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04/12/2007
HABITACIONES
1.
2.
Después de explicar con detalle el desdén de los historiadores británicos de la época colonial hacia muchos de los logros hindúes, Amartya Sen escribe en Identidad y violencia: “si estas ‘naciones subordinadas’ se sintieran prisioneras de cierto desafecto hacia el Oeste colonizador, sería algo injusto atribuirlo simplemente a una paranoia autogenerada”.
Sen continúa:
“Y sin embargo los limitados horizontes de la mente colonizada y su fijación con Occidente –tanto en resentimiento como en admiración- deben ser superados. No tiene sentido verse a uno mismo como alguien que (o alguien cuyos ancestros) ha sido mal representado, o maltratado, por los colonialistas: no importa lo que esta identificación tenga de verdadero.
Hay sin duda ocasiones en las que este diagnóstico puede ser bastante relevante. (...) Pero vivir una vida en la que el resentimiento contra una inferioridad impuesta en una historia que ya ha pasado viene a dominar las prioridades de hoy no puede sino ser injusto con uno mismo. También puede desviar la atención de otros objetivos que quienes emergen de las antiguas colonias tienen razones para valorar y perseguir en el mundo contemporáneo.
En realidad, la mente colonizada tiene una obsesión parasitaria con su relación con los poderes coloniales. Mientras que el impacto con una obsesión así puede tomar muchas formas diferentes, esa dependencia general difícilmente puede ser una buena base para entenderse a uno mismo. Como voy a explicar, la naturaleza de esta “autopercepción reactiva” ha tenido efectos de largo alcance en los asuntos contemporáneos. Entre ellos se incluye (1) el estímulo que ha dado a una innecesaria hostilidad a muchas ideas globales (como la democracia y la libertad personal) bajo la equivocada impresión de que son ideas “occidentales”; (2) la contribución que ha hecho a una interpretación distorsionada de la historia intelectual y científica del mundo (incluyendo la de lo que es quintaesencialmente “occidental” y lo que proviene de un origen híbrido); (3) el apoyo que ha dado al crecimiento del fundamentalismo religioso e incluso el terrorismo internacional".
3.
4.
08/12/2007
BENITO RODRÍGUEZ FERRO (1925-2007)

“Hablar de mi padre es lo más difícil para mí. Nunca sé por dónde empezar. Siempre se me vienen a la cabeza imágenes obsesivas y antiguas: avanzamos los dos juntos en una bicicleta hasta la casa donde se había criado, eran tantos hermanos que a los ocho años se fue a servir a A Maceira, llegamos, lo abrazan y me muestra una especie de cobertizo o cuartucho en el que está encerrado un hombre loco al que llaman Ireneo. Al atardecer, vuelve del trabajo con su traje de pana marrón y su ciclomotor con dinamo, y yo lo veo desde el río de lavar o desde la fuente, cuyo fondo está repleto de salamandras. Me echo a correr y le digo: ‘¿Iremos al monte esta tarde?’. Sí vamos, a recoger leña de pino, a deambular por el Campo de A Choca y por los senderos que conducen a las añosas minas de wólfram, a contemplar el bravío mar de Barrañán donde encallaban pequeñas ballenas. Luego, tengo un paréntesis de bruma o de olvido. Quizá si cierro los ojos y me hundo en la nostalgia inmemorial, distingo a mi madre frente al lavadero, al otro lado del fuego y de la bancada con respaldo, leyendo una de sus cartas. Nuestro gato gris, Acuña, había traído una nueva culebra que intentaba huir por el desagüe y mi padre preguntaba con su letra grande y desaliñada: ‘¿Cómo está el rey de la casa?’. El rey de la casa era yo y se me nublaba la vista por las lágrimas. Disimulaba, me hacía el gallito o el fuerte, y decía que se me había metido una mota en los ojos. En invierno, en vísperas de Navidad y en medio de un vendaval asombroso, reaparecía mi padre a la altura de Casa Mareque como un espectro rodeado de ranas con la maleta enorme, una bolsa de caramelos de menta y el traje de pana marrón que tanto me gustaba. Esa noche comíamos naranjas borrachas borrachas, naranjas de sangre, y mi madre no dejaba de llorar. Ni lo acariciaba ni lo abrazaba: se apostaba en un banco de la única habitación de arriba, que era comedor y dormitorio y vestidor, y lo miraba con delicadeza, lo absorbía con los ojos como si fuese una esponja o tierra caliente y rojiza que se embebe de lluvia.”
Antón Castro, El álbum del solitario.
En la fotografía, que hizo Antón Castro, salen Carmen Castro y Benito Rodríguez.
14/12/2007
LAS BOTAS DE VIOLETA

1.
Un sábado de octubre entré en el Decathlon de Grancasa. Iba a comprar unas botas de fútbol por primera vez en mi vida. Mi novia pasaba el fin de semana en Albarracín y yo tenía una resaca considerable y pocas ganas de hacer deporte. Había ido al Decathlon por mi primo: aunque fuimos juntos al instituto, nos emborrachamos miles de veces y jugamos varios años en el mismo equipo de fútbol sala, últimamente nos vemos poco. Lo llamé un día de este verano. Como siempre, me sentía culpable por haber dejado que nuestra relación se enfriase. No nos habíamos dicho casi nada cuando me preguntó:
-¿Quieres jugar en un equipo?
No me pareció una gran idea, pero no supe cómo reaccionar. Le dije que sí, y pensé que a mí siempre me había gustado jugar y que sería una buena excusa para vernos. Cuando empezó la temporada empecé a recibir correos, con la normativa del equipo, el dinero que había que pagar, el calendario de la liga. Respondí los correos, pedí un número de camiseta que no llamase mucho la atención, pagué la ficha y el traje. Fui al Actur a jugar un par de partidos de entrenamiento: aunque no vino mi primo, conocí a mis compañeros, un grupo bastante simpático. Todos eran amigos desde el colegio. Los entrenamientos se celebraban en un campo de fútbol sala –el deporte al que yo siempre había jugado-, aunque los partidos se disputarían en un campo de fútbol 7. Ese sábado de octubre era la primera jornada de liga, y por eso entré, una hora antes del encuentro, en el Decathlon. Le pedí consejo al dependiente. Luego, cuando vio las botas y las espinilleras que había escogido, dijo que eran de un color muy bonito y yo me quedé un poco avergonzado. Mi primo tampoco vino a ese partido.
Prácticamente yo tampoco estuve en ese partido, aunque como no teníamos cambios jugué muchos minutos. El entrenador, que pertenecía al equipo pero había estudiado Magisterio de Educación Física y jugaba en un equipo serio, me dijo que me pusiera de delantero. Me pasé el partido mirando al cielo, viendo por dónde volaba el balón que había sacado el portero. Casi siempre salía directamente fuera del campo. Hubo un par de veces en las que cayó cerca de mí. En esas dos ocasiones me asaltaba una duda terrible. ¿Debía darle de cabeza? Dicen que es malo para las neuronas. Y parece cierto: en general, los grandes cabeceadores no han sido gente muy inteligente. Y yo vivía de mi cabeza. No vivía muy bien, pero si mi cabeza empeoraba viviría peor todavía. ¿Me afectaría darle al balón de cabeza? ¿Traduciría más despacio? ¿Empezarían a gustarme las novelas de Saramago?
Me acordé de que mi padre suele decir que en el campo uno juega según su forma de ser en la vida. Eso me deprimió bastante, y pensé que la próxima vez intentaría cabecear, y que si me llegaba un balón raso podría arreglar un poco mi actuación. El portero volvió a sacar; miré el cielo. Había nubes negras.
Perdimos. En el vestuario había tres dedos de agua y llovía cuando salí del campo. Había que andar unos doscientos metros hasta la parada del autobús, y sentí que volvía a la adolescencia, y a la sensación de vacío absoluto que provocaba padecer una resaca espantosa, sufrir una derrota abyecta y tener una novia en un pueblo de Teruel.
2.
Al día siguiente fui a comer a casa de mis padres. Entré en el estudio para curiosear los libros que le habían llegado a mi padre esa semana. Mis dos hermanos, que juegan en dos equipos de fútbol, estaban frente al ordenador. Le expliqué a mi hermano Diego mis problemas para cabecear. Me dio un consejo valioso:
-Cuando el balón se acerca, das un paso hacia delante: entonces saltas y parece que has intentado llegar. Así nade te dice nada.
Les conté el partido y nos reímos recreando mi juego. Oí que en la otra habitación mi padre hablaba por el móvil. Organizaba la exposición que conmemoraba los 75 años del Real Zaragoza: se inauguraba esa semana, y su móvil sonaba constantemente.
-Sí –dijo-, no te preocupes, no hay ningún problema. Mi hijo irá a buscarlas.
Colgó el teléfono. Me saludó y me preguntó cómo iba todo.
-¿Sabes dónde está la estatua del Batallador? –dijo.
Asentí.
-Tienes que ir a buscar las botas de Violeta. Me ha dicho que él juega a las cartas en un bar que hay detrás del Batallador. Se llama el Dioni. Vas allí y buscas a Violeta –en ese momento, yo tenía el aspecto de un cabeceador consumado-. No me digas que no sabes qué cara tiene José Luis Violeta.
-No. Sé quién es. Pero si no lleva la camiseta del Zaragoza no creo que lo reconozca.
-Bueno, tú preguntas por el señor Violeta. Te dará unas botas, son para la exposición. Vamos a poner una vitrina con objetos de los jugadores: camisetas, botas, espinilleras –hizo una pausa-. Esta tarde no tenías nada que hacer, ¿no?
La verdad es que no.
3.
El taxi me dejó detrás de la estatua del Batallador. Me sentía como un espía que debía cumplir una misión. A veces voy a correr al parque, hacía mucho tiempo que subía hasta allí. Hacía sol y unas chicas habían metido las piernas en la fuente. Me acordé de cuando me saltaba las clases del instituto y acudía al parque con alguna compañera de clase.
Había dos chiringuitos con mesas de plástico. Ninguno se llamaba Dioni. Pero entré en uno de ellos. Dentro del bar, mirando hacia la ventana, cuatro señores mayores jugaban al guiñote. Parecía una película del Oeste. Ninguno de los jugadores llevaba la camiseta del Zaragoza. Me dirigí a la barra.
-Perdón, ¿es éste el bar Dioni?
-A mi hijo le llaman Lino –me contestó.
No sabía si eso era una respuesta afirmativa o negativa, pero soy un optimista.
-¿Podría hablar con el señor Violeta?
-¡José Luis!
Uno de los jugadores de cartas se levantó. Le dije quién era. Me dio la mano y salimos. Abrió el maletero de un coche y sacó unas botas. Me las enseñó, me dijo que tenía otras más bonitas pero que las tenía alguien de la familia. Las metió en una bolsa de plástico. Nos despedimos y volví a casa andado. Sentía que llevaba algo muy valioso en aquella bolsa de Sabeco.
4.
Al día siguiente me fui a Madrid. Le dije a mi padre que las botas estaban en mi casa; él dijo que hablaría con mi hermana para que se las llevara al Palacio de Sástago, donde estaba montando la exposición. Por la tarde, vi que tenía una llamada perdida de mi hermana. La llamé.
-No te preocupes. Te he llamado porque no encontraba las botas de Violeta, pero ya las tengo, se las estoy llevando al papá.
-Vale.
-Son bastante molonas, y tienen unos colores bonitos, ¿no?
Me quedé callado. Le pedí que me describiera las botas. Después le dije que volviera a mi casa y cogiera el otro par. Pero durante unos momentos, imaginé que los aficionados del Zaragoza iban a la exposición y miraban mis botas como si formasen parte de la leyenda.
19/12/2007
APARTHEID Y HOMEOPATÍA
1.
Érase una vez, en un país llamado Sudáfrica el color de tu piel determinaba dónde vivías, qué trabajos podías tener, y dónde podías votar o no.
Los países decentes de todo el mundo lucharon contra el apartheid racial y convirtieron a Sudáfrica en un estado marginal en la comunidad internacional. Lo expulsaron de acontecimientos como los Juegos Olímpicos. Empresas y univeridades boicotearon a Sudáfrica, atacando su economía y aumentando el aislamiento del gobierno de la minoría blanca, que finalmente retiró las leyes del apartheid en 1991.
Hoy, en un país llamado Arabia Saudí el mal es el apartheid de género en vez de raza, pero la comunidad internacional observa tranquilamente y no hace nada.
Las mujeres saudíes no pueden votar, no pueden conducir, no pueden ser tratadas en un hospital o viajar sin el permiso escrito de un guardián masculino.
Mona Eltahawy, International Herald Tribune.
2.
Lo que necesitamos como modelo, en otras palabras, no es el feminismo de los años sesenta, sino una versión del feminismo del siglo XIX que casi hemos olvidado.
3.
Durante años, el presidente de Sudáfrica Thabo Mbeki ha hecho todo lo que ha podido para entorpecer la distribución de medicamentos antirretrovirales. Presta atención a Peter Duesberg, un biólogo que asegura que para prevenir el sida todo lo que hay que hacer es comer bien y evitar las drogas. Tras escuchar una conferencia de Duesberg, Anthony Fauci, un asesor sobre el sida habitualmente moderado de la administración americana, dijo: “Esto es un crimen. Es así de simple”.
No sólo es Duesberg. Los nutricionistas falaces de Gran Bretaña y Alemania arguyen que la vitamina C es un tratamiento tan efectivo contra el sida como los antirretrovirales y, como hemos vistos, los homeópatas afirman que los africanos pueden salir de sus clínicas “libres de todo síntoma”. No pienses que sólo porque parecen oscuros y extravagantes sus ideas carecen de influencia, cuando la red las pone a disposición de cualquiera que quiera negar los hechos establecidos sobre el sida.
Imagina que el antiguo régimen no hubiera caído y que una minoría blanca mimase a los que niegan el sida. Creo que no es disparatado imaginar que las calles de las capitales del mundo estarían llenas de manifestantes que acusarían al gobierno del apartheid de ser cómplice del asesinato masivo de negros.
Aparecerían términos como “genocidio” y “limpieza étnica” y los que aportasen argumentos espurios para justificar el abandono de las víctimas de Sudáfrica serían denunciados como cómplices de una política criminal.
Nick Cohen, The Guardian .


