Blogia
Daniel Gascón

Reseñas

PALABRAS DE FAMILIA

PALABRAS DE FAMILIA

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha escrito varias veces sobre la familia y la historia: Carreteras secundarias (Anagrama, 1996) hablaba de un padre y un hijo a mediados de los años setenta; El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003) trataba de tres hermanas que se quedaban huérfanas y transcurría durante la transición; la familias, las injusticia y las víctimas eran algunos de los temas de Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005) y Las palabras justas (Xordica, 2007). Esas preocupaciones también aparecen en Dientes de leche (Seix Barral, 2008), que abarca cincuenta años y narra la historia de tres generaciones.

Raffaele Cameroni, un hombre que “desde niño había tenido la sensación de que las cosas siempre les pasaban a los demás”, viene a España para luchar en el bando franquista, se entusiasma con el fascismo, se enamora de una enfermera y se queda a vivir en Zaragoza. Martínez de Pisón cuenta su matrimonio con Isabel, la expansión de una empresa familiar de pasta –que se beneficia de la corrupción durante los primeros años del franquismo- y la construcción del cementerio de los soldados italianos. El carácter autoritario y a veces cruel de Raffaele tiene algo de fascismo aplicado a la vida cotidiana, y condiciona sus relaciones con su mujer y sus tres hijos: Rafael, que pasa de las simpatías por Mussolini a la militancia antifranquista y descubre que tiene talento para la mecánica; el deficiente Paquito, que vive atrapado en una niñez eterna; y Alberto, uno de los grandes personajes del libro, que se convierte a su pesar en el cabeza de familia, intenta modernizar la empresa de su padre, y disfruta con los paseos y la vida junto a su mujer, Elisa, y su hijo Juan.

Dientes de leche habla del paso del tiempo, del miedo a perder a los seres queridos y lo difícil que a veces resulta soportarlos, del amor y los celos, de la lealtad, la incomprensión y la compasión. Martínez de Pisón cuenta con rigor la guerra, la posguerra y la transición, pero también muestra los matices y los cambios en los sentimientos de los protagonistas, que a menudo tienen que vivir con las consecuencias de una decisión precipitada: tras unos meses de matrimonio, a Isabelita (que pierde a un hermano en la contienda y después de ser madre se convierte en Isabel), “Raffaele se le aparecía como un intruso y un aprovechado, el hombre que había ido desplazando a su padre en todo”.

Dientes de leche está llena de detalles que configuran con precisión un universo familiar: presta atención a la manera de hablar de los personajes, a las mudanzas y la distribución de las habitaciones de la casa. Habla de las relaciones entre padres e hijos y nietos y abuelos, de gestos y comportamientos parecidos, de los accidentes domésticos y los relatos fundacionales de cada casa: una acción heroica en la guerra o los capítulos iniciales de una historia de amor. Los Cameroni son seres complejos e imperfectos, con secretos que esconden traiciones o muestras de altruismo inadvertidas, y construyen rituales privados y colectivos para conservar la felicidad: Raffaele lleva a su nieto al homenaje a los soldados italianos que lucharon junto a Franco; Isabel guarda los dientes de leche de sus hijos, que para ella representan “todas las cosas bonitas que el tiempo y la vida obligaban a dejar atrás”, y Alberto hace fotos de Juan y Elisa para no perder de vista los instantes de alegría.

Martínez de Pisón organiza bien la trama, emplea con maestría la elipsis y los puntos de vista de los personajes, y elabora un hermoso retrato de Zaragoza, con sus bares, sus estaciones, sus burdeles y sus bulevares. Los acontecimientos históricos y los cambios de la ciudad señalan momentos importantes para los Cameroni: cuando Raffaele va con dos de sus hijos a recibir a los ex combatientes de la División Azul lleva un maletín lleno de dinero y planea abandonar a su mujer; Elisa oye el nombre de Alberto Cameroni el día en que la Vuelta a España pasa por Zaragoza y conoce a su marido durante el rodaje de Culpable para un delito.

Ignacio Martínez de Pisón logra que una historia complicada resulte apasionante y sencilla. Dientes de leche es la mejor novela de una trayectoria admirable: es un libro emocionante, con episodios tristes y momentos muy divertidos, que hace pensar en las novelas de Anne Tyler, John Irving y Natalia Ginzburg, y habla de cosas que nos afectan a todos.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 24 de enero de 2008.

En la imagen, Ignacio Martínez de Pisón retratado por Malcolm Otero.  

FUERA DE CASA

FUERA DE CASA

Joseph Conrad (Berdichev, Ucrania, 1857- Bishopsbourne, Reino Unido, 1924) decía que había vivido tres vidas: como polaco, como marino y como escritor. En “Las vidas de Joseph Conrad” (Lumen, 2007) John Stape, que ha editado varios libros sobre el autor de “Nostromo” (Belaqva, 2007), habla de esas facetas, pero también de sus experiencias como inglés transplantado, como padre, amigo y marido. Stape ha escrito una biografía muy documentada que se ciñe a los hechos probados, y desmiente algunas versiones románticas alimentadas por el propio Conrad o por ensayistas fantasiosos.

Cuando Jòzef Teodor Konrad Korzeniwski nació, Polonia estaba bajo dominio ruso. Su padre era un nacionalista polaco que tradujo a Dickens, Shakespeare y Victor Hugo. La familia sufrió la persecución del zarismo; Conrad fue un niño enfermizo aficionado a la geografía. Se quedó huérfano y su tío Tadeusz se ocupó de su educación. A los 16 años viajó a Marsella y se embarcó: el mar, y los lugares lejanos que conocería gracias a él, ocuparían gran parte de su vida hasta 1894, y son fundamentales en muchos de sus textos, como “Lord Jim” (Mondadori, 2007) o “El negro del ‘Narcissus’” (Valdemar, 2007).

Se ha hablado de amores trágicos y contrabando de armas para los carlistas. Aunque Stape matiza muchas de estas leyendas, Conrad estaba lleno de deudas e intentó suicidarse en 1878 en Montecarlo; su tío lo socorrió y él se enroló en la marina británica. Se hizo capitán y cambió de nacionalidad: “Yo soy más británico que tú. Tú lo eres simplemente porque no podías ser otra cosa”, le dijo a un amigo. A Stape le resulta más fácil explicar la elección de su tercera lengua, el inglés, como vehículo de expresión literaria, que sus inicios como escritor a finales de la década de 1880: “el paso de la ensoñación a la escritura sigue siendo un misterio irresoluble”. Cuando viajó al Congo –una experiencia que serviría de base a “El corazón de las tinieblas” (Ediciones B, 2007)- en 1890, Conrad llevaba parte del manuscrito de “La locura de Almayer”, su primera novela, que publicaría cinco años después.

La vida sedentaria de Conrad es uno de los aspectos más interesantes del libro. Stape habla de su matrimonio con Jessie; de su frustrante regreso a Polonia, sus viajes a Francia y sus casas en Inglaterra; de sus encuentros y desencuentros con Henry James, Wells, André Gide –con el que discutió por una traducción-, Ford Madox Ford –con el que colaboró- o Edward Garnett, su primer editor, al que debía recordarle que él era polaco y no tenía nada de eslavo; y de la lealtad que le profesaban su agente Pinker o Galsworthy, que ayudó a que consiguiera un pensión del estado.

Hasta que le llegó el éxito en 1913 con “Azar”, Conrad vivió agobiado por las deudas; prefería escribir él mismo los prólogos de sus libros para cobrarlos. No sabía calcular sus gastos, la extensión de sus obras ni lo que le costaría escribirlas. Apoyó el sufragio femenino, disfrutaba con los coches aunque los conducía como si fueran barcos, y aparece como un hombre neurótico y trabajador, que no tenía suficientes lectores, padecía insomnio y gota, y lo pasaba mal escribiendo: “Invalidez constante y calamidad permanente”, “No puedo pensar en nada ni decidir sobre ningún tema”, “No he hecho nada, no puedo hacer nada. La vida es demasiado larga”, decía. Sobre el laborioso proceso de escritura de "Nostromo" declaró: "Mi viaje al continente de Latinoamérica, famoso por su hospitalidad, duró alrededor de dos años. A mi regreso descubrí (para hablar en cierto modo al estilo del capitán Gulliver) que mi familia se encontraba bien, que mi esposa estaba muy contenta de saber que todo el lío había terminado, y que nuestro pequeño hijo había crecido considerablemente durante mi ausencia". Su mala suerte es casi cómica: olvidó una maleta con la única copia de “La locura de Almayer”, retrasó la entrega de un cuento porque se le quemó el estudio y envió el manuscrito de “Karain” en las sacas postales del Titanic.

“Las vidas de Joseph Conrad” es una biografía rigurosa y útil. A veces tiene un aire notarial y no explica bien las opiniones políticas de un escritor que abordó en sus ficciones –a menudo de manera polémica- asuntos como el colonialismo, el terrorismo o la solidaridad, pero es un acierto que Stape no intente imaginar lo que no sabe, y que no interprete la vida del autor a partir de sus obras. Al final, lo que más apetece es leer los libros de Conrad.

John Stape. Las vidas de Joseph Conrad. Traducción de Ramon Vilà. Lumen. 544 páginas.

Esta reseña se publicó el 10 de enero en Artes & Letras. En la imagen, Joseph Conrad.

EL PERIODISTA Y EL COCINERO

EL PERIODISTA Y EL COCINERO

En enero de 2002 Bill Buford (Baton Rouge, Louisiana, 1954) invitó a una cena de cumpleaños a Mario Batali . Buford había trabajado en “Granta” , era editor del “New Yorker” y había publicado “Entre los vándalos” (Anagrama, 1992); era un cocinero “entusiasta pero esencialmente ignorante”. Batali era el chef más famoso de Nueva York, y un comedor y un bebedor infatigable. Poco después, Buford sabía que quería conocer los secretos de un restaurante y que Batali era el hombre adecuado para enseñarle.

“Calor” (Anagrama, 2007) cuenta ese aprendizaje, que se prolongó a lo largo de casi cuatro años. Habla de las experiencias de Buford en la cocina del Babbo, el restaurante italiano de Batali. Empieza como “esclavo” encargado de las tareas más sencillas (pasa dos horas cortando zanahorias pero lo hace mal y se las tiran todas), que se quema, estorba y se corta, e ignora las normas de la cocina de un restaurante: “Te dan topetazos porque pueden: están poniéndote en tu sitio”, le dice Batali. Buford es aplicado: observa y escucha a los cocineros, aprende que el espacio es fundamental y se debe tirar la menor comida posible, descubre las tensiones entre los trabajadores, y llega a ocupar un puesto de cocinero.

“Calor” es un libro muy físico. Habla de la temperatura de la cocina y las propiedades de los alimentos, de la forma de cortar la carne, de olores y comilonas, y de un ritmo de trabajo agotador. Pero también trata del placer de hablar sobre la comida: Buford recoge consejos contradictorios, escucha a los que dicen que la cocina francesa es en realidad italiana porque Catalina de Médicis la llevó allí en el siglo XVI y lee recetarios del Renacimiento para averiguar cuándo se añadió el huevo a la pasta. Alterna la descripción de las técnicas y la vida cotidiana en el restaurante con las historias de sus compañeros: aparecen cocineros estadounidenses, mexicanos e italianos, restaurantes familiares y restaurantes soñados.

“Calor” cuenta la historia de una obsesión y una transformación: Buford, que sube un cerdo en el ascensor de su casa para aprender a descuartizarlo, deja su trabajo en el "New Yorker". Decide seguir la trayectoria de Batali y aprender de sus maestros. Va a Londres para ver a Marco Pierre White y viaja a Italia, donde le enseñan a fabricar pasta en una pizzería familiar, antes de pasar meses en un pueblo de Toscana como aprendiz de carnicero a las órdenes de Dario Ceccini, un tipo disparatado que recita a Dante y defiende fanáticamente la pureza y la originalidad de la cocina toscana, aunque se niega a comprar “chianina”, la vaca típica de la región: la carne de su establecimiento es española.

Las expediciones a Italia recuerdan a los viajes de los pintores, o a la búsqueda del maestro en las películas de artes marciales. Como escritor y como cocinero, a Buford le fascina la tradición gastronómica italiana: “A veces me asaltaba la sensación de que mucha gente había aprendido todo aquello antes que yo: un sentimiento nada desagradable”. Aunque a veces esa defensa de la tradición conduce al disparate –en un momento Buford lamenta que la electricidad llegase a la Toscana-, “Calor” es un libro divertido y con consejos prácticos, que muestra una cocina sencilla, el placer de aprender, comer carne y beber vino, y la alegría de reinventarse.

Bill Buford. Calor. Traducción de Marta Salís. Anagrama. 460 páginas.

Esta reseña se publicó en Artes & Letras el 15 de noviembre.

TEXTOS ATEOS

TEXTOS ATEOS

The Portable Atheist. Essential Readings for the Non-Believer es una antología de textos contra la religión que ha recopilado Christopher Hitchens y que está estrechamente relacionada con el estupendo God Is Not Great (que publicará en castellano Debate esta primavera). Incluye obras de 47 autores, y abarca más de 2000 años, desde Lucrecio hasta Ayaan Hirsi Ali.

El propio Hitchens presenta algunas constantes de la religión en la introducción: es un invención primitiva de los hombres, que arrancaba del miedo y la ignorancia y presentaba como verdad revelada, inmóvil y obligatoria una explicación mítica de fenómenos que ahora entendemos mejor; es un mecanismo de control y represión. Las religiones prometen una vida futura maravillosa y desean, de una forma más o menos pública, que llegue el fin del mundo para alcanzar esa existencia futura; desprecian la vida en el más acá, se regodean en el sufrimiento, y engendran y legitiman la violencia, desde la Inquisición hasta el terrorismo islámico.

Hitchens define la religión como “el enemigo más viejo de la humanidad”, y los textos que incluye en su antología intentan atacarla por medio de la razón. Las diversas ramas de la filosofía y el sentido común han demostrado la incoherencia de los argumentos en favor de la existencia de Dios; la ciencia ha probado que la explicación que las religiones daban sobre el origen del mundo, la curación de las enfermedades o los desastres naturales no es cierta en absoluto; la filología encuentra el plagio, los préstamos de unas religiones a otras y las inconsistencias de los textos sagrados; la historia de las religiones muestra cómo los teólogos intentan reconciliar unos textos primitivos y míticos con una doctrina hipócrita y disparatada, y con las evidencias que pese a sus esfuerzos no han podido ocultar ante la gente; la historia enseña el papel fundamental que ha desempeñado la religión en las guerras, la persecución de minorías y los genocidios, la represión sexual y la discriminación de la mujer, la lucha contra la libertad de expresión y de pensamiento.

Contra la intolerancia

Los textos son muy variados: hay poemas, fragmentos de novelas y ensayos, artículos completos. A veces hay ciertas vacilaciones -el caso más claro es el de Daniel Dennet, porque hay obras de otros autores entre sus dos textos, mientras que en otros casos Hitchens ha optado por colocar seguidas las piezas de un mismo autor; el editor no siempre pone fechas en la introducción que escribe para cada uno de los escritores – pero la ordenación es cronológica. Es una buena elección, porque muestra la evolución de los argumentos: vemos la importancia decisiva de algunos textos, y también cómo ha cambiado la forma de decir las cosas, lo que está permitido y lo que no. Y también evidencia que The Portable Atheist es una defensa de la libertad y un homenaje a los que reivindicaron otra manera de pensar cuando eso estaba prohibido: muchos de los autores que aparecen fueron perseguidos. Desgraciadamente, la intolerancia no sólo recayó en pensadores del pasado como Spinoza: otros colaboradores, como Salman Rushdie y Ayaan Hirsi Ali, que aportan dos textos estupendos, sufren en nuestros días sus consecuencias.

El libro arranca con dos obras en verso: el de Lucrecio fue un texto perseguido, Khayyán se pregunta por qué crearía Alá la vid para prohibir el vino después. La antología reseña este tipo de contradicción con frecuencia: habla de la creencia, pero sobre todo analiza las religiones monoteístas, que adoran a un dios omnipotente, omnisciente, omnipresente y bondadoso que sin embargo castiga a los inocentes, que posibilita pero prohíbe el pecado, que escoge un solo pueblo entre todos los que ha creado, que a veces está celoso de otros dioses. Uno de los textos más elocuentes en ese sentido es “Questions to Ask Yourself”, de Charles Templeton.

Hobbes, Spinoza y Hume

En la primera parte de The Portable Atheist, las objeciones filosóficas son muy importantes. Hitchens incluye un texto de Hobbes: el autor de Leviatán escribió que la ignorancia y el miedo hicieron que los hombres inventasen a los dioses, estudió la religión como un fenómeno natural y no desde la fe, y separó la teología de los asuntos del estado. También hay un fragmento de Spinoza, que debilitó para siempre la noción de un Dios que intervendría en los asuntos humanos y que escribió que “la inconsistencia de la superstición ha sido causa de muchas guerras terribles y revoluciones”, ya que “la luz de la razón no es sólo despreciada, sino que puede incluso ser execrada como fuente de impiedad” y transforma los “comentarios humanos en documentos divinos”, y la “credulidad en fe”. Incluye varios textos de David Hume, que habla de las “malas influencias de las religiones populares” en la moralidad, y que analiza la naturaleza de los milagros (tienden a suceder en regiones lejanas, son mutuamente contradictorios). Hume concluye que debemos considerarlos falsos a menos que “la falsedad del testimonio fuera más extraordinaria y milagrosa que todos los milagros que relata”.

Son tres autores capitales, pero la crítica a la religión también aparece en dos pensadores decisivos para la modernidad: Marx creía que “la abolición de la religión como la ilusoria felicidad de la gente es necesaria para su felicidad real”. Ese elemento ilusorio fue también destacado por Freud (“El secreto de su fuerza reside en la fuerza de esos deseos”), que observó: “Cuando se trata de cuestiones de religión, la gente es culpable de toda suerte de deshonestidad y fechorías intelectuales”. Los textos de Bertrand Russell señalan muchas de esas fechorías: habla, por ejemplo, de las monjas que se desnudan ante un biombo para no ofender a un dios, que, según ellas mismas consideran, lo ve todo; Russell también emparenta la religión con el totalitarismo.

The Portable Atheist contiene muchos textos de filósofos y científicos de corrientes y especialidades distintas, pero también abundan los novelistas y poetas, como John Updike, George Orwell, Philip Larkin, Salman Rushdie, Thomas Hardy o James Boswell. P. B. Shelley afirma que “no hay ningún atributo de dios que no fuera tomado prestado de las pasiones y los poderes de la mente humana, o que no fuera una negación”, y que la universalidad de la creencia en dios no hace que dios sea verdadero. George Eliott escribe un ataque furibundo, Conrad rechaza una interpretación sobrenatural de La línea de sombra, Mark Twain estudia con humor ácido los motivos de dios para crear la mosca y la actuación de la religión frente a la esclavitud, Lovecraft vindica el deseo de saber y de ver las cosas por uno mismo frente a la verdad revelada, Anatole France escribe sobre los milagros, Ian McEwan habla de las pasiones apocalípticas (desde la Segunda Venida de Cristo y sus cambios de fecha hasta nuestros días), critica la falta de honestidad intelectual del clero y llama a la responsabilidad ante la evidencia de que, haya dios o no, éste no parece muy interesado en resolver nuestros problemas.

La ciencia y la historia

Bertrand Russell observa en uno de los textos: “En los últimos 400 años, el clero ha ido perdiendo una batalla contra la ciencia, en astronomía y en geología, en anatomía y en fisiología, en biología y sociología”. Las investigaciones de Darwin sobre el origen de las especies asestaron un golpe mortal a la credibilidad de las religiones, pero sólo confesó que sus descubrimientos lo habían alejado de la fe en su Autobiografía. Hay quien defiende que los fósiles fueron puestos por dios ahí para probarnos, o que considera verídica la historia de Noé, pese a la falta de evidencias geológicas y a lo difícil que resultaría meter en el Arca a todos los seres de la creación. Aunque a menudo intentan desacreditar la ciencia (desde Galileo al Creacionismo), a veces los defensores de la religión emplean a científicos, o vacíos en las explicaciones científicas. Así, se dice que Einstein creía en dios. Hitchens incluye varios textos en los que el científico niega explícitamente la idea de un dios antropomórfico; cuando habla de dios parece hablar del orden del universo, parece utilizar un concepto cercano a Spinoza.

Otros científicos están bien representados: es el caso de Carl Sagan, que compara la creencia religiosa con la creencia en OVNIS o en el Abominable Hombre de las Nieves. Richard Dawkins critica que las iglesias aprovechen los vacíos en la ciencia para respaldar sus tesis, una prevaricación intelectual que busca la certeza en la indeterminación; y explica la incompatibilidad entre la posibilidad de una primera causa y la teoría de la selección natural, y las diferencias de ésta última con el azar. Dawkins subraya que la ciencia vive de lo que no sabe, del afán por conocer, y se encuentra en continuo movimiento, mientras que las religiones se conforman con no investigar y proclamar una interpretación inamovible. Stenger presenta una serie de argumentos físicos sobre el Universo que “tienden a demostrar que Dios no existe”: va más lejos en ese sentido que casi ninguno de los autores del libro. Steven Weinberg considera que los “religiosos liberales no están ni siquiera equivocados” y propone que la ciencia, que ayudó a detener las cazas de brujas en el siglo XVIII, sirva para detener las nuevas oleadas de intolerancia religiosa. Shermer escribe una parodia sobre un Dios que habría creado el mundo en siete días respetando algunas de las conclusiones alcanzadas por la ciencia.

Otros textos explican la irracionalidad de las teorías religiosas y sus terribles consecuencias desde la historia. Mecken habla de un cementerio de los dioses muertos. Según Chapman Cohen (que relaciona el ateísmo con el monismo), la creencia en la virginidad de María es un vestigio de una visión ancestral, que era incapaz de entender la reproducción y consideraba todo nacimiento sobrenatural. Martin Gardner muestra cómo el mito del Judío Errante buscaba sostener una incoherencia del Cristianismo (el regreso de Cristo debía producirse mientras alguno de sus contemporáneos estuviera vivo), y ha tenido largas repercusiones literarias y pésimos efectos para los judíos. Su caso sería parecido al del fervor apocalítpico que analiza Ian McEwan. Carl Sagan escribe sobre la caza de brujas, que causó la muerte (y la ruina: los acusados pagaban el juicio) de miles de inocentes, y Sam Harris habla de la tortura que la Iglesia no rechazó hasta 1816, de la Inquisición y de las leyendas antisemitas que justificaron pogromos, persecuciones y asesinatos durante 2000 años, y que tuvieron su parte de responsabilidad en el Holocausto.

Hitchens también incluye un largo extracto de Ibn Warraq, autor de Por qué no soy musulmán, que explica muchas de las incoherencias del Corán, desde las contradicciones a las incorrecciones gramaticales y a la forma en que presenta a dios este libro, que según afirma la ortodoxia, habría sido dictado por el propio Alá, y continúa determinando la política y la moral de muchos lugares, mutilando la libertad de muchísimas personas .

Warraq cita pasajes que legitiman la conquista y el expolio del enemigo y la sumisión de la mujer y critica el rechazo del Islam a la ciencia: el Corán contiene todo lo que va a pasar en el futuro; “explicarlo todo en los términos de dios es precisamente no explicar nada, es cortar toda explicación”, asegura Warraq. Se pregunta por qué el monoteísmo es mejor que el politeísmo y recoge los tremendos castigos que prescribe este dios misericordioso en el Corán (crucifixión para los enemigos religiosos, emparedamiento de las mujeres por adulterio o fornicación...) o las penas de la sharia.

El argumento moralista

Una de las defensas más comunes a favor de la religión es el argumento moralista: sin Dios, todo estaría permitido; sin religión, nadie se comportaría como es debido. Quien dice esto parece insinuar que el miedo al castigo eterno es lo único que le impide hacer el mal: se trata, como afirma Ayaan Hirsi Ali, de “un chantaje espiritual”, que mantiene a la humanidad en su infancia, en la ausencia de responsabilidades. John Stuart Mill cuenta que su padre consideraba la religión “el mayor enemigo de la moralidad: en primer lugar, por establecer excelencias ficticias –adhesión a credos, sentimientos devocionales, y ceremonias que no tenían nada que ver con el bien de la humanidad- y hacer que fueran aceptadas como sustitutas de virtudes genuinas, y sobre todo, por viciar radicalmente el estándar de la moral, haciendo que consistiera en la voluntad de un ser, sobre el que vertían todas las frases de halago, pero que se mostraba como un ente evidentemente odioso”.

Según Hitchens, no hay ninguna acción admirable efectuada por un creyente que no pudiera haber llevado a cabo un ateo, a partir de valores éticos totalmente independientes de cualquier credo; por otro lado, la religión está estrechamente vinculada a actos de barbarie, como demuestra un ensayo estupendo de Elizabeth Anderson (“If God Is Dead, Is Everything Permitted?”), que recoge numerosas admoniciones al genocidio o al asesinato en la Biblia, así como abundante ejemplos de comportamiento profundamente injusto por parte de dios. “La autoridad moral no reside en dios sino en cada uno de nosotros”, asegura: ni la creencia ni el escepticismo son garantías de un comportamiento ético.

La mayoría de los textos de The Portable Atheist defienden una moralidad separada del sentimiento religioso: es el caso de Mackie, de Grayling (que se burla de la acusación de “fundamentalista ateo” y prefiere hablar de naturalistas frente a supernaturalistas, o sobrenaturalistas), o de Rushdie. El autor de Hijos de la medianoche critica la actitud de las religiones frente al sexo –rechazo a los anticonceptivos y los métodos de barrera, represión, discriminación de la mujer y de los homosexuales, etc.- y reprocha que las guerras religiosas se dirijan casi siempre contra gente indefensa que pertenece a su propia esfera de influencia. Frente a una verdad absoluta y revelada, defiende una posición “ética-secular”: “La libertad es ese espacio en el que puede reinar la contradicción; es un debate infinito. No es la respuesta a la cuestión de la moral sino la conversación sobre esa cuestión”.

En el lecho de muerte

En la antología hay muchos fragmentos teóricos de campos muy diversos, pero también hay extractos más íntimos, como el de Charles Darwin, el artículo previamente inédito de Ayaan Hirsi Ali o el de Penn Jillette. Y hay también un pequeño género: el último argumento de los defensores de la religión es afirmar que antes de morir todos los ateos se arrepienten y creen en dios. Hitchens ha incluido una visita de James Boswell al lecho de muerte de David Hume, que se muestra inflexible; así como dos textos de A. J. Ayer y el filósofo Daniel C. Dennett, que estuvieron al borde de la muerte. Los textos autobiográficos y los relatos de experiencias al borde de la muerte –el miedo a la desaparición y al futuro es una de las causas de la religión- son muy importantes, porque una de las ideas fundamentales de esta antología es la reivindicación de la vida en la tierra. Como escribe Hirsi Ali: “La única posición que no me deja ninguna disonancia cognitiva es el ateísmo. La muerte es segura, y remplazará tanto al canto de sirena del Paraíso como al terror del infierno. Por tanto, la vida en esta tierra, con toda su miseria y belleza y dolor, debe ser vivida con mucha más intensidad: tropezamos, nos levantamos, estamos tristes, confiados, inseguros, sentimos la soledad y la alegría y el amor. No hay nada más; pero yo no quiero nada más”.

The Portable Atheist es un gran libro, muy variado y muy coherente al mismo tiempo. Se le podrían reprochar algunas cosas -el énfasis en las religiones monoteístas, y a veces cierta indulgencia hacia creencias orientales, por ejemplo- pero son reparos menores. Contiene mucha información y puntos de vista, aporta muchos argumentos diferentes, muestra la evolución del pensamiento ateo a través de los siglos, y defiende la razón y la honestidad intelectual, la libertad y la responsabilidad.

LA GUERRA, EL TERROR Y LOS HOMBRES

LA GUERRA, EL TERROR Y LOS HOMBRES

“Vida y destino” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) es la novela más importante de Vasili Grossman (Berdichev, 1905-Moscú, 1964). Es una crónica de la Segunda Guerra Mundial en la URSS modelada a partir de “Guerra y paz”, y un retrato de un país y dos totalitarismos, pero también es un libro profundamente humano. Grossman estuvo con el Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado y acompañó el contraataque soviético hasta Berlín. Escribió el primer reportaje sobre un campo de exterminio nazi. Grossman era judío: los nazis asesinaron a su madre; la mujer de Grossman había dicho que en el piso de Moscú no había sitio para ella. La culpa de uno de los personajes de la novela, Victor Shtrum, tiene mucho que ver con la culpa de Grossman.

Aunque Grossman era un escritor instalado en el sistema, recibió premios y sus crónicas de guerra lo convirtieron en un héroe, sus textos incomodaban al estalinismo. Molestaban sus críticas al régimen o que hablara del exterminio de los judíos en Ucrania: la URSS no quería admitir que algunas minorías hubieran sufrido más que otras ni la complicidad de muchos ciudadanos en la matanza, y Stalin era antisemita. Cuando Grossman terminó “Vida y destino” en 1960, en la época de Kruschev, intentó publicarla en su país. La novela fue secuestrada, pero se salvó una copia: fue publicada en Occidente.

“Vida y destino” ofrece una perspectiva general y minuciosa de un país a partir de las historias que les pasan a los miembros de una familia durante la batalla de Stalingrado y el comienzo del contraataque del Ejército Rojo. El primer marido de la hija mayor de Aleksandra, Liudmila, es un bolchevique interno en un campo de prisioneros; el segundo, Shtrum, es un físico que alterna la debilidad con una integridad casi suicida. El primer amor de la hija menor, Yevguenia, es el comisario Krímov, que ejerció una represión brutal en 1937 y acaba prisionero y torturado. El segundo es un militar, Nóvikov, cuya actuación resulta decisiva para cercar a los alemanes en Stalingrado.

En torno a ellos aparecen muchos más personajes (comisarios políticos, militares, escritores, campesinos, telegrafistas, madres angustiadas, adolescentes enamorados, niños en la cámara de gas), y numerosos escenarios y ambientes. Uno de los más importantes es Stalingrado: Grossman muestra la confusión atroz de la batalla, el hambre y los piojos y la falta de tabaco. A pesar de la dureza de la lucha, hay cierta libertad: los hombres se enfrentan a la muerte y pueden decir lo que quieran. Hay oportunidades para el amor y el humor. Un soldado ruso se refugia de las bombas en la oscuridad. Aterrado, coge la mano a un cadáver. Luego se da cuenta que es la mano de un soldado enemigo. Cuando cesa el bombardeo los dos salen en direcciones diferentes, esperando que sus superiores no los hayan visto.

Otro relato fundamental y estremecedor es el de los judíos asesinados por los nazis, al igual que el de los campos de prisioneros soviéticos. El estalinismo y el nazismo se miran como en un espejo: “Ustedes creen que nos odian, pero es sólo una apariencia: se odian a ustedes mismos en nosotros”, le dice un oficial de las SS a un comunista.

El terror en la URSS es un elemento esencial: todo el mundo interpreta las palabras de los otros, todos sospechan que les están tendiendo una trampa. Grossman habla de los problemas burocráticos de los evacuados y retrata el miedo de los ciudadanos medios, pero también la sorpresa de los bolcheviques encarcelados: habían justificado las matanzas, las hambrunas organizadas y las colectivizaciones, la persecución de adversarios políticos que hasta entonces habían sido aliados y las delaciones y las confesiones forzosas, pero no creían que el sistema pudiera volverse contra ellos.

“Vida y destino” quiere contar la verdad sobre una de las peores catástrofes del siglo XX y habla de ciencia y de literatura, de inocentes que mueren y culpables que se salvan gracias a la compasión de sus enemigos. Es un libro apasionante, sin héroes y lleno de seres humanos que tienen sus momentos de dignidad y de miseria, y afirma que el instinto de libertad siempre sobrevive. Cuando uno de los personajes habla de Chéjov, Grossman parece describir un ideal moral y literario: “Chéjov dijo: dejemos a un lado a Dios y las así llamadas grandes ideas progresistas; comencemos por el hombre, seamos buenos y atentos para con el hombre sea éste lo que sea: obispo, campesino, magnate industrial, prisionero de Sajalín, camarero de un restaurante; comencemos por amar, respetar y compadecer al hombre; sin eso no funcionará nada”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Traducción de Marta Rebón. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 1104 páginas.

Publicado en Artes & Letras el 1 de noviembre. 

LA DIGNIDAD Y LA RISA

LA DIGNIDAD Y LA RISA

Rafael Azcona (Logroño, 1926) es el guionista más importante de la historia del cine español. Está detrás de muchas de las mejores películas de directores como Berlanga, Saura, García Sánchez o Fernando Trueba. Su trabajo cinematográfico oscureció durante un tiempo su estupenda producción literaria. En los últimos años Azcona ha recuperado varias de sus obras narrativas y les ha añadido partes suprimidas por la censura o la autocensura: recogió tres novelas en “Estrafalario 1” (Alfaguara, 1999); después aparecieron “El repelente niño Vicente” (Aguilar, 2005), “Los muertos no se tocan, nene” (Punto de Lectura, 2005) y la magnífica “Los europeos” (Tusquets, 2006). Estos textos tienen que ver con las películas de Azcona y con los textos de otros autores de la generación del 50, con el realismo pero también con un humor disparatado que nace de la observación, y alternan el talento para retratar los defectos de sus personajes con la capacidad de comprenderlos, de mostrar la dignidad del miserable.

“Memorias de un señor bajito” (Pepitas de calabaza, 2007) es una versión revisada de la edición que había aparecido en la Enciclopedia Pulga en 1960 a partir de textos publicados en “La Codorniz”. Es una novela picaresca que cuenta las andanzas de Juliano Fernández, “un hombre normal al que le ocurren cosas paranormales”, casi kafkianas. Cuida de su abuelo, se vuelve loco, obtiene una Cruz al Mérito Agrícola por matar un cocodrilo, escribe manuales para llegar a los cien años, se enamora y desempeña una larga serie de oficios: Inspector de Tontos del Pueblo, mendigo, bohemio, perro (equilibrista) de un circo, torero, y va a la bolsa, donde le sorprende ver a la gente tan seria y escribe una frase de Montaigne: “La prueba más clara de sabiduría es una continua alegría”.

“Memorias de un señor bajito” es una novela de humor, en la que a veces el chiste parece más importante que la narración. Azcona juega con el lenguaje y las situaciones, y parodia cuentos, fábulas y manuales. Es un libro más realista y menos inocente de lo que parece: es una sátira de un país, que habla de su miseria y se burla de sus tópicos y sus instituciones. Azcona dice que desconfía de las películas en las que no se come y en este libro la comida y el hambre son fundamentales: el protagonista habla su infancia, con su “brutal régimen de patata cocida” que no le dejó crecer; de los banquetes que se daba cuando trabajaba como inspector (“unos pantagruélicos atracones de genuinos condumios regionales tales como torreznos con huevos fritos, migas con tocino, galianos de pastor, abadejo en salmuera...”); de lo poco que se podía comer en un café madrileño que recuerda a los que aparecen en una de sus mejores novelas, “Los ilusos” (1958): “cuatro aceitunas aquí, cinco patatitas allá...”.

Con su optimismo, el diminuto protagonista de “Memorias de un señor bajito” hace pensar en los cómicos del cine mudo o en algunos personajes de Dickens: su resistencia frente a la adversidad le confiere una especie de grandeza y tiñe de melancolía este libro divertido de uno de los mejores narradores en castellano.

“Memorias de un señor bajito”. Rafael Azcona. Pepitas de calabaza. Logroño, 2007. 125 páginas

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 27 de septiembre de 2007. Otro texto sobre Azcona .

En la imagen, Rafael Azcona.

LOS FUGITIVOS

LOS FUGITIVOS

Marga Minco (Ginneken, 1920) perdió a toda su familia en manos de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. La hierba amarga , que toma el título de un alimento que se comía en la cena de la víspera de la Pascua judía y servía para recordar el éxodo de Egipto, es la historia de una huida y una pérdida: Minco habla de la desintegración de su familia, y ofrece una visión íntima y transparente de una tragedia compartida por millones de judíos en toda Europa.

Los Minco tienen una sastrería en Breda. El padre percibe señales inquietantes como las nuevas leyes que marginan a los judíos, pero es incapaz de imaginar lo que sucede en los campos y contagia a sus familiares su optimismo: “No comprendo por qué la gente nos mete tanto miedo. ¿Qué podrían hacernos?”, dicen. Esa inocencia, como la sencillez y la precisión en los detalles, es uno elemento fundamental de La hierba amarga: Minco cuenta cómo, cuando los obligan a coserse la estrella amarilla, cogen dos para cada uno y las bordan con esmero; cuando secuestran a su hermana, se pregunta si habrá podido llevarse su ropa de invierno para afrontar el frío de Polonia. Los Minco viajan a Utrecht, a Amersfoot y Ámsterdam. Los ataques a su dignidad y a su condición de ciudadanos desembocan en una verdadera persecución. Cada vez hay más redadas y deportaciones; oyen que “de allí no vuelve nadie”, y la vida cotidiana se convierte en una pesadilla: el padre y el hermano de Marga se someten a pruebas médicas para ir a un campo de trabajo, Marga se tiñe el pelo y la familia busca escondites. Poco a poco, van atrapando a todos menos a Marga, que sufre la culpa del superviviente, se refugia con unos granjeros, y acaba sola y con un nombre falso: sabe que los suyos no regresarán. La hierba amarga es un libro tristísimo y limpio, sobrio y estremecedor.

Marga Minco. La hierba amarga. Libros del Asteroide , 2007. Traducción de Julio Grande. Prólogo de Félix Romeo

Esta reseña apareció el 20 de septiembre en Artes & Letras. En la imagen, Marga Minco.

VIDAS IMAGINARIAS

VIDAS IMAGINARIAS

“Juegos de niños” (Salamandra, 2007) es el quinto libro de Tom Perrotta (Garwood, Nueva Jersey, 1961), y cuenta la historia de un grupo de personajes que viven en un barrio residencial de Estados Unidos, poco antes del once de septiembre, y que buscan una manera de reinventar sus vidas. Los protagonistas son dos padres a tiempo completo en una comunidad centrada en la crianza de los hijos: Sarah fue feminista en su juventud y ahora cuida con desgana de Lucy, una hija que a veces “parece un personaje de Dostoievsky”; Todd fue una estrella atlética escolar, pero todavía no ha aprobado el examen para ser abogado: en vez de ir a estudiar mira a los adolescentes que van en monopatín. Las madres del parque observan a Tom, que es guapo y disfruta cuidando a su hijo; un día, Sarah se atreve a hablar con él, y se besan. Las compañeras de Sarah (sobre todo Mary Ann, que practica sexo conyugal los martes a las nueve de la noche) se escandalizan; a Todd le parece vivir una fantasía, y no puede evitar obsesionarse con Sarah, que no es tan guapa ni tan perfecta como su esposa Kathy, directora de cine, “el tipo de mujer que siempre te sorprendía por ser tan encantadora como la recordabas, aunque en su ausencia eso no pareciera posible”. Sarah evita a Todd unas semanas, pero luego va a buscarlo a la piscina con Lucy,

En “Juegos de niños” todos buscan una escapatoria: Todd se refugia el sexo, pero también renace jugando partidos nocturnos de football americano; Sarah compra un bikini rojo y se dedica a vivir un sueño romántico, que le hace defender a Emma Bovary en el club de lectura (“Hay algo hermoso y heroico en su rebeldía”, dice, después de que Mary Ann la defina como “una furcia”) y espiar a la mujer de su amante; su marido Richard olisquea las bragas que le ha mandado Slutty Kay, una prostituta que descubre en Internet; Kathy quiere que Todd se haga abogado para poder dejar la televisión y dirigir películas; Larry, un policía retirado tras matar a un adolescente, se obsesiona con Ronnie, un pedófilo que regresa al barrio y que vive con su madre.

A veces parece que los personajes corran tras un espejismo; algunos sólo empeoran su situación. Cuando Todd le dice a Sarah que “la gente sobrestima la belleza”, ella piensa: “Sólo alguien que da por sentada su propia belleza podría decir en serio algo tan escandalosamente estúpido”.

    Uno de los aciertos de “Juegos de niños” es el uso de elementos cotidianos: el barrio residencial con los parques, la instalaciones deportivas, la piscina donde Todd, Sarah y sus hijos se reúnen (en la que un día la presencia de Ronnie desata un escándalo), la iglesia y el club de lectura, las conversaciones de las madres y los entretenimientos infantiles, y los pequeños detalles que revelan una infidelidad. “Juegos de niños” es una novela divertida y bien construida, que trata a sus protagonistas con compasión. Aunque algunas historias tienen más fuerza que otras, todos los personajes tienen sus razones y sus recovecos: Perrotta muestra las dos cualidades que admira de su ex profesor Tobias Wolff : “escritura humorística y seriedad moral”

Tom Perrotta. Juegos de niños. Traducción de Luis Murillo Fort. Salamandra. Barcelona, 2007. 317 páginas.

Esta reseña apareció el 26 de abril de 2007 en Artes & Letras. Aquí , la película basada en la novela. Y una comparación . La fotografía es del filme de Todd Field.