventa, en televisión y ante los ojos del mundo, se habían producido crímenes de guerra y contra la humanidad en el conflicto bélico -alimentado por las pretensiones expansionistas y el delirio nacionalista del croata Franjo Tudjman y del serbio Slobodan Milósevic- que desintegró la antigua Yugoslavia, en Croacia y en Bosnia. A mediados de la década, se habían atacado las zonas bajo protección de la ONU: en 1995 en Srebrenica las tropas del general Mladic habían asesinado a 8.000 varones bosnios. En 1998 y 1999 el ejército serbio había dirigido operaciones de limpieza étnica contra la mayoría albanesa en Kosovo; las persecuciones, los asesinatos y la ocultación de cadáveres habían continuado después de que la OTAN iniciara un bombardeo en 1999; el Ejército de Liberación de Kosovo también había asesinado a civiles serbios; la minoría serbia seguía sufriendo ataques. Aunque Madame Prosecutor es un libro sobrio, que intenta comprender a las víctimas pero trata los lugares donde se produjeron estos horrores como escenarios del crimen, tiene momentos sobrecogedores, como la visita a una iglesia que fue escenario de una masacre en Ruanda, el encuentro de una casa en Kosovo donde extraían órganos a los prisioneros antes de matarlos, o el relato de un testigo que cuenta cómo un niño emergió cubierto de sangre y vísceras entre un montón de cadáveres, llamando a su padre.

“Los crímenes de esa magnitud nunca son asuntos locales”, escribe Del Ponte, que cree que los crímenes contra la humanidad no dependen de odios ancestrales sino de personas concretas que buscan el exterminio de sus enemigos, y que asegura que su tarea “es en esencia una lucha que depende ante todo de la voluntad humana y sólo secundariamente de cláusulas subordinadas en estatutos y convenciones o subsecciones de reglas de procedimiento”. Del Ponte debía buscar a los responsables de los crímenes de guerra y contra la humanidad, centrándose en lo más alto de la cadena de mando –los criminales de menor rango son juzgados por las autoridades locales- y en los crímenes más importantes –la fiscal rechaza las sentencias “tipo Al Capone”, en la que se condena a un asesino por evasión de impuestos. Su idea básica era que nadie debía estar por encima de la ley, ni los dirigentes políticos ni los bandos que habían sufrido atrocidades, y quería investigar la actuación de todas las partes implicadas en los conflictos, para no administrar únicamente la justicia de los vencedores.

El muro de goma

Debía jugar con las limitaciones del tribunal, que tiene poder para emitir citaciones, pero depende de la voluntad de cooperación de los estados. Si éstos no quieren mostrar las pruebas que demuestran la participación de los acusados en las empresas criminales, llamar (o permitir que salgan) a testigos importantes o arrestar a los acusados, pueden no hacerlo. En ocasiones, los interlocutores de la fiscalía estaban bajo investigación o temían estarlo. La mejor manera de presionar a los estados para que colaboren son las sanciones internacionales, pero eso también depende de los intereses políticos de los demás países, y de la confianza que los dirigentes tengan en los tribunales internacionales. Cuando sus interlocutores más poderosos le daban largas Del Ponte sentía que chocaba con un muro di gomma, que suaviza con buenas palabras una negativa rotunda: ese muro de goma es un elemento recurrente en Madame Prosecutor.

Del Ponte –que desestimó las acusaciones por crímenes de guerra por la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999- también debía hacer frente a los problemas que tenía su propio equipo. Algunos investigadores no eran los idóneos para trabajar con altos cargos; estaban educados en dos sistemas legales diferentes, el Derecho Continental y el Derecho Anglosajón. Narra tensiones con miembros de su equipo, como Blewitt, Ralston o con Geoffrey Nice, que en principio se oponía a afirmar que en Bosnia se había producido un genocidio, y algunas reprimendas de su superior, Kofi Annan, que le reprochaba que presionase a Serbia para que entregara a algunos de los acusados.

La política, según la fiscal, fue uno de los elementos que abreviaron su mandato al frente del Tribunal de Ruanda. Del Ponte diseñó un proceso temático. Algunos de los criminales hutus responsables del genocidio que empezó tras el asesinato del presidente Habyarimana ya se habían declarado culpables, como Kambanda, que había sido primer ministro del gobierno hutu. Barayagwiza estuvo a punto de quedar libre por un defecto de forma en la acusación; la apelación del equipo de Del Ponte posibilitó su condena. Aunque sigue habiendo fugitivos como Félicien Kabuga, los países africanos colaboraron intensamente en un primer momento. La coordinación con los estados europeos dio sus frutos en la captura de tres acusados el mismo día: Rekundo, un sacerdote católico; el ex ministro de hacienda Emmanuel Ndindabahizi; Simon Bikindi, un cantante que había organizado grupos de las milicias Interahamwe y que animaba en los medios (la acusación a los medios por incitación al genocidio fue un elemento pionero de los tribunales de Del Ponte, al igual que el concepto de “empresa criminal conjunta” abocada al genocidio y a los crímenes contra la humanidad) al exterminio de los hutus y los tutsis moderados. Un cuarto, el sacerdote católico Seromba, desapareció con la ayuda de la iglesia.

Cuando la fiscalía decidió investigar también algunos de los crímenes cometidos por el Frente Patriótico Ruandés, el ejército tutsi que estaba vinculado al poder, empezó a tener problemas con el gobierno de Ruanda. El presidente Paul Kagane, que había formado parte de esa milicia, se oponía a las investigaciones. Los movimientos de los empleados del tribunal eran seguidos, los testigos no obtenían permiso de Ruanda para llegar hasta Arusha, la ciudad de Tanzania en la que se celebraban los juicios, y el gobierno y la sociedad de Ruanda, mientras tanto, exigían mayor celeridad en los procesos. En 2003 Del Ponte fue relevada del cargo. Para ello fue importante la opinión del ministro de exteriores británico Jack Straw, que argumentó que los dos cargos de la jurista le restaban efectividad. Probablemente haya algo de espíritu de revancha cuando Del Ponte, que propuso renunciar a su puesto en el Tribunal para Yugoslavia y quedarse en el de Ruanda, relata una reunión posterior, en la que el Straw apenas podía hablar porque le habían quitado las muelas del juicio.

Yugoslavia

Del Ponte habla de gente que ayudó al Tribunal para Yugoslavia, como Natasha Kandic, Sonja Biserko o Colin Powel, y de las dificultades que tuvo para lograr la colaboración de las autoridades de los países que habían surgido tras la disgregación de Yugoslavia. Kostunica, presidente de Yugoslavia y después de Serbia, nunca pareció muy dispuesto a cooperar; en el ejército y la policía había muchas personas leales a Milosevic, o implicadas en las atrocidades: dos de los criminales más buscados, Ratko Mladic y Radovan Karadzic, continúan en libertad, pese a las reiteradas promesas -y aplazamientos- de Belgrado; el general Hadzic escapó gracias a una filtración del gobierno. Una experiencia agridulce es el juicio a Slobodan Milosevic: el ex presidente no reconocía al tribunal y fue detenido gracias al coraje de Zoran Djindjic, el primer ministro de Serbia, y al apoyo de Colin Powell, Gerard Schröder y Jacques Chirac, pero murió antes de que terminase el proceso. En el juicio Del Ponte consiguió convocar a testigos de valor como Lilic; Zoran Djindjic fue asesinado en marzo de 2003. Uno de los éxitos de la fiscal, que ha acusado a 161 personas, fue que el Tribunal declarase que se había producido un genocidio en Srebrenica perpetrado por fuerzas de la República de Sprska a las órdenes de Mladic y de los paramilitares “Escorpiones” de Serbia, ante la vigilancia de 400 soldados holandeses bajo el mando de Naciones Unidas; otro, las laboriosas detenciones de Tolimir, mano derecha de Mladic, y del general croata Ante Gotavina, que durante un tiempo recibió el apoyo de la Iglesia Católica (un miembro de la jerarquía eclesiástica le dijo a Del Ponte que el Vaticano no era un estado, pero que el Papa no podía recibirla porque sólo recibía a jefes de estado), y que fue arrestado en Tenerife en 2005.

La investigación sobre las atrocidades cometidas por el Ejército de Liberación de Kosovo se revela todavía más frustrante: Del Ponte, que acusó hombres como a Hashin Taci –ganador de las elecciones en noviembre de 2007; en el libro le responsabiliza también de tráfico de órganos- y a Ramush Haradinaj, tuvo que enfrentarse a las fuerzas de Naciones Unidas; aterrados ante una feroz campaña de intimidación, muchos de sus testigos cambiaron el testimonio en el juicio. También resulta insatisfactoria la búsqueda de los cuatro fugitivos -Karadzic, Mladic, Zupilanin y Hadzic- y sobre todo, el cambio de la comunidad internacional. Al final de su mandato, Del Ponte tiene cada vez más problemas para que la reciban los ministros y los presidentes, y desaprueba la resolución que exime a Serbia de responsabilidad en el genocidio. Ve que muchos países de la OTAN y de la Unión Europea buscan la estabilidad en los Balcanes y ya no consideran la entrega de los prófugos un elemento esencial para la integración de Serbia en las instituciones supranacionales. Sobre este asunto, del Ponte mantiene una conversación especialmente tensa con Miguel Ángel Moratinos.

En el relato de su combate contra la cultura de la impunidad, Del Ponte señala sus numerosos éxitos y explica sus fracasos y su sensación de aislamiento. La fiscal da una impresión de persona tenaz y valiente, segura de su inteligencia y convencida de su rectitud, pero también tiene algunos momentos de humor (por ejemplo, cuando afirma que Bosnia es “un país ideal para esquiar, si no fuera por el calentamiento global y los miles de minas antipersona”, o cuando se cuela en el coche de Condoleezza Rice), bromea sobre sí misma y reconoce algunos errores. Aunque al final incluye unas propuestas para mejorar la actuación de los tribunales internacionales, la teoría no es lo que más le interesa: muchas de sus observaciones derivan de su experiencia en la fiscalía y algunas de las páginas más interesantes del libro son las que describen el planteamiento de los casos.

Madame Prosecutor habla de cosas importantes: ofrece una mirada al horror, pero también muestra la posibilidad y la necesidad de combatirlo y perseguir a los culpables. Las memorias de Carla del Ponte, que en ocasiones parecen escritas con bastante prisa, se leen a veces como una reivindicación personal, un reportaje de guerra, un informe judicial, un ajuste de cuentas o un relato de espías, y están llenas de información valiosa sobre el funcionamiento de la justicia y de la política internacional.

En la imagen, Carla del Ponte.

FRÁGILES, CULPABLES Y HERMOSOS

FRÁGILES, CULPABLES Y HERMOSOS

David Trueba (Madrid, 1969) es escritor y cineasta. Ha dirigido las películas “La buena vida” (1996), “Obra maestra” (2000), “Soldados de Salamina” (2002), “Bienvenido a casa” (2006), y “La silla de Fernando”, que codirigió junto a Luis Alegre en 2006. Ha publicado las novelas “Abierto toda la noche” (Anagrama, 1995) y “Cuatro amigos” (Anagrama, 1999). Son obras que mezclan el humor y la melancolía, que hablan de la familia y la soledad, de los conflictos del amor y el deseo, de la frustración profesional y emocional y la pasión por aprender.

Esos temas aparecen en la más ambiciosa y redonda de sus novelas, “Saber perder” (Anagrama, 2008), que transcurre a lo largo de un curso académico o una temporada futbolística, y cuenta la historia de cuatro personajes. Sylvia es una adolescente tímida que siente la pulsión del deseo y entra por accidente en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, acaba de separarse: cree que la vida y un antiguo socio le deben algo, y se enamora de Daniela, una ecuatoriana muy religiosa que cuida a un niño en el piso de arriba. La abuela de Sylvia enferma, y su marido, Leandro, combina las atenciones a su mujer y la pena por no haber sabido hacerla más feliz con las visitas a una prostituta. Sylvia conoce a Ariel, un futbolista argentino que ha venido a España a triunfar y se encuentra perdido entre el lujo, el furor de los medios y la corrupción de los despachos. Son personajes que intentan resistir los ataques del azar, de los demás o de sus propios errores, y deben aprender a convivir con sus derrotas.

“Saber perder” alterna las peripecias de estos protagonistas, que tienen un mundo rico y consistente, en el que habitan numerosos personajes secundarios. Habla del instituto de Sylvia y de su hermosa relación clandestina con Ariel; de la casa de Leandro, sus clases de piano y su resentimiento hacia un amigo de infancia que ha triunfado, y de la culpa y los gastos que le producen sus visitas al prostíbulo; de la relación de Lorenzo y su socio, que en lugar de convertir a Lorenzo en un triunfador lo llevó a cometer un crimen, de su desamparo y su nuevo trabajo en una empresa al borde de la legalidad; de los compañeros de Ariel, de su mentor y las fiestas de los jugadores, y de la desorientación que siente en el campo y en Madrid tras la partida de su hermano.

“Saber perder” es una novela muy bien estructurada, que juega con las cuatro líneas narrativas con maestría: las entrecruza, las usa para aumentar el suspense o incrementar el ritmo y establece paralelismos entre ellas. A veces, presenta una escena desde el punto de vista de dos personajes, y eso sirve para registrar los cambios en sus sentimientos, o la distancia que imponen entre ellos la traición, el secreto o el paso del tiempo.

Trueba utiliza con brillantez detalles de la vida cotidiana y elementos que están en la realidad y no siempre encuentran hueco en las novelas: aparecen inmigrantes millonarios y sin papeles; reflexiones futbolísticas y circunvalaciones; operaciones inmobiliarias, mudanzas y accidentes domésticos; adolescentes que envían mensajes de móvil, ancianos enfermos que necesitan que alguien les cuide y sienten deseo. La novela posee momentos bellos y muy divertidos, muchas veces tiene un tono de tristeza e incluye episodios de sordidez y violencia. Los personajes están a merced de su necesidad de sexo, amor o compañía y dan una sensación de indefensión: buscan la felicidad en un lugar en el que saben que no van a encontrarla, e ignoran desde dónde les va a llegar el próximo golpe. Y eso hace que nos resulten próximos. “Saber perder” es una novela estupenda, que combina una poderosa arquitectura narrativa y la confianza en el poder de la ficción para retratar la vida con una mirada perspicaz y compasiva sobre unos seres frágiles, culpables y hermosos.

David Trueba. Saber perder. Anagrama, 2008. 520 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. La fotografía es de El País.

LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

Martin Amis (Swansea, 1949) es un escritor ambicioso, irregular y brillante. Ha publicado novelas admirables, como “Dinero” (Anagrama, 1988) o “La información” (Anagrama, 1996); un magnífico volumen autobiográfico, “Experiencia” (Anagrama, 2001), y un ensayo estremecedor sobre Stalin: “Koba el temible: la risa y los veinte millones” (Anagrama, 2004). Ese libro tiene mucho que ver con “La Casa de los Encuentros” (Anagrama, 2008), que es una novela sobre el amor, la violencia y la culpa, sobre el horror del totalitarismo y la supervivencia.

El narrador de “La Casa de los Encuentros” es un ruso octogenario que regresa al norte de su país para morir en 2004, después de pasar dos décadas en Estados Unidos. Escribe a su hijastra una carta de despedida, un ajuste de cuentas con la Unión Soviética y consigo mismo: habla de los combates y las violaciones que cometió durante la Segunda Guerra Mundial; de su regreso a la vida civil y su hermanastro Lev, más joven, más frágil y aficionado a la poesía; y de Zoya, una voluptuosa chica judía de la que se enamoran el narrador y su hermano.

“Uno no puede verse a sí mismo en la historia, pero ahí es donde estás”, escribe el narrador, que es deportado por razones políticas: lo mandan al campo de Norlag, en el Ártico, un lugar durísimo, donde viven hacinados miles de hombres y mujeres, y donde imperan el terror, el aburrimiento, el frío y el hambre. En 1948 llega su hermano y le sorprende con dos noticias. Por un lado, es pacifista: aunque la violencia es un elemento esencial de la vida del campo -los delincuentes, los presos políticos y los delatores se pelean entre sí, y el narrador mata a tres personas- Lev se niega a luchar: duerme en el suelo porque no quiere pelear por una cama y no participa en la rebelión de 1953. Por otro, se ha casado con Zoya. El matrimonio perpetúa el triángulo amoroso “escaleno”, y la ambigua relación entre los dos hermanos: al principio Zoya funciona más como un símbolo que como un personaje, pero la mezcla de amor y resentimiento del narrador y Lev es uno de los grandes aciertos de la novela.

En el campo se permiten las visitas conyugales en un edificio llamado “la Casa de los Encuentros”. Son citas tristes: a menudo las mujeres viajan para pedir el divorcio, se encuentran con hombres destruidos, incapacitados para el sexo o el afecto, o deben afrontar una despedida terrible. Tras la visita de Zoya en 1956 Lev se hunde para siempre; el narrador se alegra: sigue obsesionado con ella y atribuye la tristeza de su hermano a un desastre sexual-, pero el secreto sobre ese encuentro y sus consecuencias se prolongan durante décadas.

Lev y el narrador y Zoya sobreviven. Intentan salir adelante en un país que cambia lentamente y no reconoce los crímenes que ha cometido contra sus ciudadanos, pero son criaturas taradas e infelices: Zoya es una víctima del gulag; el narrador es víctima y verdugo.

“La Casa de los Encuentros” habla de la supervivencia y la pérdida, y está llena de amputaciones físicas y emocionales: un guardián deja sordo de un oído a Lev; después se emborracha, se duerme en la nieve y tienen que cortarle las manos; el hijo de Lev muere en la guerra de Afganistán. “Lo que no te mata no te hace más fuerte. Te hace más débil, y al final te mata”, escribe el narrador, que se enriquece al salir del campo y vive más años que Lev y Zoya, pero sigue atormentado por su violencia y por la culpa.

“La Casa de los Encuentros” utiliza artificios literarios –como las cartas, o la anglofilia del protagonista- para resultar verosímil, y mezcla con habilidad el relato documentado de las experiencias del campo y la vida después del gulag con frases sorprendentes y reflexiones lapidarias sobre la Rusia actual. Amis ha escrito un libro triste y poderoso, que recuerda a algunos textos de Nabokov y a veces parece la condensación de una novela del XIX, y que es su mejor obra de ficción en mucho tiempo.

Martin Amis. La Casa de los Encuentros. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama, 2008. 255 páginas.

Esta reseña fue publicada en Artes & Letras.  Martin  Amis en una imagen de la revista Time.