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02/03/2007
BORGES Y BIOY CASARES: DOS AMIGOS CONVERSAN

Según Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986), “la amistad es uno de los grandes temas de la literatura”. “Borges” (Destino, 2006), una selección del diario de Adolfo Bioy Casares, es la crónica de una amistad y el retrato de un personaje contradictorio y fascinante. El volumen, a cargo de Daniel Martino, comienza en 1931 y termina tres años después de la muerte del autor de “Ficciones”.
En el prólogo, Bioy resume los primeros quince años de amistad. Bioy era un adolescente que había publicado un libro “casi en secreto”. Le dijo a Borges que los escritores que admiraba eran Miró, Azorín y Joyce. Unos años más tarde, Borges y Bioy pasaron una semana en una estancia en Pardo. Redactaron un folleto comercial sobre la cuajada y Bioy aprendió que Borges defendía “el arte deliberado”, la elegancia y las reglas frente a la “libertad idiota” de la vanguardia. Hasta entonces, Bioy había apoyado lo contrario: “Al día siguiente, a lo mejor esa noche”, escribe, “me mudé de bando y empecé a descubrir que muchos autores eran menos admirables en sus obras que en las páginas de críticos y de cronistas, y me esforcé por inventar y componer juiciosamente mis relatos”. El folleto sobre la cuajada significó el comienzo de una colaboración que produciría la revista “Destiempo”, obras como “Crónicas de Bustos Domecq”, “Antología de la literatura fantástica”, “El libro del cielo y el infierno”, ediciones anotadas de Gracián o de Browne, y traducciones de Poe, Kipling o Wells.
“Borges” también es un libro sobre el tiempo. Cuenta varios cambios de gobierno y revoluciones, dos matrimonios y muchas muertes y enfermedades: a Bioy y a Borges los operan de próstata, Borges se queda ciego. Pero cuenta sobre todo una rutina: a partir de 1947 narra las comidas casi diarias de Borges –a veces solo, a veces con otros invitados- en la casa de Bioy, reproduce los cotilleos, los chistes y los proyectos. Los dos narradores demuestran su sentido del humor y su gusto por las frases lapidarias. Hablan de países, de Buenos Aires, de baños públicos, pero sobre todo de libros: de la “Divina Comedia”, que para Borges sólo es inferior a los Evangelios; de Shakespeare (pese a su grandeza, “es un poco irresponsable: en ningún momento uno puede estar seguro de que un personaje no mate a todos los otros”); de la posteridad y el estilo (“yo creía antes que convenía siempre poner una sorpresa al final”); de las “supersticiones de la modernidad”, como la sociología, el psicoanálisis y la vanguardia (unos textos “corresponden a una época. Al ultraísmo. Entonces los atardeceres eran capaces de cualquier cosa, podían tener los complementos directos más absurdos”); de la traducción (“una buena obra siempre puede traducirse. Las obras intraducibles no tienen importancia”). Repasan los clásicos argentinos y españoles; prefieren “La vida del doctor Samuel Johnson” de Boswell (Espasa-Calpe, 1997) a las “Conversaciones con Goethe” de Eckermann (Acantilado, 2005); anotan “a las carcajadas” la obra de Gracián, “un escritor que no tiene un solo momento de dignidad, ni de elevación”. Inventan libros apócrifos, escriben guiones y relatos, releen poemas y escuchan tangos, y apuntan nóminas de los escritores más idiotas, más “queribles” o sobrevalorados. Elaboran listas de sus relatos favoritos de Henry James, Conrad o Stevenson. Saben burlarse de sí mismos y se comparan con Bouvard y Pécuchet: “Hemos retomado una conversación de miles de noches”, dice Borges. Antes de marcharse a una universidad estadounidense, se despide: “En Austin no te tendré para comentar las cosas. Será como ir al cinematógrafo y no tener con quién comentar el film”.
Algunas de las opiniones de Borges resultan arbitrarias, pero este libro muestra su evolución –está recogido el desarrollo de su fascinación por el inglés antiguo- y explica su manera de entender la literatura. Según Pauls, la descontextualización es una idea central en Borges: al recordar “De la brevedad engañosa de la vida”, Borges afirma que “el mejor poema de Quevedo lo escribió Góngora”. Quevedo es uno de los autores que salen peor parados en las conversaciones. Borges se interesa cada vez más por los aspectos morales y humanos de la literatura: prefiere a Cervantes (y también a Fray Luis, San Juan de la Cruz o Lope) y reprocha a Quevedo su formalismo, al igual que a Gracián. Del aragonés observa: “le embelesa el mecanismo: quizás le hubiera gustado Chesterton”. Y sobre “Agudeza y arte de ingenio” dice: “el libro es una estupidez, pero la idea le hubiera gustado a Valéry”. Y a Borges: uno de los elementos más interesantes del volumen es el estudio de palabras, traducciones y rimas, y la reproducción de anécdotas y frases célebres.
En “Borges” se discute sobre los sueños, el vino y la sociedad literaria. Manuel Peyrou y Silvina Ocampo, la esposa de Bioy, aparecen constantemente; abundan las reuniones con escritores. Borges y Bioy tienen dificultades para cobrar sus libros; dan conferencias y ejercen de jurados en concursos a los que se presentan miles de originales: a menudo trabajan con mucho sueño. Una vez, Borges, que dormitaba, pide a Bioy que siga leyendo un cuento, porque si se calla se despierta. Macedonio Fernández es un nombre recurrente en el anecdotario de Borges, que habla afectuosamente de Ayala y critica a Guillermo de Torre: “es un idiota, aunque no hay que dejarse engañar por ello: también es una mala persona”. Les intimida Victoria Ocampo; Borges asegura que en un libro de Herrera y Reissig “todas las palabras parecen erratas”; y Sabato, según Bioy, “ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”.
Los dos amigos suelen estar de acuerdo, pero también hay diferencias: unas veces tienen que ver con la literatura y otras con la política, uno de los aspectos más contradictorios de Borges. El diario registra su apoyo a la revolución de 1955, y su paso de radical a conservador. Aunque Borges acertó al oponerse al comunismo y al castrismo, y criticó la dictadura de Franco y el antiamericanismo de algunos integrantes del Nouveau Roman, este volumen recoge algunas frases sorprendentes, que conviene leer con cautela (son palabras pronunciadas en una conversación): “soy partidario de la censura, algunas cosas no deberían publicarse”; “hay que hacer lo que es justo hacer”, tras unas ejecuciones en 1956; “qué raro que seamos partidarios de la dictadura ilustrada. Es lo único que existe. ¿Cómo uno va a creer en la democracia?”. Dedica comentarios despectivos a las mujeres y a los homosexuales; admira el juego limpio y el heroísmo, y considera el duelo a cuchillo “el mito nacional argentino”. Algunas rebeliones en los sesenta le parecen tibias y lamenta que los jóvenes tengan miedo a morir; en 1979 critica la “demagogia” de la dictadura militar.
“Fui un privilegiado por tener de interlocutor a Borges”, afirma Bioy, que adopta un papel secundario. “Borges” es un libro de maestro y discípulo, como otros textos que Bioy y Borges admiraban -“Kim”, “Candide”, el “Quijote”- pero a veces se cambian los papeles. Borges no se entiende bien con el sexo opuesto; según Silvina Ocampo, todas las mujeres de su vida eran horribles. Da una impresión de desamparo: “Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte”, le dice Estela Canto. “Cómo”, exclama Borges, “¿entonces no me tenés asco?”. Cuando se enamora de María Esther Vázquez, Bioy aconseja a su maestro sexagenario: le recomienda que se afeite, y lamenta su negligencia. Borges, cada día más ciego –ya no reconoce a su amigo a cincuenta centímetros-, es también más descuidado: se desnuda delante de todos, creyendo que no lo ven, orina en el suelo o sale del cuarto del baño sin abrocharse la bragueta. Tras un fracaso sentimental, Borges se echa a andar, decidido a sacarse una muela: palpa las chapas en las puertas de la calle hasta encontrar la que pertenece a un dentista.
Tampoco parece llevar las riendas de la relación con su madre: Bioy dice que Leonor es “el macho en esta pareja”; cuando Borges se queda ciego, su amigo detecta un cambio en sus gustos literarios. Leonor le lee en voz alta y transmite mejor los textos que prefiere. Sus matrimonios no parecen muy felices; Bioy reprocha a María Kodama parte del alejamiento de los últimos años y la viuda ha criticado el volumen. Bioy señala que era “una mujer de idiosincrasia extraña; acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios (recuérdese que Borges estaba ciego); lo celaba (se ponía furiosa ante la devoción de los admiradores); se impacientaba con sus lentitudes”.
El diario cuenta los éxitos de Borges. A Bioy le preocupa que no escriba y que dicte tantas conferencias: “Yo me preguntaba mientras tanto si él sospecharía la existencia de este libro; si lo corregiría, si la circunstancia de que últimamente escribía tan poco se debía no sólo a la deficiencia de la vista y a haraganería, sino también al conocimiento de este libro”. “Borges” es un diario divertido y triste, que retrata a un escritor brillante, egocéntrico y vulnerable, y explica su evolución y sus rarezas desde la admiración y el afecto. Bioy pensaba que “lo más importante y misterioso que hay en el mundo es el hombre”.
“Borges”. Adolfo Bioy Casares. Edición al cuidado de Daniel Martino. Destino. Barcelona, 2006. 1663 páginas.
Publicado en Artes & Letras, Heraldo de Aragón, 16/11/2006
LOS ESPAÑOLES, LAS EUROPEAS Y EL AMOR

Rafael Azcona (Logroño, 1926) es el guionista más importante de la historia del cine español. Entre los más de cien títulos de su filmografía se encuentran algunas de las mejores películas de Marco Ferreri (“El pisito”, “El cochecito”); de Luis García Berlanga (“Plácido”, “El verdugo”, “La vaquilla”); de Carlos Saura (“La prima Angélica”, “¡Ay, Carmela!”), de José Luis Cuerda (“El bosque animado”, “La lengua de las mariposas”); de José Luis García Sánchez (“La corte de Faraón”, “Suspiros de España y Portugal”); de Fernando Trueba (“El año de las luces”, “Belle Époque”, “La niña de tus ojos”).
Azcona ha escrito solo y acompañado, ha firmado guiones originales, ha adaptado obras de Fernando de Rojas, Stephen Vicinczey o Valle-Inclán, y ha pasado semanas en el balneario de Alhama de Aragón con Ferreri, intentando llevar a la pantalla “El castillo” de Kafka. Su obra, que muchas veces entronca con el sainete y el esperpento y que ha realizado junto a directores muy distintos, ha servido para retratar un país a través de unas constantes: el gusto por la comida y lo cotidiano, los perdedores infatigables y los héroes sin atributos, la obsesión por el sexo y la incomunicación, y un humor devastador. Pero antes de trabajar para el cine Azcona había publicado poemas, relatos y novelas, y había colaborado durante seis años (1952-1958) en “La Codorniz”, donde creó el personaje del repelente niño Vicente.
Como los hermanos Marx, Lubitsch y Mariano Gistaín, Azcona era hijo de sastre; el hombre que “le haría la cabeza” en Logroño sería Godofredo Bergasa, “eventual abogado, eventual arquitecto, eventual fotógrafo, eventual inventor y eventual guitarrista”, según cuenta Bernardo Sánchez en “Rafael Azcona: hablar el guión” (Cátedra, 2005). Cuando Azcona llegó a Madrid en 1951, quería ser escritor. Colaboró en “La Codorniz”, “Pueblo” y “Arte y Hogar”; escribió novelas como “El pisito” (1957) o “Los ilusos” (1958), que lo encuadran en la generación del cincuenta junto a Aldecoa, García Hortelano o Sánchez Ferlosio; publicó cinco libros bajo el seudónimo de Jack O’Relly. También conoció el ambiente de los cafés, de las pensiones, de las máquinas de escribir que alquilaban varias personas, de la pobreza y la picaresca: son elementos que, al igual que la literatura de Baroja, Kafka o Dickens, aparecen en las novelas y los guiones de un creador que cree que “la imaginación es memoria fermentada”.
Ferreri leyó “Los muertos no se tocan, nene”: fue el comienzo de la brillantísima trayectoria cinematográfica de Azcona, de la influencia del cine neorrealista y cómico italiano. Aunque el guionista aparecía brevemente en “El pisito” o “El cochecito”, se mantuvo apartado de los medios de comunicación. Se creó una leyenda de hombre invisible que perduraría hasta finales de los años noventa: desde entonces ha concedido entrevistas en los periódicos y en la televisión, y ha sido objeto de estudios críticos. Recientemente Pedro M. Azofra ha publicado “La tauromaquia según Rafael Azcona” (Ochoa, 2006), y Bernardo Sánchez, responsable de la versión teatral de “El verdugo” ha escrito “Rafael Azcona: hablar el guión”, donde explica su método de trabajo: Azcona tiene conversaciones generales con los directores en hoteles y cafeterías; no toma una sola nota, porque cree que lo que no se recuerda no merece la pena, y después redacta el guión en solitario. El libro de Bernardo Sánchez es un estudio muy documentado y un tanto caótico: aunque contiene información interesante –sobre todo acerca de la juventud de Azcona en Logroño y de la recepción crítica de sus primeras películas-, el autor parece más interesado en mostrar su conocimiento del guionista que en explicar al personaje y sus textos.
En los últimos años Azcona también ha reeditado y reescrito parte de su obra literaria: recogió tres novelas en “Estrafalario 1” (Alfaguara, 1999; publicó “El repelente niño Vicente” (Aguilar, 2005) y “Los muertos no se tocan, nene” (Punto de Lectura, 2005), y Juan A. Ríos Carratalá elaboró una edición anotada de “El pisito. Novela de amor e inquilinato” (Cátedra, 2005), que utiliza el texto de “Estrafalario 1”. Tusquets ha publicado “Los europeos”, una nueva versión de la novela que salió en 1960. Según Azcona, esta es la versión original: incluye elementos que la censura de la época impedía utilizar, pero que son fundamentales para la historia.
El protagonista de “Los europeos”, Miguel Alonso, es un delineante zaragozano que vive en una habitación realquilada en Madrid a finales de los años cincuenta, y que pasa un verano en Ibiza con el hijo de su jefe, Antonio, un estajanovista del sexo que anota en una libreta todas sus “cópulas”. Miguel, como otros personajes de Azcona, es un hombre que deja que otros tomen sus decisiones: aunque teóricamente viajan a la isla para estudiar la arquitectura local, Antonio quiere seducir a las chicas europeas que veranean allí –esa pretensión se convertiría en la base de un género cinematográfico-, y Miguel lo secunda con cierto escepticismo. Frente a la España peninsular que abre y cierra el libro y que da una impresión de sordidez y represión (“en Zaragoza, en cuestión de mujeres, sota, caballo y rey, o sea, una vuelta por el Tubo, un rato en el Plata y luego a putas; se corría el riesgo de coger unas ladillas, o lo que era peor, unas purgaciones, pero la cosa se arreglaba con el Aceite Inglés, parásito que toca, muerto es, y con los antibióticos, que eran mano de santo”), Ibiza es una ventana abierta al mundo y al sexo, donde las chicas pueden llevar bikinis cuando la guardia civil no mira.
“Los europeos” es una novela triste y divertida que retrata la mezcla de aburrimiento y felicidad de unas vacaciones. Azcona ha modernizado el lenguaje de algunos diálogos, pero también describe los colores de una isla que conoce bien y reproduce las canciones que sonaban en las discotecas de la época. Miguel y Antonio discuten, comen en restaurantes y beben en la playa, y se relacionan con personajes extravagantes: un exiliado húngaro, un italiano que muestra a sus invitados películas pornográficas que protagonizan él y su mujer, un empresario que persigue a “las obreras”, un matrimonio que pelea constantemente ante la mirada de un americano. Muchos de los escarceos sexuales de Antonio no salen bien –elige lesbianas, o las chicas españolas que pretendía evitar-, y, aunque Azcona ha dicho que prefiere los sentidos a los sentimientos, Miguel vive una hermosa historia de amor con Odette, una chica francesa.
“Los europeos” cuenta, con diálogos brillantes y maestría narrativa, una etapa de felicidad que es como una isla, y de la que el protagonista no parece ser del todo consciente: le preocupan el futuro y su propia debilidad, y ese es uno de los ingredientes que hacen que el relato resulte verosímil. “Los europeos” presenta esa mezcla de compasión y ferocidad que aparece en “El pisito” o en “El verdugo”; e incluye a personajes como Antonio, que mienten sin parar y carecen de escrúpulos pero a los que redimen su torpeza y su lealtad inesperada. Como “Belle Époque”, esta novela cuenta un aprendizaje negativo que termina con una renuncia. Sucede en un país que ya no existe: estamos en Europa, los españoles ya no son “cachondos irredentos” y París está mucho más cerca. Pero “Los europeos” también habla de la vida, de la cobardía y las relaciones humanas. Como muchas veces a lo largo de los últimos cincuenta años, Azcona consigue ponernos los pelos de punta: el cristal a través del que veíamos a sus personajes era en realidad un espejo.
Los Europeos. Rafael Azcona. Tusquets. Barcelona, 2006. 303 páginas.
El pisito. Novela de amor e inquilinato. Rafael Azcona. Edición de Juan A. Ríos Carratalá. Cátedra. Madrid, 2005.
Rafael Azcona: hablar el guión. Bernardo Sánchez. Prólogo de José Luis García Sánchez. Cátedra. Madrid, 2006. 483 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras, el suplemento cultural de Heraldo de Aragón, en junio de 2006.
CONAN DOYLE ACUSA

“Arthur & George” (Anagrama, 2007) está basada en una historia real: a principios del siglo XX, George Edalji, un abogado inglés de origen parsi, fue acusado de mutilar ganado en Great Wyrley y de enviar cartas amenazadoras. Edalji fue condenado a siete años de cárcel tras un proceso lleno de irregularidades e inconsistencias; pasó tres años en prisión. El caso resultó decisivo para la creación del Tribunal de Apelaciones en Inglaterra. Edalji tuvo varios defensores: uno de ellos, que empezó a actuar cuando el abogado estaba en libertad condicional, y que luchó por demostrar su inocencia y lograr su rehabilitación, fue el escritor Arthur Conan Doyle. Edalji y el creador de Sherlock Holmes protagonizan la última novela de Julian Barnes (Leicester, 1946), un relato de intriga y de juicios, que utiliza estrategias del folletín y de la novela de detectives, y que constituye una reflexión sobre Gran Bretaña, la celebridad y la justicia.
El autor de “El loro de Flaubert” (Anagrama, 1986) cuenta la vida de los dos personajes desde su infancia: Conan Doyle fracasa como médico y triunfa como escritor, se casa, viaja; Edalji es hijo de un párroco y un alumno brillante pero poco sociable, y su familia sufre una campaña de acoso que anticipa lo que les pasará más tarde. Aparentemente son muy distintos: uno es un hombre famoso, aficionado a los deportes y al espiritismo, y tiene en su madre su punto de referencia; el otro es un joven callado y estudioso, que escapa poco a poco de la influencia de su padre, ajeno a los deportes o las relaciones sociales, pero íntegro e inteligente. Conan Doyle es oftalmólogo y Edalji tiene mala vista. Los dos personajes escriben y representan dos ideas de lo británico: “Usted y yo”, dice el escritor, “somos ingleses no oficiales”. Conan Doyle cree en el honor; Edalji cree en la razón y en la ley. En la parte central del libro, ambos son víctimas de sus convicciones: la mujer de Conan Doyle enferma de tuberculosis (los conocimientos médicos del escritor no resultan útiles), y él debe hacer equilibrios durante diez años entre una esposa desahuciada, y una joven de la que se ha enamorado. Edalji se considera inglés (publica un libro sobre demandas y ferrocarriles) y desdeña las diferencias: cree en las leyes por encima de todo, pero es condenado injustamente, por culpa de los prejuicios raciales y de fallos del sistema. Pero Edalji y Conan Doyle son fieles a sus convicciones.
El proceso y la investigación, llenos de documentación, son lo más interesante de “Arthur & George”: Barnes es un narrador muy hábil, que sabe reconstruir la época y deslizar momentos de humor, que domina los diálogos y crea buenos personajes a partir de tópicos, como Maud (la hermana de Edalji), el capitán Anson o Jean, la segunda mujer de Conan Doyle. Aunque Sir Arthur tiene muchos atractivos –su actitud ante la literatura, su espíritu caballeresco y su fatuidad: la defensa que hizo de Edalji fue muy meritoria, pero presentaba algunos errores-, sus conflictos amorosos y sus aficiones esotéricas son menos interesantes que la historia de Edalji. El espiritismo, que ocupa el capítulo final del libro, estropea una novela que se lee muy bien: Barnes despide con superchería una reflexión sobre Inglaterra, sus contradicciones y la manera de superarlas que hasta ese momento defendía la integridad y la razón como instrumentos para mejorar el mundo.
Arthur & George. Julian Barnes. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2007. 523 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras el 15 de febrero de 2007. El suplemento incluía también esta estupenda entrevista de Eva Cosculluela.
LA FAMILIA, LA BELLEZA Y EL CAMPUS

“Sobre la belleza” (Salamandra, 2006) es la tercera novela de Zadie Smith (Londres, 1975). “Dientes blancos” (Salamandra, 2001), que contaba la historia de dos familias a lo largo de varias décadas y que ofrecía un retrato del Londres contemporáneo, supuso una auténtica revelación: su fuerza narrativa y sus temas hacen que ahora parezca aún mejor que cuando apareció. Tras la decepcionante “El cazador de autógrafos” (Salamandra, 2003), “Sobre la belleza” –que ha ganado el Premio Orange- es una novela de campus que habla de la familia y el amor, de las contradicciones íntimas y de la influencia que la belleza ejerce en nuestras vidas. El libro nace de un ensayo de Elaine Scarry, rinde un homenaje explícito a “Regreso a Howards End” (Alianza, 2005) de E. M. Forster, y retoma algunos de los elementos más atractivos de “Dientes blancos”.
“Sobre la belleza” está protagonizada por dos familias, enfrentadas por desavenencias ideológicas y sentimentales, vinculadas por la amistad y el sexo. Por una parte están los Belsey: Howard, inglés, progresista y blanco, es un profesor de la Universidad de Wellington, junto a Boston, que trabaja desde hace años en un libro que pretende deconstruir a Rembrandt y “la falacia de lo humano”; su esposa Kiki es negra, americana y uno de los personajes más conmovedores del libro; sus hijos son Jerome (que se ha vuelto cristiano), Zora (una aplicada estudiante universitaria, de quien se dice que “su especialidad no era la poesía sino la perseverancia”) y Levi (que escucha hip hop y se inicia en el activismo político). Howard Belsey es uno de los personajes centrales y tiene problemas: no termina su libro, su mujer descubre que le es infiel con una amiga y su gran rival, Montagu Kipps, es profesor invitado en su universidad. Kipps, que es jamaicano, defensor de Rembrandt y contrario a la homosexualidad y la discriminación positiva, forma parte, junto a sus hijos Michael y Victoria, y su esposa Carlene, de la otra gran familia del libro. Alrededor de estos dos clanes pululan numerosos personajes secundarios, como Carl Thomas, un chico de la calle muy guapo y con un don para la poesía; Erskine, el decano Jack French o la poetisa y profesora Claire Malcolm.
“Sobre la belleza” tiene mucho humor y un componente de enredo y es, en parte, una sátira de la vida académica que recuerda en algunos momentos a las novelas de David Lodge. Pero también habla de las ideas: Zadie Smith parodia las posiciones más extremas de Kipps y las teorías postmodernas que sostiene Howard, que sólo aprueba el arte conceptual y se burla de la música melódica y de la narración. Para Howard, “Rembrandt es parte del movimiento europeo del siglo diecisiete hacia… en fin, dicho sea taquigráficamente, hacia la invención de lo humano. Y, desde luego, el corolario de todo ello es la falacia de que nosotros, como seres humanos, somos el centro de todo y que nuestro sentido estético, de alguna manera, hace de nosotros el centro de todo”. Kipps y Belsey están llenos de contradicciones que minan sus teorías y los humanizan como personajes: el mejor amigo de Kipps es homosexual, mientras que Belsey se emociona inesperadamente al escuchar el “Réquiem” de Mozart, y al final, identifica a su mujer con la protagonista de un cuadro de Rembrandt.
“Sobre la belleza” es también una defensa de lo humano, que Zadie Smith articula literariamente, contando a la manera clásica una historia que se mueve gracias a los impulsos de los personajes. Uno de sus grandes aciertos es el retrato del funcionamiento de una familia: el matrimonio entre Howard y Belsey va a desmoronarse, y, como en “Dientes blancos”, cada uno de los miembros de la familia tiene aspiraciones distintas. Eso produce malentendidos e incomprensiones entre los hermanos y las hermanas, entre los hijos y los padres, pero también traiciones, como las infidelidades de Howards o la relación que mantienen Kiki Belsey y Carlene Kipps, que termina con una herencia, al igual que la complicidad que la señora Wilcox y Margaret Schlegel desarrollaban en “Regreso a Howards End”. La amistad aparece en numerosas ocasiones: Erskine y Belsey se ríen en las reuniones del departamento y leen en la biblioteca los sábados antes de marcharse juntos; Levi busca la experiencia de Choo. Otras veces, los personajes persiguen el sexo, mejorar su estatus y su nivel cultural, o sentirse mejor consigo mismos, desde el punto de vista de la identidad racial o desde la mala conciencia.
El mundo de Zadie Smith da una impresión de riqueza y de comprensión: parece que en sus novelas, como en “La regla del juego” de Jean Renoir, “todo el mundo tiene sus razones”. Aunque “Sobre la belleza” presenta algunos defectos –la novela está construida con habilidad, pero hay pasajes que funcionan mejor que otros, y algunos movimientos de la trama resultan un poco forzados, casi teatrales-, es una novela potente sobre las relaciones humanas, que está llena de pasión por la vida y el arte.
“Sobre la belleza”. Zadie Smith. Traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra. Barcelona, 2006. 476 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras en octubre de 2006. Aquí hay un texto de Zadie Smith sobre Forster.
EN EL REMOLINO

El último libro de José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935), “Cuentos de san Cayetano” (Xordica, 2004), era la crónica de un despertar a la vida en la Zaragoza de los primeros años del franquismo. “En el remolino” (Anagrama, 2007) es una novela sobre la Guerra Civil y trata de la interrupción de la vida: lo más importante no son las posiciones ideológicas o militares sino la violencia desatada, la lógica de la barbarie. En el prólogo, José-Carlos Mainer habla de un enfoque “antropológico”.
“En el remolino” –una versión anterior apareció en el volumen “Cada cual que aprenda su juego” (Ediciones Júcar, 1974)- se basa en un hecho real y empieza casi al final de la historia que narra: Braulio, un prestamista, agoniza atado junto a su mula. Labordeta reconstruye los acontecimientos a través de escenas y monólogos que ofrecen una explicación fragmentaria: es el verano de 1936 en un pueblo anónimo, y “el aire venía preñado de presagios”; se producen las primeras persecuciones y se extienden los rumores sobre el asesinato del alcalde. Labordeta presenta los hechos desde el punto de vista de varios personajes: desde el de Braulio, que cifra el respeto en el dinero y quiere vengarse de los malos tratos recibidos (el cariño que le profesaba su madre y el sexo culpable con Cándida son dos de los momentos agradables de una existencia mezquina); desde el de las fuerzas del pueblo, la guardia civil, el cura y el juez, que desayuna unos bollos suizos que hacen en la panadería especialmente para él; desde el del herrero, que tiene un cartel de Pablo Iglesias en la fragua y anima a Pascual a la huida. Hay factores políticos –el rechazo a la democracia, las críticas al Frente Popular- pero pronto se ven superados: Severino, el líder de los exaltados (“Soy el único representante de la legalidad”, se dice a sí mismo), debe dinero al prestamista. A partir de ahí, “En el remolino” se convierte en la historia de una huidas y persecuciones.
El coro de voces y la multiplicidad de perspectivas hacen pensar en Faulkner, en Rulfo o en el primer Vargas Llosa, pero el procedimiento es inseparable del contenido: sirve para contar cómo la violencia lo inunda todo, cómo afecta a los hombres, a las cosechas y a los animales (la mula de Braulio es una de las víctimas; el paisaje es fundamental). Los personajes dejan de ser dueños de su destino y responden a la movilización del odio. El herrero y Pascual reconocen a sus perseguidores, y deben olvidar que son seres humanos para dispararles: “Piensa que son conejos”. La guerra cambia la vida de los familiares: la desaparición de Braulio supone una liberación para su hermana Dolores, uno de los mejores personajes del libro, que había sufrido el maltrato de su padre y de su hermano; Angelito debe vengar la muerte de un hermano que siempre lo despreció.
“En el remolino” es una novela desesperada, potente y vertiginosa, donde Labordeta demuestra su talento narrativo y su sensibilidad para la imagen y los detalles: ignoramos el nombre del pueblo, pero sabemos dónde guardaba el dinero Braulio, conocemos el sillón de mimbre donde Dolores no podía sentarse, y estamos al tanto de que a uno de los personajes le preocupa que le sude el culo. Como dice el autor, tiene algo de película de Peckinpah, con su caza del hombre y su humor seco, sus tiroteos en las ermitas, la rotundidad de sus muertes (los personajes no sólo acaban “rotos”, “deshechos” o “desguazados”, sino “muertos, muertos, definitivamente muertos”; otro termina “más muerto que mi abuela Julia”) y hasta sus congelados de imagen: vemos el asesinato de un personaje desde dos perspectivas diferentes, y parece que en todo ese tiempo estuviera cayendo al ralentí. Pero “En el remolino” también tiene que ver con los relatos orales de la guerra, con la memoria colectiva: hay momentos de revelación, encuentros casi milagrosos, y actos cuya crueldad sorprende a quienes los cometen: “¿Tanto odio habíamos guardado en nuestras tripas para llegar a esto?”, se pregunta un personaje. Labordeta escribió esta novela hace más de treinta años: ha habido muchos cambios en España, y él también ha modificado su forma de escribir y de ver el mundo, pero “En el remolino” conserva su actualidad. Este relato sobre la guerra civil también es una fábula sobre todas las guerras, y se atreve a lanzar una mirada humana hacia el abismo: “En el remolino” es un libro contra el mal.
José Antonio Labordeta. En el remolino. Presentación de José Carlos Mainer. Anagrama. Barcelona, 2007. 129 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras el jueves 22 de febrero de 2007.
EN CASA
Fotografía de Pippi Tetley04/03/2007
EL PRÍNCIPE Y LAS PELÍCULAS

“De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood” (Acantilado, 2007) es la autobiografía de Budd Schulberg (Nueva York, 1914). Schulberg escribió guiones de películas como “Un rostro en la multitud” o “La ley del silencio”, y publicó novelas como “¿Por qué corre Sammy?”, “El desencantado” (Acantilado, 2004) y “Más dura será la caída” (Alba, 1999). Su actuación durante la “caza de brujas” –aceptó haber pertenecido al Partido Comunista, dijo que había recibido presiones para retocar pasajes de una novela, y dio los nombres de otros miembros- ha oscurecido injustamente una obra brillante, y una vida que ofrece una perspectiva única del cine americano.
“De cine” cuenta los primeros 18 años de Schulberg y retrata una época de la industria desde el punto de vista de un niño hipersensible y tartamudo, que vive en el corazón del cine, rodeado de las estrellas más famosas, pero que quiere ser escritor y ama los deportes por encima de todo. El padre de Schulberg, B. P., había empezado en el mundo de la publicidad y se convirtió en un magnate de la Paramount, a las órdenes de Zukor. A B. P. le gustaba experimentar con las posibilidades artísticas del nuevo medio, y era aficionado a la literatura, al alcohol, el juego y las actrices. Su madre, Adeline, era una mujer elegante, que protegía a escritores y artistas y aconsejaba a su marido, y que fue propagandista de la URSS antes de convertirse en una exitosa agente.
Schulberg describe la vida familiar y habla del momento en que el cine se convierte en un arte y en un negocio inmenso (“Había que ser muy tonto y totalmente inepto para no ganar dinero”), de la fundación épica de Hollywood, y de la llegada del sonoro. Los judíos –que escapaban de las persecuciones en Rusia y el Este de Europa- desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo cinematográfico; construyeron en Hollywood una tierra prometida. Todo parecía posible: en el Alejandría “en una misma tarde, uno podía echar un polvo, convertirse en una estrella, fundar una nueva compañía y arruinarse”. Cuando estalló la Revolución rusa, el productor L. J. Selznick le escribió una carta al zar Nicolás II, en la que le decía que, a pesar de que “cuando era pequeño en Rusia vuestra policía trató muy mal a mi pueblo”, no le guardaba rencor: como que se había quedado sin empleo, le ofrecía trabajar para él. Hay muchas anécdotas sobre actores y cineastas, que retratan un mundo disparatado, divertido y a menudo trágico: Marcel de Sarro fue un director de éxito paralizado por el miedo, la sex symbol Clara Bow no pudo superar la llegada del sonoro, B. P. dejó a su esposa y perdió su empleo.
“De cine” también cuenta el aprendizaje de Schulberg. Habla de las instituciones educativas, de sus inicios en el periodismo y en la literatura, de los consejos que recibía de su padre o de Ben Hecht, de las actrices que coqueteaban con el hijo del jefe, y del descubrimiento de que no todo el mundo compartía su bienestar: critica la explotación de las estrellas infantiles, investigó sobre los linchamientos, y en un viaje a México sacó una impresión de pobreza desoladora. Budd se encuentra con algunos de sus temas preferidos: la crueldad, la traición, la energía, el éxito y el fracaso. La autobiografía de Schulberg está llena de anécdotas hermosas y personajes interesantes, ofrece un testimonio único, y demuestra la fuerza narrativa de un escritor capaz de reconstruir un mundo.
De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood. Budd Schulberg. Traducción de J. Martín Lloret. Acantilado. Barcelona, 2006. 739 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras el 11 de enero de 2007.
DANIEL GASCÓN EN GRAUS
Daniel Gascón hablará con los lectores de El fumador pasivo en el CPEA de Graus este martes 6 de marzo.
06/03/2007
GRULLAS

1.
-Tienes el móvil apagado, ¿verdad? -le pregunta Salva, el ayudante de producción.
-Sí -dice Laura.
-Ha llamado Marcos. Llegará a la estación a las cinco.
Laura frunce el ceño. No sabía que Marcos fuese a venir.
-Pues a ver cómo se las arregla para encontrarnos.
Están en la Laguna de Gallocanta, rodando un corto, y ha llovido durante toda la mañana. Llevan un poco de retraso. Deberían acabar todo lo de la laguna antes del mediodía, y rodar una secuencia en el pueblo por la tarde.
-Si quieres me paso a recogerlo.
-¿Puedes?
-Claro. Así veo cómo va lo de la fiesta.
-Muchas gracias, Salva.
Laura vuelve con el resto del equipo. Ayuda a trasladar el material de cámara. Félix está a unos metros de allí, discutiendo con una pareja de la guardia civil. La laguna es un espacio protegido: los guardias civiles quieren asegurarse de que no estropean nada. A Laura le preocupa la vehemencia de Félix. Lo conoce desde niña y lo quiere mucho, pero sabe que se enfada con facilidad y lo último que necesitan es meterse en problemas con la guardia civil. Ya han tenido que prolongar un fin de semana el alquiler del equipo técnico y esta noche hay una fiesta de fin de rodaje en el bar del pueblo. Laura cree que es ella la que debería hablar con la policía. Y Félix tendría que estar con Pachi, el director de fotografía, porque para eso estudia cine.
-¿Lo hacemos en un plano o dos? -pregunta Pachi.
-En dos. Primero los cogemos juntos, y luego, cuando María se va, la cogemos sola.
Pachi se queda mirando. Laura es guionista, no controla los aspectos técnicos. Pero Félix nunca había hecho un corto y prefería que le ayudase en las tareas de dirección de "La Laguna". Laura se ha aprendido de memoria el story board y ha leído varios manuales. Por la noche repasa con Félix la planificación del día siguiente. Pero eso no impide que se sienta como una imbécil cada vez que le preguntan.
-Me parece -dice la script- que te estás saltando el eje.
-Creo que no.
-Sí. Te lo estás saltando -dice el director de fotografía, que hace un rectángulo en el aire con las manos.
Llegan varios más –los miembros del equipo de cámara y de sonido- y comienzan a discutir. Los guardias civiles se marchan y Félix viene corriendo.
-Félix, ¿esto lo hacemos en un plano o en dos?
-En uno -dice Félix.
Laura lo mira y él vacila un instante.
-Vamos muy pillados de tiempo.
Laura va a ver si los actores tienen algún problema con el diálogo. Una bandada de grullas echa a volar y estropea la primera toma. Laura está segura de que no se saltaba el eje.
2.
El resto del día las cosas salen bastante bien, pero Laura siente que está de más. Escucha a los actores y mira sus movimientos en el combo. En la secuencia de la tienda el vestuario no la convence y le parece que los diálogos están mal construidos.
Laura quería ganarse el respeto de sus compañeros de rodaje. Muchos estudian con Félix en la escuela de cine y son gente muy profesional que sólo habla de películas. A veces piensa que la miran como a un bicho raro, y que Félix la haya desautorizado delante de todos no le hace ninguna gracia.
-Me ha gustado mucho más la última versión del guión -le dijo el decorador el día en que se conocieron-. El otro final, no sé... me parecía un poco misógino.
-¿Misógino? Pero si yo soy una mujer.
El primer fin de semana de rodaje fue desastroso, con un montón de dificultades técnicas. Llovió y tuvieron que rodar en una casa una secuencia prevista en exteriores. Los chicos de la escuela querían trabajar como si estuvieran en Hollywood, y se plantaron en el bar del pueblo para alquilar un coche blanco que evitase los reflejos del sol. Laura convenció a un jubilado de que les dejase gratis un Peugeot un poco viejo, pero que quedaba muy bien. Y también consiguió que la mujer del jubilado, que tenía una pinta estupenda, apareciese como figurante en otra de las secuencias.
Marcos vino de visita el segundo fin de semana. Ella lo había invitado, pero Marcos estaba muy incómodo y Laura tampoco se encontraba a gusto. Ya no podía hacer los chistes pedantes del primer fin de semana, como cuando había dicho “Coito ergo sum” y Sonia y Salva se habían muerto de risa. Tenía que estar pendiente de Marcos, que hacía fotos todo el tiempo y no hablaba con nadie del equipo. Por la noche se habían quedado despiertos hasta muy tarde en la habitación de la casa rural, y al día siguiente estaba cansadísima.
El domingo por la mañana, Laura llegó medio dormida al set. El equipo aún no habia llegado y Félix repasaba las posiciones de cámara. Estaba muy nervioso.
-Creo que podríamos hacerlo mejor. No me gusta mucho –dijo Laura.
-Si no te gusta –contestó Félix-, ¿por qué no te vuelves al hotel a follar con tu novio?
Después Félix le pidió disculpas. Dijo que no sabía lo que decía, que estaba histérico por el retraso que llevaban sobre el plan de rodaje. A fin de cuentas, él pagaba la mayor parte del corto. Laura le dijo que no pasaba nada.
Por la tarde, a Marcos le molestó que no fuera a despedirle a la estación, pero tenía mucho trabajo. Tampoco era tan difícil de entender.
Félix da la toma por buena.
-¿No crees que María estaba un poco forzada? -dice Laura.
-No.
-Creo que podría estar mejor.
-Laura, todo podría estar un poco mejor.
Sólo quedan dos planos para acabar el corto. Laura está nerviosa: Marcos ya debería haber llegado. Se va con Fabio, un chico de la escuela que está preparando un making off y que lleva varios días pidiéndole una entrevista. La coloca contra una ventana y le pregunta sobre el mensaje de su guión. Laura contesta pensando que sólo dice tonterías. Al final de la calle ve cómo llegan Salva y Marcos.
3.
En la fiesta de fin de rodaje todos se emborrachan bastante y se dicen lo maravillosos que son y lo bien que se lo han pasado haciendo este corto. Marcos habla con los chicos del equipo de dirección: ha traído un álbum de fotos del rodaje. Laura se entera de algunos líos: María se ha enrollado con el chico que maneja la cámara, y la novia del chico, Sonia, está un poco mosqueada. El actor principal besa a la hermana de Félix, que preparaba los bocadillos, y la camarera no les quita el ojo de encima. Sonia se echa a llorar; Félix la acompaña fuera.
Félix se ha convertido en el centro moral del rodaje. No tiene arranques de mal genio ni momentos de histeria. Y nunca ha perdido la compostura. Habla con todos, les escucha y ríe sus gracias, pero se va pronto a la cama. Da una impresión de seriedad.
A Laura también le habría gustado ser un punto de referencia, pero se da cuenta de que los miembros del equipo tienen más confianza en Félix y le parece bien. No cree que sea porque ella es chica o porque no pertenece al mundo del cine. No le gusta culpar a las circunstancias: piensa que todos tenemos una responsabilidad en lo que nos pasa. Puede que hubiera un ambiente hostil, pero su actitud -sus dudas, prestar demasiada atención a su novio cuando estaban rodando- no ha sido la más adecuada. Al final ha terminado en segunda fila.
Las chicas del pueblo tontean con los miembros del equipo. La fiesta parece una verbena, pero con la gente del rodaje, y música de Manu Chao en lugar del toro enamorado de la luna. Laura sale un momento a la calle. Fuera Sonia está besando a Félix.
Cuando la ven llegar Sonia se separa y vuelve al bar. Félix se queda, pero no sabe muy bien qué hacer.
Laura piensa en la novia de Félix, a la que ha tomado cariño últimamente. Aunque intenta no juzgar, le sorprende que Félix esté incómodo, y piensa en el tiempo que hace que son amigos, y en que nunca ha pasado nada entre los dos.
-Bueno, hemos terminado, ¿no? -dice Laura.
-Queda el montaje.
-Ya, pero cuando estás montando no importa que haga mal tiempo.
Félix sonríe.
-Si quieres puedes pasarte un día por Madrid a ver cómo queda –hace una pausa-. Las fotos de Marcos están muy bien.
-No sabía que iba a venir.
Félix le pasa el brazo por el hombro.
-Puede venir, ¿no? Esto es una fiesta.
Félix y Laura vuelven al bar. Casi todos están muy borrachos, algunos se han subido a las mesas. Laura no entiende cómo es posible que Marcos decidiera venir de repente pero haya tenido tiempo de preparar un álbum.
4.
A la mañana siguiente Laura vuelve a Zaragoza con Marcos, que tiene que trabajar por la tarde. Félix le ha dicho que no hace falta que se quede, que él se encargará de recoger el equipo con Salva y Sonia. No supone una sorpresa sino más bien un alivio: en el fondo es mejor que Félix no la necesite. Casi no pasan coches y a Laura le gusta conducir. Más que escribir o que rodar cortos. Va muy deprisa, con la ventanilla medio bajada, y no presta ninguna atención al paisaje.
-Había mejor ambiente este fin de semana -dice Marcos-, ¿no?
-La mitad del equipo estaba enrollada con la otra mitad, y yo sin enterarme.
-Bueno, eso estaba cantado, ¿no?
Laura se encoge de hombros. Le molesta que su novio acabe las frases con preguntas.
-Me alegro de haber venido -dice Marcos-. El fin de semana pasado me fui con una sensación un poco rara.
Marcos le pide que pare un momento. Quiere hacer unas fotos en la orilla de la carretera. Mira a Laura antes de salir del coche.
-¿Tú te alegras de que haya venido?
-Sí -dice Laura, pero en ese momento piensa en arrancar y dejar a Marcos solo, en el arcén de una carretera desierta, fotografiando una estúpida bandada de grullas.
Este relato está incluido en El viento dormido (Eclipsados, 2006).07/03/2007
CHÉJOV CONTRA TOLSTÓI

En 1894, Antón Chéjov le transmitía a su editor Suvorin estas opiniones sobre Tolstói:
"Quizás porque he dejado de fumar, la moralidad de Tolstói ha dejado de conmoverme: en el fondo de mi alma me siento hostil a ella, y eso por supuesto es injusto. La sangre campesina fluye por mis venas, y no se me puede asombrar con las virtudes campesinas. Desde niño he creído en el progreso y no podría actuar de otra manera, puesto que la diferencia entre el tiempo en que me azotaban y el tiempo en que las palizas terminaron es enorme. Me encanta la gente inteligente, la sensibilidad, la cortesía, el ingenio... No me afectaban las proposiciones básicas, que se conocían de antemano, sino la manera que tiene Tosltói de expresarse, el didactismo y probablemente una especie de hipnotismo. Ahora hay algo de mí que protesta: el cálculo y la electricidad y el vapor muestran más amor por la humanidad que la castidad y el vegetarianismo."
Citado en Anton Chekhov. A Life, de Donald Rayfield.
08/03/2007
DANIEL GASCÓN EN EL DIARIO DEL ALTO ARAGÓN

Elena Fortuño publica esta crónica en el Diario del Alto Aragón.
DANIEL GASCÓN COMPARTE CON LOS GRAUSINOS SU INCURSIÓN EN LA NOVELA
GRAUS.- La frescura del joven escritor Daniel Gascón conectó con la veintena de personas congregadas el pasado martes en la biblioteca ‘Baltasar Gracián’ de Graus. El encuentro literario, organizado por la Escuela de Adultos de la Ribagorza y la propia biblioteca, sirvió para profundizar en sus dos obras publicadas -’La edad del pavo’ y ‘El fumador pasivo’ -, pero también para conocer otras de sus facetas como la de guionista y traductor.
Daniel Gascón se mostró cercano y simpático con el heterogéneo auditorio que asistió al encuentro literario del martes en la biblioteca grausina, en el que coincidieron adolescentes, adultos y personas mayores. Con ellos, abundó en sus dos títulos publicados, ambos de relatos. ‘La edad del pavo’ fue el primero de ellos, recordó que “lo escribí con 20 años” y, a preguntas de los asistentes, respondió a algunos de los asuntos abordados como los amores adolescentes, las parejas en crisis y los cuarentones sin vocación. Un libro divertido e irreverente muy ligado a la época en que lo escribió.
‘El fumador pasivo’, que trata cinco momentos en la vida de un personaje, Jorge que “no soy yo pero tiene cosas mías”, mantiene el humor como hilo conductor, aunque muestra una mayor carga sentimental, relacionada con las figuras de su tío o su abuelo. Sin embargo, apuntó que “muchas cosas tienen que ver con mi vida, pero otras son historias que he oído o me han contado porque para ser escritor hay que estar dispuesto a vampirizar las vidas de los demás”.
En la foto, la educadora de adultos María Guillén y Daniel Gascón.
09/03/2007
LA LIBERTAD Y LAS CÁRCELES

Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) es una intelectual, una superviviente y una mujer perseguida por decir lo que piensa. Como su magnífica colección de ensayos “Yo acuso” (Galaxia Gutemberg, 2006), su autobiografía “Mi vida, mi libertad” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) habla del islam y Occidente, del maltrato a las mujeres y una África desangrada por guerras y corrupción, de su familia y el amor, de Theo van Gogh y la muerte. Pero también es el relato apasionante de un viaje intelectual desde la superstición a la razón, desde la tribu y el destino al individuo y a la convicción de que nuestras ideas y acciones pueden cambiar las cosas.
Hirsi Ali nació en Somalia, un país dividido en clanes. Su padre era un activista político; ella se crió con su madre y su abuela. Aprendió que “si una niña pierde la virginidad, no sólo traiciona su propio honor, sino que también daña el de su padre, sus tíos, sus hermanos y primos”, y que “la paz sólo llegará a los musulmanes si los judíos son destruidos”. En ausencia de sus padres, la abuela organizó su circuncisión: “Las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí, como cuando el carnicero corta la grasa de un pedazo de carne”, cuenta Hirsi Ali: 6.000 niñas sufren cada día la ablación del clítoris , un rito criminal que no se practica en todos los países musulmanes, pero que el islam tolera y a veces recomienda. Es el caso, por ejemplo, del influyente predicador Yusuf al-Qaradawi : “No es obligatorio, pero cualquiera que piense que sirve a los intereses de sus hijas debería hacerlo, y yo personalmente lo apoyo en las presentes circunstancias del mundo moderno”.
La familia se exilió en Arabia Saudí, “donde todo giraba en torno al pecado”, en Etiopía y en Kenia, donde Ayaan aprendió inglés. Su madre le pegaba y un maestro del Corán le fracturó el cráneo. Pero no habla con rencor: reconoce el sufrimiento de su madre, muestra cariño por su padre y califica la muerte de su hermana como “el peor momento de mi vida”.
Hirsi Ali se unió a la Hermandad Musulmana. Vestía un hiyab; su objetivo “era un gobierno islámico a escala mundial para todos los seres humanos”. Pero percibía contradicciones: la persecución del deseo sexual femenino o la desigualdad legal. Leía novelas en inglés que hablaban de amor y de mujeres que tomaban decisiones, y a su alrededor se condenaba a las mujeres violadas y se maltrataba a las madres solteras. “Todos los valores islámicos que me habían enseñado me ponían a mí en último lugar”, afirma y reproduce las normas matrimoniales: la mujer debe obediencia al marido; si no le hace caso él puede pegarle; debe pedir permiso para salir de casa y estar siempre sexualmente disponible.
Hirsi Ali cuenta una emancipación: en 1992 su padre concertó su boda con un somalí que vivía en Canadá. Fue a reunirse con él; pasó por Europa y descubrió que podía convertirse en “un individuo”. No se casaría; viviría en Holanda. Aunque corría peligro real, obtuvo el estatus de refugiada gracias a un relato bélico inventado. La sorprendieron los trenes puntuales, las mujeres en camiseta y la democracia. Fue a la piscina, se echó un novio, aprendió neerlandés y a montar en bici: “La vida es mejor en Europa que en el mundo musulmán porque las relaciones humanas son mejores, y una de las razones por las que son mejores es porque la vida en Occidente se aprecia en el aquí y ahora, y los individuos disfrutan de derechos y libertades que el Estado reconoce y protege”.
Estudió Ciencias Políticas y dejó atrás la vestimenta y la religión musulmanas; leyó a Spinoza, Locke, Popper. Trabajó como intérprete y en una fundación del Partido Socialdemócrata: descubrió que entre los inmigrantes se producían crímenes de honor, matrimonios concertados y mutilaciones. El número de musulmanes a los que debían atender los servicios sociales era desproporcionadamente alto. Su experiencia y sus lecturas la condujeron a dos tesis. Por un lado, la opresión de la mujer era un elemento esencial del islam. Por otro, la violencia y el atraso no eran producto de Occidente, la pobreza o el racismo, sino de una cultura que necesitaba un cambio, “un Voltaire”. Pensar que las cosas ocurren por voluntad de Dios detiene el progreso. Había que señalar que el Corán era “un documento histórico escrito por seres humanos... Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra”. Cuando se enteró de los atentados del 11 de septiembre, pensó que el Corán legitimaba esa violencia.
Su causa sería la emancipación de las musulmanas: defendía los derechos humanos, criticaba el multiculturalismo y el relativismo. Pedía que se dejasen de subvencionar las escuelas confesionales, que se hicieran estadísticas de los crímenes de honor, y se controlase a las niñas que corrían peligro de sufrir la ablación. Recibió amenazas de musulmanes; vivía escoltada. La izquierda desconfiaba de ella: le pedían “paciencia o me tildaban de derechista”.
Se presentó a las elecciones con el Partido Liberal. Obtuvo un escaño en el Parlamento y escribió el guión de “Submission” : el cortometraje que dirigió Van Gogh criticaba el maltrato del Islam a las mujeres. Un fanático asesinó al cineasta; Hirsi Ali pasó meses escondida y vigilada. Cuando volvió, los atemorizados vecinos exigieron que se marchase. Verdonk, la ministra de inmigración de su propio partido, le retiró la nacionalidad holandesa por haber mentido para conseguir un permiso de refugiada: lo había declarado muchas veces, pero tuvo que dejar su escaño. Ahora Hirsi Ali trabaja en el “think tank” estadounidense American Enterprise Institute, está agradecida a Holanda y ha recuperado su nacionalidad. Aunque está amenazada de muerte, cree que ha tenido suerte: sigue viva, y tiene su propia voz. En “Mi vida, mi libertad” hay muchas pérdidas y mucho dolor: Hirsi Ali ha perdido su país, su familia y la posibilidad de ir donde quiera. También hay mucha pasión, fortaleza e inteligencia, y una escritura poderosa y limpia que defiende los mejores valores de la humanidad.
Ayaan Hirsi Ali. Mi vida, mi libertad. Traducción de Sergio Pawlowsky. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores. 490 páginas.
Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón el día 8 de marzo de 2007.
[Una polémica: Timothy Garton Ash acusa a Hirsi Ali de "fundamentalismo de la ilustración", siguiendo la línea equivalencia moral entre el fanatismo islámico y quienes lo combaten que establece Ian Buruma en su libro "Asesinato en Amsterdam" (Debate, 2007). Aquí hay una respuesta de Christopher Hitchens y otra de Anne Applebaum .]
13/03/2007
EL CUADERNO

Mientras el tren arrancaba, Sergio abrió la cartera y buscó entre los libros y los periódicos. Después se echó contra el respaldo y cerró los ojos. No podía creer que hubiera olvidado el cuaderno.
Se lo había dejado por culpa de la discusión del vino. Hasta ese momento, todo había salido bien. Había contactado con Alberto Dieste por e-mail, al enterarse de que iba a viajar a París para presentar su nueva novela en la librería Compagnie. Era una coincidencia afortunada: Sergio daba clases de español en una universidad de la periferia y escribía una tesis sobre la obra de Dieste, a quien había conocido brevemente meses atrás. El escritor respondió a su correo: le dijo que vendría con su mujer, Carmen, y que se quedarían una semana. Podrían verse el miércoles a mediodía; le dio las señas de su hotel, cerca de Montparnasse.
Sergio fue a buscarlos; llegó demasiado pronto, se entretuvo dando una vuelta a la manzana. En el hall pensó que formaban una pareja curiosa: él era larguilucho, de ojos verdes, y ella era bajita y morena. Sus ropas mezclaban la elegancia y el disparate. Dieste propuso ir a una librería, y luego se dirigieron hacia Saint-Michel en autobús. Alberto Dieste recordó sus años de juventud durante el trayecto; Carmen le dijo que ella, como él, había sido profesora de español en Francia, en un pueblo de Bretaña. Dieste le contó el argumento de su próxima novela, que acababa de terminar.
-¿Ya sabes cómo va a titularse?
Alberto Dieste miró a su alrededor. Luego miró a su mujer.
-No se lo puedo decir a nadie –dijo, e hizo una pausa-. Sólo lo sabe Carmen.
Comieron en un restaurante que frecuentaban escritores y editores. Se sentaron en la zona de fumadores: Carmen seguía fumando, aunque había dejado de beber destilados; Alberto continuaba bebiendo, pero ya no fumaba.
Entre los tres tomaron dos botellas de vino. Alberto y Carmen no dejaron que Sergio pagase. Después pasearon por el barrio latino. Sergio le preguntó a Alberto Dieste por sus escritores preferidos y aclaró algunas dudas que le habían surgido al leer sus novelas. A Sergio le emocionaba hablar con uno de los narradores que más admiraba; Alberto parecía disfrutar de su compañía: le llamaba “hijo”, parodiando a un padre que explicara los secretos de la vida. Carmen resolvía los problemas prácticos: traducía el menú e indicaba las direcciones. Alberto, pensó Sergio, no demostraba mucho interés por el mundo real.
Entraron al un bar que, según Dieste, siempre iba Andy Warhol cuando visitaba París, y buscaron una mesa junto a la ventana. Sergio y Alberto tomaron dos whiskies; Carmen pidió una copa de vino. Dieste le dijo a Sergio que el autor que más había influido en su última novela era un escritor semidesconocido, que sólo había publicado dos libros. Había vivido en la misma calle en la que estaban. Dieste dijo el nombre y Sergio sacó su cuaderno.
-¿Te apuntas cosas? –dijo Carmen.
-Sí, es un poco ridículo, pero...
-Qué va, me encanta.
Sergio escribió el nombre del autor.
-¿Crees que debería decirte el título de mi novela? –preguntó Dieste.
La pregunta sorprendió a Sergio. Se encogió de hombros. Dieste lo miró a los ojos:
-¿Crees que has hecho méritos para ello? –hizo una pausa-. Carmen, ve a pedir otra botella de vino. Vamos a brindar.
Carmen no se levantó.
-Alberto, creo que ya has bebido bastante.
-¿Qué dices?
-Estamos bien así. Ya veo hacia dónde vas...
-Bueno, tú fumas todo lo que quieres y yo tengo que aguantarme, ¿no?
-No es el momento.
Sergio no sabía qué hacer. Alberto y Carmen hablaban sin gesticular ni alzar la voz, pero la tensión iba en aumento. Sergio se levantó y fue al cuarto de baño. Esperó un poco, recitó un soneto y la alineación de un equipo de fútbol: cuando volvió, Carmen y Alberto sonreían. No hablaban.
-Ya ves. Cosas de los matrimonios –dijo Alberto Dieste.
-Ya –dijo Sergio. Habría propuesto tomar algo más pero prefirió no hacerlo. Tampoco se atrevió a preguntar el título de la novela. Además, tenía que coger el tren de vuelta a casa. Los dejó en el bar: Alberto lo abrazó y le regaló la traducción francesa de uno de sus libros, y Carmen le pidió que fuera a visitarlos en Madrid. Sergio quería apuntar lo que había pasado aquel día, pero no había encontrado el cuaderno.
Era una putada. No había textos terminados en la libreta, porque solía escribir en el ordenador. Pero el cuaderno contenía muchas notas de lecturas, pequeñas observaciones que hacía en cuanto tenía un momento libre, entre clase y clase, o en la cola de la oficina de correos. Y se lo había dejado en el bar, encima de la mesa.
Podría ir a buscarlo el fin de semana, si el camarero no lo había tirado. O si Dieste y Carmen no lo veían. En ese caso, pensarían que era un despistado, un tipo poco riguroso. Alberto Dieste abriría el cuaderno, como si fuera un personaje de una de sus novelas, en busca de historias. En un primer momento, Sergio se sintió halagado: allí, Dieste vería las ideas esenciales de su tesis, apuntes rápidos acerca de sus relatos y otros libros, y quizás le sorprendiera su perspicacia. Pero luego se dio cuenta de que eso era imposible. Si Dieste cogía el cuaderno buscaría directamente los comentarios sobre su obra. Y allí, en esos garabatos, seguro que encontraría cosas molestas, observaciones que le parecerían injustas, y que ni siquiera estaban bien redactadas. Odiaría el cuaderno. Probablemente no se lo devolvería, y dejaría que su relación se enfriase poco a poco: nunca podría terminar su tesis.
La actitud de Carmen sería distinta. Dieste cerraría el cuaderno, quizás algo avergonzado pero posiblemente ofendido por los comentarios sobre sus novelas, y Carmen lo abriría. Le había hecho muchas más preguntas que Alberto, y al final le había dicho: “Pásate por casa cuando vengas a Madrid, por favor”.
Carmen buscaría los apuntes literarios, pero pronto comenzarían a interesarle otras cosas. La caligrafía, por ejemplo (antes, en el bar, le había dicho que era una letra extraña para alguien tan joven). Y sobre todo, le atraerían los fragmentos más personales, como las entradas en las que hablaba de Claire, de sus primeros encuentros en la sala de profesores del departamento, la descripción de sus primeros polvos, su relación y la ruptura final. Probablemente le llamaría la atención la descripción de la habitación de Claire, que había escrito una mañana, después de que ella se fuera a trabajar. A Carmen, que no tenía hijos, le gustaría acceder a la intimidad de un joven, y pensaría que en realidad se sentía bastante solo en esa universidad a las afueras de París.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Mantes La Jolie, Sergio abrió la cartera para consultar la hora en el móvil y encontró el cuaderno, escondido en el bolsillo interior como un criminal en una calle oscura.
Este relato de Daniel Gascón apareció en el número de diciembre de la revista Enateca , de Enate.
17/03/2007
SUSAN SONTAG Y EL MUNDO

1.
"The Guardian publica este artículo de Susan Sontag sobre la novela. El texto está en español en el volumen Al mismo tiempo .
"A menudo me preguntan si creo que hay algo que los escritores deberían hacer, y hace poco me oí responder en una entrevista: 'Varias cosas. Apasionarse por las palabras, preocuparse mucho por una frase. Y prestar atención al mundo'."
2.
En una entrevista sobre el 11-S, titulada "Unas semanas más tarde", Sontag, que fue muy crítica con la política estadounidense, declara: "El juicio que advierto entre algunos intelectuales estadounidenses como Vidal, y en muchos intelectuales bien-pensant en Europa -que Estados Unidos se ha causado ese horror a sí mismo, que Estados Unidos es culpable, en parte, de las muertes de esas miles de personas en su propio territorio- no es, repito, no es un juicio que comparta."
"Excusar o condonar de cualquier modo esta atrocidad culpando a Estados Unidos -aunque haya habido mucho que culpar en la conducta estadounidense en el extranjero- me parece moralmente obsceno."
La foto de la mesa de trabajo de Susan Sontag es de Mitch Epstein. Acompañaba a un artículo del hijo de la escritora, David Rieff. Letras libres publicó una de las mejores entrevistas con Susan Sontag.
LA LITERATURA Y LA HISTORIA

Aunque Philip Roth (Newark, 1933) ha abordado la historia en numerosas ocasiones –por ejemplo, en su estupenda trilogía sobre la segunda mitad del siglo XX: “Pastoral americana” (Alfaguara, 1999), “Me casé con un comunista” (Alfaguara, 2000) y “La mancha humana” (Alfaguara, 2001)-, su alter-ego Nathan Zuckeman se siente culpable porque haber nacido en Estados Unidos le ha librado de los sufrimientos de los judíos europeos: imagina que se casa con Anna Frank en “The Ghost Writer”, en “The Prague Orgy” viaja a Praga para rescatar la obra de un escritor asesinado por los nazis. En “La contravida”, su hermano Henry le reprocha que critique las tradiciones judías: “Cuando nuestros abuelos fueron a América, ¿estaban escapando de sus padres? Se estaban escapando de la historia”. Roth, que ha entrevistado a Aharon Applefield y Primo Levi en “El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras” (Seix Barral, 2003), parece compartir esa inquietud. “La conjura contra América” (Mondadori, 2005) parte de una especulación: ¿qué habría pasado si los judíos americanos no se hubieran escapado de la historia?
“La conjura contra América” es una ucronía y una falsa autobiografía donde Philip Roth presenta a su familia real, que componen Herman Roth –brillantemente retratado en “Patrimonio. Una historia verdadera” (Seix Barral, 2003)-, que vende seguros para la compañía Metropolitan y apoya a Roosevelt; Bess, la madre que aparecía en “Patrimonio” y “The Facts”; Sandy, el hermano mayor, y Phil, que tiene siete años cuando comienza la novela y vive obsesionado por su colección de sellos y el miedo: “El temor gobierna estas memorias” es el comienzo del libro. Para ellos, como para un millón de familias “el hecho de ser judíos no era un contratiempo ni una desgracia ni un logro del que estar ‘orgulloso’. Era aquello de lo que no podían librarse, de lo que de ninguna manera podían pensar ni siquiera en librarse. El hecho de ser judíos procedía de ser ellos mismos, como sucedía con el hecho de ser americanos”. Todo cambia cuando Charles A. Lindbergh, héroe de la aviación, simpatizante nazi y partidario del aislacionismo en la Segunda Guerra Mundial, gana las elecciones de 1940 frente a Roosevelt. El nuevo presidente firma un pacto de no agresión con Hitler y crea una Oficina de Absorción Americana, cuyo objetivo es “estimular a las minorías nacionales y religiosas de Norteamérica a incorporarse de un modo más profundo en la sociedad en general, aunque”, matiza el narrador, “en la primavera de 1941 la única minoría por la que la OAA parecía interesarse en serio era la nuestra”.
Algunos elogian a Lindbergh por apartar el país de la contienda, y otros vaticinan un régimen fascista en Norteamérica. Roth cuenta las reformas de la nueva administración en pocas páginas, a menudo imitando el estilo de los informativos de la época: lo que le interesa es observar cómo los grandes acontecimientos repercuten en la esfera privada. El clima de paranoia crea tensiones en la familia y sus vecinos; Phil ve cómo se enfrentan sus modelos. El padre está en contra del nuevo gobierno, escucha al comentarista radiofónico Walter Winchell (el crítico más feroz de Lindbergh, que acabará pasándose a la política) y confía en la tradición democrática estadounidense. Sandy guarda un retrato de Lindbergh: “Algo externo había transformado el significado de aquellos dibujos, convirtiéndolos en lo que no eran, así que les dijo a nuestros padres que los había destruido y, al actuar así, él mismo se había convertido en lo que no era”. Ésa es una de las obsesiones de Roth –el protagonista de “La mancha humana” es un negro que se hace pasar por judío; en “Pastoral americana” una chica de buena familia se une a una banda terrorista de extrema izquierda; en “La conjura contra América” Philip Roth se transforma en víctima del racismo- y uno de los temas del libro: Sandy participa en el programa de la OAA, pasa un verano en una granja de Kentucky, y se convierte en propagandista del presidente Lindbergh, mientras que su primo Alvin se alista en el ejército canadiense y vuelve sin una pierna.
Cuando la Metropolitan empieza a enviar a sus empleados judíos a lugares alejados de la costa Este, algunas familias se refugian en Canadá. El padre deja el trabajo y sigue viviendo en Newark. Su obstinación y sentido de la justicia adquieren proporciones heroicas: “Había dos clases de hombres fuertes: los que eran como tío Monty y Abe Steinheim, despiadados en su afán de ganar dinero, y los que eran como mi padre, implacablemente obedientes a su idea del juego limpio”.
Al final, la tragedia estalla con el asesinato de Winchell, que provoca disturbios y asesinatos. La solución de la trama es melodramática: la desaparición de Lindbergh provoca una ráfaga de autoritarismo y la reelección de Roosevelt; las inclinaciones nazis de Lindberg obedecían a motivos sentimentales y Estados Unidos vuelve al buen camino.
Aunque tiene buenos momentos –como la visita a Washington y la conversación telefónica entre Seldom y Bess - “La conjura contra América” no es una de las mejores novelas de Philip Roth, que ha escrito sobre el racismo y la familia de manera más convincente en “Patrimonio” o en su trilogía histórica. No se sabe si Roth ha querido lanzar una advertencia contra el peligro del autoritarismo, recordar que había antisemitas y aislacionistas como Henry Ford y el propio Lindbergh en los Estados Unidos, o formular un elogio de la democracia americana, y al final parece tratar los testimonios del Holocausto como si fueran un género literario.
“La conjura contra América”. Philip Roth. Barcelona, Mondadori, 2005. Traducción de Jordi Fibla.
Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras.
EL ÚNICO ARGUMENTO

Philip Roth (Newark, 1933) ha escrito mucho sobre los placeres y los sufrimientos del cuerpo. Ha contado su operación de corazón y la agonía de su padre en “Patrimonio” (Seix Barral, 2003), el cáncer de próstata y la incontinencia en “La mancha humana” (Alfaguara, 2002), y ha hablado del impulso sexual en la adolescencia, en la madurez o en la vejez. Una de sus novelas empieza con una cita de Edna O’Brian: “El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro”. “Elegía” (Mondadori, 2006), que toma su título en inglés –“Everyman”- de una obra alegórica medieval, y que Roth comenzó a escribir tras el fallecimiento de su amigo Saul Bellow, trata del desmoronamiento físico, de la soledad frente a la muerte.
“Elegía” arranca con el entierro de su protagonista anónimo, y cuenta su biografía casi como un historial médico. Sus encuentros con la muerte –la primera visión de un cadáver, la desaparición de sus padres-, y sus estancias en los hospitales –por culpa de una hernia de niño, una peritonitis en su madurez y problemas cardiovasculares en la vejez- sirven para dar detalles de una vida que incluye tres matrimonios, amantes, dos hijos que no le quieren, una hija que adora y una carrera exitosa en la publicidad. Pero poco a poco la salud se convierte en el tema principal. “Elegía” cuenta esa pérdida: para el protagonista “eludir la muerte parecía haberse convertido en el asunto central de su vida y la decadencia física en toda su historia”.
“Elegía” es una novela corta y sobria, pero llena de ira hacia la injusticia y la fealdad de la enfermedad. Aunque su hermano lo protege y lo quiere, el protagonista lo envidia; ésa es una de las mejores historias del libro: “cuando hablaba con Howie, una frialdad injustificada se apoderaba de él, y reaccionaba con el silencio a la jovialidad de su hermano. El motivo era ridículo. Odiaba a Howie a causa de su rubicunda y excelente salud. Odiaba a Howie porque nunca había estado hospitalizado, porque desconocía la enfermedad, porque el bisturí no había dejado seis cicatrices en ningún lugar de su cuerpo ni tampoco tenía seis ‘stents’ alojados en las arterias”. “Elegía” no es el mejor libro de Philip Roth, pero es uno de los más tristes: cuando repasa su vida, el personaje principal se arrepiente de sus errores, y cree que son responsables de su soledad. Llama a su hermano, que está fuera, y a sus compañeros de trabajo: algunos están enfermos y otros han fallecido. Los fallos del protagonista –ser infiel a su mujer con una modelo danesa, divorciarse de una esposa a la que no quería- son bastante comunes. Uno siempre muere solo, y lamenta haber desperdiciado la vida y los afectos de los demás: en “Elegía” no hay esperanza y la tragedia del personaje de Roth es universal.
Hay pocos momentos que el protagonista de “Elegía” recuerde con afecto. Algunos tienen que ver con el amor, la pasión o la infancia. Otros están vinculados al trabajo: a los relojes y joyas que vendía el padre, o a la explicación del enterrador. Y el trabajo es uno de los temas principales de “La contravida” (Seix Barral, 2006), una de las obras más posmodernas y metaficcionales de Roth, que fue publicada en inglés en 1986, y pertenece a la serie protagonizada por Nathan Zuckerman: estaría situada entre “Zuckerman encadenado” (Seix Barral, 2005) y la trilogía sobre la historia de Estados Unidos compuesta por “Pastoral americana” (Alfaguara, 1999), “Me casé con un comunista” (Alfaguara, 2000) y “La mancha humana”. “La contravida” habla de personajes que se reinventan, del judaísmo, de Israel y el antisemitismo, de la fuerza del sexo frente a las obligaciones familiares, de impotencia y operaciones a corazón abierto, pero también de los poderes de la ficción y de las relaciones entre la literatura y la vida.
Si “Elegía” es un libro desolado, “La contravida” rebosa energía. Sus cinco secciones son variaciones de una misma trama: en “Basilea”, Henry, el hermano de Nathan, muere durante una operación de corazón (como el protagonista de “Elegía”) a la que se somete para recuperar su potencia sexual. Su viuda le pide que escriba un elogio fúnebre, pero Zuckerman sólo puede pensar en la amante de su hermano y los motivos de la operación. En “Judea”, Henry sobrevive y se va a vivir a Israel, y Nathan, que cree que “nuestra gran contribución es la angustia sin esfuerzo”, viaja hasta Cisjordania. Conoce a israelíes progresistas y conservadores (“La Biblia es su biblia: los muy idiotas se la toman en serio”, dice un personaje), y en el Muro de las Lamentaciones se encuentra con un americano que quiere fundar un equipo de béisbol en Jerusalén. Más tarde, es el propio Zuckerman el que fallece a causa de una operación, pero en “Entre cristianos” ha sobrevivido a la intervención quirúrgica. El libro es una sucesión de discusiones sobre los mismos temas: Zuckerman habla con judíos sionistas y asimilacionistas, con su tía Essie, con su hermano adúltero y con su hermano convertido en colono en Cisjordania, con damas inglesas y su cuñada y sobre todo con su amada, Maria, y su posición cambia según el interlocutor que tenga enfrente. Por eso Israel es uno de los escenarios más importantes del libro: no sólo es el lugar “donde se cuentan los mejores chistes antisemitas”, sino que comprende “todos los dilemas judíos que alguna vez han existido”.
Aunque al final sus juegos formales resultan un tanto cargantes, “La contravida” tiene momentos divertidos, como el secuestro de un avión sobre Tel Aviv, y episodios poderosos, como cuando Henry encuentra el relato de su amor adúltero entre los papeles de Nathan. Como otros libros de Roth, trata de personajes que intentan escapar de su identidad y empezar una vida distinta: los maridos quieren ser amantes, los americanos quieren ser israelíes, los libertinos quieren ser padres. Pero ni Zuckerman ni Roth pueden apartarse de sus obsesiones favoritas. Saben que nunca terminarán de hablar de ellas; se lo pasan bien, y su diversión es contagiosa.
Elegía. Philip Roth. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2006. 150 páginas.
La contravida. Philip Roth. Traducción de Ramón Buenaventura. Barcelona, 2006. 412 páginas.
Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras, unas semanas antes de que Roth ganase el premio PEN FAULKNER por tercera vez con Elegía. En la foto, Philip Roth y Milan Kundera en 1980.
Aquí , una entrevista. Y el próximo libro de Philip Roth.
20/03/2007
CHÉJOV Y EL SMS

En marzo de 1897, Chéjov le mandó esta carta con instrucciones a una de sus amantes, la escritora y actriz Elena Shavrova:
Querida colega. El intrigant llegará a Moscú el cuatro de marzo al mediodía en el tren número catorce, con toda probabilidad. Si todavía no se ha ido, telegrafíeme una sola palara: “casa”... Pero si también acepta comer conmigo en el Bazar Eslavo (a la una del mediodía), en lugar de “casa” escriba “comida”. El operador de telégrafos puede pensar que le he ofrecido mi mano y mi corazón, pero, ¡¿qué nos importa lo que piense?! Sólo me quedaré un día, tengo mucha prisa.
Citado en Anton Chekhov. A Life, de Donald Rayfield.
21/03/2007
NIEVE
20 de marzo de 2007. Nieve en Zaragoza .
25/03/2007
HIPERBREVE

1.
Se venden: zapatos de niño, sin estrenar.
ERNEST HEMINGWAY
No puede ser. Soy virgen.
KATE ATKINSON
¿Ves esa sombra? No es tuya.
JIM CRACE
El último mensaje de Bob: Triángulo de las Bermudas, mierda.
ELMORE LEONARD
Ha llamado papá. Resultados del ADN. No es él.
HELEN FIELDING
Libro de humor. El crítico murió de risa. Demandado.
ALEXANDER MCCALL SMITH
Más .
2.
Una entrevista con Ian McEwan .
ISMAEL GRASA: DELITOS Y FALTAS

Trescientos días de sol es el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Cuenta doce historias inquietantes, protagonizadas por personajes que se encuentran en una situación provisional, y en las que el delito es una presencia constante: a veces una amenaza o un incordio, en ocasiones un deseo sin mucho fundamento: a un profesor le roban un móvil en una excursión, un afilador amenaza a su cliente con el cuchillo que acaba de arreglar, unas payasas que animan comuniones roban en las casas en las que actúan.
Trescientos días de sol es un libro estupendo sobre personajes en proceso de reajuste, que asisten a bodas y a entierros y a repartos de herencias sin participar del todo (a menudo se quedan fumando a un lado), y que entienden a medias lo que les pasa. Muchos de ellos tienen trabajos temporales o quieren cambiar de vida, y se niegan a que los clasifiquen. También tienen un talento especial para meter la pata, como el inspector Clouseau o los protagonistas de Seinfeld: uno de ellos le dice a una masajista que ha ido allí a recibir placer. En estos relatos, que la realidad parece imitar (“Un sarrio” hace pensar en el terrible crimen de Fago, y en “No me gustan los psicólogos” el protagonista lleva una navaja por si acaso), puede haber un estallido de violencia inesperada.
Trescientos días de sol también está lleno de un humor salvaje, que a veces te asalta cuando menos te lo esperas y que demuestra un extraordinario sentido del tiempo. En “Algo provisional”, uno de los mejores relatos del libro, el protagonista posibilita que su hermanastro sea violado: “Los intentos de Rubén por defenderse se volvieron en su contra, aprendió que en un juicio de pederastia con violación probada es mejor no empezar frases del tipo ‘¿Qué hay de malo en?’”.
Ismael Grasa sabe que algunos detalles (la marca de un hombre en un sofá, una mesa en la que falta una servilleta) o una frase extraña pueden contar una vida entera: “Estábamos ahí, rodeados de esos disfraces de osos, de novias medievales, de hadas madrinas, de todos esos zapatos enormes de payaso”. Sus cuentos dan pocas explicaciones y son mucho más cerrados de lo que parece: son pequeñas películas, que ofrecen una mirada muy contemporánea y desprovista de clichés sobre las ciudades y sus piscinas, los recreativos, o sobre las despedidas y los cementerios de los pueblos. Trescientos días de sol posee una precisión formal que casi no se nota, un mecanismo de relojería que describe algo inestable, maravilloso y turbulento: un puñado de seres humanos.
Fotografía de Cristina Grande . Aquí , un vídeo de Mariano Gistaín.