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Daniel Gascón

EL PODER, EL MAL Y LA GLORIA

 

En ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’ (Anagrama, 2009), Jon Lee Anderson (California, 1957) recoge reportajes sobre América Latina y España que ha publicado en ‘The New Yorker’ en los últimos años. Es un libro sobre el poder, la violencia y la relación de los países con su pasado. En España, escribe sobre Lorca, la memoria del franquismo y el terrorismo vasco; realiza un retrato del rey, en el que destaca su habilidad diplomática –que permitió que Aznar pasara varias horas en su yate con Clinton- y especula sobre sus finanzas. En Brasil, escribe un espectacular reportaje sobre las bandas de las favelas.

Otro de los ejes del libro es la revolución cubana y sus consecuencias: Anderson recoge partes del diario que escribió entre 1993 y 1995, cuando trabajaba en ‘Che Guevara. Una vida revolucionaria’ (Anagrama, 2006) y supo que algunos conocidos informaban de sus actividades; analiza la crisis de Elián y retrata ambiguamente una sociedad asfixiada y corrupta. Uno de los mejores textos es ‘El dictador’, un perfil de Pinochet –que muestra su interés por otros tiranos como Lenin, Mao y Castro- donde repasa sus crímenes y estudia la relación de Chile con ese pasado reciente. Otro de los poderosos que aparecen es Chávez -“el heredero de Fidel”-, que deja una silla vacía en las reuniones por si aparece el fantasma de Bolívar. Y un asunto constante es la influencia de EEUU en América Latina: es central en su texto sobre Panamá, en el golpe de Pinochet o en la explotación de las empresas norteamericanas, esenciales para configurar el mundo de García Márquez. Aunque aparentemente el perfil del colombiano se aparta del tema del libro, Anderson presta una atención especial a su fascinación por el poder. Admira a García Márquez, pero lo muestra como un personaje poco recomendable: su defensa de su papel en Cuba (su amistad con Castro le permite ayudar a los disidentes) resulta muy débil a estas alturas; su gusto por las conspiraciones es antidemocrático; su vida, rodeada de lujo, veneración y protección, llama la atención en un libro que medita sobre la relación entre desigualdad y violencia.

Son reportajes bien escritos, llenos de datos y puntos de vista. Anderson entrevista a Pinochet y a la hija de Allende; interroga al psiquiatra de Chávez, viaja en el avión del mandatario y conoce a su familia (uno de sus hermanos recibe la concesión de una red de telefonía móvil y se sorprende de que sea tan buen negocio).

A veces cae en cierto exotismo relativista o usa argumentos insuficientes. “Muchos venezolanos blancos de clase media desprecian a Chávez y en sus comentarios sobre él hay implícito un clasismo cruel que tranquiliza las conciencias”. También hay otros que quieren que los periodistas venezolanos tengan la misma libertad que Anderson. Cuando habla del terrorismo en España, entrevista a personas amenazadas, a ex etarras y a ciudadanos como Bernardo Atxaga, que dice: “Dentro tenemos una minoría de ‘integristas’, fundamentalistas, y fuera un Estado que quiere destruir todo lo que defiende esa minoría. Casi todos los demás estamos entre dos fuegos y ya no sabemos por dónde salir”. La expresión es como poco desafortunada, pero Anderson parece asumir la idea cuando termina el reportaje narrando consecutivamente el reconocimiento del Gobierno de Aznar a un policía torturador y franquista asesinado por ETA y un atentado mortal. Al igual que su simpatía por cierta izquierda antidemocrática, resulta desconcertante su confianza en la figura del intelectual mesiánico: tras el golpe de Pinochet “la muerte de Neruda quedó en el aire como una maldición”; cierra su perfil de García Márquez con las declaraciones de un ex guerrillero, que cree que el novelista es el mediador que puede solucionar los problemas de Colombia. No querría depender de esos grandes escritores; prefiero la democracia y las leyes.

Anderson es un gran cronista y conoce bien los lugares sobre los que escribe. Tiene la habilidad de llegar donde muy pocos llegan y la honestidad de contar lo que sucede aunque vaya en contra de sus opiniones: elabora un panorama complejo, lleno de anécdotas fascinantes y análisis variados, desde la mirada de un observador apasionado y atento a los detalles, que a menudo acierta y a veces se equivoca en lo más importante.

Jon Lee Anderson. ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’. Prólogo de Juan Villoro. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, 2009. 390 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.

 

PROCESIONES

 

Ayer, una amiga mía cogió un autobús en Zaragoza. A los pocos minutos, avisaron al conductor de que tenía que desviarse de su ruta habitual porque pasaba una procesión de semana santa. Ella se bajó. Llegó a una calle en la que pasaba una procesión. Cuando intentaba cruzar, una pareja le reprochó su falta de respeto.

En semana santa, España vuelve a un pasado oscuro, de fanatismo sensacionalista. Las imágenes de las procesiones siempre me han parecido inquietantes y gregarias en el peor sentido de la palabra. Que algunos habitantes de un país moderno y democrático adopten ese imaginario irracional, expresionista y truculento, estrechamente vinculado con los fantasmas de la intolerancia religiosa, el culto al martirio y la persecución y la calumnia de los seguidores de otras fes, me resulta bastante extraño, al igual que el aumento del número de cofrades. Imagino que hay muchas razones: las creencias religiosas, el espíritu de grupo, el atractivo folclórico, la potencia de los tambores, el impulso desde los colegios y las instituciones, y, a veces, la falta de una segunda residencia en la que pasar estos días primaverales. Yo tampoco la tengo, pero desde luego en estas fechas la buscaría en Francia.

También me sorprende el entusiasmo con que los medios y las instituciones se suman a algo que representa los peores tópicos españoles. En ese sentido, que el ayuntamiento de Zaragoza haya duplicado la subvención en un tiempo de crisis y recortes necesarios me parece desolador, aunque el aumento de las visitas a la ciudad ayude al turismo y al sector de la hostelería.

La gente puede celebrar lo quiera, pero también debería poder no celebrarlo. Y lo peor de la semana santa en Zaragoza es su obligatoriedad, su interrupción de la vida ciudadana: cortes de tráfico, desvío de autobuses, ruidos que al parecer no molestan a nadie, problemas para establecimientos y peatones. En el aumento de procesiones en los últimos años y sus larguísimos recorridos por el centro hay un afán exhibicionista, una arrogante toma de las calles que son de todos para imponer con una solemnidad rayana en la amenaza un siniestro imaginario tribal.

He tomado la imagen aquí.

 

 

LA HUIDA DE LOS INTELECTUALES


Escribe Ron Rosenbaum:

“Vuelve conmigo a los vigorosos días de ataño, cuando los intelectuales públicos comprometidos libraban un verdadero combate sobre el trotskismo, el anarco-sindicalismo, y quién traicionó a quién en las sangrientas calles de Cataluña durante la Guerra Civil española -y más tarde en las páginas salvajes de Partisan Review, donde las batallas se repetían. A veces la seriedad de la lucha intelectual pueden sonar excesiva en retrospectiva (cf. la broma de Woody Allen sobre la fusión de Commentary y Dissent para formar disentería). Pero en realidad se trataba de los debates fundamentales de la posguerra, llevados a la imprenta por algunos de los más agudos pensadores, que se enfrentaban por cuestiones urgentes sobre el futuro del totalitarismo y la democracia.

The Flight of the Intellectuals, la nueva polémica de 300 páginas de Paul Berman (que se publicará esta primavera), recuerda esos días en un libro que probablemente provocará una intensa controversia entre los intelectuales públicos. La afirmación más polémica en el libro de Berman es que algunos de los más destacados –gente que acudió en defensa de Salman Rushdie cuando fue amenazado de muerte por una novela considerada blasfemamente irreverente hacia el Islam- no han logrado ofrecer un apoyo incondicional a los disidentes musulmanes actuales, gente como Ayaan Hirsi Ali, la autora nacida en Somalia y apóstata musulmana, cuya vida está amenazada de manera similar. Este fracaso, esta huida ‘de los intelectuales’, sostiene Berman, representa un abandono muy preocupante de los valores de la Ilustración frente a las amenazas recurrentes a la libertad de expresión.

Es probable que el libro de Berman provoque ataques de rabia, alabanza, y condenas en forma impresa y en internet. De este modo, su libro nos recuerda que esas viejas refriegas de la Partisan Review plantean cuestiones que han evolucionado y mutado, pero no están resueltas: ¿Existe una paradoja en el corazón de los valores de la Ilustración? ¿Una creencia en la ‘tolerancia’ debería extenderse a los intolerantes? ¿Los valores de la Ilustración deben abstenerse de desafiar valores multiculturales? ¿Los valores multiculturales a veces implican el relativismo moral? Una cuestión importante, por ejemplo, es si la campaña Ayaan Hirsi Ali contra la mutilación genital femenina la convierte en –como la han llamado los intelectuales que Berman ataca- una ‘fundamentalista de la Ilustración’, la frase que supuso el punto de ebullición de la controversia. (Aunque mi frase favorita es la que el francés Pascal Bruckner ideó para aquellos que se han mofado de Ayaan Hirsi Ali: ‘El racismo de los anti-racistas.’)

El nuevo libro de Berman exhibe la misma dedicación a la claridad moral sobre estas cuestiones que demostraba en su anterior Terror y liberalismo. ¡Le da a la seriedad un buen nombre! Tiene el don de ver y decir no sólo lo sutil, sino a menudo las cosas obvias que los autodesignados intelectuales se niegan a ver a sí mismos en la búsqueda de una complejidad autocomplaciente. Estoy pensando en la reseña de Berman sobre La conjura contra América de Philip Roth, que era larga y digresiva (pero gratificante para ambas razones) y tuvo la desfachatez radical de decir lo que muchos no encontraron las palabras, porque, tal vez, temían que otros su respuesta como demasiado tribal, demasiado ‘étnica’: ¡que el libro de Roth sobre un candidato presidencial antisemita (Charles Lindbergh) podría tener algo que ver con el antisemitismo! (Se trataba en realidad de Bush, nos dijeron. A pesar del desmentido de Roth, por supuesto, ellos lo sabían mejor.)

En cualquier caso, el retrato de Berman de la conducta de los intelectuales de hoy en día a la hora de afrontar la difícil situación de Ayaan Hirsi Ali es devastador. Iba a decir su retrato de ciertos intelectuales, porque señala a los respetados escritores Ian Buruma y Timothy Garton Ash por sus ataques feroces a Hirsi Ali cuando ella estaba (como ahora) bajo amenaza de muerte. Pero, de hecho, el relativo silencio del resto de los intelectuales, cuando se enfrentan a las amenazas contra ella, es casi más escandaloso. (Una excepción es mi colega en Slate Christopher Hitchens.)

Hirsi Ali, quen describió su decisión de abandonar el islam en 2007 en Infiel, fue expulsada posteriormente de su refugio en Holanda por amenazas de muerte que la seguían de Somalia. Y por el asesinato de su amigo y seguidor, el cineasta neerlandés Theo van Gogh, cuyo cuerpo acuchillado y ensangrentado apareció con una nota que declaraba a Hirsi Ali la próxima en morir.

En La huida de los intelectuales, Berman muestra el contraste entre cómo han tratado a Hirsi Ali los intelectuales -con un apoyo aparente, en abstracto, pero también condescendencia, desdén, y crítica quisquillosa en los más prestigiosos escenarios intelectuales- y la forma en que ellos y otros se unieron de manera inequívoca al apoyo de Salman Rushdie en 1989 sobre la ‘fetua’ a Los versos satánicos.

Y así Buruma dispara contra ‘su actitud, su estilo’. Ataca lo que interpreta como un movimiento snob de su mano de un clip de TV. Sólo le falta llamarla ‘engreída’. (‘El racismo de los anti-racistas’) Como dice Berman, ‘La Hirsi Ali que emerge del retrato de Buruma -en su libro Asesinato en Ámsterdam- está ‘impulsada por ideas sin refinar’ que evidentemente carecen de la sofisticación de Oxbridge, por supuesto. Berman continúa diciendo: ‘Es entusiasta y estridente... arrogante y aristocrática’. No conoce su lugar entre Buruma y sus pares. Y Timothy Garton Ash nos dice caballerosamente que si Hirsi Ali ‘hubiera sido bajita, rechoncha y entrecerrara los ojos, su historia y sus puntos de vista tal vez no habrían recibido tanta atención’. (Nótese el tono de desprecio erudito: el sexismo de los anti-racistas.)

Sería casi como si un defensor de Rushdie hubiera dicho: ‘Claro, yo estoy a favor de que no lo amenacen y todo eso, pero estoy cansado del realismo mágico, y me pareció arrogante cuando lo vi en la tele. Tal vez despreciaba demasiado la cultura de las personas que lo quieren asesinar’.

Los críticos de Hirsi Ali argumentan que representa una lealtad simplista a los valores tolerantes y liberales de la Ilustración, que es ‘una fundamentalista de la Ilustración ‘, más o menos el equivalente moral de un fundamentalista islámico que apoya los atentados suicidas. Presumiblemente porque Hirsi Ali cree que no hay que tolerar una intolerancia que mata, mutila y esclaviza a las mujeres. Fue Ian Buruma quien acuñó el oxímoron ‘fundamentalismo de la Ilustración’, que recogió Timothy Garton Ash. Hay que decirlo en su favor: Garton Ash finalmente se disculpó públicamente por la aplicación de la frase a Hirsi Ali en un debate de Londres, aunque no pareció renunciar a su opinión de que la frase podría tener alguna legitimidad residual.

Disculpa o no, Berman considera que la frase refleja una concepción errónea más profunda entre cierto grupo de intelectuales occidentales. Si bien ‘la Ilustración es uno de los grandes logros de la civilización occidental’, estos intelectuales ‘han llegado a ver la Ilustración como un mero conjunto de prejuicios antropológicos’: considerar la creencia en la libertad de expresión, por ejemplo, una simple visión parroquiana y occidental.

Eso le lleva al momento más condenatorio de su ataque: ‘Buruma y Garton Ash había perdido la capacidad de hacer la más elemental de distinciones... ya no podían distinguir a un asesino fanático de una polemista racional’ como Hirsi Ali.

Debo señalar que no soy un crítico neutral de este libro. Esto no es una reseña, sino un avance de los fuegos artificiales que probablemente se producirán. Y piensa en mí, no como un observador neutral, sino como alguien que conoce levemente a Paul Berman desde hace años y cree lo suficiente en la importancia de su enojo por ‘la huida de los intelectuales’ como para instalarle a reestructurar el ensayo de 28.000 palabras del que creció este libro. De hecho, me encontré con él poco después de leer su ensayo de 28.000 palabras, titulado entonces ‘¿Quién teme a Tariq Ramadan?’. Y cuando me dijo que estaba expandiéndolo en un libro, presuntuosa pero sinceramente le dije que –como en la jerga periodística- creía que había ‘enterrado la noticia’.

La mayor parte del ensayo original se dedicaba a un intento casi interminable de diseccionar las verdaderas opiniones del enigmático estudioso y portavoz islámico Tariq Ramadan, que se ha convertido en una especie de Rorschach para los intelectuales occidentales, algunos de los cuales proyectan en él una forma moderada y moderna del islam.

El ensayo de Berman trataba de complicar este punto de vista, señalando las muchas y no muy conocidas conexiones de Ramadan con la clase representada por su abuelo, Hassan al-Banna, el fundador de los fanáticos Hermanos Musulmanes.

Le dije que encontraba este aspecto del ensayo vigorizante y apasionante, un thriller intelectual en forma de polémica, con el inspector Berman en busca de pistas dentro de la mente y la obra del Ramadan. Sin embargo me parecía que debía haber comenzado el ensayo con su sección final, la de Ash y Buruma y la huida de los intelectuales.
No me hizo caso sobre la reestructuración del libro. Pero tituló el libro con esa última sección: ‘La huida de los intelectuales.’

Es cierto que Ramadan es una figura importante y ha sido recientemente objeto de una controversia internacional. El Departamento de Estado había querido negarle un visado, al parecer porque él había contribuido a una organización benéfica que había transferido fondos a Hamás hace casi una década. Pero la prohibición fue rescindida (como creo que debe suceder con estas prohibciones) hace dos meses, por lo que es probable que oigamos más de él. (De hecho, Jacob Weisberg de Slate, será el moderador de una mesa redonda en Nueva York con Ramadan en abril.)

Antes de hablar más de Tariq Ramadan, debo mencionar que yo no estoy seguro de compartir la imagen siniestra que Berman tiene de él. Berman considera que la imagen de creación propia de Ramadan como islamista moderado, que cree que el islam puede coexistir con los valores occidentales en Europa, es una máscara engañosa. Oculta una lealtad sin diluir al fanatismo de su abuelo. No estoy seguro de compartir su opinión de que conoce con tanta seguridad lo que piensa Ramadan. (Y tal vez el propio Ramadan esté en conflicto.)

Debo revelar que yo mismo una vez transferí dinero para Ramadan. Bueno, una pequeña cantidad de tres cifras que pagué a su editor, Oxford University Press, por los derechos de un extracto de uno de sus libros, que he reproducido en Those Who Forget the Past, una antología sobre el antisemitismo contemporáneo.

No como un ejemplo de ello sino porque quería tener una voz islámica en el libro y Ramadan es uno de los escasos intelectuales islámicos que había desmentido su antisemitismo; aunque no a los antisemitas, como demuestra Berman copiosamente. En el extracto que publiqué, Ramadan expresa un deseo de compartir el mundo con otras religiones. Aunque Berman cree que Ramadan habla con lengua viperina, no es un mal mensaje. Puede que algunos lo consideren sincero. Todavía no estoy convencido de que este punto de vista, o volver a imprimir el ensayo, fuera un error.

En el ensayo original y el libro, Berman disecciona meticulosamente la reivindicación que hace Ramadan de ser una voz de moderación y la pequeña aventura amorosa de los intelectuales occidentales con Ramadan. Para los intelectuales occidentales, explica Berman, Ramadan resuelve un problema. Sus puntos de vista les permiten creer tanto en valores de la Ilustración y en un multiculturalismo que puede abrazar un islam abierto a la reforma de prácticas como el asesinato de honor.

La naturaleza problemática de la moderación de Ramadan quizá puede ser mejor ilustrada por su llamada a una ‘moratoria’ de la lapidación de las mujeres en las sociedades islámicas para castigar violaciones de ‘honor’. El hecho de que pidiera una ‘moratoria’ ha sido aclamado por intelectuales occidentales, especialmente europeos, como un signo reconfortante para quienes se preocupan por los derechos de la mujer en las crecientes comunidades musulmanas de Occidente.

Para muchos, el hecho de que no condenase la práctica claramente y pidiera su ilegalización, y en su lugar sólo pidiese que un ‘debate’ con eruditos y teólogos islámicos sobre el asunto durante la ‘moratoria ‘, no es del todo tranquilizador.

Para Berman, Ramadan se ha convertido en una ballena blanca. Berman se enfureció por la ceguera de los intelectuales ante lo que considera el propósito verdadero y siniestro de Ramadan: proteger el crecimiento del islam político y anti-ilustrado detrás de una fachada de modernización. Berman está particularmente enfurecido por un perfil elogioso de Ramadan, que lo llama un puente a la modernidad del islam en Europa, publicado por Ian Buruma en el New York Times Magazine. Creo que Berman tiene razón al decir que, aunque no fuera la intención, al menos el efecto del artículo Buruma fue ‘limpiar’ a Ramadan, pero de nuevo es una cuestión subjetiva. ¿Buruma quitó importancia deliberadamente a las conexiones de Ramadan con presuntos simpatizantes de terroristas en el artículo? ¿O estaba sinceramente convencido de que hay que tomar en serio las tendencias más modernizadoras de Ramadan, tal vez por razones oportunistas? Si nosotros, los occidentales no musulmanes, respondemos a este aspecto aparentemente reformista suyo –que aparentemente no sólo lo guíe el dogma-, será reforzado. Para Berman, sólo lo guía el dogma, pero tiene dos caras: un lobo con piel de cordero que estaba usando a Buruma.

Pero es la última sección de Berman -en especial el capítulo 9, ‘La huida vuelo de los intelectuales’- la que lo convertirá en un ‘acontecimient’o en la historia intelectual de la cuestión que está en el centro de la discordia: la cuestión de si los islamistas pueden coexistir pluralmente en las sociedades occidentales.

Con la ‘huida de los intelectuales’, Berman designa su huida de los valores que promovían a la hora de defender a Salman Rushdie en 1989, y sus ataques, críticas y matices hacia Ayaan Hirsi Ali en este siglo. ¿Es porque no uno de los chicos? Berman sugiere que una combinación de culpa y superioridad colonial actúa en la situación, que los intelectuales occidentales temen la crítica directa de otras culturas, que Hirsi hace de una manera más franca y literal que las excursiones literarias de Rushdie.

Pero creo que también opera otro miedo. ¿Qué señaló la diferencia entre la respuesta sincera ante la fetua de Rushdie y la respuesta insensible a Hirsi Ali? Berman puede negarlo, pero creo que el subtexto de su crítica a los que se muestran quisquillosos con Ali es que, en las dos décadas desde que han pasado desde el estallido del caso Rushdie, afrontar las amenazas de muerte islamistas requiere valor más físico que el que los intelectuales están dispuestos a reunir. Prefieren que las críticas pejigueras sean una hoja de parra, una manera de distanciarse del peligro.

Pero ahora la amenaza de asesinato, el intento de asesinato, y el asesinato real de los disidentes del islam se han convertido en un elemento habitual del paisaje intelectual de Europa. Los pasajes más impactantes y dramáticos en el libro de Berman son aquellos en los que relata, a menudo sin énfasis, sus encuentros con las figuras acosadas y perseguidas que han ofendido a algún mulá radical.

Una de las secciones más poderosas del libro es la lista de disidentes -tanto islámicos como no- que han sido amenazados de muerte y tendrán que convivir con seguridad 24 / 7 el resto de sus vidas.

A Theo van Gogh no le sentó bien acercarse demasiado a Hirsi Ali. Los caricaturistas daneses están todavía bajo constantes amenazas de muerte, informa Berman. Ibn Warraq, el seudónimo de otro apóstata, lee amenazas de muerte en internet, mientras que Bassam Tibi, que segúna Berman, ‘fue pionero en el concepto de islamismo como totalitarismo moderno y en el concepto de un euroislam liberal... vivió durante dos años bajo protección policial de veinticuatro horas en Alemania. ... El periodista egipcio e italiano Magdi Allam ... viajaba con un complemento completo de cinco guardaespaldas. ... La periodista italiana Fiamma Nirenstein... era acompañada por guardaespaldas. ... En Francia, Caroline Foures,t autora de la primera y más importante crítica extensa de de Ramadan, tuvo que recibir protección policial. ... El profesor Robert Redkeker tuvo que pasar a la clandestinidad. En 2008 la policía belga desarticuló a un grupo terrorista que había planeado asesinar, entre otras personas, a Bernard Henri Levy’. Pasa una noche en Nueva York ‘... con Flemming Rose, jefe de cultura del diario danés, que estaba en Nueva York sólo porque en ese momento era demasiado peligroso para él permanecer en su país’.

La lista continúa. Kurt Westergaard, Sansal Boulem. Es acumulativa (e individualmente) escandalosa. El hecho de que oigamos tan poco sobre el terror acumulado experimentado por estos escritores y artistas de boca de esos intelectualesque encuentran tiempo para burlarse de Hirsi Ali es para mí un verdadero escándalo. El hecho de que la censura teológica respaldada por amenazas de muerte se haya instalado en el continente europeo, mientras casi todo el mundo dice que sería más prudente guardar silencio al respecto es una vez más enterrar la noticia. Pero, a mi juicio, publicarlo es un servicio para todos.

Un tipo de discurso irreverente, valorado en Europa desde los tiempos de Chaucer y Rabelais ha sido, parece, poderosamente callado si no silenciado, y los herederos de esa tradición intelectual están demasiado asustados como para hablar sobre ese silencio. A lo mejor el libro de Berman hará hablar a los intelectuales, y no sólo unos de otros. Quizá algunos de los que estaban en silencio empiecen a manifestarse en contra de los escuadrones de la muerte en vez de atacar a sus víctimas y objetivos”.

Hirsi Ali. Paul BermanRamadan. Buruma.Una imagen de Submission.

DERRIBAR EL MURO

 

Escribe Christopher Hitchens:

“He aquí un pequeño experimento mental de ética práctica. Imagina que estás tomando una copa con alguien al que acabas de conocer y aparece el tema de la transgresión de la ley. ‘¿Alguna vez ha tenido problemas con las autoridades?’

Tal vez puedas hablar de tu detención en una manifestación, del tráfico ilícito de productos de duty-free, de un encontronazo por una cuestión de estupefacientes, de un intento imprudente de uso de información privilegiada. Tu interlocutor puede mostrar un mayor conocimiento del sistema de justicia penal. En una ocasión pasó un tiempo a la sombra por falsificación o por robo con violencia, o por una discusión doméstica que se fue de las manos. Quizá estés dispuesto a almorzar con esa persona el próximo viernes. Pero si dice: ‘Bueno, yo una vez conocí a una pareja que confiaba en mí como canguro. Tenían dos niños: uno de 12 y uno de 10. Lo pasaba bien con ellos cuando nadie miraba. Les decía que era nuestro secreto. Me dio pena cuando todo terminó.’ Espero que no parecer demasiado sentencioso si digo que en ese momento el almuerzo es cancelado o aplazado indefinidamente.

¿Y sentirías menos o más repugnancia, si el hombre continuara diciendo: ‘Por supuesto, no estaba estrictamente hablando de un conflicto con la ley. Soy un sacerdote católico, no molestamos a la policía o los tribunales con esas cosas. Nosotros nos ocupamos de nosotros mismos, no sé si me explico’?

Sin embargo, esto es exactamente lo que estamos obligados a leer todos los días. La felicidad y la salud de innumerables niños fueron sistemáticamente destruidas por  hombres que podía contar con que sus jefes del clero los protegerían de las represalias legales y, al parecer, incluso de la condena moral. Un poco de ‘terapia’ o un rápido cambio de escenario era lo peor que la mayoría de ellos tenía que temer.

Casi todas las semanas, tengo un debate con portavoces de la fe religiosa. Invariablemente, y sin excepción, me informan de que sin una creencia en la autoridad sobrenatural no tendría base para mi moral. Sin embargo, aquí hay una antigua iglesia cristiana que se maneja con una certeza horrible cuando se trata de una condena total de pecados como el divorcio, el aborto, la contracepción y la homosexualidad entre adultos que consienten. Para esos delitos no hay perdón, y se invoca el absolutismo moral. Sin embargo, si el tema es la violación y la tortura de niños indefensos, de inmediato se invoca todo tipo de maniobra y excusa. ¿Qué se puede decir de una iglesia que encuentra tanta indulgencia para un crimen tan espantoso que ninguna persona moralmente normal puede pensar en él sin estremecerse?

Es interesante, también, saber que la misma iglesia hizo todo lo posible para ocultar la violación y la tortura a las autoridades seculares, incluso obligando a los niños víctimas (como en el repugnante caso del Cardenal Sean Brady, el jefe espiritual de los católicos de Irlanda) a firmar juramentos secretos que les impedían testificar contra sus violadores y torturadores. ¿Por qué tenían tanto miedo de la justicia laica? ¿Pensaban que sería menos indiferente y flexible que las investigaciones privadas sacerdotales? En ese caso, ¿qué queda del gastado y medio horneado argumento que dice que la gente no puede entender una moralidad elemental sin una orden divina?

Tampoco hay que mucho que elogiar en la justicia laica, puesto que el cardenal Brady y muchos como él no han sido despedidos por la iglesia ni procesados por el poder civil. Pero este abandono del deber por parte de los tribunales y la policía ha ocurrido principalmente en países o provincias -Irlanda, Massachusetts, Baviera- donde la iglesia tiene una influencia indebida sobre la burocracia. ¿Cuándo vamos a ver lo que los padres y familiares de los niños devastados quieren y necesitan ver: un cómplice de alto nivel del encubrimiento enfrentándose a un jurado?

La carta patética y eufemística del Papa Benedicto XVI a su ‘rebaño’ en Irlanda ni siquiera propone que esas personas deben perder sus posiciones en la iglesia. Y esta cautela cobarde por su parte tiene una razón buena y suficiente: si hubiera una investigación penal seria, tendría que deponer al propio Papa. No sólo, como arzobispo Joseph Ratzinger, protegió a un peligroso sacerdote criminal en su propia diócesis de Munich y Freising en 1980, después de haberlo enviado a seguir ‘terapia’ en lugar de solicitar su arresto. (La cuestión de la posterior recolocación del sacerdote en un puesto en el que podía asaltar a más niños, sobre la que la iglesia continúa intentando crear confusión, no es relevante para el hecho de la implicación directa y personal de Ratzinger, en el crimen original.) No contento con esto, Ratzinger envió más tarde, como cardenal y cabeza de una institución importante en Roma, una carta que instruía a todos los obispos a negarse a cooperar con cualquier investigación sobre lo que se estaba convirtiendo rápidamente en un escándalo mundial.

Dieciocho de las 27 diócesis católicas de Alemania se enfrentan a investigaciones del gobierno tras una brecha en lo que el ministro de Justicia de Alemania ha descrito acertadamente como ‘un muro de silencio’. Ese muro fue construido originalmente por el hombre que ahora dirige la iglesia. El muro debe ser derribado. El pez -el antiguo símbolo cristiano adoptado por aquellos que consideraban a los seres humanos un banco que atrapar con redes- se pudre desde la cabeza. No creo que las consecuencias hayan empezado a calcularse. El líder supremo de la Iglesia Católica es ahora un sospechoso prima facie en una empresa criminal de la clase más repugnante, y en el intento de obstrucción a la justicia que ha sido parte integrante de dicha empresa. También es jefe político de un Estado -el Vaticano- que ha dado asilo a hombres buscados por la ley, como el deshonrado cardenal Bernard Law de Boston. Entonces, ¿cuál es la posición cuando el Papa decide viajar, como, por ejemplo, con la visita que quiere realizar a Gran Bretaña a finales de este año? ¿Tiene inmunidad? ¿La reclama? ¿Debería tenerla? Estas preguntas exigen respuestas serias. Mientras tanto, hay que registrar el hecho de que la iglesia puede encontrar un amplio espacio en sus confesionarios y sus palacios para quienes cometen el delito más perverso de todos. Sean procesados o no, están condenados. Pero el procesamiento debe venir a continuación, o tendremos que admitir que hay hombres e instituciones que están por encima y más allá de nuestras leyes.

He tomado la imagen aquí. Y aquí, otro texto de Hitchens sobre el asunto.

 

HISTORIA DEL PADRE

HISTORIA DEL PADRE

Los cuatro hijos de Gabriel Delacruz viven en distintos países de Europa. No saben de la existencia de sus hermanos y no han visto a su padre en décadas. Cuando la policía lo da por desaparecido se conocen y empiezan a bucear en el pasado de Gabriel. Este es el detonante de ‘Maletas perdidas’ (Salamandra, 2010), la primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967), que ha publicado los libros de relatos ‘Piel de armadillo’ (Salamandra, 2001) y ‘Animales tristes’ (Salamandra, 2004).

Los cuatro hijos –Christof, de Fráncfort; Christopher, de Londres; Christophe, de París y Cristòfol de Barcelona- reconstruyen la vida de un hombre esquivo y aficionado al juego, que se crió en la Casa de la Caridad de la Barcelona y trabajó en una empresa que realizaba mudanzas por Europa en los años 60 y 70. “La paradoja, al fin y al cabo, es que una vida tan solitaria como la de Gabriel pueda haberse trenzado con tantas personas distintas”, dicen los “cristóbales”, que cuentan a veces por separado y a veces como un coro los romances más bien accidentales de Gabriel con sus cuatro madres y su propio recuerdo misterioso y fugaz. La búsqueda de Delacruz les lleva hasta personajes fascinantes, como Petroli, un transportista aficionado a las reuniones de exiliados y a las mujeres mayores; la señora Rifa, que regentaba la pensión donde vivía Gabriel; o Bundó, su compañero inseparable, el apasionado de las prostitutas que se enamoró locamente de una de ellas.

‘Maletas perdidas’ es la historia de una investigación, la descripción de un personaje que siempre tiene un secreto inesperado y un retrato dickensiano y picaresco de la Barcelona de posguerra, con pensiones, tiendas de barrio y familias nacionalcatólicas, pero también es una novela europea. Los viajes de Bundó, Gabriel y Petroli les sacan de la España fosilizada del franquismo y les ofrecen una visión lateral de los cambios de la Europa democrática, de la libertad, las drogas y la música en Inglaterra o de mayo del 68 en París.

“Reducimos la vida a unas cuantas palabras, la simplificamos, pero su auténtico sentido es complejidad, contradicción, incertidumbre”, dice Cristòfol, antes de pedir “perdón por la filosofada”. Pero Puntí parece hacerle caso: arma una novela rica y poderosa, llena de detalles, simetrías y episodios brillantes. Los objetos impulsan el relato y producen emociones: desde el Pegaso que conducen los transportistas hasta los naipes que Gabriel esconde en su chaqueta, pasando por los juguetes que regala a sus hijos. ‘Maletas perdidas’ también logra la verosimilitud a través de pequeños rituales, como los turnos de los camioneros, los cuentos eróticos que Bundó y Gabriel escribían en su adolescencia o los informes sobre el reparto de los hurtos que realizaban sistemáticamente en las mudanzas. El estilo juguetón y la narración arriesgada y hábil -que mezcla el humor y la tragedia, los sentimientos y el enigma familiar, lo extraordinario y el costumbrismo, el presente y el pasado- recuerdan a John Irving o Rushdie, y su rigor estructural y la potencia de lo que cuenta muestran a un novelista con una formidable capacidad de fabulación y persuasión.

‘Maletas perdidas’. Jordi Puntí. Traducción de Rita da Costa. Salamandra, 2010. 444 páginas.

Esta reseña apareció ayer en el suplemento ’Artes & Letras’ de ’Heraldo de Aragón’. He tomado la imagen del camión Pegaso aquí.

 

JAFAR PANAHI

 

1.

Escribe Peter Keough:

“Esta mañana estaba viendo las noticias de la NECN y he visto una última hora que decía que el gobierno iraquí había liberado a algunos cineastas y ‘un cineasta’ como celebración del año Nuevo. ¿Podía tratarse de Jafar Panahi?

Resulta que el cineasta era Mohammad Rasoulof, que fue arrestado el 1 de marzo junto a otras Panahi y otras 14 personas (incluida la esposa de Panahi), que desde entonces han sido liberados. Panahi es el único que sigue bajo custodia.

Numerosos grupos e individuos, incluyendo la Toronto Film Critics Association Federation of European Film Directors, la Academia de Cine Europeo, los Asia-Pacific Screen Awards, el Festival Internacional Karlovy Vary, el Festival Internacional de Cine de Berlín, el Festival Internacional de Roterdam y Human Rights Watch, han protestado por la persecución de un hombre valiente y brillante. Puedes añadir tu voz firmando esta petición”.

 

2.

Cuenta AFP:

“La esposa del cineasta iraní Jafar Panahi dijo a la AFP el martes que no ha podido ver a su marido en la cárcel de Evin, en Teherán, desde su detención a principios de este mes.
Cincuenta cineastas y artistas iraníes, en una carta firmada que se hizo pública el martes, instaron a las autoridades a liberen Panahi, según una agencia de noticias.
‘Desde que fue detenido él, he conseguido hablar con él dos veces. Fui a verlo a Evin a el jueves pasado, pero no no me dejaron,’ dijo Tahereh Saeedi”

3.

Cuenta The Economist:

“Los cineastas de Irán siempre han tenido que sobrevivir con apenas un par de respiraciones de aire artístico pero han logrado hacer películas memorables en el proceso. A los zares culturales del país no les gustaban las producciones que reventaban tabúes de Jafar Panahi, pero de mala gana permiteron que llegaran a la pantalla. Películas como ‘El Círculo’, sobre la miseria de las mujeres, y ‘Offside (Fuera de juego)’, una historia de chicas que se visten como chicos para entrar en el ambiente sólo para hombres de un partido de fútbol, demostraron al menos que la censura iraní no había logrado matar la creatividad. Pero ahora eso ha terminado. A principios de este mes fue detenido el Panahi, junto a otras personas, durante la filmación de lo que un sitio web partidario del gobierno llamó ‘una película contra el régimen’.

Las tensas relaciones de. Panahi con las autoridades se rompieron tras las contestadas elecciones de junio pasado. Como juez en el Festival de Cine de Montreal, enfureció al gobierno al llevar un pañuelo de color verde para mostrar su apoyo a la oposición y fue detenido brevemente cuando regresó por haber asistido a una ceremonia para las víctimas de la brutalidad oficial.

La detención del Sr. Panahi contribuye al progresivo empobrecimiento cultural de Irán. Mohsen Makhmalbaf, uno de los mejores cineastas del país, ya estaba en el exilio: es un franco opositor a la República Islámica, para la que en el pasado trabajó lealmente. La estrella femenina más rentable de Irán, Golshifteh Farahani, fue perseguida hasta tener que abandonar el país por atreverse a actuar en una película de Hollywood. También habla en voz alta contra el régimen y colabora musicalmente con el compositor más innovador de Irán, Mohsen Namjoo, otro exiliado. Pero, aunque ofrece un aire más libre, la vida fuera de Irán puede provocar desorientación artística. Makhmalbaf no ha hecho una buena película desde que salió de Irán. El país ha producido muchos genios creativos que han fracasado en el extranjero.

La atmósfera sofocante de Teherán fuerza decisiones difíciles. En una carta abierta a las autoridades, Abbas Kiarostami, el cineasta más reputado de Irán, y autor de un famoso político agnóstico, deploró la detención del Sr. Panahi’s. También ofreció una visión de su propio modus operandi, ahora que él tampoco tiene esperanza de que sus películas se muestren en Irán. Utiliza el producto de sus admiradas fotografías para financiar producciones muy ajustadas, y mira con benevolencia a los DVDs piratas de su obra como ‘el único medio que tengo de comunicarme con el público en mi país’.

Para algunos, acomodarse es más fácil. Otra famosa actriz, Hediyeh Tehrani, perdió seguidores al aceptar un préstamo del gobierno para contribuir al montaje de una exposición de sus fotografías de partículas de agua y otras maravillas naturales. Los entendidos de Teherán han quitado importancia a su trabajo, que sin embargo ganó el elogio poco habitual de la eminencia gris de Ahmadineyad Eminencia, Esfandiar Rahim Mashai. Lo describió como un ‘acto de adoración’ que le había ayudado a ‘conocer a Dios’.

En la imagen, Panahi.

 

EL DIABLO EN EL VATICANO

 

Escribe Christopher Hitchens:

“El 10 de marzo se citó al exorcista en jefe del Vaticano, el reverendo Gabriele Amorth (que ocupa este exigente puesto exigente desde hace 25 años), diciendo que ‘el diablo trabaja en el Vaticano,’ y que ‘cuando se habla del humo de Satanás en las santas cámaras, es cierto, incluyendo estas últimas historias de violencia y pedofilia.’ Tal vez esto pueda tomarse como la confirmación de que algo horrible ha estado ocurriendo en los recintos sagrados, aunque la mayoría de las investigaciones muestran que tiene una explicación material perfectamente adecuada.

En cuanto a las revelaciones más recientes sobre la complicidad constante –de hecho interminable- de la Santa Sede en el escándalo de la violación de niños, unos días después un portavoz de la Santa Sede hizo una concesión en la forma de una negación. Es evidente, dijo el reverendo Federico Lombardi, que hay un intento ‘de encontrar elementos para involucrar personalmente al Santo Padre en cuestiones de abuso’. Estúpidamente continuó diciendo que ‘esos esfuerzos han fracasado’.

Se equivocó dos veces. En primer lugar, nadie ha tenido que esforzarse por encontrar esas pruebas: han salido a la superficie, como era obligado que hicieran. En segundo lugar, esta ampliación del terrible escándalo hasta nivel más alto de la Iglesia Católica es un proceso que apenas ha comenzado. Sin embargo, se convirtió en una sensación inevitable cuando el Colegio de Cardenales eligió como vicario de Cristo en la Tierra al hombre principalmente responsable del encubrimiento original. (Uno de los votantes santificados de la ‘elección’ fue el cardenal Bernard Law de Boston, un hombre que ya había encontrado la jurisdicción de Massachusetts un poco demasiado caliente para su gusto.)

Hay dos cuestiones distintas pero relacionadas entre sí: Primero, la responsabilidad individual del papa en un caso de esta pesadilla moral y, en segundo lugar, su responsabilidad más general e institucional por el conjunto de infracciones de la ley y por la vergüenza y la deshonra que van con ellas. La primera historia se cuenta fácilmente, y nadie la niega. En 1979, un sacerdote llevó a un niño alemán de 11 años identificado como Wilfried F. a un viaje de vacaciones a las montañas. Después de que se le administrara alcohol, fue encerrado en su habitación, desnudado y obligado a chupar el pene de su confesor. (¿Por qué nos limitamos a llamar a este tipo de cosas ‘abuso’?) El clérigo ofensor fue trasladado de Essen a Múnich para que siguiera ‘terapia’ por decisión del entonces arzobispo Joseph Ratzinger, y se aseguró que a partir de entonces no tendría niños a su cargo. Pero no le costó tiempo al segundo de Ratzinger, el Vicario General Gerhard Gruber, devolverlo a la ‘labor pastoral’, donde muy pronto reanudó su carrera de asaltos sexuales.

Por supuesto, se arguye, y, sin duda se contraargumentará más tarde, que el mismo Ratzinger no sabía nada de este segundo ultraje. Cito aquí al reverendo Thomas Doyle, un ex empleado de la embajada del Vaticano en Washington y uno de los primeros críticos de la pereza de la Iglesia Católica a la hora de responder a las denuncias por violación de niños. ‘Tonterías’, dice. ‘El Papa Benedicto XVI es un microgerente. Es de la vieja escuela. Algo como eso habría llamado necesariamente su atención. Dígale al vicario general que encuentre una línea mejor. Lo que está tratando de hacer, obviamente, es proteger al papa.’

Esto es algo común o de cada día, muy familiar para los estadounidenses y australianos e irlandeses católicos, la violación y tortura de cuyos hijos y el encubrimiento de estos a través de la táctica de trasladar a violadores y torturadores de parroquia en parroquia han sido cuidadosamente y completamente expuestos. Está a la altura de la reciente y tardía admisión del hermano del Papa, monseñor Georg Ratzinger, que ha dicho que, si bien él no sabía nada acerca de los asaltos sexuales en la escuela coral que dirigió entre 1964 y 1994, ahora que lo recuerda se arrepiente de su costumbre de abofetear a los niños.

Mucho más grave es el papel de Joseph Ratzinger, antes de que la iglesia decidiera hacerle líder supremo, en la obstrucción de la justicia a escala mundial. Después de su ascenso a cardenal, lo pusieron a cargo de la llamada ‘Congregación para la Doctrina de la Fe’ (anteriormente conocida como la Inquisición). En 2001, el papa Juan Pablo II encargó a este departamento la investigación de la violación y tortura de niños por parte de sacerdotes católicos. En mayo de ese año, Ratzinger envió una carta confidencial a cada obispo. En él, les recordó la extrema gravedad de un delito determinado. Pero ese crimen era la denuncia de la violación y la tortura. Las acusaciones, entonaba Ratzinger, sólo se pueden tratar dentro de la jurisdicción exclusiva de la propia iglesia. Cualquier distribución de las pruebas a las autoridades legales o a la prensa estaba totalmente prohibida. Los cargos se iban a analizar ‘de la manera más secreta... limitados por un silencio perpetuo... y todo el mundo ... debe observar el más estricto secreto que es comúnmente considerado como un secreto del Santo Oficio... bajo pena de excomunión’. (Las cursivas son mías). Nadie ha sido excomulgado por la violación y tortura de los niños, pero la exposición de la ofensa puede meterte en serios problemas. ¡Y ésta es la iglesia que nos advierte contra el relativismo moral! (Véase, para más información sobre este documento terrible, dos informes que publicó Jamie Doward en el Observer de Londres del 24 de abril de 2005.)

No contento con el blindaje frente a la ley de sus propios sacerdotes, la oficina de Ratzinger escribió su estatuto privado de limitaciones. La jurisdicción de la Iglesia, afirmó Ratzinger, ‘comienza a correr desde el día en que el menor ha completado el 18.º año de edad’ y luego tiene una duración de 10 años más. Daniel Shea, abogado de dos víctimas que demandaron a Ratzinger y una iglesia de Texas, describe correctamente la estipulación como obstrucción de la justicia. ‘No se puede investigar un caso si no te enteras. Si puedes mantenerlo en secreto durante 18 años más 10, el sacerdote se sale con la suya’.

El siguiente punto de este espeluznante expediente será el resurgimiento de las  viejas acusaciones contra el padre Marcial Maciel, fundador de la ultrarreaccionaria Legión de Cristo, en la que asalto sexual parece haber formado casi parte de la liturgia. Antiguos ex miembros de esta orden dada al secreto vieron sus quejas ignoradas y desechadas por Ratzinger durante la década de 1990, aunque sólo fuera porque el padre Maciel había sido elogiado por el entonces papa Juan Pablo II como ‘guía eficaz para los jóvenes’. Y he aquí la cosecha de esta larga campaña de ocultamiento. La Iglesia Católica de Roma está encabezada por un medicre burócrata de Baviera, que estuvo encargado de la ocultación de la más vil iniquidad, y su ineptitud en su trabajo ahora lo muestra como un hombre personal y profesionalmente responsable de permitir una repugnante ola de delincuencia. El propio Ratzinger puede ser banal, pero toda su carrera tiene el hedor del mal: un mal pegajoso y sistemático cuya conjura está más allá del poder del exorcismo. Lo que se necesita no es un encantamiento medieval, sino la aplicación de la justicia, y deprisa”.

He tomado la imagen aquí.

 

TASLIMA NASRIN

Escribe Frédéric Bobin:

“Los policías velan debajo del edificio. Han levantado en la acera una tienda de lona de color caqui. Se tumban tras cada cambio de guardia. En la parte superior, frente al ascensor, otro policía, sentado en su silla, arma en el regazo, hace una inspección final. Llama a la puerta sin hacer ruido y anuncia a los visitantes. Taslima Nasrin deja finalmente su taza hirviente coronada por una espesa franja e invita a entrar en una habitación llena de libros en lengua bengalí.

En la biblioteca tras el cristal, una etiqueta militante –‘el ateísmo cura el terrorismo religioso’- convive sin dificultad con una cabeza de un Buda tibetano-cachemir y una miniatura de Ganesh (el dios elefante hindú) en miniatura. Una gran concha preside el mantel de color amarillo girasol de la mesa.

Aquí está el refugio secreto de la proscrita, la guarida de la escritora maldita, obligada al movimiento y la clandestinidad. Amplia camisa morada sobre un vestido, se pone en su canapé y transmite con una mezcla de ironía y cansancio la crónica de su desgracia.

Desde que se le prohibió en 1994 vivir en su país, Bangladesh, condenada a muerte por las fetuas de los fundamentalistas musulmanes porque sus escritos denuncian la opresión de la mujer en el islam, Taslima Nasrin, de 48 años, es una apátrida que arrastra su maleta país a país, de ciudad en ciudad, en estancias fugaces en refugios temporales.

Está en Nueva Delhi desde hace unas semanas, alojada en el apartamento de un amigo. ¿Por cuánto tiempo? Lo ignora. Las autoridades indias le han concedido un permiso de residencia que expira en agosto. Después, será la incógnita de nuevo. Le han dado a entender que el salvoconducto no será renovado. La presencia de Taslima Nasrin en la India es un asunto explosivo. Lo sabe, lo sufre y le da miedo. Espera que ‘prevalezca el sentido común’ y que la furia de la controversia se disipe.

En realidad, todo ha empezado bastante mal. A principios de marzo estallaron violentos disturbios en dos pueblos de Karnataka, estado meridional de la Federación india, tras la publicación en un periódico de un artículo que llevaba su firma. La agitación había sido orquestada por grupos musulmanes. Dos personas murieron en enfrentamientos con la policía.

‘La noticia de estas muertes fue aplastante,’ dice Taslima Nasrin. No lo entiende. Nunca envió un texto al periódico. El artículo polémico es en realidad una traducción aproximada al idioma local (kannada) de un texto publicado en enero de 2007 en el semanario en inglés Outlook India.

En ese foro, Taslima Nasrin realizaba una exégesis de algunos pasajes del Corán y el hadith (fragmento de la narración de la vida de Mahoma) que imponen a las mujeres usar el velo. Lo había escrito para impugnar el argumento de que los textos sagrados del islam no se pronuncian sobre el tema. Y concluyó que las mujeres musulmanas deben librarse de estos preceptos y ‘quemar sus burkas’, ‘símbolos de la opresión de la mujer’. Tres años después, el artículo ha resurgido de repente, por razones oscuras.

Hay algo que horripila a Taslima Nasrin. ¿Por qué se centran de forma permanente en su crítica del islam? ‘Critico todas las religiones, no sólo el islam’, insiste ella. ‘También critico las tradiciones del hinduismo que violan los derechos de las mujeres.’

Desliza el índice bajo el cuello de la camisa y saca un collar con los segmentos de oro, el famoso mangalsutra, una joya ofrecida por el marido durante la boda hindú. ‘El mangalsutra es el símbolo de la mujer hindú casada’, dice ella. ‘Pero no estoy casada y lo uso sólo para desafiar esta tradición que convierte a las mujeres en propiedad de un hombre’.

‘Cuando critico el hinduismo en mis artículos’, continúa, ‘a veces mis editores me censuran parcialmente. Pero nunca he recibido amenazas de muerte por ese lado. Sólo me atacan los musulmanes’.

Taslima Nasrin se siente muy sola. Por supuesto, hay amigos bengalíes que regularmente llegan desde Calcuta para verla. Por supuesto, hubo un editorial de The Hindu que la defendió durante los disturbios en Karnataka.

Pero el silencio de los intelectuales ‘progresistas’ indios sobre ella no deja de intrigarla. ‘La izquierda en la India combaten ante todo el nacionalismo hindú y por ello quieren proteger a las minorías, en particular la minoría musulmana. Para ellos, criticar al Islam es atacar a la minoría musulmana.’

El reproche dirigido a Taslima Nasrin es a menudo la ‘irresponsabilidad’ ante la imperiosa necesidad de mantener la armonía en un país colmado de tensiones sectarias. ‘Me piden que no ofenda los sentimientos religiosos de los musulmanes. Pero, ¿cuál es el sentido de la libertad de expresión si no se puede ofender a nadie?’

Desde los disturbios en Karnataka, Taslima Nasrin no sale de casa. Antes, se aventuraba a hacer algunos viajes discretos por los rincones de Nueva Delhi, donde podía oler los vapores bengalíes que tango le faltan. ‘Fui al mercado a comprar pescado en un restaurante bengalí. Pero me paré allí allí: nunca teatro o cine o exposiciones.’

Reclusa de facto, dedica su tiempo a leer, escribir, ver la televisión, comunicarse con el mundo exterior a través de Internet. Así, su editor francés le propuso borrar de su próximo libro que se publicará 31 de marzo en Flammarion algunas líneas, que al parecer consideraba demasiado incendiarias.

Era un episodio de su infancia en Bangladesh, donde había desafiado la autoridad de su madre insultando a Alá. Para su sorpresa, el sacrilegio no le granjeó el castigo prometido.

‘A los ocho años, me di cuenta que podía ofender a Alá sin que se me cayera la lengua, como me habían hecho creer.’ Así que el ateísmo se metió en ella. Después lo ha esgrimido con orgullo, como lo demuestran las pegatinas que adornan su biblioteca o su nevera (‘Beware of Dogma’).

También irá pronto a Australia, para asistir a una convención internacional del ateísmo, en Melbourne. La salida del territorio indio, lo sabe, puede ser peligroso. ‘Corro el riesgo de que me rechacen cuando vuelva, pero lo asumo’.

De todos modos, conoce su ‘impotencia’ frente a la lógica de los Estados. ‘La hora de mi derrota puede llegar en cualquier momento’.

 En la imagen, Taslima Nasrin.