Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
LIBROS
1.
30 festivales literarios del Reino Unido.
2.
Escribe Ligaya Mishan en el blog de libros de The New Yorker:
“El bloqueo de escritor no aparece en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders -la lista oficial de todas las enfermedaades mentales reconocidas por la American Psychiatric Association. Tampoco lo hace su extremo opuesto, la grafomanía, también llamada "la enfermedad de medianoche", cuyos pacientes sufren un impulso obsesivo para escribir. La dolencia merece una entrada, sin embargo, en el Webster’s Mew World Medical Dictionary:
‘La grafomanía puede impulsar a alguien a mantener un diario voluminoso, a garabatear con frecuencia cartas al director, a escribir sobre papel higiénico cuando no hay otra cosa disponible, y puede que incluso a compilar un diccionario’.”
3.
Así habla Junot Díaz.
LOS ESCRITORES

Algunos escritores dicen que no tienen amigos escritores y que viven al margen del mundo literario. Los periodistas culturales copian sus declaraciones con entusiasmo, y en los perfiles destacan esa soledad como si tuviera algún valor. Si no existiera el mundo literario -o el “circo literario” y a veces directamente “cenáculos”, que suena todavía peor por su final escatológico- esos periodistas tendrían que dedicarse a vender cds piratas.
Ese aislamiento casi nunca es cierto, y por otra parte no constituye ninguna virtud: que un autor lo reivindique suele ser un indicador negativo. He pasado con escritores muchos de los momentos más felices de mí vida y me parece bastante normal que un escritor tenga amigos que se dediquen al mismo oficio. Todas las profesiones generan afinidades, y además la literatura es una gran conversación. Uno siempre escribe solo, pero con los demás descubre cosas de libros que ha leído y conoce otros que no ha leído, aprende cómo escriben los otros y en qué cosas se fijan, se ríe y tiene más ideas para escribir otras cosas. Además, los escritores no compiten entre sí: que otro autor sea leído beneficia a todos. Estar solo conduce a la amargura, al egocentrismo y a la locura, y en cambio los amores, las amistades y las enemistades literarias han ayudado a que existan obras maravillosas.
Hay millones de ejemplos. Uno de los más famosos es el de Ezra Pound, que pulió La tierra baldía de T. S. Eliot. Vargas Llosa se peleó con García Márquez, pero antes le dedicó una tesis doctoral. La amistad de Borges y Bioy Casares enriqueció los libros que escribieron juntos y por separado. En el entierro de Saul Bellow Philip Roth empezó a pensar en Elegía, y años antes una chica de la que él había estado enamorado se había terminado casando con el autor de Las aventuras de Augie March. Me encantan las cartas que recoge Italo Calvino en Los libros de los otros. Me gusta estar con escritores, y que los escritores que me gustan tengan amigos escritores: me gusta que Christopher Hitchens le haya dedicado Dios no es bueno a Ian McEwan, o que defendiera a Salman Rushdie cuando los integristas islámicos lo condenaron a muerte, y los católicos y los relativistas culturales exigían respeto para los fanáticos. O que Ignacio Martínez de Pisón utilice en Dientes de leche una historia que le contó Félix Romeo. E incluso me gustan los encuentros frustrados de escritores. Por ejemplo, a Chéjov le impresionó la defensa de Dreyfus que hizo Émile Zola, e inició una campaña contra el antisemitismo que le trajo muchos problemas, pero cuando se conocieron apenas pudieron cruzar unas palabras porque no tenían un idioma común.
Esos escritores que se aíslan se presentan como una especie en extinción. Algunos, como Goytisolo, se siguen considerando marginales (aunque cada dos semanas el diario más vendido les deje que exhiban su supuesto ostracismo en página impar) y exiliados (aunque curiosamente se refugien de una democracia en un país con muchas menos libertades). Otros, como el otro día Carlos Ruiz Zafón, dicen que no hay "nada en ese mundo" que pueda interesarles, y que el talento está en otra parte:
“El 99% de la mejor narrativa que se hace hoy, de la literatura de calidad, de la gente profesional sin pretensiones ni pedantería ni pose, de la que de verdad sabe construir personajes e historias, o sea, de los que de verdad saben escribir, está en la televisión o en el cine, pero sobre todo en la primera. Gente con ambición, oficio y talento ya prácticamente no está trabajando en literatura. Ésta se ha convertido en un gueto de mediocridad, de aburrimiento, de pretensión y de pose. (...) La televisión es hoy el equivalente a las cuadras de Shakespeare”
No sé si no consigo interpretar la última frase, si hay un error de transcripción del periodista -a lo mejor pensando en “corrala”, que habría sido incorrecto en cualquier caso- o si es una de las pocas frases verdaderamente originales que ha acuñado el novelista. Pero el párrafo que he citado es triste por varias razones: es falso, porque en la literatura, en el cine y en la televisión se hacen muchas cosas horribles y algunas maravillosas, todas distintas entre sí; porque esas formas de exclusión no son excluyentes, y, aunque los medios audiovisuales tengan un poder narrativo impresionante, también hay muchos lugares a los que llegan mejor las palabras.
También es un comentario demagógico que busca halagar a algunos lectores de Zafón que no consumen habitualmente literatura: que no se preocupen, no se pierden nada. No sólo prácticamente toda la literatura es mala y aburrida, sino que también es pretenciosa, y se aleja de las buenas gentes. Según el autor de La sombra del viento, ha conquistado el aprecio de los lectores porque “están muy por delante del comentario oficial de la crítica, ese búnker de los años setenta que se ha quedado clavado y al que la gente le ha pasado por encima. Cualquier lector tiene ahora una cultura cinematográfica, televisiva, del cómic o de la fotografía”. Puede que me equivoque, pero me parece que la mayoría de los críticos literarios en activo comparten esa cultura y pueden interpretar esas referencias y ese modo de contar. El cine tiene más de cien años. No hay muchos críticos en activo que superen su edad y la literatura asume elementos de la forma de narrar del cine desde hace décadas.
Pero lo peor es que, leyendo la entrevista (donde el novelista habla bien de un colega estadounidense), uno tiene la sensación de que ni siquiera un éxito tan extraordinario como el de Zafón anula el resentimiento o la amargura. Un hombre que ha vendido 12 millones de ejemplares se alegra de que desaparezcan las librerías pequeñas y “esnobs” (que enlaza en el imaginario con pretensión y pose), y gasta mucha energía en intentar eliminar a sus posibles competidores.
Si Zafón siguiera siendo guionista, quizás diría que el talento está en la novela o los videojuegos. Los escritores que afirman que el 99% de la literatura es basura siempre se incluyen a sí mismos en el 1% restante. Al leer lo que dice Zafón sobre 40 años de dictadura y 30 de democracia en su ciudad, con todas sus vidas y comedias y conflictos y tragedias (“Desde la Guerra Civil, en Barcelona no ha pasado nada particularmente interesante en ningún aspecto, y desde hace unos años, cero absoluto”), uno tiene la sensación de que cuando algunos autores afirman que no les interesa relacionarse con otros escritores, tampoco les interesa mucho todo lo demás: lo único que les importa es lo que hacen ellos.
En la imagen, Philip Roth y Milan Kundera. La he tomado de The Philip Roth Society.
EL TERCER VIAJE DE FRANK BASCOMBE

“Acción de Gracias” (Anagrama, 2008) es la tercera parte de una trilogía, después de “El periodista deportivo” (Anagrama, 1990) y “El Día de la Independencia” (Anagrama, 1997). Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) cuenta las andanzas de Frank Bascombe, un hombre meditabundo y marcado por la muerte de su hijo, que deja la literatura para convertirse en periodista deportivo y, más tarde, en agente inmobiliario. Pero sobre todo cuenta lo que le pasa por la cabeza a Frank: su gusto por la vida tranquila, y su tendencia a dudar, divagar y generalizar, su manera de relacionarse con los que le rodean y su forma resignada de protegerse de la fatalidad.
“Acción de Gracias” es un libro lento, que alterna páginas llenas de descripciones y reflexiones con ráfagas de humor y violencia. Aunque regresa al pasado algunas veces, transcurre a lo largo de tres días de noviembre de 2000, mientras Frank prepara una comida familiar y se produce el recuento de las elecciones presidenciales en Florida: tiene 55 años y vende casas en Nueva Jersey; está tratándose un cáncer de próstata; su segunda mujer lo ha dejado; su empresa va bien pero su empleado, un budista tibetano, quiere montar su propio negocio; su hijo Paul sale con una chica manca y su hija Clarissa acaba de cambiar a su novia por un hombre de la edad de Frank.
Bascombe conduce entre las poblaciones de la costa de Nueva Jersey. Es un paisaje que le recuerda su vida pasada, lleno de conocidos, antiguas novias y casas que ha vendido, y donde la muerte parece estar más cerca que nunca. El cementerio es uno de los escenarios de la novela, Frank está enfermo y su primera mujer se ha quedado viuda. Otras veces, la amenaza llega desde fuera: Bascombe lee la crónica de un asesinato en una escuela; se entera de que ha habido una explosión en un hospital; se pelea y más tarde se encuentra en medio de un tiroteo. Frank medita sobre su vida y las tragedias íntimas de los demás, pero también se pregunta cómo nos verán las generaciones posteriores. Las catástrofes que le amenazan funcionan alegóricamente: la manera de vivir de su país también está expuesta al desastre.
Frank es un personaje impertinente, a veces antipático, y una de las grandes invenciones de Ford. Nos acostumbramos a su forma de mirar, a su manera de ocultar el dolor y la trascendencia, de espiar las frases y las reacciones de los demás. Ese filtro desdibuja la acción y esconde la trama: aunque parece que no pasa casi nada, hay acontecimientos inverosímiles y episodios superfluos: una petición de matrimonio de una ex mujer, un reencuentro con una ex novia que no lo reconoce, la huida de su segunda mujer. A veces Ford describe las cosas con demasiado detalle. Explica minuciosamente las fluctuaciones del mercado inmobiliario de Nueva Jersey, aunque algunas de las ciudades sean reales y otras inventadas. Esa exhaustividad da un aspecto de fabricación al relato: se parece más a lo que escribiría un reportero que a lo que pensaría un comercial inmobiliario. Pero “Acción de Gracias” también tiene muchas observaciones emocionantes y perspicaces sobre las cosas que importan y nuestro miedo a perderlas.
Richard Ford. Acción de Gracias. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, 2008. 731 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras el 5 de junio. En la imagen, Asbury Park, en Nueva Jersey, uno de los escenarios de la novela.
EL SOLDADO Y SUS REHENES

La semana pasada, El País tuvo en la portada de su edición digital a tres novelistas durante tres días. También aparecieron en la portada de la edición en papel. Son tres escritores importantes y publican en Alfaguara. Creo que daban unas charlas. Las organizaba la Fundación Santillana.
Jesús Ruiz Mantilla escribía las crónicas de las lecciones de los novelistas a calzón quitado: “Vargas Llosa imparte su magisterio”, “Arturo Pérez-Reverte se enrola en la tropa literaria de infantería”, titulaba. La más espectacular fue la que glosaba la conferencia del creador de Alatriste. Hace años que Pérez-Reverte ha iniciado una lucha sin cuartel contra el establishment, pero ni el establishment ni la realidad se dan por enterados. Pérez-Reverte es famoso, tiene muchísimos lectores y la crítica lo apoya: sus novelas ocupan mucho espacio en los suplementos literarios, y desde el principio de su carrera ha estado en las colecciones que recogían las obras más destacadas de su generación. Sus libros se llevan al cine, es académico y goza de una consideración literaria superior a la de muchos novelistas que se dedican a la novela histórica o de aventuras. Sin embargo, habla desde una indignación permanente y difusa, como si resistiera él solo frente a una estupidez generalizada y asfixiante. También se aprovecha de un fenómeno extraño: cuando uno dice una tontería enfadado y con mucha contundencia, hay quien cree que desvela, por fin, la verdad. Hace unos meses, este hombre, que reprochó a Francisco Umbral que su cobardía física le impidiera solucionar sus diferencias a puñetazos cuando el autor de Mortal y rosa superaba los setenta años, daba ciertas muestras de delirio en una entrevista:
“Estoy harto de corderos que se dejan degollar. Harto de que todos los sinvergüenzas se hagan solidarios, de tanto cantamañanas, de tanta demagogia. No voy a dejarme matar. Sé que no voy a cambiar nada, pero lo que no se puede hacer es el silencio de los corderos. No dependo de Aznar, ni de Zapatero ni de González, y si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. Puedo hacerlo en cualquier sitio, mentarle la madre a quien sea sin esconderme. Ésa es la libertad que me da lo que he hecho hasta ahora. Y me encanta lo de morir matando. Hay que morir matando.”
Nada hace pensar que vayan a echar a Pérez-Reverte de España. Después de todo, no es un inmigrante ilegal. En concreto, esa entrevista promocionaba el lanzamiento de la Biblioteca Arturo Pérez-Reverte, que recoge toda su obra. Y esas declaraciones son repugnantes si tenemos en cuenta que en el mundo hay escritores y periodistas que tienen que abandonar su país de verdad, o que se juegan la vida por lo que escriben. Pero la manera de pensar de Pérez-Reverte parece contagiosa. El otro día a Ruiz Mantilla se le colaban expresiones propias del novelista en su crónica: no sé si se trata del estilo indirecto libre o de una abducción. Escribía:
“No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó El húsar, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: ‘Imbéciles y caratintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta’.
La lista de epítetos debió ser rica, pero el atributo “lobotomizado” es del articulista. Resulta enternecedor que un hombre que tiene el éxito de Pérez-Reverte se acuerde de algún crítico que lo puso mal hace más de 20 años. El húsar salió en Akal, no fue una autoedición; dos años después, Mondadori publicó La tabla de Flandes. Y yo no tengo tan claro que sea cierto lo que dice Reverte, que para denigrar a los que critican su escritura suele acusarles de no haber leído a los clásicos. Fernando Savater había reivindicado mucho antes al Stevenson más lúdico; mi madre me leía La isla del tesoro por las noches en 1985; el autor de El club de los suicidas y Conrad fueron dos de los prosistas preferidos de Borges, uno de los nombres clave en la formación de muchos narradores de los 80. En esos años nacieron editoriales, periódicos y revistas literarias, publicaban autores muy distintos y preocupados por contar historias, desde Ignacio Martínez de Pisón y Eduardo Mendoza a Cristina Fernández Cubas y Juan Marsé. Seguían en activo muchos narradores de generaciones anteriores y hacía unos años que habían surgido escritores como José María Conget, Javier Tomeo, Enrique Vila-Matas o Javier Marías. Sin embargo, Ruiz Mantilla presenta este panorama general:
“Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él”.
La pedantería y la paja mental intensa, dice el cronista, sin dar nombres ni justificar nada (ni siquiera la diferencia entre una paja mental intensa y una distendida), antes de escribir una frase que no comprendo bien: Los tiempos eran impermeables al eclecticismo. Autores como Pérez-Reverte empezaron a romper el eclecticismo. ¿Pérez-Reverte acabó con el eclecticismo ante el que los tiempos eran impermeables? Aunque quizás lo más sorprendente sea la lista de lecturas que esa época menospreciaba, según dice el novelista, con el aplauso de un entregado Ruiz Mantilla. Son las mismos que ahora guían a Pérez-Reverte, el outsider:
“’Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta’, aseguró”.
Me parece bien que Pérez-Reverte se inspire en esos autores, pero no sé si Homero y Stendhal son exactamente los referentes de un iconoclasta. Por otra parte, como medio de legitimación artística es dudoso: siempre está la posibilidad de que a uno le guste mucho Cervantes pero no consiga escribir una novela como El Quijote. A mí, por ejemplo, me parece que Arshavin e Iniesta juegan bien, pero no regateo ni paso como ellos. Cuando pierdo el balón no les digo a los de mi equipo: “Es que no habéis visto jugar a Arshavin”. La primera tirada de nombres está compuesta de clásicos indiscutibles, y muertos. No pueden contestar y Pérez-Reverte los utiliza de rehenes. Agatha Christie también está muerta. A mí no me importaría que me maltratasen tanto como a ella o a John Le Carré, un hombre que ataca la democracia siempre que tiene oportunidad. La última frase parece una chulería, pero esa manera de dejar a Follet en suspenso tiene algo de echarse atrás.
Yo ya había leído ese lenguaje cuartelero, esas mentiras y esa inverosímil impresión de agravio permanente del creador de Alatriste. El periodismo cultural es propaganda muchas veces, pero no me gusta que el cronista se zambulla con tanto entusiasmo en ese discurso. Ayer con un amigo hablábamos de cómo podría sorprendernos de verdad Pérez-Reverte. Imaginábamos que saludaba educadamente y decía: "Soy un hombre afortunado. Tengo millones de lectores, muchos más que otros escritores mejores que yo, gano mucho dinero escribiendo, tengo un barco y vivo en un país democrático en el primer mundo. Muchas gracias a todos".
Una imagen de la película Alatriste.


