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02/05/2007
TRATAMIENTO
1.
Su discurso [de Sarkozy], uno de los mejores construidos de esta campaña (hay que admitir el extraordinario dominio de la retórica que tiene Henry Guaino, su principal escritor), recogió los asuntos que ha repetido desde que en enero arrancó su sprint hacia el Elíseo con aquel famoso: "He cambiado".
J. M. Martí Font. El País, 30 de abril de 2007 .
2.
A diferencia de los de su rival -que mantiene una tensión constante-, los discursos de Royal van de menos a más, están construidos en espiral. Arranca con referencias a su infancia, a los valores republicanos que han permitido que una chica como ella haya llegado hasta donde se encuentra.
J. M. Martí Font. El País, 2 de mayo de 2007 .
03/05/2007
DEBATE

He visto el largo debate (aquí , una transcripción exhaustiva) entre Segolène Royal y Nicolas Sarkozy. Se sabían los argumentos de los dos candidatos. Sarkozy propone la reducción del gasto público, defiende el trabajo, la propiedad y la posibilidad de hacer horas extras y la vuelta a una cultura del esfuerzo y del mérito en la escuela y en el mundo laboral.
Apoya la energía nuclear, que según él asegura la independencia energética de Francia, pero también las energías alternativas; quiere aumentar la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Se opone a "la igualación por abajo" y se propone como un candidato de la acción, que afirma que "la fatalidad no existe" en un país donde el 75% de los jóvenes quieren ser funcionarios.
Algunas de las posiciones de Sarkozy son liberales –quiere eliminar el impuesto de sucesión-, otras son nacionalistas y proteccionistas -propone gravar algunos productos extranjeros- y resultan algo más inquietantes.
Royal se ha mostrado más agresiva, y ha acusado a Sarkozy de “inmoralidad política”. Reprochaba que Sarkozy no haya hecho en el Gobierno las reformas que proponía, y no apoyaba las horas extras: creía que perjudican la creación de empleo. Hacía guiños al voto joven, y ha nombrado en varias ocasiones el modelo escandinavo. Aunque se ha hablado de Blair y de Zapatero y se ha debatido sobre la Unión Europea y Turquía, el debate era sobre todo nacional, sobre el modelo de estado: sorprendía la falta de alusiones al terrorismo. Royal con su hostilidad y vehemencia, y Sarkozy, con un tono algo más irónico y condescendiente, intentaban sacarse de quicio el uno al otro. No hacían mucho caso a las preguntas de los periodistas, aunque Sarkozy los miraba más.
Pese a su energía, Royal no ha mostrado muchos argumentos que sustentaran sus ideas: le preocupaba más señalar los fallos de su adversario (a veces con éxito) que explicar cómo iba a realizar o financiar sus proyectos. Si Sarkozy se mostraba contrario a la integración de Turquía en Europa, ella decía que estaba en pausa, y que no se podía hablar así de un asunto tan serio. Tampoco se ha querido pronunciar sobre la inmigración y las regularizaciones, después de que los dos candidatos intentaran sacarse los colores el uno al otro (él, porque ella había hablado de conceder los papeles a los abuelos de niños escolarizados en Francia; ella, porque él había hablado de dárselos a las extranjeras maltratadas). Aunque el gasto público en Francia es del 45 % (las ayudas suman un 15 % más) Royal no cree que haya demasiados funcionarios en Francia. Al principio ha propuesto que haya funcionarios que acompañen a las trabajadoras públicas cuando vuelven tarde a casa, para evitar que sean violadas.
Royal habla de un estado fuerte, de asistencia y becas, y tiene un aire inconcreto de cambio. Lo peor que tiene es el chantaje, que se designe representante de todas las mujeres y criminalice a quienes la critican. En las conclusiones ha dicho: “Quiero dirigirme a los que todavía dudan. Quiero pedirles que elijan la audacia y el futuro. Sé que, para algunos de ellos, resulta difícil que una mujer asuma las responsabilidades más altas. Otras lo hacen a escala planetaria; ahí está Ángela Merkel”. Y más tarde, ha dado este argumento político: “Je suis une mère de famille de quatre enfants”.
La foto es de Libération.
04/05/2007
ENTREVISTA CON TESS GALLAGHER

"CARVER SIGUE SIENDO EL REY"
Tess Gallagher (Port Angeles, 1943) es poeta, narradora, ensayista, guionista y traductora. “El puente que cruza la luna” (Bartleby , 2006) es su primer libro traducido al castellano. Apareció en inglés en 1992 y habla de la pérdida de su tercer marido, el escritor Raymond Carver (1939-1988). Desde entonces, Gallagher, que se opone con firmeza a la Administración Bush, ha publicado varios libros y ha superado un cáncer. Ha estado unos días en Madrid y en Barcelona, donde conoció a su traductor Eduardo Moga, y y define el tono del libro como el de “alguien que toca el violonchelo en la falda de una montaña”.
“El puente que cruza la luna” habla del duelo y la muerte, pero mantiene cierta distancia.
Intenté no abrumar con las emociones. Me interesaba experimentar el lenguaje: los tonos dicen otra cosa, son un gemido que está por debajo. Imaginaba los poemas como las velas que encendemos, como una ritualización, una manera de dar forma a un acontecimiento muy complejo e insoluble. A mi mentor, el poeta Stanley Kunitz , los poemas le parecían muy oscuros. Creo son claros y oscuros, y que yo controlo esa oscuridad.
Hay un poema que dice “Ahora que no estoy nunca sola”.
Todo está lleno de recuerdos del otro. La nueva forma de la presencia es imprevisible, porque todas las cosas empiezan a contener el espíritu de lo que has perdido. He dado clases de escritura muchos años, y dejé de hacerlo después de este libro. Puedes transmitir a los estudiantes cierta habilidad con las formas, a aceptar lo que el poema ofrece, a ser abiertos y libres, pero no puedes predecir que pasen por una experiencia determinada. Depende de ellos, y de cierta dosis de suerte.
Hay una mezcla de elementos cotidianos y simbólicos.
Los caballos, por ejemplo son uno de los símbolos más íntimos. Pero también son reales. Hay en ellos algo salvaje, nunca sé cuándo van a salir en mis poemas. No quiero saber lo que son. La luna representa dónde se han ido los muertos, los poemas son los puentes: el libro es una conversación con los muertos.
Hay momentos que hacen pensar en Lorca.
Es mi poeta español preferido. Es maravilloso estar aquí, en la Residencia de Estudiantes. Llevo su obra y la releo constantemente, y me hace mucha ilusión ir a Granada. Sus poemas tienen un tono de leyenda y los míos también. También compartimos historias familiares. Nos sentimos cerca de la tierra. Me gustan los jardines, ver crecer las plantas, estar con los animales. Voy a Irlanda cada mes de marzo, para ver nacer los corderos. Y para ver a mi pareja, Josie Gray.
Su primer marido fue piloto en la guerra de Vietnam. El segundo fue el poeta Michael Burkard.
Fue una idea bonita pero no funcionó en la práctica: Michael era una persona muy hermética y era alcohólico. Cuando conocí a Raymond Carver funcionó en la práctica: estuvimos juntos diez años. Ya no bebía. Estaba decidido a seguir sobrio, aunque se ha dicho que no lo habría conseguido si no me hubiera conocido. Yo tenía algo de dinero, ahorraba, tenía una tarjeta de crédito. Eso ayudó bastante: él se había declarado tres veces en bancarrota, no tenía crédito, vino a la ciudad en autobús, yo tenía coche. Empezamos a vivir juntos el uno de enero de 1979. Lo había conocido en 1977 en un congreso de escritores, llevaba cinco meses sin beber y temblaba. Tenía que marcharse corriendo porque se bebía mucho, y en esa época le aterraba estar cerca de la bebida. A las diez de la noche desaparecía.
¿Se influían el uno al otro?
Teníamos una relación simbiótica. Me dejaba leer algo y yo le explicaba mi opinión. A veces me hacía caso y a veces no. Volvió a escribir poesía. Trabajé con sus poemas para darles más cuerpo, para que no se parase y nadara con la emoción que había empezado. Sus poemas se hicieron más largos. Fue a mi casa y escribió doscientos poemas en una temporada. Se suponía que debía estar escribiendo relatos, porque le habían dado una beca. Los poemas le divertían. Cuando estaba conmigo tenía un maravilloso sentido del humor, siempre nos estábamos riendo.
Muchos poemas de Carver hablan de la felicidad que dan las cosas sencillas.
Era muy doméstico. Temía las invitaciones. En una ocasión dijo: “La próxima vez diremos que nos vamos fuera, y después ¡no nos iremos!”. Así que dijimos que nos íbamos, cerramos las puertas y bajamos las persianas y sólo salimos de noche. Íbamos a pescar, él tenía un barco. Mis hermanos y yo le enseñamos a atrapar salmón. Con él, pescar era una nueva experiencia, porque hacía cosas completamente estúpidas. En el barco era como un crío.
Eran amigos de Richard Ford y Tobias Wolff.
Richard y yo conocimos a Ray a la vez en Dallas. Estaba aprendiendo a hacer amigos de otra manera, como si acabara de nacer. Richard se convirtió parte de nuestras vidas, vivía en otro sitio pero venía a vernos. Tobias trabajaba conmigo en la Universidad de Siracusa, donde yo dirigía el programa de escritura creativa. Venía por casa después de dar clase, y le gustaba el whisky irlandés. Yo siempre tenía un poco y a veces no se marchaba mientras quedara algo en la botella.
Fueron tres de los escritores que pusieron de moda una nueva manera de escribir cuentos.
Fue un renacimiento. El relato nunca había estado tan vivo en los EEUU. Si ahora publicas una colección de cuentos te piden una novela. Ray no escribió ninguna novela, pero los editores esperaban sus relatos ansiosamente. Fue una época muy hermosa para el cuento, aunque en América hay muchísimos escritores que practican el relato. Había una tradición: a Ray le gustaban Flannery O’Connor, James Joyce, Sherwood Anderson. Hemingway y Faulkner fueron influencias tempranas. Y al final adoraba a Chéjov.
Al citarles, se hablaba del minimalismo.
Es un término estúpido, Ray siempre lo detestó. Trabajaba mucho: a veces escribía treinta versiones de un relato. Y aprendió algo más que a quitar cosas: cualquier escritor puede aprender a cortar. Ray aprendió a amplificar. Al principio escribía relatos del tipo “trozo de vida”. Yo los leía y decía: “¿Y qué? No me importa. Haz que me importe”. Desarrolló un nuevo tipo de relato: eso se ve muy bien en “Catedral” (Anagrama, 1990).
Empecé a escribir cuentos después de ayudar a Ray. Los reuní en “The Lover of Horses” (1986). Cuando se publicó, Ray montó una gran fiesta, cerró un reservado en un restaurante, invitó a los amigos y me mandó rosas. Después de su muerte y después de “El puente que cruza la luna”, me apetecía el cuento. Los relatos vienen de escuchar a la gente, tienes que salir de ti mismo. La poesía es más implosiva. Aunque en algunos de los poemas de “Dear Ghosts,” utilizo los mismos métodos que en la ficción.
Ha practicado todos los géneros, pero la poesía es el más importante para usted.
Me ayuda a mantener el control de mi vida, y a tocar las vidas que hay alrededor. “Dear Ghosts,” es un homenaje a todos los que me ayudaron a sobrevivir al cáncer. Aprendí que no puedes estar solo. La gente viene y te protege y aprendes a aceptar la ayuda. La enfermedad acelera tu vinculación con la comunidad, si tienes una y te quiere. Aunque no paré: mientras luchaba con el cáncer cuidaba a mi madre, que padecía Alzheimer, y a una sobrina.
También se encargaba de la gestión del legado de Carver.
Trabajo con dos investigadores, Bill Stull y Maureen Carroll. Cuando salió “Si me necesitas, llámame” (Anagrama, 2001), se me criticó mucho. No sabía qué hacer con esos relatos. Durante 10 años no se los enseñé a nadie. Hablé de ellos con Stull y Carroll. Llamé al editor Jay Woodruff y los transcribió. No estaban totalmente acabados y fue muy difícil decidir. Sabía que si hubiera sido al revés, Ray habría hecho lo mismo: estoy segura de haber obrado bien.
Nos proponen biografías. No hemos encontrado ninguna que nos convenza. Son obras de ficción. Y Ray ya escribió la mejor ficción sobre su vida. Yo publiqué “Soul Barnacles” (2000): no es un libro sentimental sino la historia de dos personas que aman la literatura y que hacen cosas juntas. La historia de amor va por debajo, no es el elemento central.
Uno de los asuntos más difíciles debe ser el de Gordon Lish, que fue editor de Carver hasta “De qué hablamos cuando hablamos de amor” (Anagrama, 1989), y que recortó drásticamente sus textos.
Ray no se reconocía en esos cuentos, pero repudiar el libro le habría causado muchos problemas: acababa de dejar el alcohol, se sentía débil y tenía miedo de meterse en una lucha. Lish había introducido muchos cambios, había hecho los cuentos más abruptos. También quería eliminar el alcohol. Hay una carta en la que Ray rechaza las correcciones. Llamó y le dijo: “No quiero que se publique”. Lish contestó: “Es demasiado tarde, ya está en la imprenta”. No pudo parar el libro, tuvo que participar en una farsa. En el siguiente libro, “Catedral”, Ray exigió a la editorial Knopf que le prometiera que Lish no haría ni una marca en su manuscrito. Ahora queremos publicar el original. Hablamos con Knopf, pero nos dijeron que el canon ya estaba hecho. También podría resultar comprometedor para ellos.
Han pasado casi veinte años desde la muerte de Carver. ¿Cree que continúa siendo un autor influyente?
Sigue siendo el rey. Escribía con mucha claridad y tenía una manera especial de acompañar sus personajes, de estar al mismo nivel que sus protagonistas, en lugar de mirarlos desde arriba, y una forma única de presentar a gente de clase baja, que quizá no sean intelectuales pero que tienen muchas cosas importantes que ofrecer. Incluso cuando estaba vivo había personas que pensaban que no merecía la pena leer sus cuentos, porque no escribía sobre gente que leyera libros o tuviera conversaciones profundas. Pero la humanidad de esos relatos era extraordinaria. Su amor por esa gente y su comprensión de su sufrimiento los acercan hacia nosotros: no podemos abstraernos de su dolor, sufrimos con ellos. Es lo que hace una escritura poderosa: te arrastra a una experiencia en la que no creías que fueras a estar interesado.
Tess Gallagher. El puente que cruza la luna. Traducción de Eduardo Moga. Bartleby. Madrid, 2006. 137 páginas.
Esta entrevista apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón el 3 de mayo de 2007. Fotografía de Philippa Tetley.
07/05/2007
ANIVERSARIOS

1.
Hoy es el cumpleaños de Cristina Grande .
2.
Abre el blog del 75 aniversario del Real Zaragoza.
3.
Entrevista con Christopher Hitchens , que se hizo ciudadano estadounidense hace unas semanas, el día de su cumpleaños.
"Lo que me hizo ateo no fueron las historias del infierno, sino que el Cielo era infernalmente aburrido. (...)
Si me preguntan si el yihadista islámico me repugna más de lo que yo les repugno a é, la respuesta sería: espero que sí. ¿Soy tan intolerante hacia ellos como ellos hacia mí? Estoy trabajando en ello. Pero eso no me hace un fundamentalista. Si tú eres un creyente fundamentalista en la Primera Enmienda, crees en el derecho de otras personas a tener su opinión. No es lo mismo que ser un fanático que dice que se puede matar a otra gente por sus creencias.
La gente intenta decir que nosotros también somos fundamentalistas. Suena hábil, pero creo que eso está condenado al fracaso. Un fundamentalista es alguien que cree en la verdad literal de cierto texto: uno no es libre de no creerlo. Pero no hay ninguna posición que los ateos sostengamos de esa forma: ni de lejos. Todo lo que creemos está abierto a la duda y al experimento. Si mantenemos esos puntos de vista con firmeza y decimos que no pensamos que otras visiones sean válidas –es decir, puntos de vista que no estén a favor de la libre investigación y del esceptismo- eso no nos hace dogmáticos. Creemos en el escrutinio objetivo y la evidencia: también cuando los aplicamos sobre nosotros mismos."
En la foto, Christopher Hitchens.
09/05/2007
BLAKE EDWARDS Y LA COMEDIA

Cuenta Blake Edwards en Backstory 4, un libro de Patrick McGilligan que Ediciones Plot que está a punto de llevar a las librerías:
"La ola que moja al personaje en Una cana al aire está tomada de algo que me pasó. Me estaba divorciando. Decidí que montaría una fiesta en la playa e invitaría a todos mis amigos; pensé que eso me ayudaría. Pero me asusté al pensar que sería incapaz de soportar todo el ruido y la diversión. Fui a la playa, me puse en posición de yoga y miré el mar. Había una luna llena, como en una película, de color amarillo brillante; el cielo era violeta. Sin una sola nube. Mientras seguía sentado contemplando me di cuenta de que la luna había desaparecido de pronto. Pensé: '¿Qué coño es eso?'. En ese segundo me golpeó un tsunami –que estaba previsto- que me metió bajo la casa. Cuando conseguí escapar a las algas y la arena podía oír cómo la fiesta continuaba arriba. Nadie sabía que yo estaba abajo con la boca llena de arena. Por supuesto, me pareció divertido.
Me arrastré bajo la casa y me tambaleé hasta la puerta de la casa de al lado, donde vivía el escritor Johny Bradford. Tenía un jardín con una entrada, y había que cruzar el jardín para llegar a la puerta. Así que eché a andar muerto de risa, fui al porche y abrí la puerta. Allí estaba Johny Bradford con su mujer: sentados a la mesa, en una cena con velas. Y entonces llegó el segundo tsunami. Vino por el jardín de su casa como la pólvora que sale de un revólver, me golpeó y me lanzó dentro de su casa, encima de su mesa. Acabamos llenos de agua y llorando de risa. Dije: 'Un día voy a poner esto en una película'. Un momento espectacular.
Me fui a la cama y dormí con un montón de arena. A la mañana siguiente me levanté, fui al baño y abrí la puerta. Y allí estaba la que pronto sería mi ex mujer. Amartilló un 38 y me apuntó a la cara.
¿Y?
Le quité la pistola. Me había preparado para eso durante más de treinta años.
Pero la miré y pensé: 'Chico, nunca se sabe. Te ríes sobre lo que Dios tiene que decir sobre la tragedia y piensas que está todo resuelto, y de repente estás enfrente de un revólver cargado'. Hay drama esperando a la vuelta de la esquina, pero también mucho humor: hasta la pistola.
Que lleva a otro tema importante en su obra: la comedia.
¡La comedia es un tema importante en mi vida! Si no tuviera la comedia, no habría sobrevivido. La comedia es siempre la gracia salvadora. Puedo encontrar el humor en cualquier situación. A veces parece que no va a llegar. A veces pienso: '¿Dónde estás? Necesito que me des la visión que me salvará'."
En la foto, Blake Edwards.
JEAN DANIEL Y LAS ELECCIONES FRANCESAS

Una de las cosas que más me decepcionaron cuando viví en Francia fue Le Nouvel Observateur. Su director Jean Daniel analiza hoy en El País las elecciones francesas. Lo que le interesa es la estética. Su estrategia es alejarse de los hechos: “siempre que nos distanciemos de la eficacia política”, dice en un momento, y parece que esa frase puede extenderse a otros momentos del artículo:
"Esta tristeza y este pesar tienen una dimensión novelesca e incluso estética. Nos gustaba que un país como Francia estuviera dirigido por una mujer que se ajusta tanto a la imagen habitual de "la Marianne ideal". La candidata de la izquierda no sólo posee una belleza cautivadora, que no se alteró con ninguna de las agotadoras experiencias de la campaña, sino que tiene una dicción y un vocabulario propios de una clase determinada de conservadores católicos refugiados en esa Francia profunda en la que no estamos acostumbrados a topar con portavoces de la izquierda". (...)
“Además, ese apellido, Royal, que ha permitido soñar. Francia sigue siendo monárquica, y al pueblo le ha gustado poder pronunciar ese nombre sin tener que renunciar a sus ideas”.
Cuando habla de Sarkozy, le reprocha que proponga en su programa realizar una política contraria a la que lleva realizando en el Gobierno. Le critica que su antiamericanismo no sea tan fuerte como el de Chirac, con quien Sarkozy comparte el nacionalismo lingüístico. Y a continuación deja los hechos; pasa a la política ficción, y hace una acusación indemostrable: “Nadie se ha atrevido a decir que es muy posible que si hubiera sido presidente Nicolas Sarkozy en lugar de Jacques Chirac, habría tropas francesas en Irak”.
Sobre la habilidad retórica de Sarkozy, habla de Cicerón, pero luego piensa en otros ejemplos: “Se dirá que, hasta ahora, esas dotes eran propias de los líderes del populismo suramericano y ciertos déspotas árabes. También que Hitler tenía un poder casi mágico”. Jean Daniel cita sin duda los primeros nombres que le vienen a la cabeza.
10/05/2007
CORTE DE PELO (I)

UN CORTE DE PELO
Han ocurrido ya tantas cosas
imposibles en esta vida. No se lo piensa
dos veces cuando ella le dice que se prepare:
le va a cortar el pelo.
Se sienta en una silla de la habitación de arriba,
la habitación a la que a veces, bromeando, llaman
biblioteca. Hay una ventana allí
por la que entra la luz. La nieve cae
afuera mientras ella coloca hojas de periódico
alrededor de sus pies. Le pone una gran
toalla sobre los hombros. Luego
coge sus tijeras, el peine y el cepillo.
Ésta es la primera vez que han estado
solos desde hace tiempo –sin que uno de los dos
tenga que ir a algún sitio o que hacer algo.
Sin contar el momento
de irse juntos a la cama. Esa intimidad.
O la hora del desayuno. Esa otra
intimidad. Permanecen en silencio
y pensativos mientras ella le corta el pelo,
le peina y corta un poco más.
Afuera sigue nevando.
En seguida la luz empieza a retirarse de
la ventana. Él mira hacia abajo, distraído,
intentando leer
algo del periódico. Ella le dice,
“Levanta la cabeza”. Y él lo hace.
Luego dice: “A ver qué te parece”.
Él se acerca al espejo y está bien.
Justo como a él le gusta,
y se lo dice.
Más tarde, cuando enciende la luz
del porche, sacude fuera la toalla
y ve los rizos y mechones
de pelo blanco y negro volar hacia
la nieve y quedarse allí,
comprende algo: se ha hecho
un hombre adulto de verdad, un hombre maduro,
de mediana edad. Cuando era crío,
iba con su padre al barbero
y más tarde, de adolescente, ¿cómo
iba a imaginar que su vida
le concedería alguna vez el privilegio de
contar con una mujer preciosa con la que viajar,
con la que dormir y con la que desayunar?
No sólo eso –una mujer que una tarde
le cortaría en silencio el pelo
en una ciudad oscura sepultada con la nieve
a 3000 millas del lugar en el que se puso en camino.
Una mujer que se le quedaría mirando
Desde el otro lado de la mesa y le diría:
“Va siendo hora de que te sientes en la silla
del barbero. Es hora de que alguien te haga
un corte de pelo”.
RAYMOND CARVER.
Traducción de Jaime Priede.
CORTE DE PELO (II)

SAN VALENTÍN NEGRO
Le paso el peine por el pelo exuberante,
y dejo que piense en mi muñeca,
igual que la muñeca susurra a las cartas
con puntuación e inteligencia en el juego del solitario.
Lo no mucho que decir lo están diciendo
las tijeras en el broche y la pureza
de la mañana. Le he cortado el pelo durante
once años, y aun ahora, esta última vez, ocultamos
el miedo para preservar el baluarte
del placer. Querida mía, dice el pelo al rozarme
los muslos, mi único amor, de camino al suelo. Si el pelo
es un reflejo del alma, el alma obedece a nuestra gravedad, se apila
en montones animales y adora los pies. Permanecemos
en silencio, para que la paz nos irradie, como la cabecera de Berenice
flameando en los cielos. Si hubiera dioses,
deberíamos creer que dieron vida a sus cortadas guedejas
con más oscuridad que luz, y que el daño
cesó tras la campaña de Siria, y que
el daño cesó al levantar tú las cartas
de la mesa como un niño aburrido
de perder. Extiendo mi cabello, como una tienda, sobre nosotros,
para que la seguridad porte sus cabezas gemelas: una para encarar a la muerte;
la otra tan lastimosamente arrasada por el amor
que estampas la linterna del momento contra
la pared y me arrastras a nuestra vieja broma, la que
marca el Norte en mi firmamento: “Eh, nena”, dices
como un hombre que sabe vivir en este mundo, “eh”,
pasándome el brazo por la cadera, “¿qué haces
después del trabajo?”. Resulta estúpido preguntarse ahora si el pelo
que ella depositara en el altar, imaginando su poder sobre
su tránsito, estaba vivo o muerto.
TESS GALLAGHER
Traducción de Eduardo Moga.
Fotografía de Philippa Tetley.
11/05/2007
MILIUS, JOHN FORD Y EL SURF

Éste es un extracto de la entrevista de Patrick McGilligan a John Milius en Backstory 4, que Ediciones Plot va a publicar en unos días.
La presencia de algunos actores, como Hank Warden [“Carrito de la Compra”] en El gran miércoles, y Ben Johnson en Dillinger y Amanecer Rojo, evoca a John Ford. ¿Llegaste a conocerlo?
Lo conocí en la universidad cuando él era viejo; murió poco después. Tuve un gran encuentro con él, sin embargo, en la época que pasé en Hawai. Practicaba el surf hasta el anochecer y chapoteaba hasta casa en la oscuridad, a media hora de los arrecifes, pensando en los tiburones todo el tiempo, claro. Había un gran barco amarrado al puerto de yates Ala Moana con la luz encendida; era el yate de John Ford [el Araner] y estaba preparándose para rodar La taberna del irlandés [Donovan’s Reef, 1963]. Les dije: “Me gustaría trabajar. Haré cualquier cosa”. Me dijeron: “¿Sabes pilotar un barco? ¿Eres un marinero decente?”. Dije: “No, pero puedo zambullirme con los mejores, nado muy bien, soy un gran surfista y conozco el mar, pero nunca he navegado”. Entonces John Wayne se dio la vuelta y dijo: “Bueno, vuelve cuando sepas navegar, chaval”. ¡John Wayne y John Ford estaban ahí sentados! John Ford dijo: “Lo siento, chico, no tenemos nada de surf en la película”. Dije: “Muchas gracias, señor Wayne y señor Ford”, y seguí mi camino. Cuando lo pienso ahora, parece una escena de película. No pasó por accidente, ¿no?
En la imagen, John Milius.
La traducción es mía.
13/05/2007
EL FUTBOLISTA

Mi padre lee los carteles de la pista de atletismo, los lee en voz alta y sonríe a la chica que vende los cacahuetes. Dice que debería comprarme un abrigo de verdad, como el suyo, que ha aguantado más de veinte años, y no esas cosas de señoritas que tanto me gustan. La chica de los cacahuetes se ríe, mi padre mira hacia atrás.
-¿Qué te parece si le compro un balón de fútbol a Carlos? - me pregunta.
-Me parece una tontería.
Le digo que en el colegio mi hijo Carlos odiaba el fútbol. Estuvo un tiempo apuntado a kárate y a natación, pero no me parecía bien que practicase deportes violentos, y ni su madre ni yo teníamos tiempo para llevarlo a la piscina tres días por semana. Luego se apuntó a atletismo y empezó a gustarle.
Mi padre no me escucha. Hunde las manos en los bolsillos, se inclina contra la valla y mira a Carlos en la línea de salida.
-Correr -dice-. Eso es un deporte de solitarios.
*
Los jueves por la tarde mi padre salía de trabajar un rato antes. No me quedaba a jugar con mis compañeros: corría hasta casa y dejaba la cartera en el pasillo, junto al taquillón. Mi padre me esperaba en el garaje. Se limpiaba las manos con un trapo amarillo y sacaba la motocicleta, mientras yo buscaba el balón de reglamento, un Adidas que nunca llevaba a la escuela.
Dejábamos la moto apoyada contra la pared y saltábamos el muro del campo de fútbol. Estaba a las afueras del pueblo, entre las granjas y el cementerio. Me ponía unos guantes; mi padre sacaba la llave inglesa del bolsillo del pantalón y encendía los focos sólo para nosotros.
Mi padre había sido uno de los mejores jugadores de la comarca: una vez lo llamaron para hacer unas pruebas con un equipo de primera división. Era un hombre alto y fuerte y aunque tenía casi cuarenta años aún podía pasarse toda la tarde jugando.
Se colocaba en el centro del campo: yo daba vueltas alrededor. Le pasaba el balón al primer toque, y él me lo devolvía un poco más adelante, cada vez más deprisa.
Después hacíamos paredes de portería a portería. Me mandaba un pase largo hacia la banda derecha y aunque yo no podía más lo oía correr detrás de mí. En cuanto nos acercábamos al área le dejaba el balón de cualquier manera. Sólo quería que tirase a puerta, que marcase gol y volver a casa. Pero él llegaba a la media luna, amagaba un disparo y me pasaba la pelota en diagonal, al sitio exacto donde yo debería estar.
Sabía que nunca llegaría a tiempo, y sabía que acabaría llegando: él gritaba dale con fuerza, y yo cogía la bola casi fuera del campo y tiraba y la mandaba contra el lateral de la red. Me caía al suelo; intentaba respirar. Mi padre ponía los brazos en jarras.
-Ésa no es manera de dar al balón.
A veces él también tiraba a puerta. Cuando no era gol, el balón salía fuera del campo. Saltaba la valla y me metía en la acequia que olía a mierda y a ratas. Oía a mi padre desde el otro lado.
-Tienes que tirar con fuerza, Luis. Con rabia.
Cuando ya no podíamos más, mi padre cogía la pelota y daba toques en el aire. Me temblaban las piernas y siempre se me caía al suelo. Mi padre miraba el reloj de vez en cuando.
-Si te viesen los de Albalate se morirían de la risa.
Albalate era el pueblo de al lado. Eran nuestros rivales. Tenían un lateral izquierdo que daba unas patadas terribles.
Mi padre venía a verme todos los partidos, pero nunca me decía nada. Se quedaba en la banda. Iba de un lado para otro y hablaba con la gente. A veces, se acercaba a Fernando, el medio centro, y le decía alguna cosa. Cuando volvíamos a casa me explicaba lo que tenía que haber hecho en todas las jugadas.
-El fútbol es como la vida -decía-. Si ves cómo juega alguien ves cómo es en la vida.
*
Yo no era uno de los mejores del equipo. Jugaba en el centro del campo, por la derecha, y trabajaba mucho. No era muy hábil ni muy fuerte, ni era uno de esos jugadores que a mí me gusta ver. Pero era uno de esos a los que preferiría tener en mi equipo. La gente del pueblo creía que era bueno porque siempre jugaba igual.
Tuve una sola tarde de gloria, una tarde en la que pareció que era bueno de verdad. Tenía 16 años, era el último partido de Liga y jugábamos en el campo de Albalate. Albalate estaba a sólo 10 kilómetros de mi pueblo; había venido todo el mundo.
Íbamos dos a dos y acababan de fallar un penalti. Nos tenían encerrados en el área. De vez en cuando atacábamos al contragolpe. Si ganábamos, quedaríamos primeros en la Liga Comarcal y pasaríamos a las eliminatorias provinciales. Faltaba poco para terminar y los albalatinos nos gritaban todo el tiempo.
De repente, cogí un balón muerto en el centro del campo. Quique, el lateral izquierdo, vino corriendo hacia mí. Me asusté tanto que le eché el balón entre las piernas. La pelota pasó limpiamente y se la dejé a Fernando, que venía por el centro, y corrí como un loco por la banda derecha, igual que cuando hacíamos paredes con mi padre. Fernando me vio. Me pasó la bola muy rápido, en diagonal. Iba demasiado deprisa, pero llegué a tiempo.
Tiré tal como venía. Esperaba mandar el balón a la gloria o a la acequia, o a lo mejor al lateral de la red, pero dio en el segundo palo y entró. Mis compañeros vinieron hacia mí. Me di la vuelta para ver la cara de mi padre.
Había un montón de gente, todos gritaban, y el árbitro tuvo que parar el partido. Mi padre estaba detrás de los hombres del pueblo: el padre de Fernando lo sujetaba por los hombros. Un chaval de Albalate le había dado una bofetada a Cristian, el hijo de la peluquera, mientras calentaba en la banda. Mi padre lo había tirado al suelo de un puñetazo.
Al final, tuvimos que salir de Albalate corriendo, pero pasamos a la fase provincial. Nos eliminaron en la segunda ronda.
*
La carrera está a punto de empezar, y mi padre aún es más alto que yo, pero eso es lo único que no ha cambiado. Ha perdido 10 kilos y anda un poco encogido. Este invierno lo vi retorcerse de dolor en la alfombra del cuarto de estar. Después el médico dijo algo sobre la próstata.
Es la primera vez que Carlos corre en una pista de verdad. Está muy rojo, como si ya viniera cansado. Empieza casi al final, al lado de otro chico que lleva una camiseta amarilla.
Mi padre no mira la pista. Se fija en los edificios y los aparcamientos de la ciudad donde vivo.
El chico de la camiseta amarilla deja atrás a Carlos. Carlos intenta alcanzarlo, pero está demasiado lejos. La carrera de verdad sucede cincuenta metros por delante, entre los chicos de Scorpio y Helios, y a mitad de la segunda vuelta sólo quiero que todo termine cuanto antes. Enciendo un cigarrillo.
-Si fumas- dice mi padre-, tus hijos serán unos viciosos.
Carlos está triste. Va un par de metros por delante de nosotros. Llevo su bolsa con la ropa sucia y las zapatillas. Mi padre no dice nada. Es sábado por la mañana y las calles están casi vacías. Hay algunas botellas por los suelos.
Carlos se para en un semáforo en rojo. Mi padre se acerca y le pasa la mano por el pelo.
-Cuando corras-dice-, tienes que tener en cuenta la respiración.
Carlos mira hacia arriba un segundo. Mi padre comprueba que no vienen coches y cruzan de la mano.
Van hacia una tienda de deportes, y miran los balones y los guantes y las zapatillas, y mi padre mueve las manos como si intentara explicarse.
En cuanto el semáforo se pone verde cruzo la calle muy despacio. La tienda está a punto de cerrar y antes de alcanzarlos me quedo quieto un momento, observando nuestro reflejo en el escaparate.
Este relato apareció en la revista Turia.
LA IRONÍA HABITUAL DEL CHE
1.
Mauricio Vicent habla hoy en El País de las memorias de Aleida March, la viuda del Che Guevara:
"El nacimiento de la primera hija de ambos, Aleida Guevara March, el 24 de noviembre de 1960, cogió al Che en una 'misión' por el campo socialista, durante la cual firmó los primeros convenios comerciales de Cuba con esos países. El Che quería que fuese niño y había elegido hasta el nombre con Aleida. Se llamaría Camilo, en honor de su compañero de lucha y amigo Camilo Cienfuegos. 'En tono jocoso y con su ironía habitual, me envió un telegrama en el que decía que si era niña la tirara por el balcón', escribe. Estando en Shanghai supo del nacimiento de la niña y le envió una postal, ahora publicada por primera vez. Le dice: 'Tú siempre empeñada en hacerme quedar mal. Bueno, de todas maneras un beso a cada una y recuerda: a lo hecho pecho. Abrazos. Che'."
2.
"El Che había negado mil veces la existencia del individuo. En una charla a los estudiantes de la Universidad de La Habana, el Che dijo: “Es criminal pensar en individuos, porque las necesidades del individuo quedan absolutamente desleídas frente a las necesidades del conglomerado humano de todos los compatriotas de ese individuo”. El Che había afirmado otras tantas veces que las personas tenían que convertirse en máquinas.
Los congoleños respondían así al deseo del Che de que se transformaran siguiendo su irresistible aliento revolucionario: Mimi hapana motocar. Mimi hapana motocar quiere decir: no soy un camión. Los congoleños no querían ser máquinas."
Félix Romeo. Letras Libres. Febrero de 2007. (Aquí)
3.
"En Salem se han dado infanticidios de niñas de hasta siete años e incluso se conocen casos de familias que mataron a sus hijas al alcanzar la pubertad para evitar la vergüenza pública de no poder satisfacer la dote. La muerte de más de 5.000 niñas en Salem —algo más de tres millones de habitantes— en los últimos años sólo ha provocado dos detenciones. En las aldeas impera la ley del silencio y el único castigo suele estar reservado para quienes rompen ese código."
David Jiménez, El Mundo. 13/06/2007. (Aquí)
15/05/2007
FREDERIC RAPHAEL Y STANLEY KUBRICK

Éste es un extracto de la entrevista de John Baxter a Frederic Raphael en Backstory 4, que Ediciones Plot va a publicar en unos días. Raphael habla de su relación con Stanley Kubrick , con quien trabajó en Eyes Wide Shut .
¿Sabía cuál era el proyecto?
No me dijo nada sobre él. Pensé que era A. I. Inteligencia artificial , que no era mi especialidad.
Yo estaba en Mallorca, y Kubrick me envió información [acerca de Relato soñado de Arthur Schnitzler, en que se basa Eyes Wide Shut]. No sabía que llevaba quince años intentando hacer este proyecto. No vi otros guiones, aunque más tarde me enteré de que se habían escrito otras versiones. Una vez, me dijo: “Por cierto, hemos cambiado los nombres de los personajes. Ahora son Frederic y Sylvia”. Dije: “Mi nombre y el de mi mujer”. Dijo: “Sí. Te pareces un poco a Arthur, ya sabes. Eres un poco como Schnitzler”.
¿Por qué cree que le eligió?
Sinceramente, no tengo ni idea. Lee mucho, aunque nunca mencionó nada que yo hubiera escrito. Había visto The Man in the Brooks Brothers Shirt. “Era una película bastante buena”, dijo. “Eres un director bastante bueno.” Dije: “Ernie Day era el cámara, pero sólo tuvimos una semana de rodaje…”. Y dijo: “No, vamos, eres un director bastante bueno. Por eso no vas a venir nunca al rodaje”.
En la imagen, Nicole Kidman.
18/05/2007
NOVELISTAS

1.
Le Monde publica una entrevista con Éric Rohmer sobre su novela Elizabeth .
"La estaba escribiendo durante la liberación de París. Cuando digo que las balas silbaban a mi alrededor, no es una metáfora".
"En todas mis películas hay algo que no es ligero".
2.
En la entrevista, Rohmer dice: "Hay un fenómeno de historia literaria que me inquieta. Escribí esta novela en 1944. La publiqué a la vez que salió La vida tranquila, la primera novela de Marguerite Duras. Así que ella no me pudo influir. Después intenté escribir una segunda novela. Me quedé seco, no encontré ideas. Me he dado cuenta de que la mayor parte de mi generación ha estado un poco en la misma situación. Podría citar a Albert Camus. Escribió la novela más fallida de la literatura francesa, que se titula La peste. Después, hizo teatro... Al final, las que aguantaron el tirón fueron Marguerite Duras y Natalie Serraute. También estaba Simenon, pero era muy despreciado. No se le consideraba un novelista literario".
Aquí , la respuesta de Pierre Assouline.
3.
Los agentes y los editores británicos apuestan por estos veinticinco autores .
En la imagen, Éric Rohmer.
19/05/2007
CIUDADES

1.
El País habla de los ministros de Sarkozy. Dedica perfiles a algunos de ellos y sólo informa del estado civil de las mujeres: Christine Albanel , Rachida Dati , Michèle Alliot-Marie .
2.
"Las ciudades son de forma inherente los más verdes de todos los lugares. Son mucho más eficientes en su uso de la energía, del agua y la tierra que los suburbios. Proporcionan servicios de transporte de manera notablemente equitativa y democrática. Podrían ser los mejores lugares para envejecer. El desarrollo de las ciudades ayuda a salvar las áreas naturales y los espacios abiertos al aliviar las presiones del crecimiento en el campo.
Las ciudades son la mejor esperanza para satisfacer nuestra necesidad de un futuro brillante, sostenible y prometedor."
Douglas Foy y Robert Healey, The Boston Globe, 4/4/2007
3.
"Pero hasta las ciudades más abrasivas nos atraen como el imán a las limaduras de hierro, y ese poder magnético no lo otorgan las amenidades públicas ni los edificios trofeo, sino la energía material de su escala y las oportunidades sociales de su diversidad. La ciudad son sus gentes, y en la contemporánea economía del conocimiento el factor esencial de competitividad urbana es la formación de su población. Si la densidad es una virtud ecológica, al liberar territorio y reducir la factura energética, es también una virtud social, al facilitar la confluencia del talento y la fertilización cruzada que es el fundamento de la innovación."
Luis Fernández Galiano, El País, 19/5/2007
4.
“Tampoco hay que obsesionarse con Zaragoza”.
José Ángel Biel, que se presenta por el PAR al Ayuntamiento de Zaragoza en las próximas elecciones municipales, en el debate de los candidatos a la alcaldía de Zaragoza que retransmitió Aragón Televisión, 18/5/2007.
BESTIARIO
1.
Arcadi Espada cuenta que El País lleva 12 días sin publicar este artículo de Fernando Savater.
2.
En su autobiografía Mira por dónde, Savater escribe sobre el periódico en el que colabora desde hace más de 30 años (cortesía de Jonás Trueba ).
"Para que la vida de un periodista no sea mera frustración [...] es preciso que encuentre el periódico al que su talante corresponde. Para mí lo ha sido El País y creo haber tenido la suerte de contar con el mejor vehículo para viajar hacia los lectores durante mis mejores años. Sin duda, la aparición de El País fue el primer gran acontecimiento sociocultural de la democracia reiniciada. Su éxito fue tan grande que despertó contra él innumerables resquemores y envidias. En cierta ocasión, durante una reunión con sus máximos responsables, les oí quejarse muy dolidos de que se le considerase un periódico del PSOE, que entonces gobernaba con mayoría absoluta, y les dije: "No; aún peor: nos tiene por el PSOE de los periódicos". Es decir, el rodillo triunfante que pasa sobre la competencia... A ese diario me liga, a pesar de ocasionales decepciones y sinsabores, una deuda de gratitud vital que nada nunca podrá borrar. He escrito en El País desde los sucesivos números "cero" que precedieron a su aparición efectiva ante el público. A partir de ese día, hace ya más de un cuarto de siglo, nunca ha pasado ni un mes sin que aportase alguna colaboración; sobre todo artículos de los llamados "de fondo" pero también entrevistas, crónicas de viaje, reseñas, columnas en el suplemento dominical y hasta notas deportivas sobre hípica. Jamás me rechazaron nada y poquísimas veces me pidieron corregir o reformular algo... casi siempre por muy atendibles razones. ¡Incluso hubiera preferido que alguien más atento o menos respetuoso de la redacción me señalase previamente mis frecuentes errores para poder rectificarlos antes de que la edición los hiciera inevitables!
"De modo que considero El País como algo mío, tan mío como pueda serlo de cualquier otro y más desde luego que de aquellos que sólo han puesto en él su dinero. A través de los años, creo haber contribuído a configurar en parte a los lectores que nos acompañan y esos lectores son la carne viva del periódico, sin los cuales queda reducido a humo y publicidad. Por eso cuando, tras algún desencuentro, voces no siempre desinteresadas me han aconsejado que lo dejara y me fuese a otro diario, siempre he contestado que no pienso abandonarlo voluntariamente, salvo que me pongan de patitas en la calle. Y si lo que escribo desazona hasta lo insoportable a algunos de los que forman parte de la casa... pues qué remedio, que se vayan ellos."
21/05/2007
LA TIENDA DE PÁVEL CHÉJOV

En Anton Chekhov. A Life, Donald Rayfield habla de la tienda de productos coloniales de Pável Chéjov, el padre de Antón Chéjov. El establecimiento fracasó estrepitosamente:
"Pável tenía una tienda bien equipada, con pesas, una mesa y sillas para los clientes, estanterías y armarios por todas partes, con cobertizos y desvanes, e intentó comerciar con todo tipo de productos. Sorprendentemente, era un gourmet, dispuesto a cenar con el mismísimo diablo si la comida era buena, y preparaba su propia mostaza. Almacenaba en la tienda el mejor café y el mejor aceite de oliva. Su hijo mayor Alexandr intentó reconstruir el inventario cuarenta años después.
Té a una libra la onza, crema facial, navajas, ampollas de aceite de ricino, hebillas para chalecos, mechas para lámparas, perfume, olivas, uvas, papel jaspeado para encuadernar libros, parafinas, macarrones, laxantes, arroz, café moca, velas de sebo, hojas de té usadas y secas y recoloreadas [que traían de los hoteles los criados], dulces de miel, gominolas. Estaban al lado de limpiasuelos, sardinas, sándalo, arenques, botes para aceite de cannabis o queroseno, harina, jabón, alforfón, tabaco casero del país, amoníaco, trampas de alambre para ratones, alcanfor, laurel, puros “Leo Wissor” de Riga, ramas de abedul, cerillas de azufre, pasas, estricnina... cardamomo, clavo, sal marina de Crimea en el mismo sitio que los limones, el pescado ahumado y los cinturones de cuero.
Pável también vendía diversos medicamentos. El “nido de pájaro” era uno de ellos, y entre sus ingredientes se encontraban el aceite mineral, ácido nítrico, “sangre de siete hermanos”, estricnina, y sublimado corrosivo. Los clientes lo compraban para sus esposas; se empleaba como abortivo. “Probablemente el ‘nido de pájaro’ envió a mucha gente al otro mundo”, señaló Antón después de terminar su formación médica. Pável servía a sus clientes vodka y vino tinto Santorini, y seguía sin obtener beneficios. La intensa labor de secar y empaquetar de nuevo las hojas usadas de té no resultaba provechosa. Pável era servil con los clientes importantes, pero cuando alguien se quejaba de que el té apestaba a pescado, o de que el café olía a cera para velas, daba patadas y puñetazos a los dependientes Andrisha y Gavriusha Jarchenko. (Fue convocado ante el magistrado de Taganrog por su excesiva violencia.) Las ideas que Pável tenía sobre la higiene y la seguridad no satisfacían las relajadas normas de la época: le decía a su hijo menor que las moscas limpiaban el aire. Cuando Pável encontró una rata en un barril de aceite de oliva, fue demasiado honesto como para ocultarlo, demasiado mezquino como para tirar el aceite, y demasiado vago como para hervirlo y filtrarlo de nuevo. Escogió la consagración: el padre Pokrovski celebró un servicio en la tienda. El incidente de la rata ahogada fue suficiente como para alejar al cliente menos escrupuloso, y anunció la ruina de la tienda colonial de Pável Chéjov."
En la imagen, Pável Chéjov.
23/05/2007
PAUL MAZURSKY Y LA ESCRITURA

Éste es un extracto de la entrevista a Paul Mazursky en Backstory 4, un volumen que coordinó Patrick McGilligan. Ediciones Plot va a publicar la traducción al castellano en unos días:
¿Cómo ha cambiado físicamente su escritura? ¿Comenzó con lápiz y papel, con una máquina de escribir?
Solía trabajar con un cuaderno y un papel y desarrollar la historia. Después empezaba con la máquina de escribir. Escribo cincuenta y cinco palabras por minuto. Desarrollo, mucho lápiz, cuaderno; lo tiro, elaboro una escaleta. Solía mecanografiar el guión, hacía un par de copias, me iba al desierto y copiaba y pegaba con celo y tijeras. Después reescribía, daba forma, tiraba, todo eso. El ordenador ha hecho que ese proceso resulte obsoleto.
¿Lleva horarios y se obliga a escribir cierto número de páginas al día?
Mi tendencia ha sido escribir por la mañana, que es cuando tengo más energía. Voy a mi oficina a las nueve y media o diez y escribo hasta la una.
¿Y llega a…?
A veces nada. Una palabra. A veces siete páginas. Muy pocas veces. Pero me gusta irme sabiendo que, cuando vaya al día siguiente, puedo empezar con x. Consigo hacerlo la mitad de las veces. Tengo la idea del día siguiente en la cabeza.
¿Relee todo lo que ha escrito anteriormente antes de comenzar al día siguiente?
No lo planeo, pero lo hago a menudo. Miro un par de páginas más atrás, me digo: “Espera un segundo”. Después lo leo entero. Una de las razones es que así tienes treinta minutos menos para escribir; harías cualquier cosa para empezar más tarde. Sacas punta a un lápiz durante media hora. “Quiero sacar punta a todos mis lápices. No quiero sacarle punta a un lápiz. Además, la silla está un poco baja, y no encuentro un destornillador…” Al final ya es mediodía, gracias a Dios.
En la imagen, Paul Mazursky.
27/05/2007
AVERÍA

Vamos en el Alvia que ha salido de la Estación de Atocha a las 17.15. Yo voy a Zaragoza para votar y acabamos de pasar Guadalajara. A mi lado se sienta una chica alta con minifalda. Antes ha llamado por el móvil y ha dicho que iba a Zaragoza por sorpresa y que casi pierde el tren. Está viendo el documental sobre patos que echan en televisión. Termino el periódico y saco El chico que cayó del cielo (Kaylas), donde Ken Dornstein intenta reconstruir la vida y la obra de su hermano David, que murió en la explosión de un avión en Lockerbie .
En ese momento atraviesa el pasillo uno de los operarios de RENFE. Habla por el móvil, y justo cuando pasa a nuestro lado dice:
-Sí, acabamos de ver una columna de humo que sale del vagón número dos.
La chica se quita los auriculares, pero no decimos nada. El tren se para. A nuestra izquierda hay un edificio prefabricado y a la derecha campos. Hay unos minutos de incertidumbre, y luego se apagan las luces y dicen que hay problema de tensión, que habrá que arreglarlo. Alguien pregunta cuánto tardarán y la azafata contesta que no se sabe: al menos cuarenta minutos.
La chica llama por teléfono y dice que llegará más tarde. Me dice que esto es surrealista y empezamos a hablar. Todos nos hemos puesto nerviosos con lo del humo y hay un cierto alivio de nervios: la mayoría de los pasajeros se van contando la vida unos a otros. Ella me dice que ha estudiado Comunicación Audiovisual, que tiene una rodilla estropeada por sus años de tenista, que va a ver a su novio en Zaragoza.
Por el altavoz dicen que la avería no se puede arreglar, y que van a traer otro tren. La chica llama a su novio, que no se cree lo del accidente, y piensa que ella ha cambiado de idea y al final no quiere verlo. Él se enfada cuando dice que está hablando con su compañero de viaje. Cuando hablan yo releo el diccionario de literatura africana de Félix Romeo. Ella cuelga, dice que tiene sed y le propongo ir a la cafetería. Para llegar atravesamos un vagón lleno de adolescentes de viaje de estudios. En el bar, la chica me cuenta algunos de sus empleos y dice que está terminando el trabajo de un Máster. No debería ir a Zaragoza porque la fecha de entrega se le está echando encima, pero ella y su novio han tenido algunos días de muchas discusiones: ha decidido viajar para arreglar las cosas.
Algunas azafatas se quejan de que la avería ha ocurrido varias veces esta semana. El camarero se lamenta: no puede fumar y no cree que vaya a llegar a Barcelona antes de la una. Un señor dice hay que reclamar, que nos deben devolver todo el dinero. Se queja de que en España se reclama poco. Hay un coche de la guardia civil fuera.
Cuando volvemos, la chica tiene tres llamadas perdidas de su novio. Ha recibido un mensaje, me lo enseña. Dice: “Me parece bien que conozcas gente, pero podrías cogerme el teléfono”. Ella lo llama. Discuten. Él le dice que no piensa ir a recogerla a la estación. Ella le pregunta si quiere coger el tren de vuelta. Creo que ya me sé memoria partes del periódico.
En ese momento llega el nuevo tren. Los operarios colocan una pasarela que va de un tren a otro, y un guardia civil observa desde abajo que todo se realice con normalidad. La chica y yo somos los últimos del vagón. Ella lleva las dos manos ocupadas. Mira al guardia civil y le dice:
-Ni se te ocurra mirarme las bragas.
Yo paso detrás de ella, llegaremos a Zaragoza en una hora.
30/05/2007
GLOBALIZACIÓN
1.
Condoleezza Rice tiene razón .
2.
“La globalización es una saga interminable en la que la lucha que llevan a cabo millones de individuos para obtener una vida mejor y una mayor seguridad se manifiesta en la búsqueda de un beneficio, de una forma de vida, del conocimiento, de la paz interior, de la protección de uno mismo, de los seres queridos y de la comunidad”.
Bound Together, Nayan Chanda .
3.
El nuevo libro de Amos Oz, y un estupendo artículo de Ismael Grasa.
4.
Ya está a la venta Backstory 4. Conversaciones con guionistas de los años 70 y 80 .
31/05/2007
LA ÚLTIMA PELÍCULA DE BETTE DAVIS

Este es un extracto de la entrevista al excéntrico guionista y director de cine Larry Cohen en Backstory 4, donde habla de The Wicked Stepmother , la última película de Bette Davis . Ediciones Plot acaba de publicar la traducción al castellano.
Me parecía evidente que no quedaban muchas películas en la vida de esa pobre mujer. Esta podía ser la última.
Yo había escrito el guión, ella quería hacerlo y maldito sea si no pensaba seguir adelante. Pagué un anuncio a toda página en Variety y encargué un póster que decía: “Bette vuelve a ser mala”, con una foto en la que ella daba una calada a uno de los muchos cigarrillos que fumaría en la película. Esta mujer fumaba diez paquetes al día: doscientos cigarrillos Vantage en veinticuatro horas, en serio. Abríamos diez paquetes por la mañana y los dejábamos en tazas. Así ella no tenía que alcanzar un paquete y abrirlo con sus propias manos; no le gustaba buscarlos a tientas. Cuando terminaba un cigarrillo, ya estaba encendiendo el siguiente. Un día le dije: “Bette, sabes que es malo para ti, ¿por qué sigues fumando?”. Dijo: “Larry, si no tuviera un cigarro en la mano no sabría que hacer conmigo misma”. Fumar era parte de ella.
Pusimos el anuncio y esperamos alguna respuesta. Al final Robert Littman –agente y a veces productor- habló con un amigo de la MGM para que nos dejase hacer la película por dos millones de dólares y medio. Bette cobraría doscientos cincuenta mil dólares por su interpretación y escogimos a algunas de las personas que recomendó: nos aconsejó contratar a Lionel Stander , lo que me pareció una sugerencia estupenda, y aceptó a Barbara Carrera .
No tuve ningún problema con ella en la preproducción. Nos llevábamos muy bien. Pasaba el día en mi casa: tengo quemaduras en los muebles que pueden probarlo. Nunca he reparado nada, porque me gusta señalar: “Bette Davis hizo esa quemadura”. Le encantaba el guión y creía que era muy divertido de una manera natural, porque estaba escrito para ella y su cadencia. Capturé sus ritmos. No hubo que revisar demasiado el guión, aunque a veces proponía cosas sobre el vestuario y me llamaba por teléfono constantemente. No decía “Hola, Larry” ni nada por el estilo: yo cogía el teléfono y ella empezaba a hablar. “Creo que debería llevar el pelo rojo en esta película”, y bang, eso era todo, colgaba. Exponía su punto de vista y colgaba el teléfono. (...)
Busqué un modo de coreografiar la película para beneficiarla. Le di instrucciones muy específicas. Quería que se moviese en el set de forma que no pareciese muy disminuida. Movía la cámara a la vez que ella caminaba, para que no se viera su cojera, para que aparentase una mayor capacidad de movimientos. Utilicé un doble un par de veces: necesitaba que cruzase la habitación vigorosamente. No era ella, pero cuando se daba la vuelta cortábamos y sería Bette.
Desgraciadamente sólo trabajó una semana, porque se puso enferma. Sus problemas empezaron mucho antes de que comenzase la producción, y no tenían nada que ver con enfermedades previas. Tenía un puente en mal estado, y la dentadura postiza chasqueó cuatro o cinco días antes de empezar. Bette y su asistente intentaron pegarla, pero no se quedaba fija, y el puente se movía. Pero no me dijo lo que pasaba. Trataba de recolocar el puente con la lengua. Me di cuenta de que pronunciaba de una manera muy extraña. Hacía pausas en lugares muy raros cuando intentaba ajustar la dentadura. Después de la primera semana miró las proyecciones para ver qué tal estaba; dijo que debía marcharse a Nueva York para ver a su dentista, el único en quien confiaba. Rodé escenas en las que ella no aparecía durante una semana. Esperaba su regreso. Recibí una llamada de su abogado: “No puede volver, porque le tienen que quitar otros cuatro dientes, hay que reconstruir todo el puente”. Y había perdido tres o cuatro kilos y andaba por los treinta y pocos.
En MGM me dijeron: “Vamos a tener que suspender la película. La compañía de seguros pagará a todo el mundo y cubrirá los costes de producción”. Eso significaba que todo el mundo cobraría su sueldo, yo incluido, y que la película sería desechada. Dije: “Es una pena tirar quince o veinte minutos de Bette Davis. Probablemente no volverá a trabajar. Esta podría ser su última película” –y por cierto, lo fue-, “quizá podamos salvar quince o veinte minutos. Puedo reescribir la historia. Si ahora Bette Davis convierte a su gato en Barbara Carrera, puedo cambiarlo: que se cambie a sí misma por Barbara Carrera, y Carrera acaba la película”. Les convencí de que The Wicked Stepmother no llevaría a mucha gente a las salas, pero que vendería un par de copias en todas las tiendas de video del país, porque siempre habría una sección dedicada a Bette Davis. Eso haría que la película resultase rentable.
En la imagen, Bette Davis.


