UN MUNDO SIN FÉLIX

Aquí.

Aquí.
Yo le conocí, Horacio. Era un hombre de una gracia infinita y de una fantasía portentosa. Mil veces me llevó sobre su espalda. Y ahora, ¡cuánto horror siento al evocarlo! Viéndolo, mi estómago se revuelve. Aquí pendían aquellos labios que yo he besado no sé cuántas veces. ¿Qué se hicieron de tus chanzas, de tus piruetas, de tus ocurrencias cargadas de buen humor, que hacían prorrumpir en una carcajada a toda la mesa?

Durante muchos años, cada vez que en casa de mis padres el nombre de Ismael Grasa salía en la conversación, mis hermanos decían: Ese es el que se metió en el Ebro. Un día, después de jugar un partido en la Almozara, Ismael se metió en el río y se ganó para siempre la admiración de mis hermanos. Ahora me doy cuenta de que ese arrebato fue una clase de filosofía, donde Ismael grasa explicaba la famosa frase de Heráclito que dice que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río.
Como sabéis, La flecha en el aire habla de un escritor que un día ve un anuncio en el periódico, donde dicen que se busca un filósofo. El escritor, que estudió la carrera de filosofía pero ha vivido un poco alejado de la disciplina académica, responde el anuncio. Para evitar el suspense, diré que le dieron el trabajo. La flecha en el aire es el cuaderno de notas de un profesor, los apuntes tomados después de las clases, la preparación, las conversaciones con los compañeros, con su novia o con algunos amigos. Pero también es una reflexión sobre la educación y una meditación sobre la materia que se imparte, y una especie de filtro: un diálogo entre los clásicos del pensamiento, los alumnos, los profesores, los periódicos, las nuevas asignaturas: el mundo visto a través de una clase de filosofía en secundaria. Jean Renoir decía que en los rodajes había que dejar siempre una puerta abierta, por si de repente aparecía alguien. Ismael Grasa hace algo parecido en su clase, y La flecha en el aire es también un comentario sobre muchos asuntos de actualidad: sobre la evolución humana, sobre la homosexualidad, el feminismo, el velo islámico, la autoridad de los profesores.
La flecha en el aire toma el título de una aporía de Zenón de Elea. Pero también tiene que ver con lo que muestra el libro: un tipo pensando todo el tiempo, volviendo a veces sobre los mismos temas, enfrentando sus argumentos con los de los otros, con una mezcla inusual de humildad y perspicacia. Describe una forma de estar en el mundo, una actitud ante la vida.
Es una defensa de la libertad, de nuestra autonomía y de nuestra responsabilidad. Ismael Grasa es consciente de la complejidad de las cosas, pero su libro también es una defensa de las distinciones esenciales: “En libertad, lo complejo se asienta sobre lo sencillo, empezando por la confianza en las otras personas y la creencia de que alguien, en algún momento, está diciendo la verdad”, dice.
Algunos de los momentos más disfrutables del libro se producen cuando Ismael destruye algunas ideas bobas que tienen o han tenido mucho éxito. Por ejemplo, en un momento los profesores hablan de si en el comedor debería haber un menú especial para estudiantes que no comieran carne de cerdo por razones religiosas, y el narrador reprocha a uno de sus colegas que en clase explique la composición de la materia y en el comedor atribuya propiedades mágicas a la materia. Explica que el intelectual es una figura que acaba yendo contra los libros y habla del prestigio de los ágrafos, desde Sócrates a Jesucristo. Su defensa del individuo, como una idea o una potencialidad, hace que rechace también esa idea que oímos a veces, cuando se lamenta que una tribu de la selva entre en contacto con la civilización, como si hubiera que preservar reservas humanas. También ataca la personificación o deificación de la naturaleza. Es algo que vemos todos los días en el periódico, cuando el océano Pacífico se venga, o cuando la tierra nos castiga por sus agresiones. Por todo eso, en cierto modo, La flecha en el aire es un libro de combate, donde las armas de Ismael, aparte de la cortesía, que también se manifiesta en una prosa diáfana, son el rigor intelectual, el sentido del humor y el respeto al individuo.
El libro es una reflexión en marcha, pero no es sentencioso. Entre otras cosas, porque siempre es consciente de que puede equivocarse. Es self-deprecating. Y también desconfía mucho de quienes afirman estar por encima de los demás, de las minorías autodesignadas que dicen que los demás están manipulados. Sus observaciones están matizadas por la ironía y la duda, pero muchas veces son contundentes y muy atrevidas. Por ejemplo, un capítulo analiza brillantemente el marxismo y el viejo argumento que dice que los crímenes del comunismo son desviaciones o malas ejecuciones de la teoría Ismael Grasa enumera algunas propuestas del marxismo y concluye que, quizá, Stalin fue mucho mejor intérprete de Marx de lo que normalmente se piensa. Otras veces hemos leído que, en los debates sobre la existencia de Dios, el que tiene algo que demostrar es el creyente. Pero lo que dice Ismael en el libro lo he escuchado menos veces: “Reconocer que existe un ámbito religioso es ya un hecho religioso. La libertad de culto o el respeto a las creencias religiosas deberían considerarse ya implícitos en derechos reconocidos como el de la libertad de expresión, de conciencia o de reunión. Todos estaríamos así más protegidos”.
La flecha en el aire no es solo un programa negativo, sino que es una defensa de la libertad, del aprendizaje y de la razón. También una apología del individuo y la democracia, que no son fines, sino garantías, proyectos de mejora constante. Ismael cree en los valores universales y en la dignidad de todos los seres humanos. También en la relevancia de los símbolos, en la importancia de la filosofía, para, entre otras cosas, protegernos de los peligros del cientifismo y para participar en los debates que se producen en una sociedad democrática.
En cierta manera, y con las actualizaciones pertinentes, es un ideario que tiene que ver con la Ilustración. El autor dice en el prólogo que sabe perfectamente que no son ideas que él presente por primera vez. Pero pocas veces he visto que esos principios aparezcan formulados de una forma tan clara y elegante.
Además de la reivindicación de lo que Ismael llama “el brote verde” de la teoría y de los valores universales, La flecha en el aire también otro elemento de la Ilustración: el empirismo. Y al leerla he pensado en Orwell. En el libro aparece, por ejemplo 1984, pero no he pensado tanto en esa novela, sino más bien en sus libro reportaje: en Sin blanca en París y Londres, en sus artículos, incluso en Homenaje a Cataluña. Sé que, aunque ser profesor es complicado, es más arriesgado irse a una guerra que dar clase de Bachillerato, pero el libro también tiene claramente ese aspecto práctico, de experiencia cotidiana y de conocimiento de primera mano. A partir de una cita de Aristóteles, que dice que la medida de la virtud no es otra que el hombre bueno, Ismael cuenta que no le gustan las alegorías, o esos cuadros que son una representación: La flecha en el aire es la descripción de una actividad práctica, un libro sobre un oficio.
Es también la anatomía de un ecosistema: el aula, con sus debates, con las protestas de los alumnos, los otros profesores. Una de sus características es que Ismael Grasa evita el paternalismo o la condescendencia, y corrige a sus alumnos cuando cree que se equivocan, movido por el respeto hacia ellos y hacia la actividad que realizan. Por ejemplo, explica que “la esencia de la educación es que no es democrática, como tampoco es democrática una familia. Se fundamenta en el afecto y en el amor a la libertad, pero se expresa mediante normas y el ejercicio de la autoridad”. Que haya que decir esto puede resultarle extraño a alguien que no haya hecho el CAP, pero también sirve para recordar que Ismael Grasa no es un libertario o un radical libre, por decirlo nutricionalmente, sino alguien que sabe que son las normas y las leyes las que garantizan nuestra libertad.
Y uno de los aspectos más interesantes es la transformación del escritor en un profesor de filosofía. Lo vemos leyendo los nuevos manuales, cuestionando la asignatura de Educación para la Ciudadanía, o haciendo problemas de lógica en casa. Lo vemos disfrutar de las pasiones intelectuales, porque La flecha en el aire también es un libro sobre el placer del pensamiento. Lo vemos sufrir cuando una clase se le va de las manos, o cuando un debate se convierte en la excusa para que los alumnos expresen prejuicios homófobos o racistas. Y también lo vemos sobre todo cuestionando sus responsabilidades como docente: por ejemplo, a veces tiene la impresión de que se emborracha de balón. Habla de Nietzsche, Hegel o Freud, que no son filósofos que le gusten, pero se da cuenta de que seducen a los alumnos. Y él se enardece un poco, se luce, y luego se pregunta si se ha equivocado. En varios momentos, Ismael –que siempre parece un docente concienzudo- acepta su nueva ocupación, se convierte en el profesor de filosofía. Esa novela de aprendizaje es una de las subtramas del libro, y tiene grandes momentos. En un capítulo, que se titula “Segunda bata”, cuenta que su bata está sucia y que normalmente espera que llegue un puente para lavarla. Se negaba a comprar una segunda bata, porque le parecía que eso daría un aire definitivo a su trabajo. Y, atención espoiler, se compra una segunda bata. También se da cuenta de que los alumnos son muy conservadores hacia sus profesores. Descubre debe ir bien vestido al colegio y empieza a dar clase con corbata.

Al margen de que Ismael y Gay Talese son los dos escritores más elegantes de la literatura contemporánea, esa transformación es muy emocionante. Y afecta a todos los órdenes de la vida, como en un capítulo en el que Ismael Grasa se enfrenta a un desodorante nuevo:
En la etiqueta, en letras grandes, se lee: ‘Te calma’. Tengo que reconocer que esto me molesta un poco, el hecho de que haya que presuponer que un varón adulto, en la sociedad de hoy, necesite calmarse. Parece darse por hecho que un habitante de una sociedad regida por el libre mercado es alguien que vive en un estado nervioso descompuesto. Y que además ha de reconocerlo públicamente, eligiendo en la estantería del supermercado, a la vista de todos, el bote de desodorante que anuncia propiedades de sedación. A menudo se nos pretende hacer admitir el tópico de que el modo de vida de la ciudad nos aparta del ocio y la serenidad, cuando es precisamente la ciudad –y los electrodomésticos, entre otras cosas- lo que nos ha proporcionado eso que llamamos ocio –los índices más altos de lectura en España coinciden con los de las ciudades más grandes, una pauta que se repite en todo el mundo-, y quizá, incluso, cierta calma y reposo. El pensamiento y la ciencia, las llamadas disciplinas contemplativas, nacen en ciudades, no en zonas rurales. ¿Por qué dar por hecho, como hacen tantos anuncios publicitarios, que nuestra vida en las ciudades es inauténtica, cuando no abiertamente culpable?
Según cierta visión de la masculinidad, encontrable en lugares como México, decir a un varón que se calme, sin venir a cuento, se entiende como insolencia grave, algo que incluso a uno le puede costar la vida. Tal vez no haya que llegar tan lejos, pero, en todo caso, el reconocimiento de la propia neurosis, el admitir que vivimos en un estado nervioso trastornado, eso que a veces se ha llamado ‘el antihéroe’, es algo que nos sirve para hacer comedias en el cine, pero que no tiene por qué ser necesariamente adoptado como un modelo de comportamiento universal. Yo, en todo caso, no me resigno a que mi desodorante me diga que necesito calmarme.
En unas pocas líneas, Ismael Grasa parte de un detalle cotidiano y hace una reflexión sobre la civilización, realiza una excursión histórica y otra geográfica, hace una observación estética y vuelve al detalle cotidiano. Además, nos ha hecho sonreír tres o cuatro veces. La flecha en el aire tiene muchos momentos como este, que la convierten es otro de mis géneros favoritos: el thriller de acción mental. Por otra parte es un libro que tiene algo optimista y liberador, de confianza en la bondad, la educación y la autonomía de los individuos y en nuestra capacidad de ser mejores. Decía Stendhal que el buen razonamiento ofende, pero, aunque La flecha en el aire está lleno de buenos razonamientos, a mí me produce felicidad. El único poso de melancolía que deja un texto donde se habla bastante del viajar en el tiempo es no haber ido a la clase de Ismael Grasa.
Pero, como ya he apuntado, una de las ideas del libro es la importancia de decir las cosas, de la fuerza de las palabras y los símbolos, de las formas. Ismael Grasa escribe varias veces en el libro que es importante decir las cosas, y yo estoy de acuerdo: creo que La flecha en el aire dice cosas esenciales y que las dice de una manera iluminadora y profundamente emocionante.
Texto de la presentación de La flecha en el aire en la librería Antígona, en Zaragoza. He tomado las imágenes aquí y aquí.
En ‘El monstruo. Memorias de un interrogador’ (Libros del K.O., 2011), Pablo Pardo (Madrid, 1969) reconstruye la historia de Damien Corsetti, un soldado estadounidense que estuvo destinado en Afganistán e Irak. Corsetti se alistó con la esperanza de que el uniforme diera estabilidad a su vida. Pertenecía a una unidad de inteligencia y participó en torturas. A partir del testimonio de Corsetti, Pardo relata la llegada de los presos a las cárceles, los interrogatorios (que incluían el ahogamiento simulado, pero también privaciones, humillaciones y palizas, y alguna vez acabaron en la muerte), el desconocimiento de la cultura local, los eufemismos y un clima de caos, tedio y miedo en el que muchos soldados pasaban gran parte del tiempo colocados. El desorden y la ruptura de la cadena de mando son especialmente claros en Irak: los soldados debían destruir las armas de fabricación rusa del ejército iraquí; después, cuando empezaron a formarse las nuevas fuerzas armadas, les entregaron “los mismos modelos de armas, solo que estos los habían comprado en la antigua Yugoslavia”. Corsetti, que intentó suicidarse, fue juzgado –y declarado no culpable- por un consejo de guerra por cargos relacionados con la tortura, en un proceso en el que tuvo algo de chivo expiatorio. ‘El monstruo’ se basa únicamente en las palabras de Corsetti y da una imagen incompleta. Pero es un relato vibrante de los errores de EEUU escrito por alguien que ama lo mejor de ese país. Y un alegato contra la tortura, fundado en razones prácticas y morales. Me ha recordado unas palabras de Jean Debernard: “La tortura es un arma de doble filo que golpea al torturador antes de alcanzar a su víctima… Cuando empiezas a destruir el respeto del otro es que tu propio respeto, el que te debes a ti mismo, ya estás muerto”.
Este artículo ha salido en Artes & Letras de Heraldo de Aragón.
Esta tarde se presenta en la librería Los portadores de sueños (c/ Blancas, 4, Zaragoza) el nuevo número de la revista Rolde.
‘Invitación a la lectura’ era una de las mejores iniciativas de la educación aragonesa en muchos años y su suspensión es lamentable. He conocido el ciclo como alumno y como escritor. La gestión pudo ser mucho mejor, pero era una gran idea, imitada en muchos lugares. Permitía que un estudiante de Cantavieja conociera a una escritora y su obra, o descubriera que un novelista puede estar obsesionado con el Zaragoza. Los alumnos veían que los libros también hablaban del mundo y de gente como ellos, y que los escribían personas reales y próximas. Era una forma de conocer la literatura y una profesión. Además de transmitir conocimientos, animaba a los alumnos a seguir con sus aspiraciones: alentaba a la libertad, al esfuerzo en la búsqueda de los propios sueños, a la creatividad y a la diferencia. Han participado autores aragoneses, españoles y extranjeros. El programa, donde colaboraba CAI, creaba un vínculo entre el público y los creadores. Los escritores cobraban por su trabajo, algo que algunos juzgan excéntrico o inmoral. Las ventas eran importantes para una librería o una pequeña editorial (que a partir de entonces los alumnos y sus padres conocían): eso es apoyar a la pequeña empresa y formar una sociedad más rica. Dependía del talento y la voluntad de los docentes, los autores y los alumnos. Como todo programa educativo, a veces se parecía a recoger nieve con las manos, pero contribuía a lo principal: animar a la lectura. La lectura ayuda a entender las razones de los demás y a pensar libremente, pero no solo eso: aunque sin duda existen otros factores –económicos, demográficos, estructurales- de la crisis, entre los países europeos donde más se lee están Suecia, Holanda y Alemania, mientras que los índices más bajos se registran en España, Grecia y Portugal.
Este artículo sale en Artes & Letras de Heraldo de Aragón.

‘Los poseídos. Aventuras con libros rusos y con las personas que los leen’ (Seix Barral, 2011) es una mezcla de autobiografía, libro de viajes y ensayo de crítica literaria donde Elif Batuman (Nueva York, 1977) habla de su relación con la literatura rusa. Batuman, de origen turco, quería ser escritora, pero decidió hacer un doctorado de filología, en parte porque no le gustan los talleres de escritura creativa, con su énfasis en la artesanía y su rechazo a la abstracción. Entre sus aventuras se encuentran un congreso en honor de Bábel, un investigación sobre el palacio del hielo de San Petersburgo, unas jornadas en la finca de Tolstói (donde especula con que el autor de ‘Guerra y paz’ fuera asesinado) y una estancia en Uzbekistán que revela la delirante política lingüística soviética. Batuman realiza iluminadoras lecturas de Chéjov, Pushkin y Dostoievski, discute interpretaciones y teorías, cuenta detalles eruditos y establece paralelismos con su experiencia. También traza un divertido retrato del mundo académico y cuenta oblicuamente su vida. Habla desde sus experiencias sentimentales a su familia, pasando por cuestiones económicas (‘Los poseídos’ tiene algo de relato picaresco, con la búsqueda de becas o de temas que pueda vender a las revistas) y dificultades con los idiomas. Mezcla lo elevado y lo bajo, como cuando, en el congreso sobre Tolstói, pierde la maleta, pasa varios días con la misma ropa y los otros participantes creen que es una seguidora fanática del narrador, o cuando descubre que el héroe uzbeko Babur padecía una enfermedad común en los jinetes legendarios: las hemorroides. ‘Los poseídos’ –que ha traducido Marta Rebón, responsable de hermosas versiones de Grossman o Pasternak- es un homenaje a la pasión por la literatura: un amor que nos ayuda a reinventarnos y hace que la vida sea mejor.
Este texto ha aparecido en Artes y Letras de Heraldo de Aragón. En la imagen, Elif Batuman.
-Los católicos tienen derecho a manifestarse. Probablemente se puede justificar la visita con la idea de la promoción de la ciudad y los ingresos para los comerciantes. Al mismo tiempo, ha habido una complacencia casi obscena: algunas rebajas han sido excesivas y los actos podrían haber sido menos invasivos. Tampoco me gusta que cargos electos se postren ante líderes religiosos.
-El argumento que vincula la Iglesia Católica con el desarrollo democrático y la libertad solo tiene interés para quien prepare una ampliación de la Antología del humor negro. En España, la Iglesia Católica ha sido siempre un obstáculo a la razón, a la circulación de las ideas, a la Ilustración y a la libertad. Su monopolio durante siglos sobre la vida mental y religiosa es una de nuestras grandes tragedias históricas. Cuando le preguntaron si había que conceder al cristianismo el crédito de haber sido la única religión que propició la separación entre Iglesia y Estado, Mark Lilla respondió:
¡En absoluto! La separación de poderes se produjo en contra del cristianismo o, mejor dicho, de la teología política cristiana. Sobre todo porque era un desastre que no producía más que caos y guerras de religión. Cuando Hobbes escribió Leviatán, lo que hizo fue, en contra de la tradición, dejar de tratar de interpretar las órdenes de Dios y aplicarlas a la vida política para prestar atención exclusivamente al hombre y sus creencias. Lo que hizo fue, por así decirlo, cambiar de tema. Y eso no lo hizo gracias al cristianismo. Atribuirle el mérito al cristianismo sería como superar un cáncer y creer que estás vivo gracias a él.
Lo que dice Lilla del cristianismo en general es todavía más intenso en un país como España, donde una versión ultramontana de esa religión ha gozado de un poder extraordinario durante buena parte de nuestra historia.
-La Iglesia Católica goza de una posición privilegiada en España, siempre declara que somos un país católico, que es la Iglesia de todos, y al mismo tiempo se presenta como una minoría perseguida. En eso se parece a otros movimientos e instituciones, desde el 15-M al Real Madrid. Como ha escrito Félix Romeo, ninguno de los gobiernos de nuestra democracia ha puesto en peligro esa posición privilegiada; Zapatero ha conseguido conjugar lo peor de los dos mundos: enfrentamiento mediático y mayores concesiones. La separación entre Iglesia y Estado debe avanzar mucho más: no debería enseñarse ninguna religión en la escuela pública, el modelo de la concertación es un trato de favor injusto, al igual que la financiación a través de los impuestos, y no debería haber símbolos religiosos en los espacios que son de todos.
-Ratzinger apenas ha hablado de política española, lo que está bien. Otras veces, los representantes del Vaticano, un régimen teocrático basado en la segregación de sexos, han criticado las leyes de un país mucho más democrático que el suyo: para encontrar una paradoja semejante, habría que pensar en los reproches de Irán a David Cameron por la dureza de la policía inglesa contra los saqueadores de Tottenham. Durante los años de Zapatero en el gobierno, la Conferencia Episcopal ha actuado de forma irresponsable y demagógica. Sin embargo, quizá haya que acostumbrarse a que, de vez en cuando, los obispos digan burradas. Sus exabruptos no deberían ser noticia, ni habría que dar demasiada importancia a las posiciones morales de una organización privada.
-Hay muchas razones para atacar el comportamiento de la Iglesia y las ideas de los creyentes. Si los católicos tienen derecho a manifestarse, los que no lo somos también. Un millón de adolescentes sueltos no es exactamente una compañía agradable. Ver a muchos jóvenes con distintos uniformes, gritando mensajes bovinos de exaltación divina no es, ni de lejos, mi espectáculo preferido. Pero increpar a los católicos es una equivocación. Al margen de los excesos policiales que deben ser investigados y purgados, esa actitud no solo es un grave error cívico, sino que es un fallo estratégico: la Iglesia rentabiliza los enfrentamientos. Muchas veces, los católicos acusan de intolerancia a quienes los critican legítimamente, y presenta la menor pega a su comportamiento como un ejemplo de persecución. Es una estupidez darles argumentos.
-En las críticas a las posiciones del Papa hay algo que me molesta profundamente. Se ataca a la jerarquía católica por ser reaccionaria, homófoba, por su obsesión patológica con la sexualidad, por su hipocresía, por su presunto alejamiento del supuesto mensaje del Evangelio, por los zapatos del Benedicto XVI, etc. Es todas esas cosas y muchas otras peores (un caso más grave es la ocultación de los abusos a menores). Pero, a veces, uno tiene la impresión de que, según algunos de sus críticos, si la Iglesia Católica fuera partidaria del matrimonio gay, de la libertad sexual y del derecho a decidir de las mujeres, entonces podríamos hacerle caso. No habría ningún problema si la Iglesia fuera más enrollada. Evidentemente, pueden cambiar cosas: sabemos que, pese a su extremado conservadurismo sexual, la Iglesia Católica busca en primer lugar su propia preservación y es una experta en el reciclaje. Hay multitudes de ejemplos; el más reciente es el downgrade del aborto en las JMJ. Pero, en muchos aspectos, es una distinción irrelevante: las posiciones de la Iglesia Católica podrían ser más progresistas, pero la justificación última no sería empírica ni racional, sino divina. El asunto principal, en el que debemos avanzar, y no ceder un milímetro, no es lograr que las religiones sean más o menos modernas. Lo esencial es evitar que las creencias religiosas gobiernen la vida civil; impedir que las reivindicaciones, más o menos simpáticas, de la verdad revelada regulen nuestras leyes, y conseguir que el Estado sea neutral con respecto a las opciones religiosas.